No compraba antigüedades si no las veía hacer; lo que no le permitían; y envidiaba a los ricos de Fenicia o de Egipto que las adquirían baratas y sin padecer , naturalmente, las dudas con las que siempre salía de sus compras de la progresista casa matriz de este comercio, cuyos carteles decían jactanciosos "La Moderna, Antigüedades - Lo más moderno y progresado en Antigüedades".
Para más información, acudir aquí,
martes, agosto 24, 2010
martes, agosto 10, 2010
Pongamos que hablo de Madrid

Siempre se ha dicho que el gran defecto de La Villa y Corte es su ausencia de mar, pero eso no es cierto del todo: existe un Madrid inmerso en el océano, en la isla filipina de Mindanao. Es una población de unos catorce mil habitantes, siendo el más famoso aquel señor que viajó a la originaria Madrid para rodar un anuncio publicitario del Metro.
Pero la Madrid filipina no es la única hay. En Latinoamérica, como es lógico, hay más, dos en concreto, en Colombia y en México. El municipio Colombiano recibe su denominación no por la ciudad española, si no en honor de Don Pedro Fernández Madrid, escritor cubano quien vivió en la localidad hasta su muerte. En México, en el distrito de Tecomán, se encuentra la pequeña población agrícola de Madrid, de apenas tres mil habitantes. Fue fundada con el nombre de La Madrid, debido a que la familia más poderosa de la zona se apellida así.
Curiosamente, donde más “Madriles” hay es en Estados Unidos. Hasta diez poblaciones llevan nuestro nombre: en Alabama, Colorado, Iowa, Kentucky, Maine, Nebraska, Nuevo México, Nueva York, Misuri y Virginia. Como curiosidad, la ciudad de Madrid en el estado Misuri conforma el epicentro de la zona sísmica más activa de todo Estados Unidos, la cual lleva por nombre Zona Sísmica de Madrid.
Y por último, saber que existe un Madrid más, en Uzbekistán. Hace más de seiscientos años, el soberano de aquel entonces decidió fundar una nueva ciudad a las afueras de Samarkanda, como homenaje al primer embajador internacional que fue a visitarle, Ruy González de Clavijo, natural de Madrid.
Todo lo expuesto demuestra que la fama que tenemos los madrileños de exagerados y de prepotentes es incorrecta. Para los que no lo sepan, siempre que nos preguntan de dónde somos respondemos “de aquí, de Madrid”, aunque estemos en Groenlandia. Pero es que, visto lo visto, Madrid está en todas partes realmente.
Cayetano Gea Martín
martes, agosto 03, 2010
El hombre desnudo

Íbamos paseando juntos, Ana y yo, cuando le vimos. Pareció surgir de la nada, como esos pensamientos recurrentes y adormilados de las tres de la mañana. El hombre, desnudo y joven, de unos treinta años mal llevados, miraba a su alrededor, incrédulo, dudoso acerca de la palpable realidad que lo rodeaba.
-Mira, cariño,- me dijo Ana, -un hombre desnudo. Pobrecito, ¿estará enfermo?
El hombre desnudo, que intentaba tapar sus órganos sexuales con manos trémulas, nos miraba como si nos conociera de algo, pero sin atinar de dónde y porqué. A nosotros, sin embargo, no nos resultaba vagamente familiar siquiera.
Nos acercamos más a él, aunque con precaución. Podría tratarse de un loco peligroso aunque, no sé porqué, no nos daba esa impresión. Más bien parecía un hombre cuerdo envuelto en una situación absurda y que le superaba por completo.
-Disculpe,- inquirí yo a pocos metros del hombre desnudo, -¿se encuentra usted bien?
Sus ojos se encontraron con los míos y permanecieron fijos en ellos durante un rato demasiado largo para mi propia comodidad. De repente, sonrió y suspiró, como si hubiera entendido a bote pronto todo el asunto. Incluso retiró las manos, dejando al descubierto sus partes pudendas. Y, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, cerró los ojos y desapareció de golpe.
Sus ojos se encontraron con los míos y permanecieron fijos en ellos durante un rato demasiado largo para mi propia comodidad. De repente, sonrió y suspiró, como si hubiera entendido a bote pronto todo el asunto. Incluso retiró las manos, dejando al descubierto sus partes pudendas. Y, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, cerró los ojos y desapareció de golpe.
Sencillamente, estaba ahí un segundo antes y luego ya no estuvo más. Esfumado.
Nos quedamos perplejos ante la extraña experiencia que acabábamos de vivir, dudando de su empirismo y de su ilógico final.
La respuesta, la obvia respuesta, golpeó nuestros cerebros a la par, tras varios minutos de velada deliberación: el hombre soñaba que estaba desnudo, y cuando se dio cuenta de ello, cuando fue consciente de que era un sueño y nada más, decidió despertar.
La pregunta subsiguiente tampoco tardó en llegar: entonces, ¿estábamos nosotros dentro de su sueño? ¿Éramos acaso un mero sueño del hombre desnudo?
Ana me abrazó, con el miedo que tienen los niños y los ancianos ante la muerte, el miedo terrible a no ser nada más que humo. Pero, ¿acaso no lo somos todos, al fin y al cabo? Quizá apenas seamos el sueño de alguien.
Todos nosotros.
Cayetano Gea Martín
jueves, julio 15, 2010
Tres deseos
miércoles, junio 30, 2010
Aclaración
lunes, mayo 31, 2010
Truncado

El niño que intentó escalar hasta las estrellas para alcanzar a su difunto padre se encontraba anclado en el banco del más triste parque de la ciudad, incapaz de proseguir con su vida hasta ahora o de intentar querer a su madre. La tristeza, que se enseñoreaba en su joven persona, resultaba demasiado grande para ser digerida.
El mundo proclamaba sus ruidos y sus olores a todo volumen, rodeando el corazón del niño con un aura putrefacta pero a la vez reconfortante, como una manta podrida pero familiar, o como esas prendas de ropa que somos incapaces de tirar a la basura a pesar de caerse de viejas. Las personas, pensaba el niño, se enganchan a conceptos abstractos y a objetos ridículos.
El niño intentaba evitar que el planeta girara. Estaría guay que se invirtieran los polos magnéticos, pensó sonriente, como en aquel cómic de La Patrulla X que su padre leyó con él una tarde de verano. En dicho número (veintidós páginas de batallas en cuatricromía), los héroes mutantes que protegen un mundo que lo odia y los teme, se enfrentaban contra su archienemigo, esa némesis eugenésica llamada Magneto. Al final ganaban los buenos, claro. Aunque pagando un precio elevado, que para eso es Marvel y no DC. En la espectacular página doble final, Lobezno empalaba con sus garras de adamántium el torso desprotegido de Magneto, mientras éste contemplaba meditabundo el cadáver de Cíclope yaciente a sus pies. Ni uno ni otro morirían de verdad, claro, pero siempre reconfortaba ver cómo Cíclope la palmaba. Y por supuesto, los apocalípticos planes de Magneto fracasaban. Típico.
Pero en la vida real, pensó el niño, estaría bien que todo se fuera al garete, y más cuando el mundo dejaba de tener sentido, cuando él podía oír, a lo lejos, en la distancia impenetrable de los eones, cómo alguna torre simbólica (como en aquel libro de Stephen King que tanto le gustaba su padre) se desplomaba dentro de su alma, modificándole para siempre.
Su padre había muerto. Muerto. Su puerta al mundo, a los deseos y al impulso de hacer algo con su vida, ya no existía. Su padre había muerto a la edad de treinta y cinco años. Y el mundo ya no giró más. Él intentó alcanzar el espíritu paterno poniéndose de puntillas hacia las estrellas, pero fue inútil. En su corazón, en ese órgano cuya función es transportar sangre al organismo, pero que está tan cargado de simbolismo sentimental, estaba irremediablemente roto.
Mientras lloraba lágrimas secas en el desangelado parque, oyó una voz que le llamaba. Se giró para ver el rostro de su madre, veinte años más viejo que hace cinco días. Su madre se sentó a su lado y le preguntó qué quería para cenar. Él comprendió de repente. En su epifanía, entendió que seguiría vivo por ella. Y con ella.
- Pizza, mamá.
Cayetano Gea Martín
miércoles, abril 14, 2010
Una lástima

¿Qué ha sido de las miles de antiguas religiones que poblaban Europa? ¿Qué ha sido de esa hermosa y milenaria tradición mitológica según la cual se articulaban el conocimiento, la filosofía, la sociedad? ¿Qué ha sido de ese impresionante legado cultural de cientos de pueblos?
¿Qué ha sido del dios Lugh y de todo el panteón celta? ¿Por qué Zeus ya no se metamorfosea en toro bravo para preñar a las mortales? ¿Descansará Teiwaz, el dios de la guerra germano, de sus eternas luchas? ¿Celebrarán todavía los ingleses el advenimiento de la primavera de mano de la diosa Eostre? ¿Seguirán luchando Perun y Veles por toda la eternidad o han sido eliminados ya del panteón y la cultura eslava? ¿Seguirá Loki arrojando ramas de enebro sobre el pecho de Balder?
¿Por qué ya no se escucha más que una sola voz en todo el continente? Y encima una voz aburrida, denigrante y enemiga de la naturaleza del hombre, de su concepto de vida, de la energía que recorre nuestros cuerpos, de nuestra habilidad, deseos y posibilidades de trascendencia intelectual. Una religión engreída, intransigente, que promete todo y que no cumple nada.
Una cosmogonía intolerante, fea y aburrida, y además carente de sentido práctico. Una especie de trasunto mundano entre el judaísmo y la infraestructura política y social romana, tomando de aquí y de allá lo que interesa.
Una religión basada en la figura de un sujeto inculto, no formado, como ejemplo de suprema divinidad. Un falso mesías entre tantos otros, sin más pruebas que lo escrito por personas de dudosa veracidad que lo único que querían era perpetuarse en el poder, aunque eso supusiera modificar lo pregonado por su jefe.
¡Y sigue rigiendo el mundo!
Cayetano Gea Martín
martes, abril 06, 2010
La callósida

Dadme, oh vosotras, las nueve divinas musas nombradas por Hesíodo, la habilidad y el raciocinio suficiente para poder narrar, a pesar de mis facultades mermadas por el inclemente paso del tiempo, ya que hace cuatro lunas llenas cumplí la avanzada edad de cuarenta y ocho años, la vida del más famoso de entre nosotros, la noble vida del célebre y siempre recordado Marco Claudio Julio Cayo Tulio Lucio Tito Emilio Augusto Décimo Aurelio Libio Remo Alejandro Antonio Séptimo Mario Craso Octavio Liviano Máximo Callo. Que su nombre permanezca intacto durante centurias, todo él, y que el paso de los evos no haga olvidar de los hombres su memoria.
Pero ¿qué contar de la vida de Marco Claudio Julio Cayo Tulio Lucio Tito Emilio Augusto Décimo Aurelio Libio Remo Alejandro Antonio Séptimo Mario Craso Octavio Liviano Máximo Callo que no sepan ya todos los hombres, mujeres, niños, libertos, esclavos, perros y gatos de todo el imperio romano? Quizá lo obvio, dirán los filósofos estoicos, siempre preocupados por la sencillez y la divinidad de esta vida ingrata y breve. Y es que lo que no sabe mucha gente, ni siquiera los nobles ciudadanos de la eterna Roma, es que Marco Claudio Julio Cayo Tulio Lucio Tito Emilio Augusto Décimo Aurelio Libio Remo Alejandro Antonio Séptimo Mario Craso Octavio Liviano Máximo Callo, al que llamaremos Callo para abreviar, y por ser el sobrenombre con el que era conocido, admirado y querido por su pueblo; lo que no sabe mucha gente, infiero, es que Callo era un hombre humilde.Oh, Aurora, la de los rosados dedos, no permitas que mi pluma se detenga ahora, a pesar de lo avanzado de la hora, que ya te veo asomar por las celosías alumbrando al hombre mortal, y a pesar de mi cuerpo abotargado, que necesita con urgencia dar por el culo a algún hermoso efebo traído de Atenas. Dadme la fuerza de voluntad necesaria para acometer mi relato, te lo ruego, y aleja de mí la sombra lúdica de los placeres de la carne. Por lo menos, durante un rato.
Decía, antes de tener que aliviar mis impulsos mediante el acto de Onán, que ha resultado patético debido a mi avanzada edad, decía, pues, antes de ser interrumpido por mi fisonomía, que Callo era un hombre humilde. Y no es que lo diga yo, o los que tuvimos la gran suerte de conocerle, si no que él mismo hacía alarde de humildad. Más que nada, porque era pobre de solemnidad y no tenía un sestercio. Vivía dentro de un vaso canopo en la calle y se alimentaba a base de las flemas que expectoraban los viandantes. Diógenes era un estómago agradecido comparado con él.
Pero, eso sí: consiguió que todo el mundo se acuerde de él por tener el récord de ser el ciudadano de Roma con el nombre más largo.
Cayetano Gea Martín
miércoles, marzo 31, 2010
Mario Benedetti - Pedro y el Capitán

Pedro y el Capitán es uno de mis libros favoritos desde hace tiempo ya, desde que mi amigo y cofundador de este blog me hizo saber de la existencia de un escritor uruguayo universal llamado Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, o Mario Benedetti para los amigos.
Pedro y el Capitán es un drama teatral en cuatro actos, y que se lee en media hora, poco más. Los cuatro actos son un diálogo entre Pedro, un torturado, y el Capitán, su torturador, que intenta, por todos los medios posibles, extraer información de Pedro.
Según va transcurriendo la obra, Pedro va sufriendo severas palizas entre acto y acto, al negarse a proporcionar cualquier tipo de información al Capitán. Por otra parte, el Capitán, cuyo deterioro responde a otras causas, ante el soliloquio de Pedro admite de manera indirecta su sentimiento de culpabilidad y suplica a Pedro que le proporcione siquiera un dato sobre los sujetos que debía delatar, un solo dato que le permita justificar su cruel curso de acción y salvarse de sí mismo.
De ahí la moraleja que se extrae del libro: ¿Quién tortura a quién? ¿Quién sufre más? ¿Pedro, por su evidente castigo físico? ¿O el Capitán, que ve cómo sin una justificación válida no es más que lo que es, un simple y sencillo matarife?
En resumen, un libro sencillo, ágil, rápido y necesario. Como dice Pedro (el cofundador de este blog, no el protagonista del libro), habría que recomendar esta obra para los adolescentes, en vez de obligarles a leer cosas que o bien no entienden o que resultan estúpidas del todo.
Qué gran libro es éste.
Mario Benedetti - Pedro y el Capitán.
Alianza Editorial. Biblioteca de autor.
96 páginas. 6,75€.
Cayetano Gea Martín
Pedro y el Capitán es un drama teatral en cuatro actos, y que se lee en media hora, poco más. Los cuatro actos son un diálogo entre Pedro, un torturado, y el Capitán, su torturador, que intenta, por todos los medios posibles, extraer información de Pedro.
Según va transcurriendo la obra, Pedro va sufriendo severas palizas entre acto y acto, al negarse a proporcionar cualquier tipo de información al Capitán. Por otra parte, el Capitán, cuyo deterioro responde a otras causas, ante el soliloquio de Pedro admite de manera indirecta su sentimiento de culpabilidad y suplica a Pedro que le proporcione siquiera un dato sobre los sujetos que debía delatar, un solo dato que le permita justificar su cruel curso de acción y salvarse de sí mismo.
De ahí la moraleja que se extrae del libro: ¿Quién tortura a quién? ¿Quién sufre más? ¿Pedro, por su evidente castigo físico? ¿O el Capitán, que ve cómo sin una justificación válida no es más que lo que es, un simple y sencillo matarife?
En resumen, un libro sencillo, ágil, rápido y necesario. Como dice Pedro (el cofundador de este blog, no el protagonista del libro), habría que recomendar esta obra para los adolescentes, en vez de obligarles a leer cosas que o bien no entienden o que resultan estúpidas del todo.
Qué gran libro es éste.
Mario Benedetti - Pedro y el Capitán.
Alianza Editorial. Biblioteca de autor.
96 páginas. 6,75€.
Cayetano Gea Martín
domingo, marzo 28, 2010

En el kilómetro quince de la carretera comarcal C-2342, nada más pasar un recoleto prado plagado de bucólicas y defecantes vacas, se encuentra un pozo de los deseos de lo más turístico y especial. Es un pozo para olvidar: cualquier pensamiento del cual queramos desembarazarnos, no tenemos más que arrojarlo dentro del negro túnel para que desaparezca.
Existen, no obstante, unas normas bien especificadas en un cartel sito al lado del pozo. Básicamente, se recuerda a los señores olvidantes que sólo podrán hacer uso del mágico artilugio una vez al año, más unas cuantas y aburridas directrices del gobierno.
Yo lo probé hace unos meses. Lo malo es que, al olvidar algo, al no recordar nada de ello, no sabes el qué has olvidado; y por tanto, no sabes si realmente funciona.
En fin, me despido, imaginaria mujer, sin tener ni puta idea de quién eres.
Cayetano Gea Martín
martes, marzo 16, 2010

Juan José es un sujeto extraño, muy extraño. Aunque nadie sabría decir a ciencia cierta en que consiste su extrañeza. Pero, eso sí, todos coinciden en que es un tipo raro. Raro de cojones.
Cada vez que decide marcharse a casa, por ejemplo, después de una dura jornada laboral o de haber estado tomándose unas cañas con sus conocidos (porque nadie le considera amigo); todos los presentes comienzan a comentar lo rarito que es el tío, y el mal rollito que les da a todos.
Pero fijémonos bien en él. Aparentemente, no tiene nada de especial. Resulta de lo más corriente y moliente. Treinta y cinco años, funcionario de correos, con algo de sobrepeso, carácter pasivo, calva incipiente y mirada aburrida. Uno se lo imagina los fines de semana con su bocata viendo un partido, o sacando al perro. El típico vecino al que dices buenos días y poco más. Hola vecino, qué tal, paseando al perro, ¿eh? Parece que al final va a refrescar, etc. Y punto.
Por eso resulta sorprendente el que a la gente le parezca tan raro alguien tan insípido. Y no es que sea tampoco demasiado introvertido, nada de eso. Sabe contar chistes y palmear espaldas, se arranca siempre a bailar en las bodas y hace el amor con su mujer dos veces al mes. Tres, si coincide con su cumpleaños o con el de su señora.
Tampoco se explica en el plano social. Juan José paga sus impuestos, su hipoteca y sus entradas de cine. Tiene dos hermosos niños, chico y chica, que son la alegría del hogar. Sus padres vienen a verle cada dos semanas y siempre traen algún detallito para sus nietos. Ayuda a su mujer a colgar las cortinas. Y sabe imitar, con mayor o menor éxito, a Chiquito de la Calzada.
Entonces, ¿por qué resulta tan extraño? En un mundo de gente como él, de seres anodinos y que no saben hacer nada aparte de carantoñas idiotas, ver la tele y engendrar más criaturas insulsas, ¿por qué todos le señalan y se apartan ante su rareza inexistente? ¿Será porque él les recuerda lo patéticas que son sus desaprovechadas vidas? ¿O será, sencillamente, maldad bovina?
Cayetano Gea Martín
Cada vez que decide marcharse a casa, por ejemplo, después de una dura jornada laboral o de haber estado tomándose unas cañas con sus conocidos (porque nadie le considera amigo); todos los presentes comienzan a comentar lo rarito que es el tío, y el mal rollito que les da a todos.
Pero fijémonos bien en él. Aparentemente, no tiene nada de especial. Resulta de lo más corriente y moliente. Treinta y cinco años, funcionario de correos, con algo de sobrepeso, carácter pasivo, calva incipiente y mirada aburrida. Uno se lo imagina los fines de semana con su bocata viendo un partido, o sacando al perro. El típico vecino al que dices buenos días y poco más. Hola vecino, qué tal, paseando al perro, ¿eh? Parece que al final va a refrescar, etc. Y punto.
Por eso resulta sorprendente el que a la gente le parezca tan raro alguien tan insípido. Y no es que sea tampoco demasiado introvertido, nada de eso. Sabe contar chistes y palmear espaldas, se arranca siempre a bailar en las bodas y hace el amor con su mujer dos veces al mes. Tres, si coincide con su cumpleaños o con el de su señora.
Tampoco se explica en el plano social. Juan José paga sus impuestos, su hipoteca y sus entradas de cine. Tiene dos hermosos niños, chico y chica, que son la alegría del hogar. Sus padres vienen a verle cada dos semanas y siempre traen algún detallito para sus nietos. Ayuda a su mujer a colgar las cortinas. Y sabe imitar, con mayor o menor éxito, a Chiquito de la Calzada.
Entonces, ¿por qué resulta tan extraño? En un mundo de gente como él, de seres anodinos y que no saben hacer nada aparte de carantoñas idiotas, ver la tele y engendrar más criaturas insulsas, ¿por qué todos le señalan y se apartan ante su rareza inexistente? ¿Será porque él les recuerda lo patéticas que son sus desaprovechadas vidas? ¿O será, sencillamente, maldad bovina?
Cayetano Gea Martín
sábado, marzo 13, 2010
Jorge Luis Borges - El Aleph

Cuando uno se refiere a los libros que han marcado su vida, su forma de ser, y su propia visión del mundo, es decir, sus libros sagrados, siempre resulta muy complicado hacerlo. Es muy fácil perderse y dejarse llevar por sentimentalismos baratos. Pero es que resulta para mí muy jodido hablar de este libro sin caer en subjetividades. Más que nada porque, junto con cuatro o cinco más, este pequeño libro de relatos cortos (junto con Ficciones) me define bastante como ser humano y como racional criatura que vive para leer.
Digamos que, el bueno de Borges, me ha parecido siempre alguien fuera de este mundo, con sus pros y sus contras. La ventaja, que, a diferencia de Cortázar, sus relatos, ensayos y opiniones no tienen fecha de caducidad. Borges es literatura… Y la literatura es Borges. Resulta tan increíble que, cuando me leo una antología de la literatura griega clásica, una novela de Camus o La divina comedia; tengan un prólogo del ínclito argentino. Este hombre no descansaba nunca y tenía una de las visiones más globales, completas e inteligentes acerca de la literatura que se puede encontrar.
El Aleph reúne algunos de sus más famosos y aclamados cuentos, entre los que destaco muy especialmente el relato que da nombre al libro. Posiblemente, nos encontremos ante el mejor cuento jamás escrito (con permiso de En memoria de Paulina, por supuesto), o uno de ellos, como mínimo. La idea, la profunda metafísica que encierra el relato está más allá de los confines del hombre y de nuestra limitada capacidad de comprensión. No es un relato: es un manual de estilo y para la vida.
Me resulta imposible resumir su idea, hablar de qué va El Aleph. Para mí es algo tan personal e intransferible como mi propio ser. Es más, ni siquiera espero que lo leáis, y no me importa si lo habéis hecho o no. El Aleph fue escrito por el mayor genio argentino para mí, como lo fue en su día El Quijote.
Os dejo con el párrafo final del mismo, que, al sacarlo de contexto y de la sensación de irrealidad que produce el leer el cuento de un tirón, no tiene significancia ninguna, salvo que me parece maravillosamente bien escrito por su concepción poética de la realidad.
“¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz”.
Jorge Luis Borges - El Aleph
Alianza Editorial. Biblioteca Borges
208 páginas. 8,00€
Cayetano Gea Martín
martes, marzo 09, 2010
El coronel

El coronel Santiago Díaz de Celada es un hombre con dos cojones, además de un santo varón equipado con una fuerza sobrehumana. Sus hombres respetan sus decisiones como si proviniesen del mismísimo Dios en persona. Y es que el que no lo hace se arriesga a recibir un severo castigo por parte del coronel.
El recluta Marcos Garrido Tendero no se cuadró delante de él y Díaz de Celada le calzó tal hostia que tuvieron que recomponerle la cara a base de clavos de hierro que sujetaran su mandíbula, fragmentada en dieciocho partes.
El coronel Santiago Díaz de Celada posee un vigor y un poder inusitados para un hombre de su edad. También es cierto que su castidad, el coronel es virgen y tiene pensado morir siéndolo, hace que sufra de un exceso de acumulación energética. También sufre dos hermosos cuernos por parte de su querida esposa, pero no divaguemos.
Se recupera en su casa el cabo Pedro Miguel Dicto Ojeroso tras haber perdido el ojo izquierdo. Estaba en la cantina haciendo referencias jocosas sobre los cuernos del coronel cuando el susodicho entró de súbito, se acercó a él y le incrustó el dedo índice en la cuenca de su ojo. Arrancó el globo ocular y se lo comió, mientras el cabo se desmayaba a sus pies.
Ya desde pequeño Santiaguito destacaba por encima de los demás: era increíblemente estúpido e increíblemente fuerte. Sus padres, católicos hasta la médula, achacaban la fuerza de su hijo a una intervención divina, como si el mismísimo Dios hubiera insuflado parte de su fortaleza eterna dentro del cascarón vacío que era su hijo.
El soldado de primera Carlos Segundo Tejero nunca olvidará al coronel en toda su vida. El primer día en que comenzó su instrucción militar, recibió de parte del coronel un puñetazo en la cabeza por llevar el pelo excesivamente largo. A resultas del golpe, Carlos perdió todos los dientes y la lengua, sufrió rotura de cráneo y del hueso palatino, y su nariz estalló en cuatro partes.
El caso es que, sea cual sea la razón de su fuerza, el coronel Santiago Díaz de Celada se metió a militar, como no podía ser de otra manera. Su padre, Don Pedro Díaz Porfirio era comandante en jefe del ejército de tierra. Y, a pesar de las cortas luces de su hijo, la combinación de fuerza bruta de éste más el enchufe paterno, permitió el meteórico ascenso de Santiago.
Si pudiera recordar quién es, si no fuera un mero subnormal por culpa del coronel, es seguro que el recluta Nelson Rodríguez se cagaría en la puta madre que parió a Santiago. En su primer día de servicio, el recluta voló tres pisos al ser empujado por el coronel, por el mero hecho de ser sudamericano. El traumatismo cráneo-encefálico resultante dejó a Nelson idiota y en coma para siempre.
Hoy el coronel Santiago Díaz de Celada cumple sesenta años. Sus subalternos le han preparado una pequeña fiesta en la cantina del cuartel, a la que acudirán todos los que puedan, incluidos aquellos que puedan moverse a pesar de las hostias que su superior tiende a repartir a diestro y siniestro. Ninguno de ellos se perdería el cumpleaños del coronel de este año. Por nada del mundo.
El soldado raso Juan José López Restante aún no sabe cómo acabó con la cabeza incrustada dentro del inodoro. Mientras se repone en la enfermería del cuartel sólo consigue vagamente recordar que aquella mañana el coronel le pilló encendiéndose un pitillo. Y todos saben que Díaz de Celada es un gran enemigo del tabaquismo.
El coronel Santiago Díaz de Celada acude a la cantina. Allí se encuentran toda la panda de hijos de la gran puta y de inútiles que componen su batallón. Mierda de cuartel. Míralos: lisiados y gilipollas en su mayoría.
-¿Qué cojones hacéis todos aquí? -Increpa el coronel a los militares.
-Estábamos esperándole, mi coronel -Responde el cabo Pedro Miguel Dicto Ojeroso, que perdió el ojo izquierdo a manos de su superior.
-¿Esperándome para qué? ¿Para que os calce otra hostia? -Contesta entre risas y a viva voz el coronel.
-No, señor. -Ahora es Marcos Garrido Tendero el que habla, con dificultad, eso sí, debido a los hierros que mantienen juntos los fragmentos de su mandíbula. -Estamos aquí para invitarle a una copa por su cumpleaños, su usted nos da la venia, señor.
-Un gesto que os honra, pandilla de maricones. -Responde Santiago Díaz de Celada. -Después de todo lo que he hecho por vosotros, me parece lo mínimo.
-Eso mismo pensamos nosotros, mi coronel. -Comenta con gesto adusto Juan José López Restante, a la vez que tiende hacia Santiago un pequeño vaso con ginebra.
El resto de los reclutas, soldados rasos, soldados de primera, cabos y sargentos, más de treinta militares en total, alcanzan un vaso cada uno también.
-¡Brindamos por usted, mi coronel! -Claman todos a la vez. -¡Salud!
-¡Salud, señores! -Grita con su potente voz el coronel Santiago Díaz de Celada, y se bebe el contenido del vaso de un trago, con dos cojones.
Es el único. Nadie más bebe y nadie más se mueve.
Salvo el soldado de primera Carlos Segundo Tejero, al que el coronel hundió la cabeza de un puñetazo brutal. Carlos, que se había colocado detrás de su superior, introduce rápidamente, mientras Santiago apura el chupito de garrafón, una lagartija en los pantalones de éste.
-¿Qué cojones…? -Acierta a decir el coronel, mientras se lleva la mano al culo. La lagartija, muerta de miedo, intenta huir recorriendo el grueso cuerpo de Santiago, aprisionada en el traje caqui de éste. Los congregados se descojonan de la risa. Pero el soldado Carlos permanece serio, expectante.
Tras un par de minutos, la desdichada lagartija decide descansar un segundo sobre la ingle del coronel. Éste sonríe.
-Ya te tengo, hija de puta. -Clama, alzando el puño. Todos contienen la respiración. “No puede ser, lo va a hacer”, piensa Carlos.
El coronel, utilizando toda su descomunal fuerza, descarga su puño sobre la lagartija. Varios chorros de sangre brotan de la entrepierna de Santiago. Su puño se ha incrustado dentro de su pelvis, destrozando todo a su paso. Saltan por los aires restos de pene, vejiga y testículos, que caen sobre el sucio suelo de linóleo haciendo chof. El coronel cae también, muerto, con un rictus de estúpida sorpresa dibujado en su rostro bovino.
Ahora sí, todos los presentes brindan.
En el hospital clínico San Carlos, Nelson Rodríguez sigue en coma profundo. Una enfermera se acerca para cambiarle la botella de suero. Se fija en el rostro del paciente. Parece que sonríe.
Cayetano Gea Martín
viernes, marzo 05, 2010
Antología de la literatura griega

Casi me da miedo afirmar que una de mis pasiones es el griego, más que nada por lo mal que suena y porque acudirá raudo Alfredo a hacer el chiste. Pero me refiero a la literatura, obviamente… Aunque otros cauces tampoco me parecen punibles, pero divago.
Hace poco me compré y leí este libro estupendo. Se trata de una antología muy variada que ofrece una amplia selección de textos de muchísimos autores y géneros, desde la épica homérica a los primeros novelistas helenísticos, pasando por los líricos, los trágicos, los historiadores, los filósofos, los comediógrafos, los oradores y diversos autores que tratan las primeras ciencias de nuestra civilización. En conjunto, son muestras de un periodo de más de un milenio. A muchos de estos autores ya los conocía, pero otros han sido una maravillosa sorpresa, la verdad.
Siempre he sido un gran admirador de los clásicos griegos. Me encanta leer literatura arcaica y descubrir que no hemos cambiado en tres milenios, que nuestra forma de ser y nuestra civilización proviene de aquellos maravillosos dioses paganos, con su cosmogonía mucho más amena y lógica que el monoteísmo de baratillo que se impuso después y que aún seguimos sufriendo.
¿Existe una carencia espiritual en occidente, como afirman los malintencionados cristianos para seguir justificando sus chorradas supersticiosas? ¿O más bien es que los cristianos eliminaron cualquier otro tipo de metafísica en Europa y que ahora, cuando el número de creyentes baja en nuestro continente cada vez más, nos encontramos vacíos? La solución podría ser volver a nuestras fuentes originales, a lo que nos define como cultura mediterránea.
Prefiero Homero a Cristo, como ya he comentado alguna vez. Resulta aleccionador en lugar de alienante. Sorprende ver cómo la sociedad griega tiene más puntos en común con nosotros que la cristiana, y cómo ésta es y ha sido mucho más reaccionaria e involutiva que sociedades supuestamente más primitivas.
La sabiduría que se destila de los poemas, relatos, dramaturgias y sofismas sitos en este libro resulta balsámica y mucho más cercana al ser humano que las éticas castradoras de la libertad y negadoras de la naturaleza del hombre, como la católica o la judía. Además, claro está, de que en el mundo griego arcaico había autores paganos, ateos, escépticos, epicúreos, e incluso judíos, por lo que no había una sola visión de la realidad.
Y para muestra, un botón: Safo de Lesbos, poetisa. La distancia que nos separa de ella es de dos mil seiscientos años. Con ella os dejo. Y que ustedes disfruten de los clásicos. Merece la pena.
Lo más bello que hay en la oscura tierra es lo que uno ama. Pero ya se ocultó la luna y las Pléyades. Promedia la noche. Pasa la hora. Y yo duermo sola.
Antología de la literatura griega - Recopilación llevada a cabo por Carlos García Gual y Antonio Guzmán.
Clásicos de Grecia y Roma de Alianza Editorial.
495 páginas. 12,85 €
Cayetano Gea Martín
Hace poco me compré y leí este libro estupendo. Se trata de una antología muy variada que ofrece una amplia selección de textos de muchísimos autores y géneros, desde la épica homérica a los primeros novelistas helenísticos, pasando por los líricos, los trágicos, los historiadores, los filósofos, los comediógrafos, los oradores y diversos autores que tratan las primeras ciencias de nuestra civilización. En conjunto, son muestras de un periodo de más de un milenio. A muchos de estos autores ya los conocía, pero otros han sido una maravillosa sorpresa, la verdad.
Siempre he sido un gran admirador de los clásicos griegos. Me encanta leer literatura arcaica y descubrir que no hemos cambiado en tres milenios, que nuestra forma de ser y nuestra civilización proviene de aquellos maravillosos dioses paganos, con su cosmogonía mucho más amena y lógica que el monoteísmo de baratillo que se impuso después y que aún seguimos sufriendo.
¿Existe una carencia espiritual en occidente, como afirman los malintencionados cristianos para seguir justificando sus chorradas supersticiosas? ¿O más bien es que los cristianos eliminaron cualquier otro tipo de metafísica en Europa y que ahora, cuando el número de creyentes baja en nuestro continente cada vez más, nos encontramos vacíos? La solución podría ser volver a nuestras fuentes originales, a lo que nos define como cultura mediterránea.
Prefiero Homero a Cristo, como ya he comentado alguna vez. Resulta aleccionador en lugar de alienante. Sorprende ver cómo la sociedad griega tiene más puntos en común con nosotros que la cristiana, y cómo ésta es y ha sido mucho más reaccionaria e involutiva que sociedades supuestamente más primitivas.
La sabiduría que se destila de los poemas, relatos, dramaturgias y sofismas sitos en este libro resulta balsámica y mucho más cercana al ser humano que las éticas castradoras de la libertad y negadoras de la naturaleza del hombre, como la católica o la judía. Además, claro está, de que en el mundo griego arcaico había autores paganos, ateos, escépticos, epicúreos, e incluso judíos, por lo que no había una sola visión de la realidad.
Y para muestra, un botón: Safo de Lesbos, poetisa. La distancia que nos separa de ella es de dos mil seiscientos años. Con ella os dejo. Y que ustedes disfruten de los clásicos. Merece la pena.
Lo más bello que hay en la oscura tierra es lo que uno ama. Pero ya se ocultó la luna y las Pléyades. Promedia la noche. Pasa la hora. Y yo duermo sola.
Antología de la literatura griega - Recopilación llevada a cabo por Carlos García Gual y Antonio Guzmán.
Clásicos de Grecia y Roma de Alianza Editorial.
495 páginas. 12,85 €
Cayetano Gea Martín
martes, marzo 02, 2010
Citas de Gandhi

Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa.
La violencia es el miedo a los ideales de los demás.
Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio.
No hay camino para la paz, la paz es el camino.
Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible.
Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga.
Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.
Realmente soy un soñador práctico; mis sueños no son bagatelas en el aire. Lo que yo quiero es convertir mis sueños en realidad.
No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna.
Cayetano Gea Martín
sábado, febrero 27, 2010
Juan Eslava Galán - Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie

Juan Eslava Galán siempre ha sido uno de mis autores favoritos, por numerosos motivos, pero sobre todo por su erudición admirable y castellana. Como autor de ficción, sus libros reflejan momentos del pasado con todo lujo de detalles, tanto a nivel lingüístico como de rigor histórico. En busca del unicornio es uno de los libros más divertidos y a la vez mejor escritos que me he leído jamás. Lo mismo sucede con El comedido hidalgo, que nos narra la vida de Cervantes en Sevilla.
El primer libro que me leí de él como no ficción ha sido el mejor libro acerca de la historia española que me he leído jamás: La historia de España contada para escépticos (gracias, Eloy), altamente recomendable para todos aquellos que quieran conocer la historia de este país desmitificándola del todo.
El libro que hoy nos ocupa, Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie, sigue la misma línea que su predecesor, esto es, rigor histórico, castizo sentido del humor y anécdotas que sirven para construir la historia.
De todo el anecdotario que puebla el libro, mi favorita siempre ha sido la de "Unamuno versus Millán-Astray" en la Salamanca recién ocupada por el bando nacional. Paso a resumirla para aquellos que no la conozcan:
El 12 de octubre de 1936 en la Universidad de Salamanca se produjo un altercado entre Millán-Astray y Miguel de Unamuno, al que habían asistido diversas personalidades con motivo de la celebración de la Fiesta de la Raza.
Lo que sucedió es lo siguiente: el profesor Francisco Maldonado pronuncia un discurso en que ataca violentamente a Cataluña y al País Vasco, calificándolas como "cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos."
Alguien grita entonce el famoso lema "¡Viva la muerte!". Millán-Astray responde con los gritos con que habitualmente se excitaba al pueblo: "¡España, una, grande y libre!". Después un grupo de falangistas ataviados con la camisa azul de la Falange hacen el saludo fascista al retrato de Francisco Franco que colgaba en la pared.
Miguel de Unamuno, que presidía la mesa, se levanta y dice: "Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, -dice Unamuno señalando al arzobispo de Salamanca-, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona. Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!" y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor."
En ese momento Millán-Astray exclama irritado "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!", aclamado por los asistentes. El escritor José María Pemán, en un intento de calmar los ánimos, aclara: "¡No, viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!".
Miguel de Unamuno, sin amedrentarse, continúa: "Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho."
Juan Eslava Galán - Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie
Editorial Planeta. Divulgación histórica.
376 páginas. 9,95 €
Cayetano Gea Martín
miércoles, febrero 24, 2010
Reflexiones besugas IX

Lamer: en francés, pasar la lengua por la superficie del océano.
¿El femenino de papada es mamada?
Para los anticuarios, ¿es bueno o malo el estar pasados de moda?
Esa iglesia tiene un retablo de Jesús crucificado con porras: ¡resulta de lo más churrigoresco!
Feromenal: estupendo flirteo.
La esgrima es el deporte más asqueroso del mundo.
Político muy chismoso: chascarrillo.
José Lois Raposo / Cayetano Gea Martín / Alfredo Ponce Carrozza
sábado, febrero 20, 2010
Dan Simmons - El Terror

Dan Simmons. Y que no puedo evitar pensar en Sergio y en Javier cada vez que recuerdo a este autor. Digamos que, básicamente, considero a Dan Simmons como el mejor prosista norteamericano contemporáneo. Y que he llegado a esa conclusión gracias a mis dos padrinos.
El bueno de Dan es un culo inquieto y sus libros abarcan una cantidad de géneros increíble. Hyperion es un canto coral de ciencia-ficción que homenajea la mitología griega, los cuentos de Canterbury y la poesía de John Keats. Illium es la recreación moderna de la guerra de Troya. Y con sus cuentos de terror, ha revolucionado el género, ganando premio tras premio. Como con el libro que hoy nos ocupa.
El Terror está basado en hechos reales, más concretamente, en la fallida expedición de Sir John Franklin que, a mediados del siglo XIX, intentó encontrar un paso que permitiera cruzar desde Groenlandia hasta Rusia, el llamado Paso del Noroeste.
En 1845, la expedición liderada por Sir John Franklin tenía todas las expectativas y las posibilidades de culminar su misión: encontrar un paso viable entre las heladas islas del norte de Canadá. Pero por dos años los dos barcos de la expedición, Terror y Erebus, permanecieron varados en el hielo frente a la inhóspita isla del rey Guillermo. El carbón y las provisiones comenzaron a flaquear. Así como la moral de los hombres. El destino final de los marineros y de sus oficiales fue la muerte por hambre y escorbuto, a pesar del canibalismo al que se entregaron al final de sus días.
Hasta aquí la parte histórica y real del libro. La ficción comienza ahora. Y es que hay algo ahí fuera. En el eterno mar de hielo, en la oscuridad de la noche polar, una imposible criatura acecha a los exploradores. Un terror sin nombre y de innatural intelecto da caza, mutila y devora a los desafortunados que atreven a adentrarse en el territorio. En su territorio.
Cuando el capitán Franklin muere, la misión pasa a ser responsabilidad del capitán Francis Crozier del barco Terror, quien comandará a los supervivientes en una espantosa e imposible misión suicida hacia el sur, siendo acechados por la criatura sin nombre, el hambre, el frío y la locura.
Don Simmons nos describe como nadie un universo terrible, de desolación y de fracaso, donde cada día que pasa juega en contra de los supervivientes. Para ello, se basa en capítulos cortos y muy numerosos, donde los protagonistas cambian constantemente y con ellos el estilo literario. Pasamos rápidamente de estar bajo el prisma del capitán Crozier a que nos relate sus miedos un marinero medio analfabeto, el cocinero del Erebus o el diario personal del doctor Goodsir.
Y lo mejor de todo, un final inesperado, muy original y particular, un giro de argumento y de narradores (y de estilo, por ende) cuando faltan cien páginas para terminar la historia.
En resumen, el bueno de Simmons demuestra de nuevo cómo se puede ser contemporáneo y vender libros sin caer en el pastiche vacío que, por desgracia, abunda tanto en la literatura de hoy en día. Todo un legado de saber cómo hacer un buen libro, en una espectacular combinación de estilo personal, buen arte literario, realismo histórico, horror de corte gótico y mitología esquimal.
Bravo, Dan.
De nuevo.
Dan Simmons - El Terror
Editorial Rocabolsillo.
930 páginas. 9,95€
Cayetano Gea Martín
El bueno de Dan es un culo inquieto y sus libros abarcan una cantidad de géneros increíble. Hyperion es un canto coral de ciencia-ficción que homenajea la mitología griega, los cuentos de Canterbury y la poesía de John Keats. Illium es la recreación moderna de la guerra de Troya. Y con sus cuentos de terror, ha revolucionado el género, ganando premio tras premio. Como con el libro que hoy nos ocupa.
El Terror está basado en hechos reales, más concretamente, en la fallida expedición de Sir John Franklin que, a mediados del siglo XIX, intentó encontrar un paso que permitiera cruzar desde Groenlandia hasta Rusia, el llamado Paso del Noroeste.
En 1845, la expedición liderada por Sir John Franklin tenía todas las expectativas y las posibilidades de culminar su misión: encontrar un paso viable entre las heladas islas del norte de Canadá. Pero por dos años los dos barcos de la expedición, Terror y Erebus, permanecieron varados en el hielo frente a la inhóspita isla del rey Guillermo. El carbón y las provisiones comenzaron a flaquear. Así como la moral de los hombres. El destino final de los marineros y de sus oficiales fue la muerte por hambre y escorbuto, a pesar del canibalismo al que se entregaron al final de sus días.
Hasta aquí la parte histórica y real del libro. La ficción comienza ahora. Y es que hay algo ahí fuera. En el eterno mar de hielo, en la oscuridad de la noche polar, una imposible criatura acecha a los exploradores. Un terror sin nombre y de innatural intelecto da caza, mutila y devora a los desafortunados que atreven a adentrarse en el territorio. En su territorio.
Cuando el capitán Franklin muere, la misión pasa a ser responsabilidad del capitán Francis Crozier del barco Terror, quien comandará a los supervivientes en una espantosa e imposible misión suicida hacia el sur, siendo acechados por la criatura sin nombre, el hambre, el frío y la locura.
Don Simmons nos describe como nadie un universo terrible, de desolación y de fracaso, donde cada día que pasa juega en contra de los supervivientes. Para ello, se basa en capítulos cortos y muy numerosos, donde los protagonistas cambian constantemente y con ellos el estilo literario. Pasamos rápidamente de estar bajo el prisma del capitán Crozier a que nos relate sus miedos un marinero medio analfabeto, el cocinero del Erebus o el diario personal del doctor Goodsir.
Y lo mejor de todo, un final inesperado, muy original y particular, un giro de argumento y de narradores (y de estilo, por ende) cuando faltan cien páginas para terminar la historia.
En resumen, el bueno de Simmons demuestra de nuevo cómo se puede ser contemporáneo y vender libros sin caer en el pastiche vacío que, por desgracia, abunda tanto en la literatura de hoy en día. Todo un legado de saber cómo hacer un buen libro, en una espectacular combinación de estilo personal, buen arte literario, realismo histórico, horror de corte gótico y mitología esquimal.
Bravo, Dan.
De nuevo.
Dan Simmons - El Terror
Editorial Rocabolsillo.
930 páginas. 9,95€
Cayetano Gea Martín
miércoles, febrero 17, 2010
Las listas (III): Decálogo sulfurantemente castizo

Secundando la idea del señor Garrido, os dejo una lista muy personal. A ver si adivináis de dónde proviene su inspiración…
Pijas cuarentonas de tinte para el pelo rubio pepero con el corazón manchado de café y nicotina.
Tímidos jóvenes en proceso de abandonar el armario y que sueñan con horizontes más libres y con sexo griego, lejos de miradas opresivas.
Descerebrados racistas que propagan sus ideas a base de tópicos y de simpleza mental. Diría que ojala alguien les hiciera una lobotomía si no fuera imposible el que se quedaran más tontos aún.
Enormes boinas negras con ancianos pequeñitos dentro que disfrutan recordando horribles tiempos mejores y celebrando la fiesta / matanza nacional.
Pollitas y chochitos perfumados que van cogidos del vello púbico camino del éxtasis y de las danzas agresivas en locales oscuros.
Desafortunados conocidos que celebran el haberte visto mediante una conversación infructuosa acerca del libro que estás leyendo. O mejor dicho, que estabas leyendo.
Señoras con parientes presidiarios a los que visitar que le cuentan al de al lado cómo una vez se liaron a ostia limpia con algún desdichado agente social.
Niñatos horteras que desean compartir contigo el ruido inmundo que vomitan sus teléfonos a modo de melodía.
Criaturas maleducadas que patalean con furia respaldos y costillas.
Lectores con cara de mala ostia.
Cayetano Gea Martín
Pijas cuarentonas de tinte para el pelo rubio pepero con el corazón manchado de café y nicotina.
Tímidos jóvenes en proceso de abandonar el armario y que sueñan con horizontes más libres y con sexo griego, lejos de miradas opresivas.
Descerebrados racistas que propagan sus ideas a base de tópicos y de simpleza mental. Diría que ojala alguien les hiciera una lobotomía si no fuera imposible el que se quedaran más tontos aún.
Enormes boinas negras con ancianos pequeñitos dentro que disfrutan recordando horribles tiempos mejores y celebrando la fiesta / matanza nacional.
Pollitas y chochitos perfumados que van cogidos del vello púbico camino del éxtasis y de las danzas agresivas en locales oscuros.
Desafortunados conocidos que celebran el haberte visto mediante una conversación infructuosa acerca del libro que estás leyendo. O mejor dicho, que estabas leyendo.
Señoras con parientes presidiarios a los que visitar que le cuentan al de al lado cómo una vez se liaron a ostia limpia con algún desdichado agente social.
Niñatos horteras que desean compartir contigo el ruido inmundo que vomitan sus teléfonos a modo de melodía.
Criaturas maleducadas que patalean con furia respaldos y costillas.
Lectores con cara de mala ostia.
Cayetano Gea Martín
domingo, febrero 14, 2010
Hernán Casciari - España, perdiste

Otro libro más que tengo que agradecer a Alfredo por su acertada recomendación y posterior lectura. Ahora que lo pienso, sólo una vez he rechazado un libro recomendado por el ínclito porteño y que obviaremos para no desprestigiarle. Pero vamos al lío.
Hernán Casciari, argentino afincado en Barcelona, es el autor de este libro, una recopilación de artículos sobre las diferencias sociales y culturales entre Argentina y España… y sin que ninguna de las dos naciones salgan bien libradas. En clave de humor, eso sí, y con especial atención a los encontronazos que todo argentino recién emigrado a la madre patria se va a dar cada dos por tres.
El libro comienza con una seria advertencia a los españoles: la peor invasión que ha asolado jamás la península son los argentinos. Los gallegos no estamos preparados para tanta amabilidad porteña que oculta su inherente facilidad para medrar y quedarse con los mejores puestos de trabajo y con nuestras mujeres y hombres. En breve, todos los psicólogos, los dentistas y los actores serán argentinos. El primer paso en la invasión ya está dado: en España se vende ya dulce de leche, el lubricante sin el cual un argentino que se precie de tal no puede vivir. Entre eso y las suscripciones digitales a Clarín ya no tienen ningún motivo para irse de España. Los españoles estamos condenados, dice el autor, y en pocos años todos los iberos hablaremos lunfardo.
Por supuesto, todo el libro es una enorme broma, aunque como tal no exenta de razón muchas veces, claro. Me he pasado uno de los mejores ratos que recuerdo con un libro de humor. Un libro muy recomendable, tanto para españoles como para argentinos. Una forma divertida de que ambos pueblos nos acerquemos un poco más.
Os dejo un ejemplo del autor sobre las costumbres.
Una sobremesa familiar argentina
PADRE: ¿Llueve?
HIJA: No; es mamá que está regando las plantas.
PADRE: Ah.
Una sobremesa familiar española
PADRE: ¿Llueve?
HIJA: No, pero ha dicho el hombre del tiempo que mañana se prevén chubascos en el Cantábrico, nordeste de Castilla, Navarra, La Rioja, norte de Aragón, centro de Cataluña y sur de la Comunidad Valenciana.
PADRE: ¡Me cagüen la mar! Habrá que salir con paraguas…
HIJA: Va a ser que sí, porque los chubascos serán localmente moderados y ocasionalmente con tormentas, aunque me ha dicho la señora de abajo que irán remitiendo a lo largo del día.
PADRE: Pero entonces ¿qué es eso que se oye, si no es lluvia?
HIJA: Es la mamá, que está regando las plantas.
PADRE: Dile que entre, que ya se ven los intervalos nubosos.
Hernán Casciari - España, perdiste
Editorial Plaza & Janés.
220 páginas. 15,90€
Cayetano Gea Martín
Hernán Casciari, argentino afincado en Barcelona, es el autor de este libro, una recopilación de artículos sobre las diferencias sociales y culturales entre Argentina y España… y sin que ninguna de las dos naciones salgan bien libradas. En clave de humor, eso sí, y con especial atención a los encontronazos que todo argentino recién emigrado a la madre patria se va a dar cada dos por tres.
El libro comienza con una seria advertencia a los españoles: la peor invasión que ha asolado jamás la península son los argentinos. Los gallegos no estamos preparados para tanta amabilidad porteña que oculta su inherente facilidad para medrar y quedarse con los mejores puestos de trabajo y con nuestras mujeres y hombres. En breve, todos los psicólogos, los dentistas y los actores serán argentinos. El primer paso en la invasión ya está dado: en España se vende ya dulce de leche, el lubricante sin el cual un argentino que se precie de tal no puede vivir. Entre eso y las suscripciones digitales a Clarín ya no tienen ningún motivo para irse de España. Los españoles estamos condenados, dice el autor, y en pocos años todos los iberos hablaremos lunfardo.
Por supuesto, todo el libro es una enorme broma, aunque como tal no exenta de razón muchas veces, claro. Me he pasado uno de los mejores ratos que recuerdo con un libro de humor. Un libro muy recomendable, tanto para españoles como para argentinos. Una forma divertida de que ambos pueblos nos acerquemos un poco más.
Os dejo un ejemplo del autor sobre las costumbres.
Una sobremesa familiar argentina
PADRE: ¿Llueve?
HIJA: No; es mamá que está regando las plantas.
PADRE: Ah.
Una sobremesa familiar española
PADRE: ¿Llueve?
HIJA: No, pero ha dicho el hombre del tiempo que mañana se prevén chubascos en el Cantábrico, nordeste de Castilla, Navarra, La Rioja, norte de Aragón, centro de Cataluña y sur de la Comunidad Valenciana.
PADRE: ¡Me cagüen la mar! Habrá que salir con paraguas…
HIJA: Va a ser que sí, porque los chubascos serán localmente moderados y ocasionalmente con tormentas, aunque me ha dicho la señora de abajo que irán remitiendo a lo largo del día.
PADRE: Pero entonces ¿qué es eso que se oye, si no es lluvia?
HIJA: Es la mamá, que está regando las plantas.
PADRE: Dile que entre, que ya se ven los intervalos nubosos.
Hernán Casciari - España, perdiste
Editorial Plaza & Janés.
220 páginas. 15,90€
Cayetano Gea Martín
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