miércoles, septiembre 20, 2006

...y cómo no echarte de menos si el lado derecho de la cama está siempre vacío y cada vez que trato de estirar el brazo para tocar tu cara y decirte buenos días siento tan sólo un desierto de tela a mi lado, una ausencia fría e indiferente, y recuerdo que no estás allí, que debo levantarme solo, que ya no puedo despertarte con un beso en la mejilla, o sobre tus párpados, y decirte que te quiero, que debo compartir el desayuno con mi sombra, a la que aún le cuesta desperezarse a esas horas, que ya no puedo mirarte extasiado mientras preparas el café, ni reírme mientras escuchamos las noticias en la radio, ni decirte hasta luego, cariño, que pases un buen día, ni pensar en ti mientras estoy en el trabajo, aunque eso sigo haciéndolo, a cada instante, y la mano corre rauda hacia el teléfono para preguntarte qué tal andas, y si me echas tanto de menos como yo a ti, pero descubro que ya no estás en casa, y la mano vuelve al repetitivo trabajo, y vuelve el abatimiento y mis ganas de desaparecer, y después un poco de odio hacia ti por dejarme solo, por no querer compartir lo que nos quedaba aún, por irte tan pronto, por morirte y no esperarme, porque ahora vuelvo a casa y el tintineo de mis llaves antes de entrar no produce un movimiento apresurado en el interior, tus pies desnudos desplazándose presurosos hacia la puerta, ni puedo sentir ya tu beso de bienvenida, ni las preguntas habituales, qué tal el día, has trabajado mucho, y tú no me dirás, como siempre, un día menos de trabajo, y ya no cenaremos juntos ni yo podré mirarte a los ojos durante minutos completos que son días y eternidades porque tu ya estás en esa otra eternidad solitaria que los dos siempre quisimos eludir y ahora me veo enfrentado a tu eternidad, desde esta finitud que antes no queríamos abandonar y del que ahora deseo huir con todas mis fuerzas abandonar para no ser consciente a cada momento de tu ausencia, que no es vacío porque todavía me siento en el mismo sitio del sillón a ver la tele, como si todavía estuvieses a mi lado, y pongo el cepillo de dientes en la misma posición, dejando espacio al tuyo, que ya no está ahí, aunque el espacio vacío me recuerda que tendría que estar ahí, y sobre todo no oigo tus pies descalzos desplazarse sigilosos por el suelo, ni veo tu lunar, ya no puedo decirte que te quiero, sólo en estos monólogos de autocompasión que emprendo en la angustia de mi soledad, y cómo te quiero, cómo me gustaría que resucitaras, nosotros seríamos más felices aquí, uno junto al otro, con nuestra vida cotidiana y nuestros besos matinales y nuestros te quiero y nuestros desayunos y nuestras llamadas y tu lunar y mis llaves repicando, y cómo odio esta ausencia tuya que no puedo evitar y esta muerte en vida que es peor, mucho peor, que tu vida en la muerte.

Pedro Garrido Vega.

2 comentarios:

Dannyd dijo...

Wuaw amigo, hay una ola de desolacion pasando por todo el mundo, aquí estamos igual...

esperando, esperando...

PD: Saludes desde colombia...

mariel dijo...

No te olvides,escritor.
hacé eso ANTES de que no esté.
Más de uno se queda llorando con lo escrito.
Abrazo,Pedro,ahora que volvió Cayetano del frío,te tocan vacances.