sábado, diciembre 17, 2005

Sentí

Entonces, lo ví
Inconfundible verde
Hermosa suerte
Posada sobre mí

Entonces, sentí
Flor de coral
Lengua de cristal
Alma de rubí

Entonces, sufrí
Vida para nunca verte
Muerte para siempre
Calvario sin fin

Entonces, creí
Grisáceos reflejos
Lucha de espejos
Mar de alelí

Al final, comprendí
Que el fasto oropel
Que me iluminó
No era si no
El reflejo cruel
De una vida sin ti
Cayetano Gea Martín

domingo, diciembre 11, 2005

Pierradas IV



Sin noticias de Pierre

Los meses siguientes de la partida de Pierre Menard fueron especialmente duros para mí. Acostumbrado a su presencia constante en mi hogar, y a pesar de las amargas quejas de mi esposa ante tan prolongadas estancias, puedo decir sin miedo a equivocarme que jamás gocé de más digno huésped, maestro y amigo. Por tanto, no ha de extrañar a sus lectores, a los cuales me dirijo en esta ocasión, que añorara tanto su presencia, su conversación y sus gloriosas meteduras de pata. Sí, Pierre había transformado en arte el errar en el momento más inoportuno. Te hacía recordar que, por intrascendente que fuera tu vida, siempre había alguien en peor plano existencial.


Pierre está a la vuelta de la esquina

Cierto triste día de otoño, unos ocho meses después de la partida de Monsieur Menard, descubrí una vieja librería oculta entre el mar de callejones de París. Mientras buscaba alguna edición antigua de poemas de Jean Crèveux (en concreto, la limitada edición de 1878 de la Editorial Les Guilmès), contemplé fascinado el rostro del librero. Éste era un calco exacto del de Pierre. El parecido era tal, que no dudé ni un instante en pensar que mi venerado maestro se hallaba frente a mí. Con una sonrisa que delataba su identidad, el presunto librero me tendió una mano que asustaba de lo sucia que estaba (más de lo que es de por sí común entre franceses), tal y como Menard acostumbraba a llevarlas ambas. En aquel momento, y temiendo que mi mano se derritiera dentro de la suya, me dijo: “Sí, soy yo, viejo amigo. Soy Pierre Menard y usted acaba de desbaratarlo todo”.


Madame Flaucart

Como es lógico, mi sorpresa fue mayúscula al descubrir a mi amigo perdido oculto bajo la modesta apariencia de librero. El diálogo que mantuvimos fue largo y tedioso. Baste aquí decir, a modo de praxis, que Pierre había pasado más de doscientos días oculto de aquella guisa para intentar esquivar las temibles garras de Monsieur LeJanò, carnicero por oficio y marido de Madame Flaucart, con la cual mi querido amigo estuvo manteniendo un apasionado affaire durante casi todo el tiempo de su misteriosa desaparición. Sorprendido ante tamaña revelación, le pregunté a Menard cómo era posible que se hubiera dejado enredar en un asunto de faldas (él siempre alardeaba de estar por encima de bajas pasiones y de instintos carnales). “Ah, amigo mío”, me comentó a queda voz “opináis así porque no conocéis a Madame Flaucart”. Le rogué que me aclarara, aunque fuera someramente, qué tenía esa gentil dama de especial. Entonces, con una expresión en su infortunado rostro mezcla de lujuria, miedo y adicción, Pierre me susurró al oído: “Ella es un aleph”...
Cayetano Gea Martín

jueves, diciembre 08, 2005

SOLEDAD


Soledad, crueldad teñida de gris indiferencia
Noche de camas vacías y sepulcros tribales
De sábanas incómodas, sin coherencia
De cuerpos errantes en almas terminales

Soledad, gris compañera de derrotas
Que arrastro con infame voluntad ilusa
¡Alborada de callejuelas rotas!
¡Señuelo de páginas inconclusas!

Soledad, perdida entre fúnebres restos
Que me haces maldecir y jurar a gritos
Contra mi falaz destino auto impuesto
De andar solo, envuelto en solitarios ritos

¡Soledad, malvado y platónico azar!
Este marchito corazón
Que sigue incapaz de amar
Te sigue entregando su amor
Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 06, 2005

A propósito de EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS (Dino Buzzati)


Cuando Dino Buzzati (1906-1972) escribió El desierto de los tártaros, poco se podía imaginar que se convertiría en su novela más afamada.

Este inquieto autor italiano, oriundo de Belluno, había publicado dos novelas cortas anteriormente (Bàrnabo delle montagne y Il segreto del Bosco Vecchio), pero sólo a raíz de la publicación en 1940 del presente libro alcanzó su nombre fama y talla mundial.

Autor poco conocido en España por el público general, en Italia y en el resto de Europa es una figura clave de nuestro pasado siglo, siendo sus máximas la calidad literaria de sus textos, los permanentes trasfondos de preocupación (evocados mediante largas esperas y pesimismo), la intachable ética y el lenguaje de prosa poética que desarrolla siempre admirablemente.

Recuerdo que me acerqué a El desierto de los tártaros porque éste aparecía como uno de los libros recomendados en la Biblioteca personal de Borges, donde el genio argentino se deshacía en halagos hacia el autor y su obra. También recuerdo como dicho libro acaparó toda mi atención desde la primera página, desde el primer párrafo:

"Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino".

La imagen, pues, no puede ser más impactante: Un joven oficial destinado a una fortaleza fronteriza fea y deprimente, perdida en lo más alto de las montañas. Detrás de ésta y de la cordillera, se extiende el desierto de los tártaros, cuya incierta amenaza paraliza la vida de los habitantes de la fortaleza, siempre a la espera (durante décadas) de que se produzca aquello que daría sentido a su permanencia allí: un ataque por parte de los tártaros, una eterna calma antes de la tormenta.

Desde aquí, contemplaremos fascinados a la larga espera que sumirá a Drogo en una resignación progresiva, en una frustración ante lo abandonado, el tiempo perdido, los inocuos intentos de carpe diem y el incierto porvenir. Mientras, Drogo desplegará para nosotros una serie de terribles enseñanzas sobre la vida, la libertad, la existencia, el paso de los años y el ir aceptando nuestros propios barrotes, nuestros sueños perdidos.


Existen múltiples ediciones del libro. Las dos más conocidas son la que ofrece Gadir (18 €), y la de Alianza Editorial (7 €), en formato bolsillo. La edición de Gadir, aunque bastante más cara, es en formato de tapa dura y cuenta, cómo no, con un imprescindible prólogo de Borges.


Y para terminar, transcribo aquí este fragmento que para mí resume el estilo literario del autor italiano. Leedlo con atención y saboread cada palabra:

"Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo le asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche (oh, si lo hubiera sabido, quizá no habría tenido ganas de dormir), precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años transcurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha".
Cayetano Gea Martín

sábado, diciembre 03, 2005

El rebelde


No me ha visto.
El detective de policía no me ha visto.
Puedo observarlo a través del telón gris de mis gafas de sol con cara de confusión, de perplejidad, de niño perdido. Puedo ver cómo registra con incredulidad todo el autobús sin dar conmigo, a pesar de que me tiene delante de sus narices.
Creo que me he vuelto invisible. Creo que soy invisible a ellos desde que me escapé, desde que decidí huir. No pueden verme, ¡no pueden verme! Y ahora soy libre, libre para empezar de cero lejos, muy lejos, todo lo lejos que pueda escapar de sus garras…
Una mano. Una mano se posa sobre mi hombro. La mano del detective. Me mira. Me reconoce. Me pide que me levante. Forcejeo. Intento zafarme. Me golpea en la cabeza. Caigo al suelo. Me duele la cabeza. Me desmayo.

Abro los ojos para contemplar el gris interior de un furgón policial. Las calles mojadas se abren para nosotros, qué honor. Los edificios, monótonos como cajas de zapatos, nos saludan desde las grises cornisas.
El furgón para en un portal cualquiera de una calle cualquiera de cualquier ciudad. Creo que voy a vomitar sobre mis zapatos. Me alzan y me resisto con poca convicción. Ni los policías se lo creen. El detective vuelca sobre mí un último vistazo triunfal antes de desaparecer entre bambalinas. No le volveré a ver. No me entristece. Curiosamente, tampoco me alegra en demasía.
Dos policías clónicos me escoltan hasta un apartamento cualquiera.

El apartamento es idéntico a todos: cocina, salita, baño y dormitorio, sin florituras. Las ventanas sin cortinas semejan ojos de pez que restallan contra la tormenta de fuera. El apartamento parece oscilar como un barco a la deriva. Me mareo y vuelven las náuseas. Vomito sobre el suelo de linóleo.
Los policías me desnudan y me embuten en un pantalón corto, una camiseta blanca de tirantes y unas zapatillas de andar por casa.
Me sientan en el confortable sillón de la sala de estar. Encienden la televisión y me alargan el mando a distancia. Mientras un agente me acerca de la nevera una cerveza, el otro deposita sobre mi regazo un cuenco con patatas fritas.
Acto seguido, se van. Y cierran la puerta. Oigo cómo bajan las escaleras, cómo suben en la furgoneta, arrancan y desaparecen de mi vida.

Estoy solo.
Solo.
Puedo volver a huir.
Puedo levantarme y huir.
Sólo tengo que moverme, y huir.
Entre yo y la libertad, sólo tengo doscientos canales vía satélite.
Puedo huir, si quiero.
Y cuando quiera.
Eh, este canal de viajes no está mal.
Puedo huir.
Quizá mañana.
Siempre puedo huir.
Cambio al canal de cocina.
Cayetano Gea Martín

jueves, diciembre 01, 2005

El amor es la respuesta...

…pero, ¿cuál era la pregunta?


Cayetano Gea Martín

martes, noviembre 29, 2005

Somos


Somos un poder grande, una fuerza de la naturaleza. Nuestra voz es el canto del viento, que poderoso vuela contracorriente, no acepta las mentiras dogmáticas ni los evocadores cantos de sirena que proclaman aquellos tuyos que nos llaman imbéciles en nuestros propios rostros.

Somos la calma antes de la tormenta, el silencio magnético que precede a la batalla. Nuestros nombres están escritos a fuego en tu inmaculado libro de registros, ése que utilizas con firme mano diestra mientras tu secretaria por horas completa su jornada laboral de rodillas por debajo de tu barriga.

Somos tu miedo de medianoche, la pesadilla en la que temes despertar. Nuestro corazón sufre en mal pagado silencio los embates de tu injusticia, de tus codiciosas ansias de poder, de tus barriles y tus dólares, de tus brillantes ciudades, de tus engrasadas armas.

Somos los que no nos callamos ante tus atrocidades. Somos los auténticos representantes ilegales de aquellos a los que marginas, asesinas, robas, violas, humillas, mutilas, denigras o encierras en campos de concentración con uniformes naranjas.

Somos los que te derrocaremos algún día. No somos violentos. No somos asesinos. No te pondremos la soga al cuello. Pero acabaremos convenciéndote para que te suicides. Y aplaudiremos tu noble gesto.

Somos, existimos, somos. Y no podrás silenciarnos a todos.


All your tyrant dreams will fall
We’ll rise from the ashes
And wait for the call
Against the masters

Kay Hansen – Strange World
Cayetano Gea Martín

sábado, noviembre 26, 2005

Buscando la redención a través de la bendita lujuria


Tres
Bellos
Momentos
Necesité

Para escalar
Con alevosía
Y cálida porfía
Tu oscuro cuerpo lunar

Tenebrosa cual luna nueva
Se abren tus pétalos de par en par
Y comienzo rápido a devorar
Todo rincón en tu carne morena

Buscando la redención a través de la bendita lujuria

Me nublo por los placeres desbocados
Que tu cuerpo cimbreante produce
Cinco sentidos extrapolados
Ajenos brillan y relucen

Se me empapan melosos
Los ojos y la nariz
Mi rostro ansioso
Vuela hacia ti

E implosiono
Y acabo
¡Llego!
Fin
Cayetano Gea Martín

jueves, noviembre 24, 2005

AKELARRE (malo pero sentido homenaje al gurú del Rock)




Camino con las manos en los bolsillos y el cigarrillo posado en mis labios que me hace toser y bizquear a causa del humo. Oteo a mi alrededor, intentando atrapar miradas de anhelo y acople tatuadas en los jóvenes rostros femeninos, en sus ojos pintados de panteras adolescentes. Como siempre, lo que observo es desdén y cierta invisibilidad, como si no existiera. Ya ni frustración siento, tan acostumbrado estoy. A mis dieciocho años, todos los sábados me parecen iguales, todos los rostros femeninos el mismo, su desdén idéntico. O eso creo. No se puede estar seguro. ¡Ojalá el mundo fuera como en las películas de madrugada del Canal 7!

Camino por el céntrico barrio de Argüelles con destino fijo. Mi ángel me recuerda que el examen de Selectividad está a sólo dos semanas de convertirse en una dolorosa experiencia empírica que sentiré sobre mis propias carnes. También, de paso, me comenta que no tengo nada planeado para después, que mi destino no existe si no lo forjo, y que detrás de este verano, el último verano libre, las tierras baldías ocuparán todo el horizonte. Mi demonio vuelve a llenarme el coco con agradables pensamientos narcóticos, tales como el lugar hacia donde me llevan mis pasos, mi cercano cumpleaños, el nuevo número de Spawn que duerme en mi mochila, cuándo coño saldrá el próximo disco de Stratovarius y los rumores que me van llegando acerca de la nueva trilogía de Star Wars que están rodando.

Mis pasos me llevan hacia cierto lugar conocido desde hace ya un par de años, quizá más. Allí he quedado con mi bien nutrido grupo de amigos, todos ellos amantes como yo, del mismo tipo de música que descubrí tiempo ya, cuando en casa de uno de ellos escuché el tema ‘Rebellion in Dreamland’ del grupo alemán Gamma Ray y vi la luz. Tuve entonces lo que después, a base de leer mucho, he conocido que se denomina epifanía, que suena mucho más importante y menos católico que revelación.

Es por ello que amo el lugar al que voy, a ese templo pagano cuyo sumo sacerdote es una especie de gurú, de guía espiritual. En su haber se halla la mayor colección de música cañera que vieran los siglos. Cientos, qué digo cientos, miles de compactos se agolpan unos contra otros deseando ser escogidos por la sabiduría popular del mayor y mejor pincha discos de rock que ha conocido esta ciudad impía (y parte de La Mancha): Jose.

Ya estoy llegando. Atravieso la marea de niñatos borrachos y me planto en la puerta del garito. Qué digo garito. El cielo, éso es lo que es. Con paso decidido, cruzo el umbral y entro en el Akelarre…
Cayetano Gea Martín

lunes, noviembre 21, 2005

Luna


Madre Selene de argentadas alas
Cara de cráter sobre el cielo azul oscuro
Iluminas la escarcha, aura de plata
Apagas la noche, cáliz de arrebol puro

Generosidad no es lo que te falta, Madre
Ni terror a la muerte que lastre tus pasos
De soledad se intenta vestir mi carne
Cuando te vas en pos de otros astros

Aquella noche de vuelta y de hambre de duelo
Desandaba el camino cuando oí tu canto
Alcé mi rostro trémulo contra el frío cielo
¡Y allí estabas, madre de arrecifes blancos!

Apresabas la noche que se extendía a placer
A tu alrededor, sin saber bien, lastre invernal,
Si comenzar a morir o empezar a nacer
O dejar paso a tu gélido rostro inmortal

¿Cómo debe ser, te pregunto, madre
Ser tú allí arriba y contemplarme?
Tus ojos tristes de mares de piedra
Me observan y se burlan de mi medra
De mi levedad, de la muerte carmesí
Que se esconde certera detrás de ti
Cayetano Gea Martín

viernes, noviembre 18, 2005

SEMPER AETERNA


A diferencia de Borges, yo no me senté en un banco a esperar a mi yo futuro, y viceversa, sino que el futuro se dibujó ante mí en forma de mujer, como siempre sospeché que se presentaría mi destino y mis años por venir.

Mientras, acodado en un banco del Paseo del Prado, me asomaba por cuarta vez a la fatalidad que se esconde tras las imposibles dramaturgias de Maurice Maeterlinck, la ví, la ví antes mí, y quedé perdidamente enamorado de ella.

Era de una belleza nórdica deslumbrante, Embla indomable, madre de Midgard, y de origen suomi, como me reveló después. Su pelo de heno refulgía entre lisos bucles contra la fría luz de noviembre. La Venus indómita, ‘Virgin Mary undone’, que se acercaba hacia mí gozaba de líneas y curvas que hubieran hecho enloquecer al más habilidoso de los escultores, al resto de los hombres y sospecho que a un nutrido número de mujeres.

La diosa se situó ante mí, su pubis demasiado cercano a la altura de la cara para lo que aconsejaba el decoro. Tampoco creo que el decoro hubiera aprobado que yo contemplara sus pantalones vaqueros con tanto detenimiento y devoción como lo hice. Con un suave pero imperatorio gesto me arrebató el libro y lo contempló con juguetón detenimiento. En sus ojos azules se reflejaba la portada. -Es… es un simbolista belga-, me atreví a farfullar, sin saber bien qué decir. Sus ojos de aquel color (color de mar, de bombardero) me miraron y diseccionaron mi alma y mis deseos ocultos. Después, se acercó hasta que pude notar el perfume del aliento de su boca, y creí morir medio embriagado del koskenkorva de su voz, cuando me susurró al oído: -Minä lukea jo, batty-. Después, me desmayé, y soñé con las Eddas.

Desperté a su lado, en un apartamento de Helsinki desde el que se veía el monumento a Sibelius.
Allí sigo hoy, tres años después (aunque no sé si he soñado estos últimos mil días), deseando que esta sensación sea siempre eterna.
Cayetano Gea Martín

martes, noviembre 15, 2005

¿De nuevo?

Acobardado entre el silencio y la muerte,
acodado sin vida entre despojos,
veo, veo, veo, la fatal autocomplacencia de tenerte
entre dedos muertos, fatuos, rojos.
Acojonado, en un rincón oscuro y de mares tenebrosos,
y acostumbrado ya a tu hueco,
de nuevo hablas, de nuevo, la locura y el dolor perezosos
se asoman raudos de nuevo.
De nuevo, de nuevo, ¿dudaré? Ya no, alma de velo.
Ya no, cruel animal bicéfalo.
Ya no te espero desflorando madrugadas de duelo:
la margarita sin pétalos
yace muerta de frío sepulcral entre mis dedos
Cayetano Gea Martín

lunes, noviembre 14, 2005

Rebirth (king of a thousand tears)

Extendiendo mis alas de cristal por octava vez, creo
(siempre tántrico y keatsiano número ocho, maldición)
Comienzo de nuevo a ver, a ver, a nacer del seno
de una madre que medra entre amaneceres de níveas polillas

Reinventando el color de las cosas sencillas
(si lo sencillo es un viaje astral a Hiperión)
Veo tu rostro como una esperanza de semillas
y a los esqueletos de mi armario desapareciendo

Renombrando a las paredes por su triste nombre de sentimientos
(las paredes de ojos borgianos como tigres ante el cristal)
Me alzo sobre los santos cuerpos de aquellos cientos
que siempre me han amado y me han izado a la tierra

Recalibrando mi mente con esperanzas nuevas
(Fiodor lo definió mejor que nadie al describir mi mal)
Abandono los crímenes pasados y las infinitas eras
De suicidios, suicidios y la rueda de Dharma girando y girando.

Replantando flores de corona funeraria que me negaron
(la corona que corona la corona tártara de Dino Buzzati)
Nazco de nuevo, igual de torpe, pero, como perro apaleado
más rápido a la hora de esquivar tus criminales golpes.

Tus criminales golpes, ¡oh vida, vida!
Vida amada y temida, de dolor, dolor, dolor…
¡De incertidumbre eterna y de eternidad incierta!


A leader, a learner
A lawful beginner
A lodger of lunacy
So lucid in a jungle
A helper, a sinner
A scarecrow's agonizing smile

Rafael Bittencourt - Rebirth
Cayetano Gea Martín

domingo, octubre 30, 2005

Interludio

Exacto.

Cansado, aburrido y, por motivos ajenos a mi voluntad, asqueado de todo un poco, no tengo ni inventiva ni ganas de escribir nada, lo siento.

Volveré cuando me aclare un poco.

Cayetano Gea Martín

domingo, octubre 23, 2005

Zapatos nuevos

Zapatos nuevos o los cantos de sirena del capitalismo ibérico. Desde mi ventana nuevo soy capaz de ver la calle Alcalá en su glorioso primer tramo, antes de que el norte la confunda y ensucie. En esa zona donde la calle Sevilla muere y se une a la furiosa marea humana que va hacia allí, hacia allí, siempre en movimiento como el torrente sanguíneo, siempre viva, siempre la vida, vida, vida de esta ciudad a la que amo con toda mi alma.

Zapatos nuevos para un puesto de trabajo nuevo que me apasiona y que me derrota.


Los placeres de la pobreza han vencido a mi burlada revolución
Enrique Bunbury - Los placeres de la pobreza
Cayetano Gea Martín

martes, octubre 18, 2005

A simple thought

I have only in my mind a simple thought:
I hate you, with all my single and childhood lost
I love you, with all my senses, body and mouth
My mouth, which says you that your are in my very soul

I’ve got just in mind a single thought:
I have wasted all this years in doubts
I’ve lost the fury of the summer’s leaves fall down
And all the past moments of bliss and anger

I have a simple thought and hope:
I have been waiting all my life for this moment
The moment where I will leave all the ivory masks
The moment I will have the courage
The courage to say you a single phrase
The moment to say I love you


Dedicado a Blue Star Hilda: porque sigas brillando bajo la estela del tigre. Y para que sólo sean santos los domingos que tú elijas tras la promesa de tus ojos de escorpión…
Cayetano Gea Martín

domingo, octubre 16, 2005

La llegada

El silencio se convierte en el dueño y señor de mis pasos según asciendo. En estos momentos, lo agradezco con toda mi alma, ya que me procura una suerte de manto protector ante el cual cubrir mi llegada. Su significado, además, resulta de lo más revelador: ninguno de los vecinos se encuentra en este instante husmeando por las escaleras. Mejor.

Mientras subo, los hechos ulteriores flotan en mi cabeza. La vergüenza, la humillación que he pasado, es imperdonable. Es antinatural e inhumano. Ningún hombre debería verse en la situación en la que yo me veo, atado de pies y manos por unas leyes absurdas que nadie cumple y menos creen. La remembranza de dichos acontecimientos favorece mi determinación.

Llego hasta la puerta, hasta aquella puerta antaño ansiada y siempre afable, presagio de buenos momentos, de placeres cotidianos, de buena vida. Ahora, la puerta estaba cerrada para mí. Se me niega lo que era mío por derecho natural, por supremacía. No lo consentiré.

Afortunadamente, me hice a tiempo una copia de las dos llaves que abrían aquella puerta. Podría llamar, sí, y reclamar lo mío con la voz de la justicia, pero en este momento prefiero el subterfugio que, aunque sea hábito indecoroso, me dará la ventaja de la sorpresa.

Procurando hacer el menor ruido posible, hago funcionar las llaves y vuelvo a hollar aquel templo mío del que fui expulsado con ignominiosa injusticia. Que se prepare la sacerdotisa que en él mora gracias a mi dinero. Hoy, este dios es un dios colérico…

- Tenía usted razón, capitán. El muy imbécil volvería a intentarlo, a pesar de la orden de alejamiento que pesa sobre él.

- Por desgracia, cabo, los maltratadotes siempre vuelven a completar su obra. Y desafortunadamente, casi siempre lo consiguen.


No es anecdótico el número de mujeres muertas cada año. Pero otras, las desconocidas, llevarán su condena de forma perpetua, “hasta que la muerte nos separe”. Ni el más vil de los asesinos de este país sufre condena tan larga o tan cruel.

Begoña Román Pastor
Cayetano Gea Martín

jueves, octubre 13, 2005

Por un sueño

Por un sueño, por tu sueños, por tus ojos de perlas vírgenes.
Por un intento de comprensión, de eficaz derrota moral.
Por la arena de tu cuello que baja hasta mis dedos tristes.
Por un minuto de cálida cópula ininterrumpida y mortal.
Mi vida, doy mi vida y lo que en ella hay, menos que nada.

Por un sueño, por mi sueño de balanzas rotas y triste alborada.
Por las manos de muerte y desespero que acogotan mi destino.
Por encontrarte, quien quiera que seas, donde sea que vivas y mates.
Porque rompas la cuerda de mis sentimientos y me ahogues en rojo vino.
Y me des tu vida y lo que ella contiene, más que la suma de las partes.

Por un sueño perdido entre islas verdes y paraísos virginales.
Por la sangre marchita por broncos parnasos y encuentros.
Por tenerte aquí y ahora, quien quiera que seas, si acaso lo sabes.
Y enfrentarnos al borde del abismo en un cuerpo a cuerpo fiero.

Por un sueño de niño que sueña con envejecer en otros lugares.
Por este adulto que entregaría su alma por ser niño de nuevo.
Y recuperar la inocencia perdida entre calles mojadas y bares.

Por un sueño, por un anhelo de vida para darte.
No infinita, pero suficiente para mis objetivos terrenales.

Por un sueño te abandonaría para poder soñarte.
Cayetano Gea Martín

martes, octubre 11, 2005

EL DÍA D, Décima Parte

Como ya comenté, el impacto contra un meteorito provocó la desviación en la trayectoria de éste: nuevo destino, Madrid. Me encontraba, pues, total y absolutamente aturdido, pegado al meteorito y con la piel negra y quitinosa como el exoesqueleto de los insectos y viajando a más de doscientos por hora hacia la capital del reino. Las emociones del día, del Día D, se me antojaban ya excesivas para cualquier tipo o grado de comprensión, así que de buena gana me entregué al desmayo involuntario que comenzaba a trepar desde mi estómago hasta mi cabeza.

Cuando desperté, me encontré dentro de un cráter de varios metros de profundidad, rodeado por los restos rojizos del meteorito. Sorprendentemente, me hallaba ileso y desnudo, sin rastro de alas o de piel quitinosa. Parecía como si me acabara de dar un baño.

Lentamente, me alcé del interior del agujero provocado por el asteroide y conseguí alcanzar la superficie trepando por las rocas ennegrecidas. Una vez fuera, no fui capaz de adivinar dónde me encontraba en los primeros instantes de exploración. Las terribles modificaciones infernales que sufría Madrid dificultaban mis labores de orientación: el cielo de color rojo parecía desplomarse contra un suelo cada vez más inestable, los árboles continuaban ardiendo a pesar de no quedar nada en ellos ya por arder, horribles caras desfiguradas de bebés lloraban en las paredes de los edificios, cubiertas, además, por negras y espinosas enredaderas. Draconianos esqueletos, a semejanza de El Pelota, vagaban por las calles buscando víctimas, y se perdían entre la niebla sulfurosa que volvía el aire cada vez más irrespirable. La realidad entera parecía perder fuerza y combarse ante el peso de Lucifer.

Comencé a vagar sin rumbo fijo, buscando algo común entre aquella nube de azufre y humo, hasta que choqué contra un enorme objeto cilíndrico cuyos bordes se confundían en la niebla amarilla. Descubrí, no sin cierto pánico, que se trataba del faro de Moncloa, derribado. Por lo menos, ya sabía en qué zona de Madrid me encontraba.

Hasta mí llegaba el cálido fragor de ruidos de guerra, mezclado con voces, gruñidos y sirenas. Decidí dirigirme hacia allí…

Cayetano Gea Martín

sábado, octubre 08, 2005

No en mi nombre

- Tienes toda la razón, desde luego. Es una vergüenza. No sé dónde vamos a llegar; ésto nos deja a la altura de un experimento contra natura. Es ignominioso. ¡Chaval, haz el favor de poner la música más baja!

- Pues ya ves cómo están las cosas, macho. Este gobierno ateo y maricón que tenemos ha dado un nuevo paso en su escalada de entregar el país a los separatistas cabrones que les dictan los pasos. ¿Vas a ir a la mani de mañana? ¡Hijo, o bajas la música o te inflo!

- Claro que iré. Al fin y al cabo, me debo a mis fieles feligreses como tú y tu familia, amigo mío. Hemos de hacer que les entre en la cabeza a esos dirigentes comunistas que tenemos que la familia sí importa. ¡Para quieto, niño!

- Déjale, yo ya doy por imposible al borde éste. ¡Luisito, coño, deja de molestar al padre! Nada, ni caso, si es que no sé que les enseñan en la escuela, de verdad. Claro, que teniendo como tutora a ese putón verbenero separado… ¡Qué se puede esperar de una furcia que abandonó a su marido!

- Se pierden los valores universales que durante tantos años cultivamos, amigo mío. Los jóvenes varan sin una mano firme que les lleve a buen puerto. Y lo que han hecho… Pretender llamarle matrimonio a la pecaminosa unión entre dos desviados… Y no sólo eso, ¡si no igualarlo con el matrimonio cristiano!

- ¡Y si eso fuera todo, padre! ¡El siguiente paso será que los niños sean criados por maricones y bolleras! ¿Qué se puede esperar de un chaval que crezca en ese ambiente? ¿Se imagina cómo saldría? Joder, se me pone mal cuerpo sólo con pensarlo. ¡Luís, ostia, dejar de dar por el culo! ¡Es que ni los domingos me dejas ya descansar! ¡No seas pesadito y vete por ahí! ¡Ponte la tele un rato y déjanos tranquilos, joder! Plasta de crío… ¿Quiere otra cerveza, padre?

- No debería, no debería… pero la carne es débil.

- Claro que sí, joder. Es la única alegría que nos queda a los hombres de bien y que tenemos que soportar que España vaya quedando poco a poco en manos de los moros y de los maricones. ¡Luisito! ¡Ven para acá!

- Y de que las mujeres, a las que Dios dotó de facultades maravillosas, como el hermoso don de criar a una familia, se dedique ahora a trabajar igual que un hombre, cuando no es la función que les ha dado Dios.

- Se pierden los papeles, ya se lo digo yo. ¿Qué será lo próximo? ¿Que prohíban la religión en los colegios? ¡Luís! ¡Tráele una cerveza al padre! Joder, cuando tiene que venir, no viene. Estará atontado otra vez con el Gran Hermano ese de los cojones.

- Déjalo, estar, tampoco pasa nada. Y hablando de lo de la religión en las escuelas, si quieres te hago un hueco en la concentración que haremos unos cuantos miembros de La Obra delante del Ministerio de Educación el próximo viernes.

- ¿De verdad? Joder, ¿de verdad podría asistir? Le doy mil gracias, padre. ¡Ah, aquí estás, subnormal! ¡Mueve el culo a la cocina y tráele un botellín al padre, vamos!

- Ya sé que tu mayor ilusión es entrar en La Obra y, sinceramente, no se me ocurre a nadie mejor que tú. Eres un cristiano ejemplar, buen padre y amante esposo. Y tus donaciones a mi modesta orden son siempre muy generosas.

- Calle, padre, que no hay dinero mejor invertido. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¿qué haríamos? Tenemos que formar un puño de hierro contra tanto ateo, rojo, maricón y moro de mierda. ¡Ah, aquí estás! Hala, vete a paseo. Sal a la calle a que te dé el aire y de paso nos dejas tranquilo un rato.

- Hablando del traidor enemigo musulmán, creo que nuestros chicos salen esta noche de misión por La Castellana.

- ¡Que sea enhorabuena! Espero que no los toquen con las manos, que con lo mal que huelen, ¡se te tiene que quedar el hedor pegado para tres días! Mejor que utilicen otros utensilios para llegar hasta su ennegrecido pellejo, ja, ja, ja. ¿Qué quieres ahora, mongolo? ¿Dinero? ¿Otra vez? Joder, te ha hecho la boca un fraile. Disculpe, padre.

- Tranquilo, hombre, no soy fraile.

- Aún así, perdone. Es que el cabeza de chorlito éste me saca de quicio. ¿Otros cincuenta euros? ¡Toma! ¡No sé en que te lo gastas, de verdad! ¡Venga! ¡Vete a la calle y déjame en paz de una vez!

- Pues así están las cosas, amigo mío. Espero que lo de mañana sirva para que la sociedad nos oiga y se dé cuenta de que la única manera de criar a nuestros hijos es con un padre y una madre.

- ¡Eso, coño! ¡Y católicos, como la gente de bien!

- Y católicos, por supuesto.

- Amén a eso, padre.

- Amén.
Cayetano Gea Martín