martes, enero 26, 2010

El pedo


Acababan de terminar de follar y ella ya roncaba a su lado. Era la tercera noche seguida que se acostaban juntos. Había surgido cierta química entre ellos, y Juan esperaba que esta última semana fuera el comienzo de una relación. Porque la verdad es que Lucrecia era maravillosa y reunía todas las características que él buscaba en una mujer.

En estos pensamientos estaba, medio dormido ya, cuando notó que le venían ganas de tirarse un pedo. Intentó meterlo para dentro, pero, como siempre que acababa de hacer el amor, su esfínter no parecía responder con la suficiente celeridad. Así, su culo temporalmente laxo dejó escapar la ventosidad. Notó cómo el gas calentaba su ano al salir, pero sin emitir ningún ruido. Oh, no, pensó asustado, es de los silenciosos.

Rápidamente, metió la pierna dentro de la cama y selló la colcha con su pie. Miró con preocupación hacia ella, pero se encontraba a salvo, con la cabeza fuera de las sábanas y las manos cerca de su cuello, cerrando cualquier posible fuga. El pedo, el a todas luces apestoso pedo, no parecía tener salida posible, enterrado entre sus cuerpos y la cama.

Lucrecia, entre otras cosas, tenía un olfato muy agudo. Era capaz de oler la colonia de Juan a metros de distancia. Si el cuesco escapaba, seguramente se despertaría. Y éste en particular, pensó él, muerto de miedo, tiene que ser de los apestosos de verdad.

No podía permitir que ella se comiera el pedo. No podía permitirlo. Tenía planes, maldita sea. Grandes planes para él con esta chica. ¿Quién sabe cómo se lo tomaría? ¿Cómo podría ella querer a alguien que expele de su cuerpo algo tan nauseabundo? La única opción que le quedaba a Juan era no moverse en toda la noche y vigilar que ella no se moviera tampoco. Su felicidad futura dependía de ello.

Amaneció bastante más tarde. Juan estaba muy cansado tras pasar las últimas cinco horas de guardia. Pensó, con ligero optimismo, que ya habría pasado tiempo suficiente y que el pedo se habría ido disolviendo poco a poco, filtrándose entre las diferentes capas de tela. Decidió abrir una pequeña abertura y comprobar así la veracidad de su axioma. Un tufo amargo y fermentado subió hasta su nariz en apenas dos segundos. Cerró rápidamente la salida con su pierna. Pero era ya demasiado tarde. Ella se agitaba inquieta, murmuraba y hacía extrañas muecas con la nariz y los ojos. Se acabó, se dijo Juan a sí mismo, es el fin.

Lucrecia se arqueó, bostezó escandalosamente mientras se estiraba y se tiró un pedo muy ruidoso. -Perdón, -le dijo a Juan mientras sonreía.



Cayetano Gea Martín



9 comentarios:

Tenacious G dijo...

quien no ha estado en la misma situación? hay veces que temo que al despertar me encuentre con que mi niña se ha vuelto rubia después de que yo haya pasado una noche particularmente mala gaseosamente hablando

Alfredo C. P. Carrozza dijo...

Jajaja, muy bueno. Cuántas veces pasa eso...

Alfredo C. P. Carrozza dijo...

O debería decir pasaba?

CAROLVS II, REX HISPANIARVM dijo...

Grande Lucrecia.

Muy divertido!

Cayetano dijo...

Bueno, pero el de la chica era un cuesco, un pedo de los sonoros, no de los traidores silenciosos que asesinan a traición.

Kay dijo...

Cinco comentarios, madre mía... Si es que en cuanto os doy carnaza acudís prestos... :D

Leer es un placer dijo...

Muy bonito, que tema más profundo, pero verdadero como la vida misma. ¿El dibujito es un pedito? Podrías haber puesto uno más guapo con carita, y esas cosas...
En esos casos de todas maneras es mejor hacerse el dormido, no crees?

Kay dijo...

El dibujo es la fórmula del metano :D

Mai Puvin dijo...

Ayyy Kay... no debí venir, si hasta acá llegó la baranda! Jajajajajaja ¡Qué cosas!

Besos.