martes, abril 11, 2006

Éxtasis de verde, oro y rosa

Verde, verde, el color de mi futuro de animales
De mi lejana ancianidad, de pastillas
De enfermeras de blancas faldas sobre sillas
Algodones en fosas nasales, sondas rectales
Revistero descolorido con manchas hepáticas
Reposiciones y partidas de dominó cansado
El tiempo pasando, sin mirar, por mi lado
Me asesina con su homilía y su plática

Oro, oro, el color de mi pasado
De mi cercano y perdido porvenir
Que se aleja, para siempre, de mí
Envuelto en bruma y juguetes mutilados
Caramelos, barcos, imposición de manos
Pliegues de ropa y pies de colosos
Y el rostro, rostro, diminuto y hermoso
De mi recién nacido hermano

Rosa, rosa, el color de mi presente
De mi momento de brillar
Ahora o nunca, he de incinerar
La Rueda y mi orgullo deprimente
El destello ácrata lunar y el sexo
Palpitante, emergente, oscilante
Péndulo de Foucault delirante
Que sólo desea medrar entre tres nexos:

Verde, el color de tu hierba triste
Que devoro, y libo en tu polen
Discípulo de Pan persiguiendo a Circe
Frescor de cuerpo joven
Verdor de vida sin hiel

Oro, el color de tu jalea real
De tus dulces pechos blancos
De tu nuca y de tu arco supraorbital
De tus piernas y pies y ojos y manos
De tu vello tostado al sol

Rosa, el color de tu sexo en flor
Del mío cuando goza al borde del estallido
Nuestro, cuando ambos se juntan en dulce agonía
En mágica comunión, en za-zen, en armonía
En sinfonía, en crescendo, en éxtasis, en rugido
Y en el cálido y rosado rescoldo posterior
Cayetano Gea Martín

lunes, abril 10, 2006

El cerebro de Dios (experimento hipertextual), octava entrega

10.María.

En algún momento presupuse a María. Preexistió en mí como un arquetipo, como la Ofelia de Shakespeare, como la Helena de Goethe, como la Beatriz de Dante, como la Eterna de Macedonio. Fue siempre mi esperanza y mi temor, la necesidad de adentrarme en lo recóndito, en el anhelo más íntimo y, de una vez por todas, empujar brutalmente al resto de la vida, abrir hueco a su presencia, que no es tal porque la presupongo, que es tal porque sé que existe, que no es tal porque es tan sólo intuición, que es tal porque mis sentidos la perciben.

Rómulo recuerda estas líneas mientras camina hacia una librería cercana en la que le conocen bien. Va a buscar alguna obra de Auguste Blanchard. Ese puede ser el primer paso para saber algo más acerca de Emery. Todavía le siguen. Él apenas se fija en ello. Sentirse continuamente observado, piensa, debe de ser algo así como creer en Dios, saber que alguien te vigila, que hagas lo que hagas nunca te verás fuera de su campo de visión. Esa continua observación no limita la libertad del individuo pero sí introduce un sentimiento de angustia que condiciona esa libertad, lo que acaso no sea muy diferente del papel que juega la moral en los ateos. Rómulo llega a la librería, saluda, camina hacia uno de los estantes (conoce de memoria la disposición de los libros en ésta y en la mayoría de las librerías de la ciudad) y se dirige hacia los volúmenes de filosofía. No encuentra lo que busca. Nunca, hasta este día, había oído hablar de Auguste Blanchard.
-Perdone, ¿podría ayudarme?
-Sí, cómo no, dígame.
-Buscaba un libro de un autor poco conocido, Auguste Blanchard. Es hermano de Emery Blanchard, tampoco muy conocido pero sí algo más que él.
-Um, déjeme ver. Creo recordar haber leído algo sobre ese autor...¿conoce alguno de sus títulos?
-No. Tan sólo sé que creó la teoría de las máculas del tiempo. Imagino que debía de ser filósofo.
-¡Ah!, no. Auguste Blanchard fue un escritor de ciencia-ficción pero su teoría, que aplicó a su única novela, se hizo tan famosa que él mismo terminó por creer que era cierta y escribió un ensayo en el que pretendía demostrar su veracidad. Pero nunca leí nada de él. Encontrar alguna de sus obras le va a costar esfuerzo. Le recomiendo que visite alguna biblioteca o a algún bibliófilo generoso que le permita echar un vistazo al libro. Tome esta tarjeta y visite a este hombre. Él podrá ayudarle.
Rómulo coge la tarjeta que le tiende el librero y la guarda, sin siquiera echarle un vistazo. Agradece la ayuda y, como compensación, se marcha con un libro escogido al azar que resulta ser un mamotreto ruso que ya ha leído en un par de ocasiones.

No nos cansamos de acudir al cartapacio descubierto:

La literatura como plasmación de mi vida. Mi vida como plasmación de la literatura.
Tú, como evocación, como irradiación de literatura. Contemplo y escribo mi vida a través de la tuya.

Rómulo camina sin rumbo fijo, simula a Horacio Oliveira errante por las calles de París. Le gusta caminar por el parque cercano, allí hay caminos de tierra y un estanque con una pequeña cascada. El monótono rumor del agua permite relajarse y estudiar con detenimiento lo que le ha ocurrido durante el día.

Tan sólo han transcurrido seis horas y he descubierto un libro que probablemente se escriba a medida que vivo, he tratado con varios fanáticos del libro, poseo un maletín que aún no sé cómo abrir y tengo una tarjeta en el bolsillo que tal vez me aporte algún dato acerca del autor de esta maldita obra.

Rómulo permanece sentado durante media hora en un banco de madera próximo a la cascada artificial. Recuerda a Arnsten y a Konsgrüen, también a Eladio Goíbar y a Milton, pero esos son recuerdos lejanos ya, sus conversaciones en La nada, el café de la juventud bohemia de M., que había decidido convertirse al nihilismo de Nagarjuna y dilapidar su vida en tertulias soporíferas, marcadas por un esnobismo literario que era sólo una forma de mostrarse diferente, un carácter que al final les tornaba seres insignificantes y clónicos reunidos en torno a una mesa para discutir sobre una recóndita metáfora de un poema casi desconocido, en una obra apenas leída de un autor prácticamente olvidado. De Arnsten, Rómulo recordaba su pelo rojo, su mirada clara, nítida, desinhibida. De Konsgrüen su impertinencia, su deseo de vivir, su fuerza, su extraordinario parecido con Samuel Tesler. De Eladio, su tesón, su historia, ese afán por lo simétrico. De Milton, su donosura, su aire bohemio, su lírica.
Nunca conocieron a María. Tampoco era necesario. De algún modo impreciso, vago, ellos también la percibieron como arquetipo, ¿de qué? es probable que de la heroína literaria que todos ellos buscaban, aquella por la que repasaban una a una todas las grandes novelas en las que figuraba algún aclamado personaje femenino. Finalmente, terminaban por rechazar la candidatura de cualquiera de ellas para ostentar el glorioso título de Heroína literaria por excelencia: Ana Karenina y Ana Ozores, por esa rendición final; el mismo motivo excluía a la Bovary; Helena, por dejarse seducir por el Diablo; Beatriz, por dejarse seducir por Dios; la Eterna, por morirse y dejar tan solo a Macedonio (aunque él tratase de negarlo); la Maga, y tal vez Ofelia,, por su ñoñería infantil; Eva, por condenarnos; Lolita, por desagradecida. Todos ellos confiaban en María como arquetipo. Sin embargo, ninguno de ellos creyó jamás en ella como una María real, con su carne, con sus huesos, con su cerebro, con sus ansias de vivir dentro y fuera de mi imaginación. Creían en la María literaria, con la que Rómulo les abrumaba noche tras noche y les embaucaba en ese viaje misterioso a su imaginación y a la lírica que María despertaba en él.
Escribió Rómulo en alguna ocasión:
Sólo hay ausencia de ti en la inconsciencia. No dormiría jamás, no soñaría jamás con tal de asegurarme tu presencia perpetua, la felicidad continua de saberte siempre existiendo.

Rómulo llora.

Visitamos una breve nota en un volumen de Russell:
Estás triste. Me miras con ese gesto que me conmueve sin remedio. En ese momento hay un vértigo de mi felicidad y una tiniebla que amenaza con engullir el mundo, nuestro mundo. Hay una lágrima que se asoma primero y se apresura después, que recorre tu mejilla como un río y cae sobre la almohada, donde se mezcla con el sudor y la saliva que hemos compartido. Hay un pasado que irrumpe en el presente y lo triza, lo magulla, lo despedaza.

Saca la tarjeta del bolsillo y lee: D.Severo Martínez, catedrático de Historia contemporánea. Aparece una dirección y un número de teléfono. Tal vez sea mejor llamar primero y, si se le permite acordar una visita, acudir después. Sale del parque y se dirige hacia una cabina de teléfono. Se sitúa el teléfono entre el hombro y el cuello mientras saca la tarjeta. Al otro lado de la calle puede observar al hombre que le lleva siguiendo durante todo el día, su dios particular, qué afortunado.
¿Don Severo Martínez, por favor?...de Rómulo Gea...no, no me conoce...Sí, espero...(debo ser cauto, parecer despistado y en algún momento de descuido...)...sí, ¿don Severo Martínez?...Mi nombre es Rómulo Gea y le llamaba por un asunto un tanto insólito, me dio su tarjeta un librero y me aseguró que usted podría ayudarme a buscar cierto libro...si no le importa sería preferible que hablásemos en persona. La consulta que he de hacerle es delicada...¿no tiene problema entonces en que nos veamos?...¿podría ser hoy mismo?...bien, entonces allí estaré, a las cinco en su casa. Muchas gracias, don Severo...Hasta luego.

Se marcha a un restaurante cercano, abre de nuevo la ventana y continúa leyendo hasta este mismo momento. Cierra la ventana.
Aún teme volver la página y descubrir que ya está todo escrito de antemano. Una cosa es saber que todo está ya dicho o escrito (dice un personaje de Daniele De Giudice: ya no se pueden escribir libros, yo sólo escribo notas a pie de página); otra, sentirse una nota a pie de página, la obra de un Dios-escritor, una mera ficción tornada realidad.

Breve nota del autor para su lector: el libro acaso presuponga lo que ocurrirá en el futuro. Recuerde que el principio antrópico propugna que dadas las condiciones actuales del universo, la existencia del hombre es necesaria en él. Si las condiciones no fuesen las actuales no habría posibilidad de que el hombre existiese siquiera. Sin embargo, las condiciones terminarían cambiando para dar cabida al hombre en el universo. Así, digamos que el universo podría haber seguido, desde la creación del primer átomo de hidrógeno, un plan de creación, no ideado por un dios sino como consecuencia lógica de las leyes naturales. En esas condiciones, hallar la ley unificada, esa ley que es más aún que las tablas de la ley de Moisés, permitiría conocer de forma determinística todos y cada uno de los acontecimientos que ocurriesen en el universo: la creación de la Tierra, la aparición del hombre, la derrota de la Armada Invencible, el par de calcetines que se pondrá Rómulo el 3 de marzo de 20.., cuál será el destino de este Libro, qué será de usted y de mí, qué será. Especule pues, si tiene tiempo, y no comparte la misma opinión que mi hermano Auguste Blanchard sobre la soledad, y cito textualmente: La soledad es como un anciano venerable: todos dicen respetarla, nadie desea su compañía.

Existe la posibilidad, piensa Rómulo, de que la vida, lo que llamamos vida, no sea mas que una ficción, un entretenimiento de los dioses, y la verdad, esa verdad que tanto anhela el hombre conocer, no exista. Rómulo se niega a pensar de ese modo. Niega la posibilidad de que María pueda ser irreal, ya sea como imagen en su mente o como realidad corpórea, tangible. Se niega a creer que no es dueño de sus actos, que su libertad es tan sólo un espejismo. Aunque piensa que hasta ahora se sentía libre, autónomo. ¿Por qué ha de cambiar esa situación?¿Modificaría acaso el que su vida estuviese determinada de antemano el hecho de que él pudiera amar, odiar, envilecerse o ver caer el sol de otro modo cada día? Probablemente sí, se responde, pues conocer es el paso decisivo hacia el desasosiego. Alguien le dijo alguna vez que la puerta hacia la angustia existencial se abre gracias al conocimiento: conocer es padecer.

Aléphica nota de Rómulo perdida, cómo no, en un volumen de Withman:
Sin ti, fui ciego espectador del mundo. Porque eres mi mundo, María: la garúa sobre el Ghobi, la marea en Viena, una llama en Siberia, la nieve en Beirut, un beso en Sumatra y una mirada en Roma, una sábana en un pajar, un sueño real, una sílaba tónica, un insecto bailarín, una viuda feliz, un balbuceo consciente, una alborada en Noruega, un ocaso en Suecia, un mundo que es María, un balancín oscilante, una belladona viva, un velero libre.
Dependencia, siempre ya, perpetua de ti. Comprensión de que tu existencia es inherente a la mía, de que los tiempos y espacios en los que nos movemos serán siempre simultáneos. Aceptación de mi sentimiento de necesidad, de subyugado perenne, de sediento, de hambriento, de girasol, de planta carnívora, de felino al acecho, de satélite, de cuerpo sometido a la fuerza de la gravedad, de electrón bailando en torno al núcleo.
Confesión visceral-realista: Deseo conocerte de forma íntima: besar tu hígado, sopesar tus riñones y lamerte el corazón, acariciar tus pulmones, hacer un orificio en ellos y respirar el aire que tú aspiras.

Come una ensalada y salmón a la plancha, una manzana de postre. A partir de ahora debe calcular todos sus pasos con absoluta precisión.
-¡Vaya!- exclama, Rómulo, sentado aún en el restaurante- me olvidé de Milton.
Por la mañana, al entrar en el metro, Rómulo se dirigía al otro extremo de la ciudad para encontrarse con Milton que decía haber descubierto unos versos de uno de esos poetas perdidos que ambos buscaban sin parar, Rómulo motivado por su inagotable sed lectora, Milton, en busca de aquel tema, de aquella forma, de aquel estilo que aún no había logrado hallar. Rómulo pues, se levanta de la mesa, y se dirige hacia un teléfono colgado junto a la barra del restaurante.
-¿Milton? Soy yo.
-...
-Ya, ha ocurrido algo.
-...
-Sí, lo sé, era Ediberto Grete, pero no sabes lo que ha ocurrido.
-...
-La verdad es que no puedo contártelo aquí. Deberíamos vernos.
-...
-Esta vez sí, lo prometo. ¿Recuerdas la secta de los ciegos que aparecía en Sobre héroes y tumbas?
-...
-Pues resulta que existe una similar, pero de adoradores de un libro. No puedo contarte nada más aquí. Podríamos vernos a eso de las...a ver, déjame pensar, alas cinco con el catedrático, a las once con el camarero...,¿ te parece bien a las ocho?
-... ... ...
-Bien, como quieras Milton. Hasta luego.

Rómulo paga y camina hacia la casa del catedrático. Son las tres y media. No cree que tarde más de media hora en llegar caminando. ¿Le siguen? Sí, aún se encuentra allí el tipo, qué perseverancia la suya. Aún no sabe cómo ha arribado a esta situación. El libro es el culpable de todo. No en vano, pronto, desde su infancia, tuvo siempre la certeza de que todos los libros tienen algo de perverso, porque descubren un mundo incompleto, imperfecto, desasosegante. Rómulo jamás ha escrito por ese sencillo motivo, por evitar la perversidad que en sus obras habría de manifestarse. Su idea acerca de la creación dista mucho de la habitualmente empleada. El escritor se expone a la hoja en blanco, que representa el futuro. Sin embargo el escritor no parte de la nada y se adentra en su memoria para crear. El autor pues, crea desde el pasado. Rómulo piensa que esa no es la actitud adecuada. Él desea una creatio ex nihilo real, ser Dios mediante la escritura como los habitantes de Bäusgron mediante las tallas de madera. Para alcanzar esta condición es necesario, piensa, olvidarse de los eternos opuestos y sentir la unidad como única divisibilidad posible, desprenderse de los anhelos y, ante todo, sentirse creador, ser la nada. Esa situación de absoluta soledad es el paso esencial para el acto creativo. Por algo la cábala defiende la génesis del mundo por Dios, como un acto de autismo creativo, la huida de Dios de la soledad. Los artistas chinos son capaces de alcanzar tal condición, pero corren el peligro de no poder distinguir entre la realidad en la que viven y la realidad que han creado. El poeta Li Bo murió ahogado al intentar atrapar en un río el reflejo de la luna que tantas veces había cantado; Wu Daozi desapareció en la bruma de un paisaje que acababa de pintar. Por eso Rómulo propone crear desde la nada para alcanzar, después, la nada. Nacer para morir. Eliminar la pretensión de perpetuidad de la obra es lo que la tornará realmente eterna. Contra el orden el caos, la cosa, el saco infinito. Tal vez por eso decía Valery que la nada es la perfección. Alguna vez leyó Rómulo la siguiente aserción en un libro de un físico un tanto lírico, inspirado tal vez por el apotegma de Valery: la materia está formada en su mayor parte por vacío, por nada: nosotros no somos pues, mas que discontinuidades de la nada, oasis en un desierto de vacío, imperfección. Rómulo no ha sido capaz de alcanzar ese estado logrado por los artistas chinos. No puede escribir, por tanto, por razones de escrupulosa moral literaria. No puede, sobre todo, dejar atrás sus anhelos.

Perdidas, entre algunos textos de filósofos alemanes, las siguientes líneas:
El tiempo dota a los anhelos de cierto cariz insoslayable. Nievan inviernos, florecen primaveras, solean veranos, caen otoños y los deseos persisten en su obcecado afán existencial, que se ve reforzado en tanto que el tiempo niega la expresión del anhelo y contribuye con la acumulación de evidencias que justifican la existencia del mismo. El grado de refutabilidad de esas evidencias, así como la disposición del sujeto para tornar un futuro onírico en un presente veraz son condiciones indispensables para transformar la potencialidad del anhelo en firme certeza de su consecución. Dado este paso esencial el resto es un devenir de los hechos nunca casual que conduce al fin inevitable: la consecución del deseo.
Regresamos a los eternos opuestos: el deseo (la potencialidad de mi ego) como lo unívoco, el amor como lo recíproco. Nunca puede ser amor el sentimiento unívoco (yo hacia ti, tú hacia mí), sino la sensación indiscutible e insustituible de que tú y yo sintamos que
juntos/ somos completos como un solo río,/ como una sola arena, lo individual formado por las partes, el amor-gestalt. De ese modo, el amor no deja de ser otra cosa que un juego perpetuo con el deseo. Afirmas que el amor es lo racional; el deseo, el juego.

Junto a estas líneas, una cuartilla doblada en la que figuran unas sorprendentes instrucciones:

Diversión amorosa de Tántalo:

Instrucciones del juego::
1.Te acercas a mí mientras me miras a los ojos, te aproximas y yo finjo ser estatua. Tus labios cada vez más cerca de conformar un beso con la desinteresada colaboración de los míos. Cuando mis labios preparan el hueco necesario, la curva precisa, te retiras con premura.
2.Ahora tú pasas a ser la estatua y yo el deseo aproximándose. Esperas mi beso (la estatua sonriente: la sonrisa esculpida con nácar, con nieve pétrea). También yo acerco mis labios a los tuyos, también yo me retiro en el mismo instante en el que el deseo corría peligro de extinguirse.
3.A continuación, los dos sobre la cama, nuestra respiración agitada, mis manos recorriendo tu cuerpo sin recorrerlo. Mantengo mis dedos separados ligeramente de tu piel y tan sólo eres capaz de percibir su presencia (su ausencia explícita) mediante la evocación de recuerdos, de anhelos actuales, y mis manos, sin tocarte, son capaces de percibir cómo te estremeces, cómo desde el deseo, anhelas desear aún más.
4.Tú sobre mí, recorriendo mi cuerpo con tu aliento, que explora cada uno de los pliegues de mi piel y me conduce a una realidad donde la única sensación existente es tu aliento, la calima del deseo que se interpone entre tú y yo.
5.Nos olvidamos de Tántalo. Después, ya, lo inevitable, el beso que abre la caja de Pandora, que produce seísmos, el beso que es la expresión de la saciedad, la inexistencia ya del deseo, y bebo tu saliva y como tus labios y es tuyo el cuerpo que adoro, y al que cada día acudo jugando y solicitando la redención de mis pecados.

Milton plantea la creación desde un punto de vista opuesto al de Rómulo. Él cree en Poe, en Raymond Roussell, en Duchamp, que eran esencialmente racionales, que descartaban todo atisbo de intuición o de emotividad del acto creativo y revestían cada una de sus creaciones de un aura intelectual que nada tenía en común con los cantos de Mallarmé, de Valery o del esotérico Novalis. Rómulo busca libros y ya ha encontrado el Libro. Milton busca versos, anhela encontrar el Verso. Rómulo emprende su búsqueda desde la nada, Milton lo hace desde el infinito. Y por ello, Rómulo le reconviene siempre con las mismas palabras: hablar del infinito es obsceno, tratar de entenderlo desde la finitud, un acto de grosera vanidad.
Konsgrüen, por el contrario, se siente cómodo entre ambas posiciones y de ese modo crea sus obras pictóricas, desvelando un Universo ambiguo donde sombra y luz se confunden, afirma él, citando a su admirado Tanizaki.

Rómulo sospecha que la combinación del maletín está relacionada con el episodio del hallazgo del Libro. No puede aún, sin embargo, establecer la relación entre ambos. Debe estar atento.

Me sigue aún, piensa Rómulo, he de huir de él y ganar algo de tiempo, que no sepan qué hago o qué digo. Son las cuatro. Entra en un centro comercial cercano y camina rápidamente, perdiéndose entre los compradores que a esas horas abarrotan ya los pasillos del gigantesco edificio. No conoce bien el lugar. Tal vez eso constituya una ventaja, pues su tránsito será caótico e impreciso, no sabrá hacia dónde dirigirse. Debe buscar otra puerta diferente a la de entrada para obligar a su perseguidor a entrar en el centro comercial y seguirle. Echa la vista atrás. Allí se encuentra. Rómulo busca las zonas del edificio donde se reúne más gente y se adentra entre la masa humana casi como si se lanzara a una piscina. De vez en cuando se gira para comprobar su ha perdido a su perseguidor. Aún continúa tras su rastro. No tiene mucho tiempo. Rómulo comienza a correr, desesperado ya por el férreo seguimiento del tipo, mientras el otro trata de correr tras él pero lo hace con más dificultades. Poco a poco, Rómulo ve cómo se aleja del tipo. Una puerta al fondo del pasillo. Corre hacia ella. Sale a la calle y corre hasta la siguiente esquina, donde descansa y aguarda la salida del tipo que le sigue. Por fin le ve salir mirando a su alrededor. Parece confundido. Parece que va a acercarse hacia donde se encuentra Rómulo, pero decide caminar en sentido opuesto. Ese es el momento que Rómulo elige para correr de nuevo y alejarse aún más de su perseguidor. Lo ha perdido. Ahora se siente libre. Comienza la búsqueda.

Aunque, en cierto modo, su búsqueda concluyó antes de descubrir el libro.
Leamos, no me resisto a mostrarlas, unas líneas que son muestra de esa búsqueda parcial finalizada.
Escribir te amo siempre no es retórica, es la forma más precisa de mostrarte mi estado perpetuo, mi presente dependiente del tuyo. Es hacerte partícipe y protagonista del más probable sentido de mi vida.
Escribir te amo siempre expresa mi conciencia permanente de tu existencia, de tu ser otro. Es de algún modo la forma de proclamar mi propia negación para ser por completo consciente de tu existencia, de tu capacidad para percibir, para sentir, es adentrarme en una percepción de una nada inexistente, de un vacío que no puede ser tal porque tu presencia es inextinguible en mi vida.
Escribir te amo siempre es sentir cómo mis dedos se aventuran sobre tu rostro para conocerte, nunca para reconocerte. Contigo la memoria se desvanece. No es posible, por tanto, el olvido. Mis dedos sólo perciben el presente (la suavidad de tu mejilla, los ojos cerrados, el labio trémulo, la ceja fina).
Escribir te amo siempre es restringir mi existencia al presente. Los tiempos pasados y por venir ya no tienen sentido. Vivo la maravilla de tenerte a mi lado en este preciso instante y esa idea me sorprende a cada momento, como un hecho insólito: al caminar por la calle, al comprar en la tienda de la esquina, al leer un libro; ahí te encuentras, de repente, saliendo de una inexistencia previa y relegando al olvido a cualquier otro pensamiento que en ese instante ocupase mi mente, tomo conciencia de tu existencia única y absoluta, de tu exclusiva presencia, lo que hace que me sienta Adán cada día me sumerja en una revirginidad perpetua de la maravilla, donde lo insólito toma ventaja siempre sobre lo común, y hace de mi vida una pléyade de sucesos ineluctables para mi condición de perpetuo ser naciente.
Escribir te amo siempre es la negación taxativa de la discontinuidad de mi tiempo y, por tanto, de mi memoria. No hay contigo intervalos, no hay instantes de tiempo, no es mesurable éste: es la eternidad en el presente. Si acaso, la única concesión, el intervalo desde Adán (mi despertar cada día) hacia la nada (el sueño, la inconsciencia, mi único vacío). Sólo en el sueño encuentro la inexistencia del tiempo, una nada previa a mi continuo nacer, que es el despertar
Escribir te amo siempre es escribir, sencillamente, que te amo siempre. Y escribir que escribir te amo siempre es sencillamente que te amo siempre, es sencillamente escribir que te amo siempre. Y así sucesivamente.
Escribir te amo siempre es ver: la vida como tu presencia; la muerte como tu ausencia; el sueño, como pérdida momentánea, como ausencia temporal, como evocación mínima de la muerte; la vigilia, como asombro continuo.
Escribir te amo siempre es manifestar, por fin, la convicción de mi existencia, de que por fin vivo. Esa convicción de la existencia de mi propio ser ha tornado explícita la sentencia de Berkeley: sólo la percepción puede garantizar el ser. Sé que estoy vivo, que siento, que formo parte del tiempo, que he despertado por fin del letargo de una vida sin vida, que ha nacido mi mundo y que quiero gritarlo a las estrellas que ahora veo brillar, por fin, vivas, al sol que por fin me baña con sus dedos de oro, a esta poética que ahora me empuja a desnudarme del cuerpo y ser sólo alma, sentimiento, vida emancipada de la existencia material, posesión inevitablemente tuya, María.
Pedro Garrido Vega.

viernes, abril 07, 2006

A propósito de...El círculo de los escritores asesinos, de Diego Trelles Paz

Si me preguntasen qué libro me gustaría haber escrito, nombraría , en primer lugar, El Quijote. En segundo, seguramente figuraría esta extraordinaria obra de un joven peruano que apunta excelentes maneras. El primer párrafo de la obra ya es una declaración de intenciones, y lo transcribo de forma literal porque ya desde ese momento supe que éste iba a ser un gran libro: ¿La emoción o las palabras, qué viene primero? Lógicamente no existiría la emoción sin un medio para expresarla, no podríamos ni pensarnos sin una convención previa de signos, porque los humanos no estamos hechos de órganos, huesos o carne, sino de códigos lingüísticos, de formas siniestras que aparentan ordenar el caos de nuestra naturaleza salvaje. Las palabras son primero. Dios, o cualquier otro de esos visionarios inmorales, creó el signo antes que el mundo dándole un poder apenas perceptible y, por lo mismo, absoluto. Nada es anterior al alfabeto.
De forma resumida el argumento es el siguiente: la obra está formada por cuatro manuscritos que pertenecen a cuatro escritores que formaban parte de un grupo, El Círculo. Mediante estos manuscritos, cada uno de ellos trata de mostrar su inocencia en el asesinato de un crítico literario que destrozó una iniciativa del grupo en forma de revista literaria. Todo ello, con las notas a pie de página del editor de la obra, que también formó parte del Círculo.
La obra es, ante todo, metaliteraria. Figuran innumerables citas y menciones a autores, cineastas y músicos, que se entremezclan en la trama. Y en la segunda página del libro, dos frases que ya terminaron de convencerme de que esta sería una obra genial: Porque, díganme, ¿cómo se reemplaza el Quijote?¿Con qué? Esta pregunta la realiza el primero de los escritores, Ganivet (un seudónimo como lo eran también Larrita, el Chato, Casandra y Alejandro Sawa), que se encuentra preso por la muerte del crítico y lee cada tarde El Quijote a los demás presos de la cárcel ante el temor de que cuando concluya su lectura los presos lo maten.
El estilo es dinámico. No en vano la primera dedicatoria del libro es para Bolaño y en todo él se deja entrever un aire del difunto escritor. También se aprecia una clara influencia de Vila-Matas. No me parece algo a criticar: al menos sus influencias provienen de excelentes escritores.
Toda la obra es una continua búsqueda de la creación, una afirmación de que el mundo no podría existir sin la ficción porque éste en sí mismo una ficción. De la conclusión del libro rezuma esa aserción. Párrafo perdido en mitad de la obra: Ajeno al amor de una mujer diferente a mamá, me convencí de que el mundo era la cosa más cruel que alguien había podido idear y que, de haber Dios en algún sitio, era un anciano perverso disfrutando de las debilidades de sus criaturas mientras las empujaba a caer. Esta dependencia sólo podía romprese de dos maneras: 1) no creyendo ni en él ni en nada (cosa que hice) y 2) siendo Dios uno mismo en el mundo de la ficción. Como no podía ser de otra forma, asocié casi automáticamente mi felicidad a la literatura y, así como el Quijote, ajeno a todo lo que se manifestaba real, aprendí a sobrevivir.

Pedro Garrido Vega

El Viaje, Capítulo II. La azafata (3 de 3)

Impacto.
¿Qué?
Impacto, impacto.
¿Qué, hola?
Impacto, impacto, impacto.
¡No te oigo! ¡No, ah! ¡Nooo! ¡Socorrooo! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE, POR EL AMOR DE DIOS, SOCORROOOO!
Impacto. Pum. Impacto. Avión que oscila. Caos. Ruido.
¡Estamos cayendo! ¡Capitán! ¡ESTAMOS CAYENDO! ¡VAMOS A MORIIIIR!
Caos. Caos. Caos a su alrededor. Gente volando.
¡OhDiosmíoohDiosmíoohDiosmíoooh! ¡OH, OH, OOOH!
Terror. Caos. Bum. Crash. Setenta y siete grados de inclinación. Gente golpeada, arrastrada, diezmada, muerta.
¡Oh, aah! ¡Sujetarmeee! ¡Sujetarme a algo! ¡Ya! ¡Aquí! ¡Oh! ¡Sí! ¿No? ¿Barra? ¡Sí! ¡Barra! ¡Barra! ¡Aquí! ¡Aaah!
Caos, terror. Ochenta y tres grados. Manos se cierran. Objeto metálico. Seguro. Seguro. Vida en descenso. Probabilidad tiende a cero. Tendones de antebrazo en tensión. Alguno estalla. Cuerda de guitarra. Poing. Caos. Hasta luego, cocodrilo.
¡Oh! ¡No! ¡No puedo! ¡Me resbalo! ¡Oh, Dios! ¡Ayúdame! ¡Dios! ¡Capitán! ¡Dios! ¡Me resbalo! ¡Duele! ¡Oh! ¡Demasiado! ¡Me resbalo! ¡MEEE RESBALOOOO!
Poing, caos, terror. Sin cuerdas la guitarra. Presión cero. Nos vemos, caimán. No te olvides de escribir. Caos. Discordia.
¡CAIGOOO! ¡CAIGOOO! ¡AAAAAAH! ¡CAI…
Golpe, caos. Golpe, golpe, golpe. Mortal. Golpe mortal. Golpe más mortal igual a muerte, ja. Golpe. Golpe como un, sí, como un coco. Crac. Blop. Masa encefálica. Muerte de coco. Coco de muerte. ¡Qué viene el coco! Crac. Adiós.

No pero puedo aunque se que no puedo y veo cuartos y habitaciones muchas y cada vez más pequeñas y ya no quepo ya no quepo Dios Buda Alá Anubis puto triunvirato de oh pequeña muy pequeña niña parque parque lluvia error error system failure Carlos Antonio Jorge María alabado sea que se oiga vamos negro negro negra muerte y donde donde oh desaparezco desaparezco y no hay nada padre Padre Felipe mentía solo muerte negro telón mala película mal final orgasmo mortal el último el peor blando agusanado cariado lívido esqueleto puto estudiante de Salamanca habitación nimia tiende a cero a cero absoluto adiós compañeros adiós si lo hubiera sabido levedad oh oh levedad existencia efímera no más planos ni encima ni reencarnación ja risa ja mentiras miedo a la pálida oh solo muerte oh no pierdo oh no muerte muerte
Muerte.
…
Cayetano Gea Martín

miércoles, abril 05, 2006

El Viaje, Capítulo II. La azafata (2 de 3)

¡Hola, nena! ¿Sigues por ahí? Ja, ja, ja… Ya ves, cari. Jo, ¿sabes? Me he topado antes con el tío bueno del 45B, tía. ¡Sí! Espero no haber sido demasiado lanzada, que ya me conoces, ¡los espanto! Ja, ja… ¡Hala, tía, cómo te pasas! Pues ahora el pobre está en el baño, creo que le ha sentado mal el té que le dio mi compa, la fea con ganas. Ja, ja, ja… ¿Eh? ¿Cómo? No, no. Para nada, ya te he dicho. ¿Antonio? ¡Antonio es un gilipollas! ¡Y se merece lo que le pase! ¡Lo que sea que le pase! Yo sólo… ¡No hice nada, tía! ¿Vale? Es decir yo sólo…

Solamente quería que me dejara, que se marchara, que desapareciera de mi vida, de mi cómoda vida que nadie iba a estropear por nada del mundo, y aunque al principio fuera divertido, no lo negaré, y excitante, después se convirtió en un peligro, en una amenaza para el mundo que tanto esfuerzo nos había costado construir a Carlos y a mí, que con tanto tesón y esfuerzo habíamos creado, y con amor, el amor suficiente, el justo, el básico, y su madurez y mi juventud embriagadora que cautivó a Antonio, pero él quería más, lo veía en sus ojillos ansiosos, no se conformaba con un pedazo del pastel, me quería por completo, me quería devorar y destruir mi mundo para colocar el suyo en su lugar, y eso no lo podía permitir ni lo iba a permitir, y nadie me arrebataría mi recién adquirida levedad del ser, y menos él, a pesar de lo guapo qué es, y lo bien que hace el amor, qué pena, qué desperdicio: sabía cómo complacer a una mujer en la cama, eso estaba claro, desde luego, mejor que Carlos, pero Carlos era mi porvenir, mi felicidad, mi coche, mi piso, mi avaricia, mi destino, y Antonio venga, que nos fuéramos, que huyéramos, que él cuidaría de mí, de mí, él, pomposo engreído fabricado a base de mancuernas y libros de poesía, sin ningún conocimiento de la vida real, de las necesidades reales que se extienden más allá de las palabras bonitas, de los buenos deseos y de las promesas de amor, de un amor que es una hoja en blanco, una mera formalidad, un mero trámite para llevarme a la cama, si lo sabré yo, que los conozco, los conozco a todos, y todos son el mismo, el mismo patrón de tío: machistas, eso es lo que son todos, sin distinción, aunque te hablen de igualdad y de que eres su luna, su sol, lo que da sentido a sus vidas, ¡mentira!: sólo se sienten bien cuando poseen, cuando tienen, y cuando pueden fardar de tenerte delante de su clan de osos cavernarios, de mamíferos sin evolucionar: qué pena, qué asco, y yo lo sabía, y se lo expliqué, pero no lo creía, creía que le mentía para protegerle, ¡protegerle, ja!, el no va más del engreimiento masculino, ese deseo de que todo gire en torno a ellos, centros del universo, pelo y carne alrededor de un pene, todos iguales, iguales e iguales, y yo lo sabía y él atentaba mis logros, mis metas y al canalizador de ellas, Carlos, el cual podía cortar el grifo en cualquier momento y, pum, adiós a todo, a todo, y por eso me cité con Antonio, claro, aunque llovía a mares, lo cual le sorprendió, y más que quedara con él en su pueblo, en su pequeño y repugnante pueblo, ya que sólo había ido una vez y basta, gracias, del asco que me daba estar rodeada de catetos, de paletos, de perdedores con un azadón bajo el hombro, como él, con ese aura de misticismo rural, de arcadia pastoril idealizada: ¡un poeta de pueblo, el colmo de un lamentable aspirante a Miguel Hernández!, siempre hablando de los cielos, del olor de la hierba y de chorradas constantes, y de su gimnasio de mierda, de su puto gimnasio cutre de pueblo, y ya no podía más, y nadie me arrebataría lo que era mío por derecho, y por eso quedé en su inmundo villorrio, pero no fui, no, no fui, en su lugar fue otra persona, sí, otra persona que se enteró por alguien, y sospecho por quién, de lo mío con Antonio y fue para allá, a zanjar la situación, y espero que así fuera, porque yo tengo un porvenir, un futuro, un esposo, un trabajo nuevo que empezar y un vuelo que tomar

Impacto.
Cayetano Gea Martín

lunes, abril 03, 2006

El Viaje, Capítulo II. La azafata (1 de 3)

¿Hola? ¿Qué, cómo estás, bicheja? ¿Cómo que quién soy? Ja, ja, ja. Adivina. Una amiga tuya que ha empezado a viajar mucho, ja, ja, ja. ¿Aún no caes? ¡Venga ya! ¿Cómo? ¡Claro que es un número raro, tía! ¡Te llamo desde el avión! ¿No sabes que no se pueden utilizar móviles? ¿Nunca has volado, cateta? Ja, ja… Sí, jo, estoy mazo de ilusionada. ¡Por fin llegó el momento del primer vuelo! ¡Buf! ¡Qué nervios! ¿Cómo? No, bien. No, al final no hablé con él. Pasé de avisarle, bah, que le jodan, es un niñato. ¿Qué dices? No, tía, no creo que me pasara con él. Créeme, se merece eso y mucho más, de verdad. Es un gilipollas. ¡Claro que lo tengo superado! Además, no veas que pedazo de tío ha subido al avión. Y no me quita el ojo, nena. Quién sabe… Ja, ja… ¡Tú sí que eres una pendona, no te digo! Mira quién fue hablar. ¿O tengo que recordarte lo de Jorge? Ja, ja, ja. Ya, claro, habla la santa, ja, ja… Además, a ti te gustan jovencitos, ja, ja… Pues mira, hay por aquí un niño de doce añitos con la cara pegada a un libraco que a lo mejor te iba, pedazo de pederasta, ja, ja…¡Tú sí que eres perra! Perdona un segundo.

Nada, ya estoy aquí. Nada, la ogro que me ha tocado de compañera, que no me deja en paz. Se cree que soy imbécil. Pero bueno, se cree obligada a enseñármelo todo como si no me hubiera comido año y medio de prácticas, ¿sabes? Es la típica fea amargada que no entraría en un buen vestido ni con calzador. ¡Fea y con un tipo horrible! Ja, ja… Además, ¡se ha atrevido a llevarle un té al tío bueno que te digo! ¡Casi se lo come, la muy desesperada! Bueno, ¿y tú el finde qué tal? ¿Fuiste a aquél pub? Ajá. Sí. Ajá. ¡No me digas! ¡Le viste! ¿Y tú que…? ¿Te liaste con él? ¡No me digas! Jo, nena, ¡luego soy yo la guarra!, ja, ja… Jo, no para de mirarme el macizo del que te hablo, tía. ¿Cuántos? No sé. Treinta y pocos, parece. La edad ideal, ya sabes, ja, ja. Estoy cansada de niñatos como el gilipollas de… No. No… ¡No! ¡Es que es un gilipollas! ¡Y no, no creo que me pasara! ¿Tú que hubieras hecho? ¿Permitir que alguien pusiera así en peligro… todo? Es un imbécil y me alegro. Que sufra como sufrí yo. ¿Qué? ¡No! ¡Pero…! ¡Sí, pe…! Sí… No… Joder, tía, no tienes ni idea, ¿vale? Yo sé por qué… Vale, vale. Cambiemos de tema, ¿vale? Jo, cómo me mira, tía, ja, ja, ja… ¡Me ha sonreído! ¡Oh! Creo que luego le voy a llevar algo. Mierda, espera un segundo. ¿Sí? Dime. Vale, vale, ya estoy allí. Te tengo que dejar, cari, que me toca explicar lo de los salvavidas y todo eso. Creo que se lo voy a dedicar por entero a mi admirador del asiento 45B ventanilla, ja, ja… Luego te llamo si puedo, chiqui. Un besoteee. Chao, chao.
Cayetano Gea Martín

sábado, abril 01, 2006

Tras tu silencio

Sabes que no hay motivo, no hay recuerdo
Apenas un silencio muerto detrás de tus ojos
Sabes que, acaso, moro detrás de tu alero
Escondido, huidizo, con el perfume de los locos

Tras los cristales de tu silencio pleno
Tras la ignominia de mis pecados
Un monstruo de azul de etileno
Un vidrio roto, un vientre helado

Entre tus senos y mi coseno
Te sales siempre por la tangente
Y la luna, luna sucia de viento

Acaso menos que mi muerte inconsciente
Acaso más que tu vida y tu recuerdo
Caigo, peno, sufro con tu olor entre mis dientes
Cayetano Gea Martín

La culpa

El último trabajo, me ha dicho antes de colgar el teléfono. Lo prometo, ha dicho. No le creo. Ya lo ha prometido en otras ocasiones y aquí estoy, otra vez, esperando a cumplir este último trabajo.
Soy asesino profesional. Trabajo es sinónimo de muerte, dice Carlos, a veces, riéndose. Sabe que soy un buen tirador, el mejor. En cuanto tiene ocasión recuerda aquel trabajo en Moscú: le acerté a aquel tipo desde quinientos metros y con aquel viento terrible soplando de costado. Y si no, recuerda ese otro trabajo en Glasgow: allí casi nos cazan, pero estuvimos rápidos.
Me ha enviado todos los datos esta mañana en un correo electrónico cifrado. Figuraba una dirección, la de esta habitación que alquiló hace una semana. El cuarto es minúsculo, unos siete metros cuadrados pobremente iluminados, las paredes necesitan una mano de pintura y por muebles hay una cama y un pequeño armario empotrado. Nada más. Enfrente de la puerta se encuentra la ventana. Me acerco a ella y observo: es la esquina que aparece en el plano que me ha enviado Carlos. El tipo tiene que aparecer sobre las 12:30 subiendo por la calle R. para cruzar hacia D. A esa hora no habrá mucho tráfico. Eso facilitará el trabajo. Debo asegurarme de que nadie vigila desde el edificio de enfrente: siempre hay algún curioso que puede delatarme. Los juicios están repletos de curiosos que presenciaron asesinatos y que ya no pueden dormir por la noche. La curiosidad genera insomnes.
Son las 10:00. Abro el maletín y preparo con esmero el arma. Limpio cada una de las piezas para que encajen a la perfección. Cualquier imperfección en el arma me puede hacer errar el tiro. Sin embargo, Lucy, mi semiautomática rusa, nunca me ha fallado. Las rusas no fallan. O valen o no valen, pero las que valen jamás fallan. Compra una americana, me dice a menudo Carlos. Él no sabe disparar: fija un punto y dispara, como si el acto de matar fuese algo rutinario, mecánico. Matar es un ritual. No debe apuntarse y disparar. Disparar es un acto pasivo: es el arma quien dispara. El tirador es el medio que el arma emplea para realizar su naturaleza homicida.
Nunca siento remordimientos. El acto de levantar el arma y disparar es inexorable: una vez comenzado ya no hay retorno posible. Sólo yo soy responsable de mis actos. El único instante en el que me puedo volver atrás es aquel en el que me cargo el arma al hombro. Ese es el punto de no retorno. Sin embargo Carlos cree en el destino. Y cree que esa creencia le exime de cualquier culpa. E identifica la necesidad con el destino. Alguien está destinado a morir, por tanto es necesario que alguien ejecute ese designio. La libertad no es posible: ni la mía ni la del finado, asegura.
Termino de enroscar el silenciador. Si se piensa, el silenciador no es más que un elemento compasivo. Cuando la muerte se proporciona de forma rápida y eficaz ésta ha de ser silenciosa. Odio esas muertes atroces, vulgares, en las que el tipo se desangra con lentitud y grandes aspavientos. Esas muertes merecen ser ruidosas. Yo sólo otorgo una muerte rápida y silenciosa.
En la calle, poco a poco, el tráfico deja de ser tan denso. Observo a la gente que camina a grandes pasos por la calle R. Me encuentro en un segundo piso, por lo que no será difícil salir rápido de aquí cuando haya ejecutado el trabajo. Aun así tendré que correr hacia la calle y verificar que el tipo ha muerto. Nunca he fallado. Por eso Carlos me encarga estos trabajos sólo a mí. Junto al semáforo que regula el paso de la calle R. a la calle D., una mujer se detiene más tiempo del necesario. No parece sospechosa. Ni siquiera levanta la vista hacia los balcones de esta zona de la calle. Por fin cruza la calle y su silueta se pierde entre la multitud que camina junto a los escaparate de las tiendas de la calle D. Sin embargo, algo no va bien.
En el cuarto vecino al mío se oyen risas. Son dos señoras mayores, no hay por qué preocuparse. Abajo, en la calle, analizo el escenario. Si el tipo camina a buen paso tan sólo tendré unos treinta segundos para disparar. El ángulo de tiro no es el más idóneo, pero Carlos confía en mi destreza, y no sólo eso, el hecho de que el disparo se efectúe desde un punto anormal facilita la huida. Nadie sospechará que el disparo que acabe con el tipo salió de aquí.
Me retiro de la ventana y recuerdo el mensaje. El tipo vestirá un traje oscuro, camisa azul y corbata algo más oscura. Le reconoceré porque portará un maletín de pequeñas dimensiones en su mano izquierda. Es zurdo, por tanto. Eso me agrada.
Abro una botella de agua que traigo en la mochila y echo un par de tragos. Está tibia. El calor es asfixiante y yo ni siquiera puedo abrir la ventana. He de esperar. No hay nada que hacer hasta que aparezca el tipo. Son sólo las 10:30. Sé que algo no va bien.
Recuerdo la conversación con Carlos de hace dos días. Nunca le vi igual. Borracho, agónico, inconsciente de todo, se dejó llevar y me confió intenciones que yo no querría haber escuchado jamás. No sé cómo seguir viviendo. Clara se ha marchado, me dijo. Puedo enfrentarme a cualquier dificultad, lo sabes, me decía, puedo perderme en la selva colombiana, nadar durante varios kilómetros en el Yantzé o incluso esconderme en un camión refrigerado durante horas, pero si hay algo que me considero incapaz de hacer es vivir sin Clara. Carlos lloraba y balbucía palabras que yo apenas podía comprender. Intenté convencerlo: piensa que es lo mejor. Clara es policía, ya ha permitido bastante, no puedes pretender que los demás carezcan de moral. Miraba a un lado y a otro, frenético, desesperado. No es eso. Soportaría que me abandonase por cuestiones morales, pero ese no es el problema. ¿Y cuál es el problema?, inquirí yo. Que no me quiere.
Me asomo de nuevo a la ventana. En el piso de enfrente una mujer tiende la colada. No hay nadie más en el resto de ventanas. El sol cae a borbotones sobre la calle poblada de sombras que proyectan sombras. Sigo pensando que algo no va bien.
¿Cómo aconsejar nada a Carlos? Clara me sorprendió aquel día. Sus piernas, sus manos. Nunca había contemplado nada igual. Desde la primera mirada ya ambos sabíamos que tendría que suceder. Y sucedió. Mirarla fue como coger el arma. Ya no había vuelta atrás. Pasamos un buen rato. Ella aún no sabía que yo trabajaba para Carlos, me creía más decente que él, con más escrúpulos. Creo que nunca llegó a saber quién era yo realmente.
En el pasillo se oyen pasos apresurados. Dos niños corretean. No hay peligro. Pero sé que algo no va bien.
Prometimos no contárselo a Carlos. Esa noche, al despedirse de mí, Clara me dijo: te amo, recuérdalo bien. Su voz sonó melancólica, apagada. Nunca lo olvidé.
Son las 11:30. Son las 11:35. Son las 11:40. Son las 11:45. Son las 11:50. Son las 11:55.
Son las 12:00. Me aproximo de nuevo a la ventana y la abro con cuidado. Yo me echo a un lado y, protegido por la pared, escruto la esquina por la que ha de aparecer el tipo. Ya no suelto a Lucy. Cualquier distracción puede malograr el trabajo.
No sé quién es el tipo. Nunca lo sé. A veces me entero por los periódicos del día siguiente, pero prefiero no saberlo. Tal vez sea ese el motivo de mi carencia de remordimientos, el hecho de ver al tipo como a un blanco en movimiento al que disparar, una diana como las empleadas en las prácticas de tiro.
Lucy está preparada para trabajar, lo sabe, la siento inquieta entre mis manos, conoce su cometido a la perfección. Son las 12:15. Ya no dejo de mirar por la ventana. De vez en cuando un vistazo al piso de enfrente y un barrido rápido por la calle en busca de coches de policía, de vagabundos, de ociosos. Todo tranquilo.
Son las 12:25. Ahí está. Baja por la calle R. Lucy ya se encuentra sobre mi hombro, suave, a la espera, ávida. El tipo es alto, fuerte. Desde aquí no veo su cara. Me recuerda a Carlos en su forma de andar. Recuerdo ahora a Clara, siempre ocurre lo mismo. El tipo sigue avanzando y Lucy y yo le seguimos, yo a través de su mirilla, ella con su cañón. Pasan dos coches blancos por delante de él. En el piso de enfrente no hay nadie en las ventanas. Ahora es el momento. Se para en la esquina mira un momento hacia donde estoy. Disparo.
El tipo se ha desplomado. Dos personas corren hacia él. Desmonto rápido a Lucy y corro hacia la esquina de R. con D. Ya hay diez personas rodeando al tipo. Tengo que asegurarme de que haya muerto. Me abro paso entre los curiosos. El tipo está muerto, eso es seguro. Cuando llego a él sé de una vez por todas que algo no va bien. ¿Cómo no lo supe?, me digo, contemplando el cuerpo inerte de Carlos.
Tres coches de policía aparecen en ese momento. Demasiado pronto. Aún puedo huir. Sin embargo, acepto formar parte de esta tragedia urdida por Carlos. Sería una desconsideración hacia él no hacerlo. De uno de los coches sale, cómo no, la tragedia no tendría éxito si no fuese así, Clara. Primero me ve, luego se inclina sobre el cuerpo un instante después comprende el argumento de la obra. Viene hacia mí. Es el momento de su papel protagonista. Una lágrima corre por su mejilla. Me susurra, te quiero, nunca lo olvides, y en un tono más autoritario, más cruel: queda usted arrestado por la muerte de este hombre.

Pedro Garrido Vega.

viernes, marzo 31, 2006

El cerebro de Dios, séptima entrega

9.Donde descubrimos el experimento de Rómulo, una conversación captada al azar y sus consecuencias.

El café de Leónides es amplio y oscuro, el humo es el aire que se respira. Es el local preferido por los habitantes de M. Rómulo elige una mesa apartada, pide un café al mozo, saca el libro, abre la ventana y descubre que de nuevo son narrados los hechos que hasta el momento le han acontecido. Su experimento será el siguiente: Rómulo dejará pasar el tiempo sin hacer nada. Si es necesario llevará este experimento hasta sus últimas consecuencias: se encerrará en casa y dejará que su vida transcurra en la inacción. Se le ocurren, sin embargo, dos posibilidades por las que el experimento podría no tener efecto. Para alguien que escribiese a posteriori, le bastaría con escribir: ...y Rómulo se dejó llevar por la desidia en los días posteriores al comienzo de la lectura del libro y con ello habría dado por concluido un amplio período de tiempo de inacción; si el escritor relatase los hechos a priori todo lo que él hiciese no tendría sentido ya, pues estaría escrito de antemano. Rómulo decide pues cerrar los ojos y abstraerse, tratar de evitar cualquier pensamiento, de obviar cualquier conversación cercana. Mantiene esa disposición durante diez minutos. Después, abre de nuevo la ventana:

Rómulo es, por fin, el presente, el ahora, se ha desprendido de la memoria, ni siquiera recuerda este libro, no sabe quién es Emery Blanchard, ni Georges, no Odile, ni Marcel. Rómulo se siente vivo por primera vez en su vida aunque aún no es consciente de ello. Tal vez comience a serlo en el momento de leer estas páginas y comprenda por fin aquella frase de Macedonio: se cumplió la belleza de la no-Historia. Rómulo inspira, espira, inspira, espira, su dedo índice se mueve lentamente, inspira, el dedo se apoya sobre la mesa, espira, el párpado le tiembla, inspira, el párpado sigue temblando, espira, es ahora el momento de máxima evasión del tiempo, Rómulo concentrado en la nada, la inspiración y la espiración no son ya más que actos involuntarios, ahora se siente inmerso en la nada, una nada que no es ese abismo inhóspito donde habita la soledad, sino esa otra nada previa a la catarsis, a la expresión de lo sublime.

Entre sus notas, esta:
Soy el impulso del Universo. Soy el rotor de la Tierra, del Sol, de la Vía Láctea, de todo lo existente. Soy, ante todo, el impulso del tiempo.

Rómulo regresa a la inspiración y espiración como actos conscientes, necesarios, aún no es consciente de que la pérdida de esa necesidad implica la libertad absoluta, el despojo, a la vida, de la permanente sombra de la muerte.

Cierra, exhausto, la ventana. Dos tipos que se encuentran en una mesa próxima mantienen una extraña conversación.

...y Cossini, Gadelton y yo bebemos capuchinos sin cesar en lo de Martini, que nos sirve un café tras otro hasta que salimos de allí y a poco no tienen que avisar a la ambulancia para tratarnos de coma cafeínico. Al salir acusamos a Martini de promover la adicción al café. Los tres, nerviosos, cafeínicos perdidos, salimos del local despidiéndonos de él con una reverencia y un adiós maestro bajo su sonrisa complacida. Martini considera nuestra pomposa marcha un acto protocolario de loa a su pericia cafetera. Lo de Martini no es esencial en esta historia pero no te conté ya de su existencia y aprovecho cualquier ocasión para publicitarle el local al maestro, no sé si comprendes, y como te decía, uno de esos días descubrí que puede haber gente sin rostro, ¿Cómo sin rostro?, Ni más ni menos, sin rostro. Un tipo sin rostro. Imagina, Cossini hablando ese día de ateísmo y enunciando aquel argumento con el que es capaz de desarmar al Creyente Supremo, En realidad, si lo piensan, todos somos ateos, algunos llevamos un dios de ventaja a los demás pero esa es sólo una diferencia nimia. Gadelton y yo no paramos de reír y él se sienta muy recto, serena su rostro y explica, Cuando los ateos a los que llevo ventaja me expliquen por qué no creen ellos en el resto de los dioses ya no será necesario que yo les explique el porqué de mi ventaja sobre ellos, Esa actitud tuya es, sin duda, económica, apunta Gadelton, No es económica, sino coherente, aunque en cierto modo la coherencia cumple con el principio rector del Universo: la economía energética, responde Cossini, De hecho, tal vez la humanidad no sea más que un reflejo de ese principio rector, propongo yo, y Cossini se periscopa y anuncia, Yo, sin embargo, de tanto que economizo, al final siempre me queda algún remanente de energía ahorrada que he de evacuar, y se marcha sin dilación al excusado, ¿Sabes que se murió Marco? me pregunta Gadelton, No, respondo, Estuve en el entierro, me dice, lo de siempre, algunos llorando y el resto por compromiso, esperando que acabe todo para volver a sus casas, besar a sus mujeres y sus hijos y olvidarse de Marco para siempre, la muerte no sólo mata a los hombres sino también a la memoria de los hombres en el resto de los hombres. Pero, ¿sabes una cosa?, y me mira fijo, como si fuese a contarme un secreto, En realidad yo nunca lo he visto, ¿Cómo que no lo has visto?¿Qué quieres decir con eso?, observo, No sé, no lo veo, caí en la cuenta el otro día, no soy capaz de verlo, está ahí, sé que existió pero no lo veo, ¿Tú recuerdas de que color tenía los ojos?
La pregunta de Gadelton tuvo el efecto de una sacudida bestial sobre mí, un empujón hacia un sitio incierto, a un rincón que el raciocinio se niega a aceptar que existe: las preguntas sin respuesta posible, los vacíos de Auguste Blanchard.¿Te imaginas? Darte cuenta que conoces a un tipo desde el colegio y que nunca le has visto la cara. No sé cómo era su nariz, ni sus labios, si tenía alguna cicatriz en la cara, ni de qué color eran sus ojos. Pensé en mi mala memoria o en alguna amnesia especialmente selectiva. Recuerdo sin duda alguna la figura de Marco: alto, delgado, el pelo castaño y rizado y recuerdo bien sus manos, sus dedos muy largos y muy blancos. Pero siempre le veo de espaldas, o tras alguna persona, o tras alguna columna, o tras un periódico, o bajo una sombra. Recuerdo bien uno de sus cumpleaños, él tras una tarta enorme soplando las velas y yo sin poder distinguir su rostro. Es extraño, ¿verdad? Y sin embargo, más extraño fue lo que siguió.
Es como si fuese un dios, me dice Gadelton, al que miro sorprendido, Sí, no me mires así, piensa qué hacen los dioses: se presentan ante nosotros en forma de hechos sobrenaturales y nadie es capaz de advertir su presencia material, de contemplar su rostro. Ambos nos quedamos pensativos. Sin embargo sí recuerdo ahora su coronilla, se estaba empezando a quedar calvo, Otra muestra de economía energética, digo yo, y reímos los dos, Pero ya se acabó Marco. Cuando comencé a pensar en él, a despedirle de mi memoria fue cuando vi todo este asunto del tipo sin cara. Y en eso llega Cossini y Gadelton le pregunta, ¿tú recuerdas los ojos de Marco?, Claro, eran azules, hermosos, nunca vi algo igual, creo que ya os lo dije en alguna ocasión, No, nunca nos lo dijiste, Cossini. Ese fue un momento jodido, de verdad, Gadelton y yo nos mirábamos pensando que tendríamos que recoger los ojos del suelo sabiendo que Cossini era capaz de ver a Dios y, sin embargo, no creía en él, qué mundo paradójico, ¿entiendes? Pero pronto nos dimos cuenta de nuestro error. Dice Gadelton, Pues ya no volveremos a verlo. Murió. Ya no veremos cómo se queda calvo, Ah, ¿pero se estaba quedando calvo?, dice Cossini pensativo, ¿Sabes que no soy capaz de recordar su coronilla?

Una nueva nota:
Alcanzo, sólo a veces, y en raptos de suprema clarividencia, a comprender que lo único que buscas es lo que yo inconscientemente te ofrezco. Ese es quizá el motivo por el que tu felicidad y la mía son un tanto inexplicables, porque no habita en nosotros la continua búsqueda del placer del otro, el desesperado anhelo de reconocimiento del enamorado.

-¿Nombró usted a Auguste Blanchard?- interrumpe Rómulo la conversación.
-Claro- contesta sorprendido uno de los interlocutores- el defensor de las máculas del tiempo.
-Perdone mi ignorancia pero, ¿qué son las máculas del tiempo?
-Según Blanchard, son instantes de tiempo detenido o, si lo prefiere, vacíos. Vacío como carencia pero también y, a su vez, como necesidad. El instante de tiempo detenido refiere la necesidad, la hace explícita como única realidad posible en él. Según Blanchard, una mácula de tiempo es un instante de la duración, algo que jamás aceptaría Bergson y que, sin embargo, en la filosofía de Blanchard es un concepto intuitivo pues a pesar de considerar el tiempo un continuo considera que la conciencia no es continua: separa el ser del tiempo. Según él, son dos realidades ajenas e independientes.
-¿Sabe dónde podría encontrar alguna obra de Auguste Blanchard?
-En realidad, no. Leí una vez algo que me prestó un amigo pero ni siquiera se trataba de un libro. Creo recordar que eran unas cuartillas fotocopiadas. Blanchard era un escritor un tanto marginal.
-¿No conocerá por un casual a su hermano?
-Claro, Emery Blanchard, pero apenas lo he leído. Emery era un tipo más bien místico y siempre fue muy reservado. Por lo que sé apenas apareció en público y no le gustaban las entrevistas, por lo que casi lo único que queda de él son sus libros. Qué injusticia cometieron con él..
-Tal vez la injusticia la cometió él con los demás.
-¿Cómo?
-Nada, tan sólo pensaba. Gracias por su amabilidad. Rómulo Gea, encantado.
-Felisberto Ariel. Encantado.

Rómulo se marcha de la cafetería. Piensa en Georges, en Odile, en Marcel, en Sophie, en Emery y Auguste Blanchard, en Ulises Alonso, en Cossini, en Marco. Piensa, sobre todo y siempre, en María.

Yo.

jueves, marzo 30, 2006

A propósito de...varias y heterogéneas lecturas recientes

Esperanto, de Rodrigo Fresán.
Este autor es uno de los más conocidos autores argentinos del momento. Leí con avidez su libro Jardines de Kensington, que me pareció una auténtica obra de ingeniería literaria. En ella se narraba la vida de Barrie, el autor de Peter Pan y entre esa narración se incluía la vida de un autor imaginario de literatura infantil a punto de suicidarse.
Rodrigo Fresán es un autor pop. Siempre se le define así. Bob Dylan, The Beatles y muchos grupos y artistas de la época hyppie desfilan por sus libros. Esperanto fue su primera novela y no fue una excepción.
-Nadie me entiende-dijo Esperanto.
Y abrió los ojos.
Esta aparente paradoja es el leitmotiv de esta obra, en la que un músico, Esperanto, hace repaso de su vida durante una semana que será crucial para descubrir algunos secretos que le habían sido guardados. No me gustó tanto como Jardines de Kensington pero es de fácil lectura y ya apunta algunos de los rasgos que después le convertirían en un narador excelente.

Por fin solos, de Cristina Peri Rossi.
Imaginemos que vamos a una clase donde todos los días nos cuentan la misma lección. Ya la hemos comprendido el primer día y puede ser interesante, pero por fuerza de repetir siempre la misma lección nos termina resultando anodina y sin interés. Es lo que me ocurrió con este libro. Son cuentos acerca de las relaciones de pareja muy orientadas al público femenino y en las que se narran temas demasiado recurrentes ya, según mi opinión. He de decir, sin embargo, que tanto el primer como el último cuento del libro me parecieron hasta cierto punto sorprendentes por el punto de vista empleado por la narradora. El resto de cuentos, no me aportó nada nuevo. Tanto es así, que ya los he olvidado.

La letra e, de Augusto Monterroso.
Qué pena que publicase tan poco este autor al que tanto respeto profeso. En todo lo que escribe ni falta ni sobra una sola palabra, una sola coma. Este es un libro que pretende ser un diario o algo así como un cuaderno de pensamientos. No existe relación entre los temas tratados pero al final todo se resume en el binomio literatura y vida. Nombra hasta la extenuación a Sterne y a Proust, se detiene en aquellos juegos que tanto le gustaban (los palíndromos y los textos bifrontes) y narra sus relaciones con algunos escritores, entre los que figuran Cortázar o Ítalo Calvino. Recomiendo leerlo sólo por el placer de leerlo.
Dos palíndromos que figuran en el texto:
Adán no calla con nada.
Sums are not set as a test on Erasmus.

Un texto bifronte:
Entre verdes aires.
Entrever desaires.

La religión de un médico, de Sir Thomas Browne.
Probablemente, si Borges no hubiese nombrado a este autor en su cuento Tlön, Uqbar Orbis Tertius, hubiese pasado desapercibido para nosotros, aunque sus contemporáneos afirmaron que su estilo era inigualable. Leí este libro pues, con cierta expectación y más aun sabiendo que era Javier Marías quien lo traducía. El resultado, una pequeña decepción. El primer texto, correspondiente al que da título al volumen, trata de explicar las bondades de la religión cristiana pero apenas se detiene en el punto de vista del médico y acepta muchas de las aserciones simplemente mediante la fe. El segundo texto, que es el que menciona Borges en su título y cuyo quinto capítulo tradujo al alimón junto con Bioy trata acerca del enterramiento mediante urnas funerarias. Para un lector curioso puede ser interesante ya que hace un recorrido histórico por las distintas religiones y sus ritos funerarios centrándose sobre todo en los ritos que implican la cremación del difunto. Como curiosidad es aceptable. El último de los textos trata acerca de los sueños y propone esa visión mística que aún perdura en muchas personas hoy día y que tanto explotó Borges en sus cuentos. Interesante por lo evocador de las ideas.

Prisión perpetua, de Ricardo Piglia.
Leí este libro de cuentos por la recomendación que de él se hacía en una edición crítica del Adán Buenosyres, de Marechal, en el que se exponían los paralelismos tan estrechos que existían entre aquella novela, este cuento de Piglia y Rayuela. Personalmente, no creo que existan lazos tan estrechos entre ellas y personalmente también, Prisión perpetua me parece la más floja de las tres aunque no me parece en absoluto una mala narración. Trata acerca de un escritor que en su juventud conoció a otro escritor que se parecía extraordinariamente a Scott Fitzgerald y que defendía la inclusión de la literatura en la vida, y viceversa. El estilo es sorprendente. Del resto de cuento apenas guardo recuerdo lo que para mí significa que no me resultaron especialmente sorprendentes (o tal vez, que mi memoria sea cada vez peor, lo cual tampoco debe descartarse).

Las cosas, de Georges Perec.
No puedo evitar la admiración que me causa este escritor. Por lo que he leído me parece uno de los grandes novelistas del siglo pasado y este libro lo confirma. Su estilo es excelente: sobrio, sencillo, rápido. Esta obra lleva por subtítulo Una historia de los años sesenta, en la que anticipa ya lo que ocurrirá tras esa década: la primacía de la publicidad, la creación en la sociedad de necesidades que hasta entonces no se planteaban, el cambio en el estilo de vida, la posesión de objetos como forma de expresión social. El primer capítulo, breve, recuerda a La vida, instrucciones de uso. Está, además, escrito en condicional. El resto, narra la vida de una pareja inmersa en esa sociedad cambiante y a la que se resisten a incorporarse.
Unas líneas que determinan la idea principal de la novela:
A veces les parecería que una vida entera podría desarrollarse armoniosamente entre aquellas paredes cubiertas de libros, entre aquellos objetos tan perfectamente domesticados que habrían acabado creyéndolos hechos para su uso único, entre aquellas cosas bellas y simples, luminosas. Pero no se sentirían atados a ellas: ciertos días irían a la aventura. Ningún proyecto les sería imposible. No conocerían el rencor, ni la margura, ni la envidia. Pues sus medios y sus deseos se armonizarían en todo punto, en todo tiempo. Darían a este equilibrio el nombre de dicha y, con su libertad, su prudencia, su cultura, sabrían preservarla, descubrirla en cada instante de su vida común.

Memoria del mundo y otras cosmicómicas, de Ítalo Calvino.
Una obra que sólo podría haber escrito Calvino. Muchos las definen como historias de ciencia ficción. A él no le gustaba denominarla así porque no se proyectaban hacia el futuro (como todas esas historias de robots y Apocalipsis informáticos) sino que se proyectan hacia el pasado, hacia el inicio del tiempo. Cada una de las historias va precedida de una breve teoría científica (aceptable o no hoy día, eso es lo de menos) y a continuación un narrador que ha vivido toda la historia del universo y del cual no se nos informa sobre su naturaleza, tan sólo que se llama Qfwfq, nos cuenta sus experiencias ante aquellos sucesos. Me gustó especialmente Todo en un punto, por su originalidad, por lo cómico de las situaciones que se describen, por haber sido escrito por Calvino.

Cajón de lecturas variadas.
Como sería largo y tedioso comentar estas obras por su inmenso interés tan sólo las nombro e insto a cualquiera que lea estas recomendaciones a que las lea sin demora:
Teoría de la inteligencia creadora, De José Manuel Marina, para saber qué es la inteligencia, cómo funciona, por qué somos diferentes de los ordenadores y cómo utilizamos esa inteligencia para crear. Su libro parte de la idea de que la inteligencia es una capacidad animal transfigurada y que, de hecho, el hombre posee una inteligencia creadora.
¿Qué es el budismo?, de Borges y Alicia Jurado, que he releído con interés y que explica perfectamente el origen del budismo a partir de los mitos hindúes, los diferentes mitos que sustentan al budismo y las distintas ramas que se han generado a partir de esos mitos comunes. Esencial para entender esta filosofía de vida.
Introducción a la metafísica, de Rafael Gómez Pérez, libro que cacé al azar en la biblioteca y que se centra sobre todo en las ideas metafísicas de Santo Tomás, muchas de las cuales se apoyaban en las de Aristóteles y que aun hoy siguen vigentes. Se explican todos los conceptos básicos con simplicidad. Emprendí su lectura con cautela pero se lee con cierta facilidad.

Y, por ahora, nada más. En un futuro no muy lejano, haré un compendio de mis lecturas acerca de estética (¿Qué es el arte?).

Pedro Garrido Vega

miércoles, marzo 29, 2006

El Viaje, Capítulo I - El Accidente

I. (3 de 3)
Impacto.
Un tremendo impacto.
Un tremendo impacto que sacude por entero el diminuto baño del avión y me hace flotar en el aire durante dos interminables segundos
Mira, mamá, sin manos
en los cuales siento una ingravidez no producida por la carencia de gravedad, sino por un movimiento brusco y de inconmensurable cinética de arriba abajo, la misma sensación de volar que conocen los suicidas del viaducto, sólo que mi suelo no está en la calle Segovia, a cien metros más abajo, sino a apenas ochenta centímetros de mi cabeza, la cual va a su encuentro en cuanto pasan los dos segundos de levitación forzosa.
Mira, mamá, sin dientes

La boca se estrella contra el sucio suelo de linóleo y estalla en una roja burbuja de dolor. La sangre surge como líquido en un pulverizador, segundos antes de comenzar a manar a riadas. El dolor es tan grande que se me olvida gritar mientras me orino encima de los vaqueros, incluso olvido al pandemonio que tiembla de caótica excitación a mi alrededor. Porque el compartimiento estanco que forma el baño del avión parece resquebrajarse por entero, con titánicas sacudidas que me mandan de un sitio para otro, al techo, al suelo, contra las paredes. Dos o tres veces golpeo el espejo del lavabo y cada vez que lo hago, se quiebra más y se cubre más de sangre. El universo gira a mi alrededor, y lo hace de forma ensordecedora, con un estruendo agudo como un grito o un prolongado frenazo. Intento taparme los sangrantes oídos, pero no sé dónde se encuentran éstos ni mis manos. Soy una marioneta con las cuerdas cortadas dando tumbos en una lavadora fuera de control, mientras giro y giro en la más horrible de las montañas rusas. Sólo pienso en que termine, en que muera de una vez, en que mi cuerpo se desintegre y que todo desaparezca. No pasa mi vida delante de mí. No recuerdo a los seres amados ni pienso en el daño que infligí. Sólo deseo que todo termine.

De repente, tan súbitamente como surgió, el movimiento cesa. No se va parando poco a poco, sino que la realidad vuelve a encajarse de golpe en su sitio. Un instante antes estaba saltando en un ruidoso caos sin gravedad y un instante después todo para.
Quietud.
Total y absoluta.

Mi cuerpo, tumbado sobre el suelo lleno de cristales, papel higiénico, fragmentos varios de mampostería y mi sangre, aún posee la inercia de la sacudida y no ha descubierto que todo ha parado. Mis oídos pitan desaforados entre los hilos de sangre que los intentan taponar. Descubro con mi lengua sangrante y mordida que me faltan varias piezas dentales. Una manta de calor cubre mi ojo derecho y parte de la cara. Tengo una pierna torcida hacia el lado contrario de la articulación normal de la rodilla, oh, Dios. No te desmayes, aguanta, mírate, reconócete. Siento al menos tres costillas rotas. Dios, qué dolor. No te desmayes, desgraciado. Completa tu revisión. El brazo izquierdo se encuentra doblado de manera antinatural, y colocado debajo de mi nuca. El hombro se ha salido, siento la cabeza del húmero flota libre entre mi carne y tendones, qué dolor, Virgen Santa, qué dolor más espantoso, aguanta, aguanta y termina. No creo que tenga algún órgano destrozado, aunque es pronto para asegurarse. La pierna izquierda y el brazo derecho parecen intactos, gracias a Dios por estos pequeños detalles, joder. Con éste último palpo todo lo que el dolor me permite mi destrozado cuerpo. Duele, duele, me cago en Dios y en todo el santoral al completo. El vientre parece en su sitio, sin bultos raros. Tanto la polla como los cojones están en su sitio, aunque éstas se encuentran ligeramente entumecidas e hinchadas. A lo peor me quedo como un puto mulo. Curiosa preocupación cuando lo más seguro es que la diñe. Dolor. Sigo tocándome con la mano del brazo bueno hasta llegar a lo que en mi incombustible vanidad más temo: los posibles daños producidos en el rostro. Joder, qué dolor, qué dolor, aguanta, cabronazo. Tengo la barbilla partida por la mitad, noto el hueso destrozado bajo mis dedos. Palpo dentro de mi boca y hago un rápido recuento: he perdido tres molares, un canino, los cuatro premolares. Ningún incisivo perdido, gracias, Señor del universo, oh, duele, duele, me cago en la puta, joder, termina, termina y luego te desmayas, nenaza. Tengo miedo de comprobar el calor ciego que me cubre el ojo derecho, tengo miedo, miedo. Examino primero la nariz. Está rota, el tabique troceado en, al menos, tres partes. Me llevo la mano detrás de la nuca y, milagrosamente, no parece que tenga ninguna brecha en el cráneo. Palpo cristales y sangre, pero nada grave, nada grave, eso parece, duele, duele. Bajo la mano por la frente y descubro, horrorizado, a qué se debe lo de mi ojo derecho: el cuero cabelludo se ha desprendido y me cubre un tercio del rostro. Incrédulo, palpo el cráneo liso, la carne arrancada que cuelga como la más horrible de las persianas y el pelo que le acompaña y que roza mi ojo y mi mejilla.

Creo que ya puedo desmayarme.
Cayetano Gea Martín

lunes, marzo 27, 2006

El Viaje, Capítulo I - El Accidente

I. (2 de 3)
Abro la puerta del WC e intento sentarme en la montaña rusa que supone defecar a esta altura y a esta velocidad, a pesar de que no se note el efecto de ambas. Gracias al cielo por la física, ¿eh? Ahora comprendo cuando mi profesor decía que todo dependía del punto de vista del observador. Pienso, mientras vacío mis sufridos intestinos, en la hermosa azafata morena de acento canario (es curioso, ahora lo capto), en el repelente niño que lee un libro demasiado grande para su diminuto cerebro pre-púber y que cree comprender, en la azafata fea, en el señor gordo y con pinta de imbécil que se sienta a mi lado y que sufre la típica incontinencia verbal de los que no tienen realmente nada que decir… pero al medio minuto mi mente comienza a repasar mi desgracia, mi caída al exilio. Lo que hice fue… bueno, no estuvo bien, no, nada bien…

La lluvia golpea mi rostro mientras me inclino hacia el suelo y recojo lo que, con las prisas, casi pierdo, coño, odio que llueva siempre en los momentos dramáticos, pero es una especie de ley, de ley no escrita, de sabiduría popular universal, algo subconsciente en la mente colectiva maestra, mientras observo cómo los canalones de las casas bajas de este inmundo pueblo desalojan sobre las cabezas de los algunos viandantes poco precavidos interminables decímetros cúbicos de agua con un ligero tinte marrón, la lluvia sucia y caliente del verano, cuando el cielo es una amalgama de polvo que se convierte en barro, y el agua desciende por las calles en riadas de fuerza intermitente, como el embiste de de una turbia eyaculación de Dios que es engullida con furia y anhelo de amante por los desagües, por esos agujeros estratégicos que siempre me han hecho pensar, desde que con trece años me leí aquel jodido libro que me hacía cagarme de miedo en la soledad nocturna de mi habitación, en compartimentos oscuros y húmedos a ras del suelo y que se encuentran llenos de globos de colores que flotan, flotan y flotan, porque ahí abajo todos flotan, y me paro a pensar en el peso demasiado real de lo que llevo en el bolsillo y que pienso utilizar sólo si es necesario, aunque mi corazón sabe que lo será, que tendré que usarlo y que me condenaré, tanto en este mundo como en los que vengan, “que vengan, pues”, pienso desafiante, mientras valoro mi crimen y las reencarnaciones que me costará (como decían Les Luthiers, pasaré de sultán de la India a tigre de Bengala, y de ahí a bacilo de Coj), o los infiernos en los que tendré que morar, pero sólo pienso en el daño y en el dolor que voy a infligir y en que él no puede quedar sin castigo, no, no puede: no es cuestión de mal y bien, ni siquiera de ética, joder, es cuestión de horizontes machistas: soy un perro que no puede marcar su territorio, una víctima de su propia territorialidad animal irracional, y lo peor es que me gusta, lo disfruto, y me sigo sintiendo, a mis treinta y muchos, como un puto adolescente con granos pajeros, incapaz de madurar ni de abandonar un orgullo infame que sólo sirve para acabar con dolor de huevos y ceniza en la lengua, pero sé que es la maldición de hombre, sé que ningún hombre es maduro, jamás, es un fallo genético, una tara que hace que el catedrático de arte eslavo y letras muertas se parta la caja cuando le mandan un email en el que un hombre se cae de su bicicleta, u otro ejemplo cualquiera que simbolice mi (nuestra) inmadurez, pero me da lo mismo, soy consciente de ello y de que tengo que cumplir con este penoso ritual de hombría, mientras la lluvia me sigue golpeando, y entonces le veo, le veo a él, a él, a él, como una aparición onírica, envuelto en un pesado abrigo que sirve de escudo deflector contra el agua, no como mi empapada chaqueta, que debe añadir veinte kilos más de peso al total del conjunto, no como él, perfectamente seco debajo de su impermeable antiosmótico que repele la lluvia con la gracilidad antitética que siempre produce contemplar a alguien que va en contra de la naturaleza, alguien tan decididamente no entrópico, y tan alto, tan guapo y tan cachas, con ese porte y esa decisión que las vuelve locas, con ese sentido del humor que es una herencia directa de su sangre andaluza, su pelo pajizo y sus buenos modos con ellas, esos buenos modos tan fingidos y aparentes que sólo engañan a ellas, claro, pero un experto en el arte del flirteo como soy yo enseguida capta el truco, y me jode que me arrebaten el premio utilizando mis artimañas, qué coño, y menudo premio, eh, que Elena no es una cualquiera, con ese cuerpazo pidiendo a gritos un traje de saliva, pero el cabronazo éste niño peras de anuncio de aparato de abdominales ha mordido al hueso equivocado del perro viejo equivocado, y se ha ganado a pulso un susto, solamente eso, nada más, un pequeño susto que le quite las ganas de meter la polla en corral ajeno…

Impacto.
Cayetano Gea Martín

sábado, marzo 25, 2006

Niño

Niño de piel y de ojos sin suerte
De cráneo calvo y manos sin venas
Mi comodidad es tu condena
Mi silencio, tu silenciosa muerte

Niño de negra boca seca
Perlada de huevos de mosca
Tu corazón es su limosna
Tus ojos su porcentaje de ventas

Niño de desnutrido corazón
De alma muerta antes de luchar
Su barriga es nuestro maná
Su capital nuestra televisión

Niño de fuego apagado
Rescoldo del tercer o cuarto mundo
Nuestros eufemismos son ácidos
Vuestras muertes innobles
Sus propósitos inmundos

Y nuestro silencio culpable
Cayetano Gea Martín

jueves, marzo 23, 2006

El cerebro de Dios (experimento hipertextual), sexta entrega

8.Vigilancia del Libro y algunas reflexiones lingüísticas.

Antes de retomar la narración, visitemos de nuevo el cartapacio:

Mi vida es tu ausencia. Requiero tus pasos junto a los míos y descubro que junto a mí tan sólo camina mi sombra. Cada palabra que intuyo, cada pensamiento que cruza mi mente están dirigidos a ti. Vivo como si actuase en una obra de teatro, representando para ti, buscando la forma de encontrarte. Contemplo en ti mi felicidad, que tiene tu cuerpo, tu voz, tu mirar. Contemplo en ti mi futuro, ansío en ti mi futuro. Y desearía en ti mi pasado, que nunca hubiese existido un comienzo, que hubiésemos sido siempre dos espejos enfrentados. Y perder así el temor al azar del futuro. No es azar ya, no es tampoco destino, es mi inexorable camino hacia la felicidad consuetudinaria.
Breve cita:
Tal vez lo elegante sea vivir en la alegría del presente, que es una forma de sentirnos inmortales.
Paris no se acaba nunca, E. Vila-Matas.

Rómulo avanza a grandes zancadas por la calle. Alguien le sigue. Rómulo no presta atención. Piensa: debo deshacerme del libro ¿dónde dejarlo? aquel banco de allí parece un buen sitio cualquiera es un buen sitio no hay nadie alrededor sí ese tipo ¿de qué me suena? no sé tal vez imaginaciones mías no no pueden ser imaginaciones mías.
Se acerca al tipo que le sigue, que intenta pasar desapercibido entre la gente que observa los escaparates de un centro comercial. Rómulo corre tras él y logra alcanzarlo.
-Oiga, ¿por qué me sigue?...Respóndame, se lo exijo...¿No responde?¿Tendré que llamar a la policía?...Mire, yo ya no quiero el libro, porque es el libro lo que está vigilando, ¿no?...No lo quiero, lléveselo, me iba a deshacer de él, no tengo curiosidad por leerlo...Tómelo. Usted lo coge, se lo lleva, yo me olvido del libro y se lo hace llegar a otro cualquiera...En serio, no lo quiero. Si no lo coge lo voy a tirar en cualquier papelera que encuentre...¿No lo coge?...Bien.
El tipo detiene a Rómulo cuando éste gira para marcharse.
-Son las normas, amigo. No puede deshacerse del libro sin haberlo leído antes. Usted aceptó esas normas, ¿recuerda? No sea testarudo. Márchese a casa, ponga un poco de música y lea. No le permitiremos que se deshaga del libro. Mucho menos que lo destruya.

Colémonos por un momento en el bolsillo interior de la chaqueta de Rómulo. En él se halla un papel plegado que parece reciente:

Documento según el cual el Sr. Rómulo Gea se compromete a cumplir las condiciones expuestas a continuación:
1. Leerá de principio a fin el libro de Emery Blanchard titulado El cerebro de Dios.
2. Evitará en lo posible el deterioro del volumen, así como su extravío.
3. Colaborará en la captación de nuevos lectores del Libro.
4.Mantendrá en secreto, salvo cuando reciba órdenes de no hacerlo, la existencia del Libro.
5.Eludirá cualquier conversación que verse acerca del contenido del Libro.
6.Intentará abrir el maletín que le ha sido entregado cuando haya leído al menos la mitad del Libro.

Rómulo comprende que debe leer el Libro. Nadie le obliga, ni siquiera ese papel que lleva en la chaqueta. Es tan sólo una obligación moral. ¿Pero acaso existe la moral? No es lo que negaba Blanchard en su decálogo? Rómulo no se siente capaz aún de dar ese salto. Lo que es válido para la literatura no tiene por qué serlo para la vida.
Rómulo no se marcha a casa. El mismo tipo le sigue aún, esta vez sin ocultarse. Rómulo dilata el tiempo para no tener que verse delante del libro. Teme abrirlo y no poder ya levantar la vista de él. Se le ocurre una idea. Después la pondrá en práctica. Ahora piensa en las traducciones, en la dificultad que debió suponer para Blanchard escribir el mismo libro en doscientos idiomas diferentes (si es que lo hizo y no lo hace a cada instante, lo cual sería aún más extraordinario, si bien menos probable). La dificultad, piensa Rómulo, se encuentra en observar un mismo hecho desde una situación lingüística diferente, lo que no implica tan sólo pensar en ese idioma sino establecer los esquemas mentales adecuados para pensar en ese idioma. En español, piensa, si dejo caer en este instante el libro, Emery escribiría: el libro cae. El ruso no se plantearía la existencia del artículo y diría simplemente libro cae, lo que en este caso, y pensando desde el español, sería tal vez más apropiado; en latín ocurriría lo mismo. Un indio kwakiutl debería indicar en la oración si alguien está observando o no la caída del libro en el momento de describirla y si dicho narrador se encuentra cerca o lejos de ella. Los chinos, siempre más pragmáticos, escribirían libro caer. Rómulo piensa que el título del libro de Blanchard variará dependiendo del idioma en el que se halle escrito. En algunas lenguas ni siquiera podrá ser traducido, como en el caso de los indios lakulktil, que carecen del concepto de divinidad y viven en esa extraordinaria comunidad con la naturaleza a la que aspiran budistas y taoístas, que elimina las incertidumbres que genera la muerte y la necesidad de crear divinidades omnipotentes. Según el decálogo de Blanchard, los lakulktil podrían traducir el título del libro como La Humanidad, concepto que no entenderían los habitantes de la pequeña aldea lapona de Bäusgron, en la que todos sus habitantes, desde edades tempranas, son iniciados en el mundo del arte (para ellos el arte consiste en la talla de escenas cotidianas sobre fragmentos de madera que una vez expuestos al resto de habitantes son arrojados al fuego, curiosa coincidencia con las tesis artísticas de Tinguely). Esta iniciación al arte convierte a todos los habitantes de Bäusgron en pequeños dioses, que tienen la creencia de que sus antepasados crearon todo lo existente, por lo que en su caso el libro bien debiera titularse Los cerebros de los Dioses, término que no entenderían un grupo reducido de tribus de Papúa en cuya lengua no existe el plural pues no han alcanzado la capacidad de abstracción necesaria para crear el número. De hecho, no serían capaces de crear términos indefinidos como todo o varios ya que para ellos cada existencia es plena por sí misma y jamás podrá haber dos realidades exactamente iguales, pues serían la misma realidad y eso sería admitir como posibilidad algo imposible. Tanto es así que cada existencia tiene un nombre (si vemos dos perros juntos no habrá un perro y otro perro sino, algo así como un perro y un perrom). Ser un erudito en estas tribus es tarea harto memorística y creativa, fascinante también. En uno de sus templos, un antropólogo cinceló hace mucho tiempo la famosa sentencia de Heráclito: nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Imposible traducir la sentencia al idioma de aquellas tribus.

Rómulo se marcha al café de Leónides. Piensa: debo leerlo. Pondré en marcha el experimento.

Nueva nota, esta vez perdida entre las páginas de un libro de Dostoievsky:
Te contemplo mientras me contemplas, la mirada ya es una y me atrevo a jugar al masoquismo: cierro los ojos y permito que el tiempo transcurra (una hoja se posa con suavidad en una acera de París, la muerte serena visita a un hombre en Hanzou, la muerte violenta sorprende a un hombre en Oslo, la dentellada de un tigre sobre el cuerpo inerte de una gacela en Kenya, ondas concéntricas en un lago vivo en Tokio, una caricia que abre una puerta en alguna conciencia, la lectura de un pasaje de ese libro que muestra una escalera inédita). Abro los ojos ante el temor de no encontrarte ya más frente a mí. Y ahí te encuentras: serena, bella siempre, mirándome fijo.

¿Quién?

martes, marzo 21, 2006

El Viaje, Capítulo I - El Accidente

I. (Primera parte de tres)
Siempre empieza igual: con un primer paso. Con un primer movimiento, un gesto casi al azar, leve, en la comisura de la realidad, pero tan anclado en ella, que es su propio desencadenante, su propio destino y consecución. Ese paso se convierte en acción, la acción en proceso y el proceso en rutina, en movimiento y palancas: la velocidad aumenta, el cuerpo intenta tocarse con la espalda y las ruedas se recogen en su estuche de acero, mientras el avión, la suprema maravilla del hombre, se eleva y surca los cielos, y los viola con su mácula, con su huella de humanidad que ansía volar.

Desde la ventanilla, observo nubes y más nubes, hermosos firmamentos que no permiten que la mente permanezca quieta, y nos hacen pensar en Dios, en el Za-zen, el agua condensada a kilómetros de altura, en los amores perdidos y en los errores por cometer. Y en los cometidos, claro está. En mi caso, muchos y fatales. Aunque sólo el último me ha forzado a este exilio no del todo involuntario, a estas vacaciones pagadas por Papá Estado (digamos gracias, que se oiga ese amén). Qué gran error, qué gran cagada, macho. He batido mi propio récord de maldad. Pero lo peor es esta carencia de arrepentimiento que me invade. Soy el niño orgulloso de serlo, y además la pelota es mía, ¿no? Allá cada cual con su conciencia. Qué palabra tan grande y tan fea: conciencia. Es casi una palabrota. Odio los conceptos abstractos: ¿qué coño es la conciencia? La puede uno destruir, matar, enterrar, resucitar, pero nunca asir, nunca entenderla. Sólo nos resta, pues, disolverla: romper el mito hasta obtener mitemas, el almidón en monosacáridos, las proteínas en aminoácidos. Qué horror: hasta la química orgánica posee carácter gremial.

Me relajo en mi asiento. La azafata fea me trae un té horrible, astringente, que me hará visitar el baño del avión en breve, seguro. Odio los retretes en movimiento. La sensación de defecar en algo que vuela me parece terrible, antinatural. ¿Dónde van las heces? ¿Se depositan y se compactan para ser vendidas como compost de Clase A y Turista? ¿O se vierten desde el aire como un pájaro más? En fin, dejémoslo. Aunque no pienso perdonar a la azafata fea. Seguro que la otra, la guapa, no me hubiera traído este caldo inmune. Seguro. Me miró con deseo. Como todas. Como casi todas.

Reparo en el chaval con gafas que tengo al lado. No tendrá más de doce años y está leyendo Rayuela. Ya son ganas. Otro enfermo más para un mundo dividido en dos: los imbéciles y los enfermos. Elijan bando, damas y caballeros. ¡Oh, Discordia! El pseudo té hace su efecto antes de lo previsto. El intestino empieza a danzar al ritmo de la batería de Velcro Fly. Fuera, a través del ojo de buey, el cielo revela sus rojizos secretos al atardecer. El sol es una esfera gigante carmesí que derrama sangre de luz. El avión, rumbo a poniente, no ceja en su empeño de perseguirlo. La consecuencia: la más hermosa y larga puesta de sol que jamás contemplé. Casi lloro ante la escena. No hay cuadro, canción ni artificio de hombre capaz de compararse con esto. Y el niño sigue leyendo ese puto libro, mientras se pierde la belleza de la naturaleza indómita, de la vida en estado puro. Vida, señores, vida. No el remanso artificial en el que nos desenvolvemos.

El sol acaba por ocultarse, para mi pesar. Decido levantarme e ir al excusado. Otra palabra imbécil: excusado. ¿Por qué hay que excusarse ante Dios sabe quién de las necesidades corporales? Odio los eufemismos y las medias tintas. Aunque cumplen su cometido, claro está. Como ahora. “Disculpe, señorita, ¿el excusado?” La azafata guapa me indica una puerta al final del pasillo con su hermosa mano derecha. Con mucho gusto me llevaría esos finos y morenos dedos a la boca. Mi rostro debe traslucir lo que siento, porque ella me sonríe con picardía juguetona. “¿Qué le pasa, es que se encuentra usted mal?”, me responde por decir algo. “Creo que el té que su compañera me sirvió hace un rato me está jugando una mala pasada”. “Oh, lo lamento mucho, señor”, contesta con fingido pesar (las feromonas empiezan a restañar en el aire estancado del avión). “Mientras usted va al baño, le buscaré algo para que se sienta mejor”. Intento lanzarle mi mirada más evidente de “ya sabes lo que necesito para sentirme mejor, cariño”, y parece que, a pesar del patetismo de la intención, lo capta. Se aleja dedicándome un contoneo de caderas que me hace olvidar, temporalmente, los retortijones. Temporalmente.
Cayetano Gea Martín

sábado, marzo 18, 2006

Alzamientos

En las noches sin luna
En los días sin mar
En las estrellas sin ángeles
En los confines sin paz
Se alzará

Una mentira, una caricia
Una acción sin lugar
Una vida, una derrota
Una señal ejemplar
Se alzará

Nadie puede permanecer solo
Sin volverse loco de atar
Nadie podrá amarte tanto
Como yo te llegué a odiar
¡Te alzarás!

La puerta, la llave, la rosa
La vida, la muerte, la rueda
Oso, tortuga, liebre y pez
Y un silencio de amapolas
Te alzarán

Esqueletos, ropa y tizne
De un país demasiado alegre
Como para serlo de verdad
Sucumbe a mis miserias
Ya se alzará

Esperanza, deseos, recuerdos
Anhelos prohibidos por castidades neutras
Sublimación de la materia en mente
Libros y libros y tu mano y tu historia
¡Me alzarán!
Cayetano Gea Martín

miércoles, marzo 15, 2006

Pierradas V


Entropía del imperativo categórico o la muerte kármica

Con este título comenzaba una de las más famosas disertaciones filosóficas de Pierre Menard. Y no famosa en el sentido positivo de la palabra, ya que la crítica no entendió nunca el concepto definitivo de nihilismo que albergaba, y comenzó a proferir epítetos bastante descalificativos contra la misma, contra el autor e, incluso, contra la familia de éste.

El hecho que más enfurecía a los críticos, y por el cual se desató la polémica, era la brevedad del ensayo, y entendían por ende que Pierre les había tomado descaradamente el pelo. Yo, como cronista y biógrafo suyo, no puedo estar en más desacuerdo. Bien es cierto que la obra es realmente escasa, pero ahí mismo reside su complejidad y grandeza. Inútil es disertar en estas líneas o intentar defenderla, por lo que, bajo permiso explícito del autor, transcribo a continuación la totalidad del ensayo, para que el lector juzgue por sí mismo y no influido por el pensamiento retrógrado de aquellos críticos incapaces de reconocer que lo que Monsieur Menard hace, básicamente, es romper las barreras clasistas que asfixian el arte.


Entropía del imperativo categórico o la muerte kármica, por Pierre Menard

Siendo consciente, aún a mi pesar, de mi incapacidad para
a) Superar con maestría el poderoso título de este ensayo, y
b) Entender lo que éste significa
Me veo en la necesidad de dar por terminada mi disertación



Venecia

Siempre recordaré aquella ocasión en la cual acompañé a Pierre Menard a Venecia, la hermosa. Mi afamado amigo y maestro había sido invitado por la Organizzazione per Antichi Esperti a pronunciar un discurso acerca de los beneficios de ingerir kiwis con asiduidad en personas mayores. Emocionado por tal honor, y siendo como es, un ferviente defensor del consumo de dicha fruta neocelandesa, no dudó en acudir a la cita.

El discurso fue conmovedor, perfecto en ejecución y entrega. Incluso provocó alguna que otra lágrima entre el respetable, si bien un señor holandés bastante grosero me dijo que se le habían quitado las ganas de volver a probar un kiwi en toda su vida.

Después del acto, fuimos agasajados con una bien surtida cena en honor de Pierre. A la conclusión de dicho ágape, y visiblemente influido por el dulce candor del vino italiano, Monsieur Menard pronunció unas palabras que, en el cómputo general de la historia, acabarían resultando más famosas que el discurso original.

Mi amigo y maestro se alzó y dijo: “¡Ah, Venecia, Venecia! Tus hermosos e inmortales canales me hacen pensar en mi propia e indigna obra, la cual, aunque paupérrima en comparación con tus columnatas, diques, góndolas y plazas, bien puede inspirar e iluminar a las almas humanas. Mis obras, mis relatos, mis ensayos, mis poemas, son como mis propios canales que me recorren y que dejan entrar al mar de fuera. ¡Oh, sí, venturosas obras mías! ¡Sois los canales inundados de mi psique, puesto que sois altivos, clásicos, vetustos, históricos, eternos!”

Lo que pasaría a los anales de la historia no sería, en todo caso, el discurso de mi amigo, sino la réplica que vino en forma del mismo señor holandés grosero de los kiwis. Éste se incorporó (mientras una sonrisa afloraba en el rostro de todos y cada uno de los comensales), encaró a Pierre Menard y le dijo: “En verdad, se puede comparar vuestra obra con un canal veneciano, ya que ambos apestan”.
Cayetano Gea Martín