viernes, febrero 09, 2007

Guiño lunar



Mientras se acercaba a su destino, pudo comprobar, asustado, que la luna le guiñaba un ojo. Su padre, que en paz descanse, siempre le había dicho que era en ese momento cuando un hombre es, al fin, dueño de su destino. Fue en aquel entonces cuando comenzó a dar crédito a las palabras de su difunto progenitor, y se preguntó cuántas otras reflexiones y moralinas paternas y maternas serían también verdad, si el crédito popular que se le daba a todos los consejos que los padres tendría sentido, al fin y al cabo. ¿Sería realmente perjudicial meterse en el agua justo después de comer? ¿Es cierto que te orinas en la cama si antes de dormir juegas con fuego? ¿Lo que pica cura?

Tales pensamientos cruzaron por su mente en medio de dos respiraciones, que fue el tiempo transcurrido entre comprobar que la luna le guiñaba un ojo y el poder llamar al timbre de la puerta de ella, la cual apareció como en un mal soneto, apoyada en el quicio de la misma, con cara de pocos amigos, sospechando algo turbio en los ojos de él, como si su mirada hubiera sido robada por la imagen de otra mujer. Algo de cierto había en sus sospechas (la imbatible intuición femenina, que desmonta las burdas tretas del hombre a lo largo de toda su existencia, ya sea a modo de madre, novia, amiga, esposa o hija), pero él aún estaba siendo fiel, hasta que la luna le guiñó un ojo.

No fue él el que decidió darse tiempo, ese estúpido e inútil

Intervalo para destacar y conocer lo obvio, la certeza de un sentimiento fugaz por parte de ella, el deseo femenino de no atarse jamás, jamás, equivocando siempre compromiso con carencia de libertad, felicidad con cadenas, como si él la hubiera obligado alguna vez a algo, pero ella se ahoga igualmente, y siempre la misma historia de mujer del siglo veintiuno, de aquella especie de latifundio del corazón, de feminismo militante consistente en cometer los mismos errores que los hombres, de miedo, incertidumbre y un démonos tiempo desaforado, triste bolero de años perdidos...

Pero ella leyó otra cosa en sus ojos, oh, ella vio una mujer en sus pupilas, no una luna. Y así, le cerró la puerta en sus narices, justo antes de murmurar un recio hemos terminado, ni siquiera el consolador aunque (casi) siempre falso podemos ser amigos...

... Y él se perdió en la noche de verano, entregando su corazón a la luna llena que seguía guiñándole sus ojos de plata...
Cayetano Gea Martín

4 comentarios:

Silvia Jato dijo...

Qué bonito... Entonces él es finalmente dueño de su destino? Se desace de una mujer que no le quiere y se queda solo? Cierto qu más vale solo que mal acompañado. Lo de la luna queda muuuy romántico.
Gran despliege de ideas en tan corto relato..! Mola

Anónimo dijo...

Pues no sé que destino le aguarda al prota, Silvia Jato (jajajajaja), pero sí, al final, como aquél de la leyenda de Bécquer, se enamora de la luna...
¡¡¡Gracias mil por comentar!!!

Besotes de sábado

Kay

Marga dijo...

Uff me encantó!

A pesar de que a esta mujer del S XXI le jodió verse reflejada (mucho más en el guiño lunar, no te pienses... jeje).

Por meter cizaña... tengo un amigo que asegura que el problema actual es que los hombres buscan una mujer que ya no existe; ellas buscan un hombre que aún no existe... qué cosas!!! jajajaja.

Valeee y ya, lunes femis los tenemos todas...

Kay dijo...

MARGA: Bueno... Tremenda frase por cierto, ¡me ha encantado!

No sé... Quizá se basa más en que a la gente hoy en día le cuesta más ceder en determinadas cosas, en intentar no ser tan egocentristas, quizá... Quizá es que algunos y algunas somos de otro siglo, jejeje...

Besos reiterados

Kay