martes, octubre 11, 2005

EL DÍA D, Décima Parte

Como ya comenté, el impacto contra un meteorito provocó la desviación en la trayectoria de éste: nuevo destino, Madrid. Me encontraba, pues, total y absolutamente aturdido, pegado al meteorito y con la piel negra y quitinosa como el exoesqueleto de los insectos y viajando a más de doscientos por hora hacia la capital del reino. Las emociones del día, del Día D, se me antojaban ya excesivas para cualquier tipo o grado de comprensión, así que de buena gana me entregué al desmayo involuntario que comenzaba a trepar desde mi estómago hasta mi cabeza.

Cuando desperté, me encontré dentro de un cráter de varios metros de profundidad, rodeado por los restos rojizos del meteorito. Sorprendentemente, me hallaba ileso y desnudo, sin rastro de alas o de piel quitinosa. Parecía como si me acabara de dar un baño.

Lentamente, me alcé del interior del agujero provocado por el asteroide y conseguí alcanzar la superficie trepando por las rocas ennegrecidas. Una vez fuera, no fui capaz de adivinar dónde me encontraba en los primeros instantes de exploración. Las terribles modificaciones infernales que sufría Madrid dificultaban mis labores de orientación: el cielo de color rojo parecía desplomarse contra un suelo cada vez más inestable, los árboles continuaban ardiendo a pesar de no quedar nada en ellos ya por arder, horribles caras desfiguradas de bebés lloraban en las paredes de los edificios, cubiertas, además, por negras y espinosas enredaderas. Draconianos esqueletos, a semejanza de El Pelota, vagaban por las calles buscando víctimas, y se perdían entre la niebla sulfurosa que volvía el aire cada vez más irrespirable. La realidad entera parecía perder fuerza y combarse ante el peso de Lucifer.

Comencé a vagar sin rumbo fijo, buscando algo común entre aquella nube de azufre y humo, hasta que choqué contra un enorme objeto cilíndrico cuyos bordes se confundían en la niebla amarilla. Descubrí, no sin cierto pánico, que se trataba del faro de Moncloa, derribado. Por lo menos, ya sabía en qué zona de Madrid me encontraba.

Hasta mí llegaba el cálido fragor de ruidos de guerra, mezclado con voces, gruñidos y sirenas. Decidí dirigirme hacia allí…

Cayetano Gea Martín

4 comentarios:

Anónimo dijo...

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*Blue*Star* Hilda* dijo...

:)

*Blue*Star* Hilda* dijo...

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Kay dijo...

Jejeje.. Pasando la gripe como se puede... ¡Aquí hace frío!

Another huge kiss 4U