jueves, mayo 21, 2009

La operación


1.

Me encontraba ojeando sin demasiado interés una revista del corazón cuando el doctor Surgáñez entró en la habitación. Durante los últimos treinta años había sido el cirujano en todas las operaciones de cualquier miembro de mi familia. Amigo íntimo de mi padre, tenía todo el aspecto de un saludable sesentón. Gustaba de hacer deporte y de tomar regularmente rayos uva. Tenía cierto aire de producto de charcutería, con esa piel bronceada y demasiado tersa de los hombres maduro amantes de ligeros toques de cirugía estética.

- Bueno, ¿cómo nos encontramos hoy?, -me abordó con simpatía el doctor.

- Bien, doctor, bien, -le comenté,- aunque algo aburrido por la espera.

- Ah, mi queridísimo amigo, lamento mucho las posibles molestias ocasionadas, -dijo él con aire abatido y con verdadera preocupación.- Espero que sepa usted, en su infinita benevolencia, hacerse cargo de la terrible situación que atraviesa nuestra querida, y últimamente mermada, sanidad pública. Las listas de espera son interminables. Fíjese usted que incluso yo, persona de cierto renombre, como ya sabrá usted, no puedo hacer gran cosa al respecto. Mi nepotismo para con el hijo de mi gran amigo Gerardo, es decir, usted, no ha surtido efecto contra la burocracia.

- No se preocupe, doctor, me hago cargo, -respondí yo, sintiéndome algo mal por haber sacado el tema a colación. Frente a la imponente figura de ese gran hombre, uno no puede si no intentar por todos los medios resultar agradable y respetuoso.

- Las buenas noticias es que esta misma tarde, a eso de las cuatro, vendrán para subirle al quirófano, donde yo mismo, por supuesto, efectuaré la operación.

- Me agrada muchísimo el saberlo.

- Y no se preocupe lo más mínimo, -sonrió el doctor con cierta jactancia,- que se trata de una operación sin importancia y no habrá complicaciones. Si he de serle sincero, y aunque quizá le suene extraño, esperaba algún tipo de reto. Los cirujanos somos más artistas que doctores, ¿sabe usted? Pero vamos, que en su caso, una simple extirpación de un forúnculo adiposo sito en la planta del pie, no radica mayor problema.

- Lamento haber tenido que molestarle por tan poca cosa, -dije yo, algo cohibido.- Podría haber ido al podólogo directamente en lugar de cargarle a usted con mis nimiedades. ¡Menuda agenda debe de tener usted para que encima venga yo a complicársela más!

- ¡En absoluto, en absoluto, mi gran y sensible amigo! Jamás permitiría que el pie izquierdo del hijo de mi gran amigo Gerardo cayese en manos de un podólogo, que tienen más de curanderos que de médicos, si se me permite el símil. Nada, nada. Lo prefiero así, créame. Debo hacer honor a la tan alta amistad que su afectísimo progenitor tiene a bien dispensarme.
El doctor Surgáñez rió de forma escandalosa y algo afeminada. Se dirigió hacia la puerta y desde allí me encaró de nuevo.

- Lo que tiene usted que hacer es comer bien hoy y procurar descabezar un sueñecito ligero, que es lo mejor para cuando se va a entrar en quirófano. Y nada más, mi queridísimo amigo. Le veré esta tarde.

Y así fue.


II.

La operación resultó tal y como el doctor Surgáñez había predicho. En apenas tres horas y media me encontraba de nuevo en mi habitación. A la mañana siguiente, el doctor entreabrió la puerta.

- ¿Da usted su permiso? -Preguntó educadamente.

- Por supuesto, por supuesto,- respondí yo con celeridad, de nuevo cohibido ante la presencia de tan ilustre varón.

- Sólo quería asegurarme si se encontraba bien y si, dentro del cada vez, me temo, más limitado radio de acción, podría hacer yo algo que mejorara su incómoda situación.

- Oh, doctor, respondí yo alagado, no es necesario que se moleste usted. Ha hecho más de lo que su deber le exige, se lo aseguro. Y por ello le estaré eternamente agradecido. Además, me ha comunicado la enfermera que en poco más de dos horas me dan el alta. Sólo tengo que procurar no pisar con la planta izquierda y cambiarme el vendaje cada seis horas.

Me dí cuenta que se me estaba pegando cosa mala el habla engolada del célebre cirujano. Deseé que éste no se diera cuenta de ello, o lo interpretara como una burla. Al contrario, parecía más bien preocupado. No paraba de andar por el cuarto y murmuraba por lo bajo. Adiviné que algo rumiaba, y me asusté un poco. Al cabo de diez minutos, me miró fijamente y me habló de nuevo.

- La eterna amistad que me une a su padre me obliga a tener que ser totalmente sincero con usted. Lamentablemente, hemos descubierto que el forúnculo extirpado poseía, digamos, ciertas ramificaciones no benévolas en demasía. Lamento tener que comunicarle que habrá que volver a intervenirle. Debemos asegurarnos de que dichas, eh, ramificaciones no se extiendan. Va a ser necesario recurrir a cierta medida, eh, drástica.

- ¿Qué medida, doctor?- Pregunté muerto de miedo.

- Disculpe, siento haber tenido que alarmarle,- respondió Surgáñez con una sonrisa tranquilizadora. - Nada serio, se lo aseguro. Será un ligero corte en la zona adyacente para extirpar el tejido que sostenía al forúnculo. En vulgo, que habrá que quitarle a usted un poco de la carne que rodea al lugar afectado. Nada de nada, en serio. Un mísero filetillo de tres centímetros de diámetro y tan fino como una servilleta. Y estando en una zona como la planta del pie, ni siquiera se notará.

Suspiré aliviado. Ya me estaba temiendo lo peor.

- Esta misma tarde le intervendremos, y mañana a esta hora ya estará usted en su casa tan ricamente. Bueno, me despido. Espero que sepa disculpar mi brusquedad, felicísimo amigo mío, pero el deber me llama. ¡Hasta esta tarde!

- Adiós, doctor,- respondí yo. Y efectivamente, a las pocas horas me encontraba de nuevo en el quirófano. La operación resultó ser todo un éxito, tal y como él había predicho.


III.

A la mañana siguiente, noté que no podía levantarme y que me encontraba muy somnoliento. Lo achaqué a la anestesia. Aunque me sorprendió un tanto, ya que la vez anterior no hizo falta siquiera. El curso de mis pensamientos se vio interrumpido por la magna figura del doctor Surgáñez. Como siempre, y después de pedirme permiso para entrar, comenzó a hablar.

- Buenos días, querido amigo mío. Espero que haya podido descansar, aunque ya sé yo que sí. En aras de asegurarme su descanso y consiguiente reposición de fuerzas, me he permitido la libertad de sugerir a las enfermeras que le administraran un tranquilizante. Dígame, ¿le duele el pie?

- No, qué va doctor,- exclamé avergonzado un poco ante tanta atención por parte de ese gran hombre. - Es más, no me duele nada, como si no estuviera.

No sé qué dije para que su semblante se nublara, pero así fue. Noté que le costaba dirigirme la palabra, aunque con gran esfuerzo lo acabó consiguiendo.

- Eh… Verá, eso se debe a que… Bueno, en fin… Digamos que la zona afectada era mayor de lo esperado. O al menos, eso nos revelaron los análisis que le hicimos, aunque, vaya usted a saber. Estas condenadas máquinas de la Seguridad Social hace siglos que no se renuevan. Pero hacemos lo que podemos con los medios de que disponemos. El caso es que ha habido que… eh… extirpar algo más de tres centímetros.

Tosió con disimulo y dejó de hablar. Alarmado, me destapé para comprobar que en lugar de mi pie izquierdo había un muñón envuelto en ensangrentadas gasas. Comencé a gritar.

- Vamos, vamos, no se ponga usted así. Comprendo su disgusto y comparto su dolor y su pérdida, pero no es el fin del mundo. Con suerte, hemos podido contener la infección y mañana por la mañana sin mayor dilación podrá usted irse a su casa con un par de hermosas muletas. Además, yo mismo le acompañaré a la calle Serrano donde un gran amigo mío, y a precio de coste, le fabricará el más hermoso zapato ortopédico que usted podrá ver jamás. Le aseguro que es una auténtica maravilla artesanal. A uno casi le dan ganas de perder un miembro o dos, no le digo más. Claro que primero, bueno… Y sólo para asegurarnos, habría que intervenirle a usted esta noche. Nada serio le garantizo, un ligero cortecito de nada. Ni se va a enterar…


Cayetano Gea Martín


7 comentarios:

Cayetano dijo...

La Sanidad Pública vela por nosotros.
Hasta te hace perder peso.
Y la carne que te van quitando la venden a un restaurante chino ¿no?

Alfredo C. P. Carrozza dijo...

Qué mente retorcida... no me extraña que seas mi amigo, jeje. Por cierto, está a lo más estilo Poe.

Cayetano dijo...

Más que Poe parece Alex de la Iglesia, con Santiago Segura de cirujano, Alex Angulo de anestesista y Roxi de Palma de enfermera. Un poco "gore", creo yo. Jejeje.

Kay dijo...

No tenéis ni idea ambos sendos dos... Es claramente Mendoza, ¿no? Siempre que escribo de coña me sale el amigo Eduardo...

Cayetano dijo...

Pues ahora que lo dices... el paciente se parece a Pomponio Flato. ¿Qué harán con él? ¿Le cuidarán y agasajarán como es costumbre entre las gentes del lugar? ¿O le quitarán los huesos, la cartera y para remate le...?

belleza negativa dijo...

jeje
wow
que...
maqueabélico?
quizá
pobre paciente
C=
acabo de publicar
espero que pases por ahí
saludos!

Kay dijo...

Padre,
El cirujano se llama Surgáñez... Creo que ahí me pillarías el tufo mendociano...

BN,
Gracias por tu huella... ¡Me paso y te cuento!