Un señor sabe que en realidad no es un señor sino dos señores, uno dicharachero, amable y extremadamente locuaz y otro, serio, adusto y sereno. El primero existe entre las cinco y las doce de la noche y entre las siete y las nueve de la mañana. El resto de horas existe el otro hombre que forma parte del mismo hombre y esas horas coinciden con su jornada laboral y su tiempo destinado al sueño (que le conduce siempre de forma irremisible a la jornada laboral inmediatamente pretérita). El primer hombre que forma parte de un solo hombre ama a una mujer cariñosa, olvidadiza y en extremo romántica. Pero la mujer sabe que en realidad no es una mujer sino dos mujeres y que el primer hombre, que ella en principio creía un solo hombre, la conoció por alguna extraña casualidad cuando ella era la primera mujer, que corresponde a la cariñosa, olvidadiza y en extremo romántica. Sin embargo, como hemos señalado, la mujer es en realidad dos mujeres. La segunda es hosca, tremendista y atea y ama al segundo señor, el serio, adusto y sereno que muchos calificarían como un solo hombre y no una mitad en un cuerpo completo. El problema que se plantea es grave: el primer señor, que ama a la primera señora existe entre las cinco y las doce de la noche y entre las siete y las nueve de la mañana, horas durante las cuales no existe la primera señora, que sólo goza de tal condición entre las doce y las siete de la madrugada y entre las nueve y las cinco de la tarde. Similar situación se plantea en el caso del idilio de la segunda señora con el segundo señor. Por lo tanto, a ambas parejas les corresponde tan sólo un instante de conciencia mutua al cabo del día, aquél en el que se produce la metamorfosis y ambos caracteres coexisten durante unas milésimas de segundo, tiempo que se les torna fútil (en realidad lo es) y tan sólo pueden contemplarse durante unos instantes en la pupila del otro, en la que parecen reconocer al objeto de su amor. Sus existencias como hombre y como mujer divididos, con existencias alternativas, son realmente complejas, y se les ve apesadumbrados, esperando con desmedida necesidad el leve instante de encuentro entre el primer hombre y la primera mujer o la segunda mujer y el segundo hombre. El primer hombre no puede amar a la segunda mujer y la primera mujer no puede amar al segundo hombre aunque eso haría más fáciles las cosas. Sin embargo, tanto los unos como las otras, a pesar de sus respectivos caracteres, son juiciosos y ciertamente tendentes hacia el establecimiento de consensos meditados. El acuerdo es simple: convivirán como puedan, tolerándose en lo posible, la primera señora con el segundo señor y el primer señor con la segunda señora, lo cual, un espectador ajeno a sus respectivas situaciones tomaría por una pareja de caracteres desiguales. Tal vez el tiempo lime algunas asperezas, pero si el tiempo no las lima, siempre les quedará a ambos ese instante mínimo de contemplación del amado que, de tan mínimo, inalcanzable e ideal es eterno, perfecto y final.
Pedro Garrido Vega.
viernes, agosto 11, 2006
miércoles, agosto 09, 2006
El Viaje, Capítulo III. El señor gordo (1 de 2)
Ese soy yo, un tío gordo, y a mucha honra, no te jode. Mi nombre es, pal que le interese, Jorge. Es un buen nombre, creo, acorde con mi personalidad, según dice la gente. Ah, sí, la gente. La gente me quiere, ¿sabéis? Soy así como simpático. El gordote cachondo que no falta en ninguna oficina que se precie, el de los chistes guarros, el que después de tira cinco minutos muerto de la risa, mientras te intenta explicar la gracia, jo, jo, jo.
Soy un tío sanote, campechano. Y feliz, bastante feliz. Felizmente casado, con la parejita de hijos y todo eso. Una familia española como deber ser, no esas cosas raras que están saliendo ahora, que ni son familia ni son ná. Mi mujer se llama María, y es la mejor. Mi compañera de fatigas, mi costilla, mi media naranja, todo eso, no sé. No soy muy bueno con las palabras, ni con pensamientos demasiado elevados, ¿Sabéis? Siempre pensé que la palabra más clara para decir mierda era mierda, jo, jo.
Pero en fin, que no tengo nada en mi vida que no me guste: mujer, hijos, buenos amigos y todo un horizonte de posibilidades futuras, como viajar este verano todos juntos a Costa Rica. Veréis, es que todos empezamos en el mismo grupo de amigos. Fue como conocí a María, claro. Y siempre nos hemos querido todos un montón. Somos un buen puñado de gente, pero el núcleo del grupo lo formamos cinco: dos parejas y Antonio, el eterno soltero, ja, ja… Pobrecillo, la verdad es que desde que rompió hace unos cuantos años ya con su primera ex no levanta cabeza. No para de picotear sin encontrar una que valga realmente la pena. Además, llevan unos días él y Carlos un poco tontos, la verdad. No paran de discutir y apenas se ven. A ver si se soluciona pronto todo, que falta poco ya pal Barcelona-Madrid y quiero poder verlo con mis amigos, como siempre. Bah, seguro que ya se les ha pasado. Es más, hoy quedaban para hablarlo y eso.
¿Sabéis? No me gusta nada ir en avión, no sé, me hace sentir más gordo aún, lo cual ya es decir. Y además, no soporto los tiparracos serios como el que me ha tocado de compañero de viaje. Claro que el pobre hace mala cara, como si algo le hubiera sentado mal. Creo que paso de pedirme un té, aunque mi estómago es a prueba de brebajes, que conste. Tengo un metabolismo privilegiado, aunque con tendencia a acumular grasa, pero no me quejo. Mejor que esos flacuchos con cara de hambre, como Antoñito, que mira que jala y es incapaz de engordar ni un gramo. Bueno, cuando se case verás cómo empieza a tener panza, como todos, no te jode. ¡A ver si os creéis que yo a los veinticinco estaba como ahora! Además, con eso de que no para de currar en el campo, más las mariconadas esas del gimnasio, pues normal que no saque barriga. Mira que se lo dije, que eso de los musculitos hace cal final te se atrofie la minga, ja, ja…
Jo, tenía que haber llamado a María antes de subirme a este supositorio con alas. Bueno, ya llamaré cuando aterrice en Barcelona, aunque seguro que me sale la llamada por un pico, putos polacos. No me malinterpretéis, no soy racista, o senofóbico, o como sea, ¡pero el tres a uno en el Bernabéu no se olvida, coño! Como ayer, que me dice el Rafa, el de mantenimiento, que si yo soy un no se qué porque le dije que mi barrio se estaba llenando de gentuza. ¡Coño, es que son gentuza! No digo yo que todos los moros lo sean, pero los guarros que han puesto un locutorio terrorista de esos enfrente de mi portal pues sí. ¡Haber si ya no va a poder decir uno lo que piensa en este país! Claro que la culpa la tiene el Zetapé de los cojones con tanto pacto y tanta hostia. ¡Más mano dura daba yo! ¡Tanto hablar con asesinos y tanta polla en vinagre! Y eso que a mí el Pepé me la suda también, que todos son iguales, unos chorizos, si lo sabré yo, que mi cuñao es concejal…
Joder, delante de mí hay un chavalillo que es igual al sobrino de Carlos. ¡Menudo pedazo de libro se está leyendo, el cabrón! Eso está bien, que la juventud lea, coño. Claro que a mí no ma hecho falta para triunfar que conste. Claro que yo fui a la mejor universidad de todas, a la Universidad de la Calle, y saqué Cuni Laude de ésos, jo, jo, jo… Mira sino a Carlos y a Antonio, que tienen muchos títulos y libros y lo pasan igual de mal que cualquiera, ¡nos sa jodido! Hablando de ellos, espero que ya hayan hecho las paces. Sé que lo que pasa es todo mentira, chorradas que no son verdad. Cuando ayer hablé con Antoñito, no me lo podía creer...
Soy un tío sanote, campechano. Y feliz, bastante feliz. Felizmente casado, con la parejita de hijos y todo eso. Una familia española como deber ser, no esas cosas raras que están saliendo ahora, que ni son familia ni son ná. Mi mujer se llama María, y es la mejor. Mi compañera de fatigas, mi costilla, mi media naranja, todo eso, no sé. No soy muy bueno con las palabras, ni con pensamientos demasiado elevados, ¿Sabéis? Siempre pensé que la palabra más clara para decir mierda era mierda, jo, jo.
Pero en fin, que no tengo nada en mi vida que no me guste: mujer, hijos, buenos amigos y todo un horizonte de posibilidades futuras, como viajar este verano todos juntos a Costa Rica. Veréis, es que todos empezamos en el mismo grupo de amigos. Fue como conocí a María, claro. Y siempre nos hemos querido todos un montón. Somos un buen puñado de gente, pero el núcleo del grupo lo formamos cinco: dos parejas y Antonio, el eterno soltero, ja, ja… Pobrecillo, la verdad es que desde que rompió hace unos cuantos años ya con su primera ex no levanta cabeza. No para de picotear sin encontrar una que valga realmente la pena. Además, llevan unos días él y Carlos un poco tontos, la verdad. No paran de discutir y apenas se ven. A ver si se soluciona pronto todo, que falta poco ya pal Barcelona-Madrid y quiero poder verlo con mis amigos, como siempre. Bah, seguro que ya se les ha pasado. Es más, hoy quedaban para hablarlo y eso.
¿Sabéis? No me gusta nada ir en avión, no sé, me hace sentir más gordo aún, lo cual ya es decir. Y además, no soporto los tiparracos serios como el que me ha tocado de compañero de viaje. Claro que el pobre hace mala cara, como si algo le hubiera sentado mal. Creo que paso de pedirme un té, aunque mi estómago es a prueba de brebajes, que conste. Tengo un metabolismo privilegiado, aunque con tendencia a acumular grasa, pero no me quejo. Mejor que esos flacuchos con cara de hambre, como Antoñito, que mira que jala y es incapaz de engordar ni un gramo. Bueno, cuando se case verás cómo empieza a tener panza, como todos, no te jode. ¡A ver si os creéis que yo a los veinticinco estaba como ahora! Además, con eso de que no para de currar en el campo, más las mariconadas esas del gimnasio, pues normal que no saque barriga. Mira que se lo dije, que eso de los musculitos hace cal final te se atrofie la minga, ja, ja…
Jo, tenía que haber llamado a María antes de subirme a este supositorio con alas. Bueno, ya llamaré cuando aterrice en Barcelona, aunque seguro que me sale la llamada por un pico, putos polacos. No me malinterpretéis, no soy racista, o senofóbico, o como sea, ¡pero el tres a uno en el Bernabéu no se olvida, coño! Como ayer, que me dice el Rafa, el de mantenimiento, que si yo soy un no se qué porque le dije que mi barrio se estaba llenando de gentuza. ¡Coño, es que son gentuza! No digo yo que todos los moros lo sean, pero los guarros que han puesto un locutorio terrorista de esos enfrente de mi portal pues sí. ¡Haber si ya no va a poder decir uno lo que piensa en este país! Claro que la culpa la tiene el Zetapé de los cojones con tanto pacto y tanta hostia. ¡Más mano dura daba yo! ¡Tanto hablar con asesinos y tanta polla en vinagre! Y eso que a mí el Pepé me la suda también, que todos son iguales, unos chorizos, si lo sabré yo, que mi cuñao es concejal…
Joder, delante de mí hay un chavalillo que es igual al sobrino de Carlos. ¡Menudo pedazo de libro se está leyendo, el cabrón! Eso está bien, que la juventud lea, coño. Claro que a mí no ma hecho falta para triunfar que conste. Claro que yo fui a la mejor universidad de todas, a la Universidad de la Calle, y saqué Cuni Laude de ésos, jo, jo, jo… Mira sino a Carlos y a Antonio, que tienen muchos títulos y libros y lo pasan igual de mal que cualquiera, ¡nos sa jodido! Hablando de ellos, espero que ya hayan hecho las paces. Sé que lo que pasa es todo mentira, chorradas que no son verdad. Cuando ayer hablé con Antoñito, no me lo podía creer...
Cayetano Gea Martín
¿Estamos perdiendo el tiempo?
Pues sí, niños y niñas, he de confesar que pierdo el tiempo si comparo mi actividad con la de los ilustres personajes que pretendo compendiar en esta nueva sección (esperemos que de prolongada tradición en esta página, si mi natural hastío y búsqueda de la novedad no lo impiden). Algunos de los personajes que aparecerán serán conocidos por los lectores de esta página (no quiero, por supuesto, menospreciar la cultura de ellos; prueba evidente de su magnífica sabiduría es que leen esta página*). De algunos de ellos conocerán alguno de sus notables descubrimientos, siendo desconocidas algunas de sus otras ocupaciones; en otros casos, puede que conozcan todos los logros del personaje en cuestión y en otros casos puede que ni siquiera sepan de quién se trata.
Esta sección intenta ser una reconocimiento hacia las mentes inquietas. En mi vida he tratado siempre de mantenerme en una inquietud intelectual que me ha llevado a conocer muy diversas visiones de la vida y muchos aspectos diferentes de la misma. Lo peor de morirme es que nuca llegaré a saberlo todo. Aún así, seguiré intentando conseguirlo. Espero que os guste.
P,D,: Por cierto, me niego a incluir en esta lista al señor Leonardo da Vinci. Reconozco sus logros pero en estos momentos me es imposible escribir sobre él. Por otro lado, la bibliografía referente al citado personaje es tan vasta que lo único que yo podría hacer es desmerecer su obra.
Sir Francis Galton:
Como no es cuestión de menospreciar el bagaje cultural de nuestros lectores y es probable que, al menos de oídas (o leídas), les suene (o visualmente recuerden) el nombre de este personaje que nos ocupa, no lo presentaré como un completo desconocido. Como preámbulo básteme decir que este sujeto, nacido en Birmingham en 1822 y fallecido en Londres en 1911, acuñó el término eugenesia, estudió algunas poblaciones africanas o la herencia de las huellas digitales, por poner sólo algunos ejemplos de las diversas actividades que ocuparon su prolongada y dinámica vida.
Por si fuera poco, sir Francis Galton era primo hermano de otro individuo que tampoco dilapidó su vida sentado en un sillón haciendo calceta: Charles Darwin. De él se vio influido por sus teorías acerca de la selección natural y la evolución de las especies.
Galton estudió en las universidades de Birmingham, Londres y Cambridge. Viajó durante 1846-1848 por Egipto y exploró las cataratas del Nilo hasta el Sudán en una época en la que eran casi desconocidas.
En 1850 volvió a África en compañía de Andersson y llegó hasta la bahía de Walfish descubriendo en este viaje la raza ovawipe , pueblo agrícola y bastante civilizado.
En 1860 acompañó al astrónomo Jorge Airy a España para observar un eclipse de sol, publicando con tal motivo interesantes trabajos en diversas revistas. También fue el primero en describir los anticlicones y en crear mapas meteorológicos basándose en la presión del aire.
Después estudió fisiología, antropología y antropometría ocupándose sobre todo de los problemas de la herencia. De hecho, para estudiar la herencia empleó métodos estadísticos que él mismo creó y entre los que se encuentran herramientas tan básicas hoy día en el tratamiento de datos como las regresiones o las correlaciones. Y, por si fuera poco, uno de sus discípulos fue Karl Pearson (sí, niños y niñas, el de la variable estadística). Creó además el método biométrico, una serie de parámetros físicos y cognitivos que ayudaban a determinar diferentes tipologías de personas. Hoy día estos últimos métodos no son apenas utilizados aunque sí supusieron una nueva forma de estudiar la herencia y grandes muestras de datos. Para ello empleó también la distribución normal.
Con sus estudios de la herencia contribuyó a crear la genética del comportamiento y fue uno de los primeros en describir la sinestesia (capacidad de ver colores, oler palabras, etc).
Acuñó el término eugenesia. Galton creía que podía mejorar, mediante herramientas científicas, a la especie humana, lo mismo en su tipo físico que en sus condiciones morales e intelectuales, con sólo limitar la unión entre organismos débiles o enfermos.
Fue recompensado con dos medallas de oro por la Real Sociedad Geográfica, con la Medalla de Huxley del Instituto Antropológico y la Medalla Darwin.
Algunas de sus obras y artículos:
-Narrative of an explorer in Tropical South Africa (1853).
-Art of travel (1855).
-Vacation tourists (1860-63).
-Meteorographica (1863).
-Human faculty and its development (1863).
-Hereditary Genius: its laws and consequences (1869).
-Experiments in Pangenesis (1871).
-English men in science and their nature and nurture (1874).
-Natural inheritance (1889).
-Finger prints (1893).
-Finger print directory (1895).
-Memoirs of my life (1908).
Para más información sobre el personaje visitad http://galton.org/, donde aparecen absolutamente todas sus obras y artículos y pequeños resúmenes de sus logros.
*Esta es, claro, una broma a la que me impulsa una ausencia de falta de modestia (cómo me gustan las dobles negaciones) que a veces me gustaría poseer.
Esta sección intenta ser una reconocimiento hacia las mentes inquietas. En mi vida he tratado siempre de mantenerme en una inquietud intelectual que me ha llevado a conocer muy diversas visiones de la vida y muchos aspectos diferentes de la misma. Lo peor de morirme es que nuca llegaré a saberlo todo. Aún así, seguiré intentando conseguirlo. Espero que os guste.
P,D,: Por cierto, me niego a incluir en esta lista al señor Leonardo da Vinci. Reconozco sus logros pero en estos momentos me es imposible escribir sobre él. Por otro lado, la bibliografía referente al citado personaje es tan vasta que lo único que yo podría hacer es desmerecer su obra.
Sir Francis Galton:
Como no es cuestión de menospreciar el bagaje cultural de nuestros lectores y es probable que, al menos de oídas (o leídas), les suene (o visualmente recuerden) el nombre de este personaje que nos ocupa, no lo presentaré como un completo desconocido. Como preámbulo básteme decir que este sujeto, nacido en Birmingham en 1822 y fallecido en Londres en 1911, acuñó el término eugenesia, estudió algunas poblaciones africanas o la herencia de las huellas digitales, por poner sólo algunos ejemplos de las diversas actividades que ocuparon su prolongada y dinámica vida.
Por si fuera poco, sir Francis Galton era primo hermano de otro individuo que tampoco dilapidó su vida sentado en un sillón haciendo calceta: Charles Darwin. De él se vio influido por sus teorías acerca de la selección natural y la evolución de las especies.
Galton estudió en las universidades de Birmingham, Londres y Cambridge. Viajó durante 1846-1848 por Egipto y exploró las cataratas del Nilo hasta el Sudán en una época en la que eran casi desconocidas.
En 1850 volvió a África en compañía de Andersson y llegó hasta la bahía de Walfish descubriendo en este viaje la raza ovawipe , pueblo agrícola y bastante civilizado.
En 1860 acompañó al astrónomo Jorge Airy a España para observar un eclipse de sol, publicando con tal motivo interesantes trabajos en diversas revistas. También fue el primero en describir los anticlicones y en crear mapas meteorológicos basándose en la presión del aire.
Después estudió fisiología, antropología y antropometría ocupándose sobre todo de los problemas de la herencia. De hecho, para estudiar la herencia empleó métodos estadísticos que él mismo creó y entre los que se encuentran herramientas tan básicas hoy día en el tratamiento de datos como las regresiones o las correlaciones. Y, por si fuera poco, uno de sus discípulos fue Karl Pearson (sí, niños y niñas, el de la variable estadística). Creó además el método biométrico, una serie de parámetros físicos y cognitivos que ayudaban a determinar diferentes tipologías de personas. Hoy día estos últimos métodos no son apenas utilizados aunque sí supusieron una nueva forma de estudiar la herencia y grandes muestras de datos. Para ello empleó también la distribución normal.
Con sus estudios de la herencia contribuyó a crear la genética del comportamiento y fue uno de los primeros en describir la sinestesia (capacidad de ver colores, oler palabras, etc).
Acuñó el término eugenesia. Galton creía que podía mejorar, mediante herramientas científicas, a la especie humana, lo mismo en su tipo físico que en sus condiciones morales e intelectuales, con sólo limitar la unión entre organismos débiles o enfermos.
Fue recompensado con dos medallas de oro por la Real Sociedad Geográfica, con la Medalla de Huxley del Instituto Antropológico y la Medalla Darwin.
Algunas de sus obras y artículos:
-Narrative of an explorer in Tropical South Africa (1853).
-Art of travel (1855).
-Vacation tourists (1860-63).
-Meteorographica (1863).
-Human faculty and its development (1863).
-Hereditary Genius: its laws and consequences (1869).
-Experiments in Pangenesis (1871).
-English men in science and their nature and nurture (1874).
-Natural inheritance (1889).
-Finger prints (1893).
-Finger print directory (1895).
-Memoirs of my life (1908).
Para más información sobre el personaje visitad http://galton.org/, donde aparecen absolutamente todas sus obras y artículos y pequeños resúmenes de sus logros.
*Esta es, claro, una broma a la que me impulsa una ausencia de falta de modestia (cómo me gustan las dobles negaciones) que a veces me gustaría poseer.
Pedro Garrido Vega.
martes, agosto 08, 2006
A propósito de...Diccionario jázaro, de Milorad Pavic.

En ocasiones muy escasas (qué pena) se encuentra uno de esos libros que hacen pensar de otro modo, ya sea sobre la vida, sobre la literatura o sobre ambas cosas que acaso sean lo mismo en mi caso (y, me atrevo a decir que en muchos otros). Esta obra de Pavic tal vez sea uno de esos puntos de inflexión, al menos desde mi posición de lector. Aunque el problema es que este argumento con respecto a esta obra y su autor es un tanto embustero porque ya leí hace un par de meses otra obra suya, Paisaje pintado con té, también magistral, y que ya me proporcionó algunas pautas acerca de cómo acometer la lectura de este autor.
El Diccionario jázaro, que lleva por subtítulo Novela léxico, es precisamente eso, una novela escrita en forma de diccionarios, y no de un diccionario cualquiera sino de uno muy particular, acerca de los jázaros, un supuesto pueblo eslavo con lengua y religión propias que desapareció cuando el khagán (su jefe de estado) decidió que el reino se convertiría a la religión de aquel que pudiese explicar con mayor elocuencia un sueño en el que un ángel le dijo las siguientes palabras: tus intenciones son gratas al Señor, pero tus actos no. Para ello llamó a la corte a un teólogo cristiano, otro judío y otro musulmán que habrían de interpretar dicho sueño. La religión que existía en el reino jázaro era el de los cazadores de sueños, personas que podían seguir a personajes que aparecían en los sueños de distintas personas.
El Diccionario jázaro es uno de esos libros que pueden leerse en el orden que se desee. Está formado por tres partes cada una de las cuales representa a las fuentes judía, cistiana y musulmana del diccionario (en cada una de ellas, claro, se da una versión un tanto diferente de la llamada polémica jázara, aquella reunión entre el khagán y los teólogos). En cada una de esas partes aparecen entradas que se refieren a personajes que participaron en la polémica jázara o que después se interesaron por el pueblo jázaro, sus costumbres y su religión. La otra obra que he mencionado, Paisaje pintado con té, también puede leerse en el orden que se desee pues su estructura tiene forma de crucigrama y además posee dos finales posibles de los que el lector es protagonista fundamental. En el caso del Diccionario jázaro existen dos tipos de ejemplares, el masculino y el femenino, que difieren en una sola frase.
El estilo de Pavic es muy coloquial y se caracteriza por una sucesión continua de extraordinarias metáforas. Sirva como estímulo para la lectura de esta obra por parte de los lectores de este blog este fragmento escogido del Diccionario jázaro, que además me permite pensar menos y entregarme a la actividad de mero copista. El extracto forma parte de la entrada Muqqadasi Al Safer, de las fuentes musulmanas del Diccionario jázaro:
[...] Según otras fuentes que Daubmannus relaciona con los manuscritos de la sinagoga de El Cairo, esta carta o poema no estaba dirigida en efecto al khagán, sino al propio Al Safer, y se refería a él y a Adán Cadmón. En cualquier caso, la carta suscitó los celos o la rivalidad del khagán jázaro, pues los cazadores de sueños formaban el poderoso partido de oposición de la princesa Ateh. Al Safer fue condenado a ser encerrado en una jaula suspendida de un árbol. La princesa Ateh le enviaba cada año en los sueños la llave de su alcoba. Sólo podía aliviar sus sufrimientos cuando sobornaba a los demonios para que tomaran por un breve período el lugar de un hombre y metieran a éste último en el lugar de Al Safer. De modo que una parte de la vida de Al Safer estaba formada por la vida de otros hombres, que le prestaban algunas de sus semanas. Entretanto, los amante se intercambiaban mensajes de una manera especial: él grababa con los dientes unas cuantas palabras en el caparazón de una tortuga o de un cangrejo capturado en el río que corría debajo de la jaula y luego lo ponía de nuevo en el agua; ella le respondía de la misma manera, grabando sus mensajes de amor en las tortugas y enviándolos a lo largo del río que desemboca en el mar justo debajo d ela jaula. Cuando el demonio privó a la princesa Ateh del recuerdo de la lengua jázara y la obligó a olvidarla, ella dejó de escribir, pero Al Safer siguió enviando sus mensajes tratando de hacerle recordar su nombre y las palabras de sus poemas.
Algunos cientos de años después de ese acontecimiento, fueron capturadas en la costa del mar Caspio dos tortugas en las cuales estaban grabados los mensajes de un hombre y una mujer que se amaban...
Pedro Garrido Vega.
El Diccionario jázaro, que lleva por subtítulo Novela léxico, es precisamente eso, una novela escrita en forma de diccionarios, y no de un diccionario cualquiera sino de uno muy particular, acerca de los jázaros, un supuesto pueblo eslavo con lengua y religión propias que desapareció cuando el khagán (su jefe de estado) decidió que el reino se convertiría a la religión de aquel que pudiese explicar con mayor elocuencia un sueño en el que un ángel le dijo las siguientes palabras: tus intenciones son gratas al Señor, pero tus actos no. Para ello llamó a la corte a un teólogo cristiano, otro judío y otro musulmán que habrían de interpretar dicho sueño. La religión que existía en el reino jázaro era el de los cazadores de sueños, personas que podían seguir a personajes que aparecían en los sueños de distintas personas.
El Diccionario jázaro es uno de esos libros que pueden leerse en el orden que se desee. Está formado por tres partes cada una de las cuales representa a las fuentes judía, cistiana y musulmana del diccionario (en cada una de ellas, claro, se da una versión un tanto diferente de la llamada polémica jázara, aquella reunión entre el khagán y los teólogos). En cada una de esas partes aparecen entradas que se refieren a personajes que participaron en la polémica jázara o que después se interesaron por el pueblo jázaro, sus costumbres y su religión. La otra obra que he mencionado, Paisaje pintado con té, también puede leerse en el orden que se desee pues su estructura tiene forma de crucigrama y además posee dos finales posibles de los que el lector es protagonista fundamental. En el caso del Diccionario jázaro existen dos tipos de ejemplares, el masculino y el femenino, que difieren en una sola frase.
El estilo de Pavic es muy coloquial y se caracteriza por una sucesión continua de extraordinarias metáforas. Sirva como estímulo para la lectura de esta obra por parte de los lectores de este blog este fragmento escogido del Diccionario jázaro, que además me permite pensar menos y entregarme a la actividad de mero copista. El extracto forma parte de la entrada Muqqadasi Al Safer, de las fuentes musulmanas del Diccionario jázaro:
[...] Según otras fuentes que Daubmannus relaciona con los manuscritos de la sinagoga de El Cairo, esta carta o poema no estaba dirigida en efecto al khagán, sino al propio Al Safer, y se refería a él y a Adán Cadmón. En cualquier caso, la carta suscitó los celos o la rivalidad del khagán jázaro, pues los cazadores de sueños formaban el poderoso partido de oposición de la princesa Ateh. Al Safer fue condenado a ser encerrado en una jaula suspendida de un árbol. La princesa Ateh le enviaba cada año en los sueños la llave de su alcoba. Sólo podía aliviar sus sufrimientos cuando sobornaba a los demonios para que tomaran por un breve período el lugar de un hombre y metieran a éste último en el lugar de Al Safer. De modo que una parte de la vida de Al Safer estaba formada por la vida de otros hombres, que le prestaban algunas de sus semanas. Entretanto, los amante se intercambiaban mensajes de una manera especial: él grababa con los dientes unas cuantas palabras en el caparazón de una tortuga o de un cangrejo capturado en el río que corría debajo de la jaula y luego lo ponía de nuevo en el agua; ella le respondía de la misma manera, grabando sus mensajes de amor en las tortugas y enviándolos a lo largo del río que desemboca en el mar justo debajo d ela jaula. Cuando el demonio privó a la princesa Ateh del recuerdo de la lengua jázara y la obligó a olvidarla, ella dejó de escribir, pero Al Safer siguió enviando sus mensajes tratando de hacerle recordar su nombre y las palabras de sus poemas.
Algunos cientos de años después de ese acontecimiento, fueron capturadas en la costa del mar Caspio dos tortugas en las cuales estaban grabados los mensajes de un hombre y una mujer que se amaban...
Pedro Garrido Vega.
lunes, agosto 07, 2006
El Viaje, Capítulo II. La azafata
¿Hola? ¿Qué, cómo estás, bicheja? ¿Cómo que quién soy? Ja, ja, ja. Adivina. Una amiga tuya que ha empezado a viajar mucho, ja, ja, ja. ¿Aún no caes? ¡Venga ya! ¿Cómo? ¡Claro que es un número raro, tía! ¡Te llamo desde el avión! ¿No sabes que no se pueden utilizar móviles? ¿Nunca has volado, cateta? Ja, ja… Sí, jo, estoy mazo de ilusionada. ¡Por fin llegó el momento del primer vuelo! ¡Buf! ¡Qué nervios! ¿Cómo? No, bien. No, al final no hablé con él. Pasé de avisarle, bah, que le jodan, es un niñato. ¿Qué dices? No, tía, no creo que me pasara con él. Créeme, se merece eso y mucho más, de verdad. Es un gilipollas. ¡Claro que lo tengo superado! Además, no veas que pedazo de tío ha subido al avión. Y no me quita el ojo, nena. Quién sabe… Ja, ja… ¡Tú sí que eres una pendona, no te digo! Mira quién fue hablar. ¿O tengo que recordarte lo de Jorge? Ja, ja, ja. Ya, claro, habla la santa, ja, ja… Además, a ti te gustan jovencitos, ja, ja… Pues mira, hay por aquí un niño de doce añitos con la cara pegada a un libraco que a lo mejor te iba, pedazo de pederasta, ja, ja…¡Tú sí que eres perra! Perdona un segundo.
Nada, ya estoy aquí. Nada, la ogro que me ha tocado de compañera, que no me deja en paz. Se cree que soy imbécil. Pero bueno, se cree obligada a enseñármelo todo como si no me hubiera comido año y medio de prácticas, ¿sabes? Es la típica fea amargada que no entraría en un buen vestido ni con calzador. ¡Fea y con un tipo horrible! Ja, ja… Además, ¡se ha atrevido a llevarle un té al tío bueno que te digo! ¡Casi se lo come, la muy desesperada! Bueno, ¿y tú el finde qué tal? ¿Fuiste a aquél pub? Ajá. Sí. Ajá. ¡No me digas! ¡Le viste! ¿Y tú que…? ¿Te liaste con él? ¡No me digas! Jo, nena, ¡luego soy yo la guarra!, ja, ja… Jo, no para de mirarme el macizo del que te hablo, tía. ¿Cuántos? No sé. Treinta y pocos, parece. La edad ideal, ya sabes, ja, ja. Estoy cansada de niñatos como el gilipollas de… No. No… ¡No! ¡Es que es un gilipollas! ¡Y no, no creo que me pasara! ¿Tú que hubieras hecho? ¿Permitir que alguien pusiera así en peligro… todo? Es un imbécil y me alegro. Que sufra como sufrí yo. ¿Qué? ¡No! ¡Pero…! ¡Sí, pe…! Sí… No… Joder, tía, no tienes ni idea, ¿vale? Yo sé por qué… Vale, vale. Cambiemos de tema, ¿vale? Jo, cómo me mira, tía, ja, ja, ja… ¡Me ha sonreído! ¡Oh! Creo que luego le voy a llevar algo. Mierda, espera un segundo. ¿Sí? Dime. Vale, vale, ya estoy allí. Te tengo que dejar, cari, que me toca explicar lo de los salvavidas y todo eso. Creo que se lo voy a dedicar por entero a mi admirador del asiento 45B ventanilla, ja, ja… Luego te llamo si puedo, chiqui. Un besoteee. Chao, chao.
¡Hola, nena! ¿Sigues por ahí? Ja, ja, ja… Ya ves, cari. Jo, ¿sabes? Me he topado antes con el tío bueno del 45B, tía. ¡Sí! Espero no haber sido demasiado lanzada, que ya me conoces, ¡los espanto! Ja, ja… ¡Hala, tía, cómo te pasas! Pues ahora el pobre está en el baño, creo que le ha sentado mal el té que le dio mi compa, la fea con ganas. Ja, ja, ja… ¿Eh? ¿Cómo? No, no. Para nada, ya te he dicho. ¿Antonio? ¡Antonio es un gilipollas! ¡Y se merece lo que le pase! ¡Lo que sea que le pase! Yo sólo… ¡No hice nada, tía! ¿Vale? Es decir yo sólo…
Solamente quería que me dejara, que se marchara, que desapareciera de mi vida, de mi cómoda vida que nadie iba a estropear por nada del mundo, y aunque al principio fuera divertido, no lo negaré, y excitante, después se convirtió en un peligro, en una amenaza para el mundo que tanto esfuerzo nos había costado construir a Carlos y a mí, que con tanto tesón y esfuerzo habíamos creado, y con amor, el amor suficiente, el justo, el básico, y su madurez y mi juventud embriagadora que cautivó a Antonio, pero él quería más, lo veía en sus ojillos ansiosos, no se conformaba con un pedazo del pastel, me quería por completo, me quería devorar y destruir mi mundo para colocar el suyo en su lugar, y eso no lo podía permitir ni lo iba a permitir, y nadie me arrebataría mi recién adquirida levedad del ser, y menos él, a pesar de lo guapo qué es, y lo bien que hace el amor, qué pena, qué desperdicio: sabía cómo complacer a una mujer en la cama, eso estaba claro, desde luego, mejor que Carlos, pero Carlos era mi porvenir, mi felicidad, mi coche, mi piso, mi avaricia, mi destino, y Antonio venga, que nos fuéramos, que huyéramos, que él cuidaría de mí, de mí, él, pomposo engreído fabricado a base de mancuernas y libros de poesía, sin ningún conocimiento de la vida real, de las necesidades reales que se extienden más allá de las palabras bonitas, de los buenos deseos y de las promesas de amor, de un amor que es una hoja en blanco, una mera formalidad, un mero trámite para llevarme a la cama, si lo sabré yo, que los conozco, los conozco a todos, y todos son el mismo, el mismo patrón de tío: machistas, eso es lo que son todos, sin distinción, aunque te hablen de igualdad y de que eres su luna, su sol, lo que da sentido a sus vidas, ¡mentira!: sólo se sienten bien cuando poseen, cuando tienen, y cuando pueden fardar de tenerte delante de su clan de osos cavernarios, de mamíferos sin evolucionar: qué pena, qué asco, y yo lo sabía, y se lo expliqué, pero no lo creía, creía que le mentía para protegerle, ¡protegerle, ja!, el no va más del engreimiento masculino, ese deseo de que todo gire en torno a ellos, centros del universo, pelo y carne alrededor de un pene, todos iguales, iguales e iguales, y yo lo sabía y él atentaba mis logros, mis metas y al canalizador de ellas, Carlos, el cual podía cortar el grifo en cualquier momento y, pum, adiós a todo, a todo, y por eso me cité con Antonio, claro, aunque llovía a mares, lo cual le sorprendió, y más que quedara con él en su pueblo, en su pequeño y repugnante pueblo, ya que sólo había ido una vez y basta, gracias, del asco que me daba estar rodeada de catetos, de paletos, de perdedores con un azadón bajo el hombro, como él, con ese aura de misticismo rural, de arcadia pastoril idealizada: ¡un poeta de pueblo, el colmo de un lamentable aspirante a Miguel Hernández!, siempre hablando de los cielos, del olor de la hierba y de chorradas constantes, y de su gimnasio de mierda, de su puto gimnasio cutre de pueblo, y ya no podía más, y nadie me arrebataría lo que era mío por derecho, y por eso quedé en su inmundo villorrio, pero no fui, no, no fui, en su lugar fue otra persona, sí, otra persona que se enteró por alguien, y sospecho por quién, de lo mío con Antonio y fue para allá, a zanjar la situación, y espero que así fuera, porque yo tengo un porvenir, un futuro, un esposo, un trabajo nuevo que empezar y un vuelo que tomar
Impacto.
Impacto.
¿Qué?
Impacto, impacto.
¿Qué, hola?
Impacto, impacto, impacto.
¡No te oigo! ¡No, ah! ¡Nooo! ¡Socorrooo! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE, POR EL AMOR DE DIOS, SOCORROOOO!
Impacto. Pum. Impacto. Avión que oscila. Caos. Ruido.
¡Estamos cayendo! ¡Capitán! ¡ESTAMOS CAYENDO! ¡VAMOS A MORIIIIR!
Caos. Caos. Caos a su alrededor. Gente volando.
¡OhDiosmíoohDiosmíoohDiosmíoooh! ¡OH, OH, OOOH!
Terror. Caos. Bum. Crash. Setenta y siete grados de inclinación. Gente golpeada, arrastrada, diezmada, muerta.
¡Oh, aah! ¡Sujetarmeee! ¡Sujetarme a algo! ¡Ya! ¡Aquí! ¡Oh! ¡Sí! ¿No? ¿Barra? ¡Sí! ¡Barra! ¡Barra! ¡Aquí! ¡Aaah!
Caos, terror. Ochenta y tres grados. Manos se cierran. Objeto metálico. Seguro. Seguro. Vida en descenso. Probabilidad tiende a cero. Tendones de antebrazo en tensión. Alguno estalla. Cuerda de guitarra. Poing. Caos. Hasta luego, cocodrilo.
¡Oh! ¡No! ¡No puedo! ¡Me resbalo! ¡Oh, Dios! ¡Ayúdame! ¡Dios! ¡Capitán! ¡Dios! ¡Me resbalo! ¡Duele! ¡Oh! ¡Demasiado! ¡Me resbalo! ¡MEEE RESBALOOOO!
Poing, caos, terror. Sin cuerdas la guitarra. Presión cero. Nos vemos, caimán. No te olvides de escribir. Caos. Discordia.
¡CAIGOOO! ¡CAIGOOO! ¡AAAAAAH! ¡CAI…
Golpe, caos. Golpe, golpe, golpe. Mortal. Golpe mortal. Golpe más mortal igual a muerte, ja. Golpe. Golpe como un, sí, como un coco. Crac. Blop. Masa encefálica. Muerte de coco. Coco de muerte. ¡Qué viene el coco! Crac. Adiós.
No pero puedo aunque se que no puedo y veo cuartos y habitaciones muchas y cada vez más pequeñas y ya no quepo ya no quepo Dios Buda Alá Anubis puto triunvirato de oh pequeña muy pequeña niña parque parque lluvia error error system failure Carlos Antonio Jorge María alabado sea que se oiga vamos negro negro negra muerte y donde donde oh desaparezco desaparezco y no hay nada padre Padre Felipe mentía solo muerte negro telón mala película mal final orgasmo mortal el último el peor blando agusanado cariado lívido esqueleto puto estudiante de Salamanca habitación nimia tiende a cero a cero absoluto adiós compañeros adiós si lo hubiera sabido levedad oh oh levedad existencia efímera no más planos ni encima ni reencarnación ja risa ja mentiras miedo a la pálida oh solo muerte oh no pierdo oh no muerte muerte
Muerte.
…
Muerte.
…
Cayetano Gea Martín
sábado, agosto 05, 2006
El Viaje, Capítulo I. El viajero (segunda parte)
Impacto.
Un tremendo impacto.
Un tremendo impacto que sacude por entero el diminuto baño del avión y me hace flotar en el aire durante dos interminables segundos
Mira, mamá, sin manos
en los cuales siento una ingravidez no producida por la carencia de gravedad, sino por un movimiento brusco y de inconmensurable cinética de arriba abajo, la misma sensación de volar que conocen los suicidas del viaducto, sólo que mi suelo no está en la calle Segovia, a cien metros más abajo, sino a apenas ochenta centímetros de mi cabeza, la cual va a su encuentro en cuanto pasan los dos segundos de levitación forzosa.
Mira, mamá, sin dientes
La boca se estrella contra el sucio suelo de linóleo y estalla en una roja burbuja de dolor. La sangre surge como líquido en un pulverizador, segundos antes de comenzar a manar a riadas. El dolor es tan grande que se me olvida gritar mientras me orino encima de los vaqueros, incluso olvido al pandemonio que tiembla de caótica excitación a mi alrededor. Porque el compartimiento estanco que forma el baño del avión parece resquebrajarse por entero, con titánicas sacudidas que me mandan de un sitio para otro, al techo, al suelo, contra las paredes. Dos o tres veces golpeo el espejo del lavabo y cada vez que lo hago, se quiebra más y se cubre más de sangre. El universo gira a mi alrededor, y lo hace de forma ensordecedora, con un estruendo agudo como un grito o un prolongado frenazo. Intento taparme los sangrantes oídos, pero no sé dónde se encuentran éstos ni mis manos. Soy una marioneta con las cuerdas cortadas dando tumbos en una lavadora fuera de control, mientras giro y giro en la más horrible de las montañas rusas. Sólo pienso en que termine, en que muera de una vez, en que mi cuerpo se desintegre y que todo desaparezca. No pasa mi vida delante de mí. No recuerdo a los seres amados ni pienso en el daño que infligí. Sólo deseo que todo termine.
De repente, tan súbitamente como surgió, el movimiento cesa. No se va parando poco a poco, sino que la realidad vuelve a encajarse de golpe en su sitio. Un instante antes estaba saltando en un ruidoso caos sin gravedad y un instante después todo para.
Quietud.
Total y absoluta.
Mi cuerpo, tumbado sobre el suelo lleno de cristales, papel higiénico, fragmentos varios de mampostería y mi sangre, aún posee la inercia de la sacudida y no ha descubierto que todo ha parado. Mis oídos pitan desaforados entre los hilos de sangre que los intentan taponar. Descubro con mi lengua sangrante y mordida que me faltan varias piezas dentales. Una manta de calor cubre mi ojo derecho y parte de la cara. Tengo una pierna torcida hacia el lado contrario de la articulación normal de la rodilla, oh, Dios. No te desmayes, aguanta, mírate, reconócete. Siento al menos tres costillas rotas. Dios, qué dolor. No te desmayes, desgraciado. Completa tu revisión. El brazo izquierdo se encuentra doblado de manera antinatural, y colocado debajo de mi nuca. El hombro se ha salido, siento la cabeza del húmero flota libre entre mi carne y tendones, qué dolor, Virgen Santa, qué dolor más espantoso, aguanta, aguanta y termina. No creo que tenga algún órgano destrozado, aunque es pronto para asegurarse. La pierna izquierda y el brazo derecho parecen intactos, gracias a Dios por estos pequeños detalles, joder. Con éste último palpo todo lo que el dolor me permite mi destrozado cuerpo. Duele, duele, me cago en Dios y en todo el santoral al completo. El vientre parece en su sitio, sin bultos raros. Tanto la polla como los cojones están en su sitio, aunque éstas se encuentran ligeramente entumecidas e hinchadas. A lo peor me quedo como un puto mulo. Curiosa preocupación cuando lo más seguro es que la diñe. Dolor. Sigo tocándome con la mano del brazo bueno hasta llegar a lo que en mi incombustible vanidad más temo: los posibles daños producidos en el rostro. Joder, qué dolor, qué dolor, aguanta, cabronazo. Tengo la barbilla partida por la mitad, noto el hueso destrozado bajo mis dedos. Palpo dentro de mi boca y hago un rápido recuento: he perdido tres molares, un canino, los cuatro premolares. Ningún incisivo perdido, gracias, Señor del universo, oh, duele, duele, me cago en la puta, joder, termina, termina y luego te desmayas, nenaza. Tengo miedo de comprobar el calor ciego que me cubre el ojo derecho, tengo miedo, miedo. Examino primero la nariz. Está rota, el tabique troceado en, al menos, tres partes. Me llevo la mano detrás de la nuca y, milagrosamente, no parece que tenga ninguna brecha en el cráneo. Palpo cristales y sangre, pero nada grave, nada grave, eso parece, duele, duele. Bajo la mano por la frente y descubro, horrorizado, a qué se debe lo de mi ojo derecho: el cuero cabelludo se ha desprendido y me cubre un tercio del rostro. Incrédulo, palpo el cráneo liso, la carne arrancada que cuelga como la más horrible de las persianas y el pelo que le acompaña y que roza mi ojo y mi mejilla.
Creo que ya puedo desmayarme.
Un tremendo impacto.
Un tremendo impacto que sacude por entero el diminuto baño del avión y me hace flotar en el aire durante dos interminables segundos
Mira, mamá, sin manos
en los cuales siento una ingravidez no producida por la carencia de gravedad, sino por un movimiento brusco y de inconmensurable cinética de arriba abajo, la misma sensación de volar que conocen los suicidas del viaducto, sólo que mi suelo no está en la calle Segovia, a cien metros más abajo, sino a apenas ochenta centímetros de mi cabeza, la cual va a su encuentro en cuanto pasan los dos segundos de levitación forzosa.
Mira, mamá, sin dientes
La boca se estrella contra el sucio suelo de linóleo y estalla en una roja burbuja de dolor. La sangre surge como líquido en un pulverizador, segundos antes de comenzar a manar a riadas. El dolor es tan grande que se me olvida gritar mientras me orino encima de los vaqueros, incluso olvido al pandemonio que tiembla de caótica excitación a mi alrededor. Porque el compartimiento estanco que forma el baño del avión parece resquebrajarse por entero, con titánicas sacudidas que me mandan de un sitio para otro, al techo, al suelo, contra las paredes. Dos o tres veces golpeo el espejo del lavabo y cada vez que lo hago, se quiebra más y se cubre más de sangre. El universo gira a mi alrededor, y lo hace de forma ensordecedora, con un estruendo agudo como un grito o un prolongado frenazo. Intento taparme los sangrantes oídos, pero no sé dónde se encuentran éstos ni mis manos. Soy una marioneta con las cuerdas cortadas dando tumbos en una lavadora fuera de control, mientras giro y giro en la más horrible de las montañas rusas. Sólo pienso en que termine, en que muera de una vez, en que mi cuerpo se desintegre y que todo desaparezca. No pasa mi vida delante de mí. No recuerdo a los seres amados ni pienso en el daño que infligí. Sólo deseo que todo termine.
De repente, tan súbitamente como surgió, el movimiento cesa. No se va parando poco a poco, sino que la realidad vuelve a encajarse de golpe en su sitio. Un instante antes estaba saltando en un ruidoso caos sin gravedad y un instante después todo para.
Quietud.
Total y absoluta.
Mi cuerpo, tumbado sobre el suelo lleno de cristales, papel higiénico, fragmentos varios de mampostería y mi sangre, aún posee la inercia de la sacudida y no ha descubierto que todo ha parado. Mis oídos pitan desaforados entre los hilos de sangre que los intentan taponar. Descubro con mi lengua sangrante y mordida que me faltan varias piezas dentales. Una manta de calor cubre mi ojo derecho y parte de la cara. Tengo una pierna torcida hacia el lado contrario de la articulación normal de la rodilla, oh, Dios. No te desmayes, aguanta, mírate, reconócete. Siento al menos tres costillas rotas. Dios, qué dolor. No te desmayes, desgraciado. Completa tu revisión. El brazo izquierdo se encuentra doblado de manera antinatural, y colocado debajo de mi nuca. El hombro se ha salido, siento la cabeza del húmero flota libre entre mi carne y tendones, qué dolor, Virgen Santa, qué dolor más espantoso, aguanta, aguanta y termina. No creo que tenga algún órgano destrozado, aunque es pronto para asegurarse. La pierna izquierda y el brazo derecho parecen intactos, gracias a Dios por estos pequeños detalles, joder. Con éste último palpo todo lo que el dolor me permite mi destrozado cuerpo. Duele, duele, me cago en Dios y en todo el santoral al completo. El vientre parece en su sitio, sin bultos raros. Tanto la polla como los cojones están en su sitio, aunque éstas se encuentran ligeramente entumecidas e hinchadas. A lo peor me quedo como un puto mulo. Curiosa preocupación cuando lo más seguro es que la diñe. Dolor. Sigo tocándome con la mano del brazo bueno hasta llegar a lo que en mi incombustible vanidad más temo: los posibles daños producidos en el rostro. Joder, qué dolor, qué dolor, aguanta, cabronazo. Tengo la barbilla partida por la mitad, noto el hueso destrozado bajo mis dedos. Palpo dentro de mi boca y hago un rápido recuento: he perdido tres molares, un canino, los cuatro premolares. Ningún incisivo perdido, gracias, Señor del universo, oh, duele, duele, me cago en la puta, joder, termina, termina y luego te desmayas, nenaza. Tengo miedo de comprobar el calor ciego que me cubre el ojo derecho, tengo miedo, miedo. Examino primero la nariz. Está rota, el tabique troceado en, al menos, tres partes. Me llevo la mano detrás de la nuca y, milagrosamente, no parece que tenga ninguna brecha en el cráneo. Palpo cristales y sangre, pero nada grave, nada grave, eso parece, duele, duele. Bajo la mano por la frente y descubro, horrorizado, a qué se debe lo de mi ojo derecho: el cuero cabelludo se ha desprendido y me cubre un tercio del rostro. Incrédulo, palpo el cráneo liso, la carne arrancada que cuelga como la más horrible de las persianas y el pelo que le acompaña y que roza mi ojo y mi mejilla.
Creo que ya puedo desmayarme.
Cayetano Gea Martín
jueves, agosto 03, 2006
El Viaje, Capítulo I. El viajero
Siempre empieza igual: con un primer paso. Con un primer movimiento, un gesto casi al azar, leve, en la comisura de la realidad, pero tan anclado en ella, que es su propio desencadenante, su propio destino y consecución. Ese paso se convierte en acción, la acción en proceso y el proceso en rutina, en movimiento y palancas: la velocidad aumenta, el cuerpo intenta tocarse con la espalda y las ruedas se recogen en su estuche de acero, mientras el avión, la suprema maravilla del hombre, se eleva y surca los cielos, y los viola con su mácula, con su huella de humanidad que ansía volar.
Desde la ventanilla, observo nubes y más nubes, hermosos firmamentos que no permiten que la mente permanezca quieta, y nos hacen pensar en Dios, en el Za-zen, el agua condensada a kilómetros de altura, en los amores perdidos y en los errores por cometer. Y en los cometidos, claro está. En mi caso, muchos y fatales. Aunque sólo el último me ha forzado a este exilio no del todo involuntario, a estas vacaciones pagadas por Papá Estado (digamos gracias, que se oiga ese amén). Qué gran error, qué gran cagada, macho. He batido mi propio récord de maldad. Pero lo peor es esta carencia de arrepentimiento que me invade. Soy el niño orgulloso de serlo, y además la pelota es mía, ¿no? Allá cada cual con su conciencia. Qué palabra tan grande y tan fea: conciencia. Es casi una palabrota. Odio los conceptos abstractos: ¿qué coño es la conciencia? La puede uno destruir, matar, enterrar, resucitar, pero nunca asir, nunca entenderla. Sólo nos resta, pues, disolverla: romper el mito hasta obtener mitemas, el almidón en monosacáridos, las proteínas en aminoácidos. Qué horror: hasta la química orgánica posee carácter gremial.
Me relajo en mi asiento. La azafata fea me trae un té horrible, astringente, que me hará visitar el baño del avión en breve, seguro. Odio los retretes en movimiento. La sensación de defecar en algo que vuela me parece terrible, antinatural. ¿Dónde van las heces? ¿Se depositan y se compactan para ser vendidas como compost de Clase A y Turista? ¿O se vierten desde el aire como un pájaro más? En fin, dejémoslo. Aunque no pienso perdonar a la azafata fea. Seguro que la otra, la guapa, no me hubiera traído este caldo inmune. Seguro. Me miró con deseo. Como todas. Como casi todas.
Reparo en el chaval con gafas que tengo al lado. No tendrá más de doce años y está leyendo Rayuela. Ya son ganas. Otro enfermo más para un mundo dividido en dos: los imbéciles y los enfermos. Elijan bando, damas y caballeros. ¡Oh, Discordia! El pseudo té hace su efecto antes de lo previsto. El intestino empieza a danzar al ritmo de la batería de Velcro Fly. Fuera, a través del ojo de buey, el cielo revela sus rojizos secretos al atardecer. El sol es una esfera gigante carmesí que derrama sangre de luz. El avión, rumbo a poniente, no ceja en su empeño de perseguirlo. La consecuencia: la más hermosa y larga puesta de sol que jamás contemplé. Casi lloro ante la escena. No hay cuadro, canción ni artificio de hombre capaz de compararse con esto. Y el niño sigue leyendo ese puto libro, mientras se pierde la belleza de la naturaleza indómita, de la vida en estado puro. Vida, señores, vida. No el remanso artificial en el que nos desenvolvemos.
El sol acaba por ocultarse, para mi pesar. Decido levantarme e ir al excusado. Otra palabra imbécil: excusado. ¿Por qué hay que excusarse ante Dios sabe quién de las necesidades corporales? Odio los eufemismos y las medias tintas. Aunque cumplen su cometido, claro está. Como ahora. “Disculpe, señorita, ¿el excusado?” La azafata guapa me indica una puerta al final del pasillo con su hermosa mano derecha. Con mucho gusto me llevaría esos finos y morenos dedos a la boca. Mi rostro debe traslucir lo que siento, porque ella me sonríe con picardía juguetona. “¿Qué le pasa, es que se encuentra usted mal?”, me responde por decir algo. “Creo que el té que su compañera me sirvió hace un rato me está jugando una mala pasada”. “Oh, lo lamento mucho, señor”, contesta con fingido pesar (las feromonas empiezan a restañar en el aire estancado del avión). “Mientras usted va al baño, le buscaré algo para que se sienta mejor”. Intento lanzarle mi mirada más evidente de “ya sabes lo que necesito para sentirme mejor, cariño”, y parece que, a pesar del patetismo de la intención, lo capta. Se aleja dedicándome un contoneo de caderas que me hace olvidar, temporalmente, los retortijones. Temporalmente.
Abro la puerta del WC e intento sentarme en la montaña rusa que supone defecar a esta altura y a esta velocidad, a pesar de que no se note el efecto de ambas. Gracias al cielo por la física, ¿eh? Ahora comprendo cuando mi profesor decía que todo dependía del punto de vista del observador. Pienso, mientras vacío mis sufridos intestinos, en la hermosa azafata morena de acento canario (es curioso, ahora lo capto), en el repelente niño que lee un libro demasiado grande para su diminuto cerebro pre-púber y que cree comprender, en la azafata fea, en el señor gordo y con pinta de imbécil que se sienta a mi lado y que sufre la típica incontinencia verbal de los que no tienen realmente nada que decir… pero al medio minuto mi mente comienza a repasar mi desgracia, mi caída al exilio. Lo que hice fue… bueno, no estuvo bien, no, nada bien…
La lluvia golpea mi rostro mientras me inclino hacia el suelo y recojo lo que, con las prisas, casi pierdo, coño, odio que llueva siempre en los momentos dramáticos, pero es una especie de ley, de ley no escrita, de sabiduría popular universal, algo subconsciente en la mente colectiva maestra, mientras observo cómo los canalones de las casas bajas de este inmundo pueblo desalojan sobre las cabezas de algunos viandantes poco precavidos interminables decímetros cúbicos de agua con un ligero tinte marrón, la lluvia sucia y caliente del verano, cuando el cielo es una amalgama de polvo que se convierte en barro, y el agua desciende por las calles en riadas de fuerza intermitente, como el embiste de de una turbia eyaculación de Dios que es engullida con furia y anhelo de amante por los desagües, por esos agujeros estratégicos que siempre me han hecho pensar, desde que con trece años me leí aquel jodido libro que me hacía cagarme de miedo en la soledad nocturna de mi habitación, en compartimentos oscuros y húmedos a ras del suelo y que se encuentran llenos de globos de colores que flotan, flotan y flotan, porque ahí abajo todos flotan, y me paro a pensar en el peso demasiado real de lo que llevo en el bolsillo y que pienso utilizar sólo si es necesario, aunque mi corazón sabe que lo será, que tendré que usarlo y que me condenaré, tanto en este mundo como en los que vengan, “que vengan, pues”, pienso desafiante, mientras valoro mi crimen y las reencarnaciones que me costará (como decían Les Luthiers, pasaré de sultán de la India a tigre de Bengala, y de ahí a bacilo de Coj), o los infiernos en los que tendré que morar, pero sólo pienso en el daño y en el dolor que voy a infligir y en que él no puede quedar sin castigo, no, no puede: no es cuestión de mal y bien, ni siquiera de ética, joder, es cuestión de horizontes machistas: soy un perro que no puede marcar su territorio, una víctima de su propia territorialidad animal irracional, y lo peor es que me gusta, lo disfruto, y me sigo sintiendo, a mis treinta y muchos, como un puto adolescente con granos pajeros, incapaz de madurar ni de abandonar un orgullo infame que sólo sirve para acabar con dolor de huevos y ceniza en la lengua, pero sé que es la maldición de hombre, sé que ningún hombre es maduro, jamás, es un fallo genético, una tara que hace que el catedrático de arte eslavo y letras muertas se parta la caja cuando le mandan un email en el que un hombre se cae de su bicicleta, u otro ejemplo cualquiera que simbolice mi (nuestra) inmadurez, pero me da lo mismo, soy consciente de ello y de que tengo que cumplir con este penoso ritual de hombría, mientras la lluvia me sigue golpeando, y entonces le veo, le veo a él, a él, a él, como una aparición onírica, envuelto en un pesado abrigo que le sirve de escudo deflector contra el agua, no como mi empapada chaqueta, que debe añadir veinte kilos más de peso al total del conjunto, no como él, perfectamente seco debajo de su impermeable antiosmótico que repele la lluvia con la gracilidad antitética que siempre produce contemplar a alguien que va en contra de la naturaleza, alguien tan decididamente no entrópico, y tan alto, tan guapo y tan cachas, con ese porte y esa decisión que las vuelve locas, con ese sentido del humor que es una herencia directa de su sangre andaluza, su pelo pajizo y sus buenos modos con ellas, esos buenos modos tan fingidos y aparentes que sólo engañan a ellas, claro, pero un experto en el arte del flirteo como soy yo enseguida capta el truco, y me jode que me arrebaten el premio utilizando mis artimañas, qué coño, y menudo premio, eh, que Elena no es una cualquiera, con ese cuerpazo pidiendo a gritos un traje de saliva, pero el cabronazo éste niño peras de anuncio de aparato de abdominales ha mordido al hueso equivocado del perro viejo equivocado, y se ha ganado a pulso un susto, solamente eso, nada más, un pequeño susto que le quite las ganas de meter la polla en corral ajeno…
Impacto.
Desde la ventanilla, observo nubes y más nubes, hermosos firmamentos que no permiten que la mente permanezca quieta, y nos hacen pensar en Dios, en el Za-zen, el agua condensada a kilómetros de altura, en los amores perdidos y en los errores por cometer. Y en los cometidos, claro está. En mi caso, muchos y fatales. Aunque sólo el último me ha forzado a este exilio no del todo involuntario, a estas vacaciones pagadas por Papá Estado (digamos gracias, que se oiga ese amén). Qué gran error, qué gran cagada, macho. He batido mi propio récord de maldad. Pero lo peor es esta carencia de arrepentimiento que me invade. Soy el niño orgulloso de serlo, y además la pelota es mía, ¿no? Allá cada cual con su conciencia. Qué palabra tan grande y tan fea: conciencia. Es casi una palabrota. Odio los conceptos abstractos: ¿qué coño es la conciencia? La puede uno destruir, matar, enterrar, resucitar, pero nunca asir, nunca entenderla. Sólo nos resta, pues, disolverla: romper el mito hasta obtener mitemas, el almidón en monosacáridos, las proteínas en aminoácidos. Qué horror: hasta la química orgánica posee carácter gremial.
Me relajo en mi asiento. La azafata fea me trae un té horrible, astringente, que me hará visitar el baño del avión en breve, seguro. Odio los retretes en movimiento. La sensación de defecar en algo que vuela me parece terrible, antinatural. ¿Dónde van las heces? ¿Se depositan y se compactan para ser vendidas como compost de Clase A y Turista? ¿O se vierten desde el aire como un pájaro más? En fin, dejémoslo. Aunque no pienso perdonar a la azafata fea. Seguro que la otra, la guapa, no me hubiera traído este caldo inmune. Seguro. Me miró con deseo. Como todas. Como casi todas.
Reparo en el chaval con gafas que tengo al lado. No tendrá más de doce años y está leyendo Rayuela. Ya son ganas. Otro enfermo más para un mundo dividido en dos: los imbéciles y los enfermos. Elijan bando, damas y caballeros. ¡Oh, Discordia! El pseudo té hace su efecto antes de lo previsto. El intestino empieza a danzar al ritmo de la batería de Velcro Fly. Fuera, a través del ojo de buey, el cielo revela sus rojizos secretos al atardecer. El sol es una esfera gigante carmesí que derrama sangre de luz. El avión, rumbo a poniente, no ceja en su empeño de perseguirlo. La consecuencia: la más hermosa y larga puesta de sol que jamás contemplé. Casi lloro ante la escena. No hay cuadro, canción ni artificio de hombre capaz de compararse con esto. Y el niño sigue leyendo ese puto libro, mientras se pierde la belleza de la naturaleza indómita, de la vida en estado puro. Vida, señores, vida. No el remanso artificial en el que nos desenvolvemos.
El sol acaba por ocultarse, para mi pesar. Decido levantarme e ir al excusado. Otra palabra imbécil: excusado. ¿Por qué hay que excusarse ante Dios sabe quién de las necesidades corporales? Odio los eufemismos y las medias tintas. Aunque cumplen su cometido, claro está. Como ahora. “Disculpe, señorita, ¿el excusado?” La azafata guapa me indica una puerta al final del pasillo con su hermosa mano derecha. Con mucho gusto me llevaría esos finos y morenos dedos a la boca. Mi rostro debe traslucir lo que siento, porque ella me sonríe con picardía juguetona. “¿Qué le pasa, es que se encuentra usted mal?”, me responde por decir algo. “Creo que el té que su compañera me sirvió hace un rato me está jugando una mala pasada”. “Oh, lo lamento mucho, señor”, contesta con fingido pesar (las feromonas empiezan a restañar en el aire estancado del avión). “Mientras usted va al baño, le buscaré algo para que se sienta mejor”. Intento lanzarle mi mirada más evidente de “ya sabes lo que necesito para sentirme mejor, cariño”, y parece que, a pesar del patetismo de la intención, lo capta. Se aleja dedicándome un contoneo de caderas que me hace olvidar, temporalmente, los retortijones. Temporalmente.
Abro la puerta del WC e intento sentarme en la montaña rusa que supone defecar a esta altura y a esta velocidad, a pesar de que no se note el efecto de ambas. Gracias al cielo por la física, ¿eh? Ahora comprendo cuando mi profesor decía que todo dependía del punto de vista del observador. Pienso, mientras vacío mis sufridos intestinos, en la hermosa azafata morena de acento canario (es curioso, ahora lo capto), en el repelente niño que lee un libro demasiado grande para su diminuto cerebro pre-púber y que cree comprender, en la azafata fea, en el señor gordo y con pinta de imbécil que se sienta a mi lado y que sufre la típica incontinencia verbal de los que no tienen realmente nada que decir… pero al medio minuto mi mente comienza a repasar mi desgracia, mi caída al exilio. Lo que hice fue… bueno, no estuvo bien, no, nada bien…
La lluvia golpea mi rostro mientras me inclino hacia el suelo y recojo lo que, con las prisas, casi pierdo, coño, odio que llueva siempre en los momentos dramáticos, pero es una especie de ley, de ley no escrita, de sabiduría popular universal, algo subconsciente en la mente colectiva maestra, mientras observo cómo los canalones de las casas bajas de este inmundo pueblo desalojan sobre las cabezas de algunos viandantes poco precavidos interminables decímetros cúbicos de agua con un ligero tinte marrón, la lluvia sucia y caliente del verano, cuando el cielo es una amalgama de polvo que se convierte en barro, y el agua desciende por las calles en riadas de fuerza intermitente, como el embiste de de una turbia eyaculación de Dios que es engullida con furia y anhelo de amante por los desagües, por esos agujeros estratégicos que siempre me han hecho pensar, desde que con trece años me leí aquel jodido libro que me hacía cagarme de miedo en la soledad nocturna de mi habitación, en compartimentos oscuros y húmedos a ras del suelo y que se encuentran llenos de globos de colores que flotan, flotan y flotan, porque ahí abajo todos flotan, y me paro a pensar en el peso demasiado real de lo que llevo en el bolsillo y que pienso utilizar sólo si es necesario, aunque mi corazón sabe que lo será, que tendré que usarlo y que me condenaré, tanto en este mundo como en los que vengan, “que vengan, pues”, pienso desafiante, mientras valoro mi crimen y las reencarnaciones que me costará (como decían Les Luthiers, pasaré de sultán de la India a tigre de Bengala, y de ahí a bacilo de Coj), o los infiernos en los que tendré que morar, pero sólo pienso en el daño y en el dolor que voy a infligir y en que él no puede quedar sin castigo, no, no puede: no es cuestión de mal y bien, ni siquiera de ética, joder, es cuestión de horizontes machistas: soy un perro que no puede marcar su territorio, una víctima de su propia territorialidad animal irracional, y lo peor es que me gusta, lo disfruto, y me sigo sintiendo, a mis treinta y muchos, como un puto adolescente con granos pajeros, incapaz de madurar ni de abandonar un orgullo infame que sólo sirve para acabar con dolor de huevos y ceniza en la lengua, pero sé que es la maldición de hombre, sé que ningún hombre es maduro, jamás, es un fallo genético, una tara que hace que el catedrático de arte eslavo y letras muertas se parta la caja cuando le mandan un email en el que un hombre se cae de su bicicleta, u otro ejemplo cualquiera que simbolice mi (nuestra) inmadurez, pero me da lo mismo, soy consciente de ello y de que tengo que cumplir con este penoso ritual de hombría, mientras la lluvia me sigue golpeando, y entonces le veo, le veo a él, a él, a él, como una aparición onírica, envuelto en un pesado abrigo que le sirve de escudo deflector contra el agua, no como mi empapada chaqueta, que debe añadir veinte kilos más de peso al total del conjunto, no como él, perfectamente seco debajo de su impermeable antiosmótico que repele la lluvia con la gracilidad antitética que siempre produce contemplar a alguien que va en contra de la naturaleza, alguien tan decididamente no entrópico, y tan alto, tan guapo y tan cachas, con ese porte y esa decisión que las vuelve locas, con ese sentido del humor que es una herencia directa de su sangre andaluza, su pelo pajizo y sus buenos modos con ellas, esos buenos modos tan fingidos y aparentes que sólo engañan a ellas, claro, pero un experto en el arte del flirteo como soy yo enseguida capta el truco, y me jode que me arrebaten el premio utilizando mis artimañas, qué coño, y menudo premio, eh, que Elena no es una cualquiera, con ese cuerpazo pidiendo a gritos un traje de saliva, pero el cabronazo éste niño peras de anuncio de aparato de abdominales ha mordido al hueso equivocado del perro viejo equivocado, y se ha ganado a pulso un susto, solamente eso, nada más, un pequeño susto que le quite las ganas de meter la polla en corral ajeno…
Impacto.
Cayetano Gea Martín
miércoles, agosto 02, 2006
El Viaje, Prólogo
Dado que, por fin, vuelvo a tener ordenador, he podido terminar mi, hasta ahora, historia preferida... Como inconstante que soy, me siento orgulloso de haber podido finalizar con ganas un relato largo.
Lamentablemente y, debido al tiempo pasado, creo que es necesario volver a colgar toda la historia; aunque eso sí, en mayor cantidad por entrega.
Espero que os guste y que la pongáis a parir si no ;p
Besos y abrazos
Cayetano
Lamentablemente y, debido al tiempo pasado, creo que es necesario volver a colgar toda la historia; aunque eso sí, en mayor cantidad por entrega.
Espero que os guste y que la pongáis a parir si no ;p
Besos y abrazos
Cayetano
lunes, julio 31, 2006
La espera
Ella se encontraba esperando la segunda oleada, con sus hermosos ojos sorbiendo las dulces perlas de sudor que flotaban en el cálido aire compartido. La espera se alargaba ronroneante, sobre las olas que besaban su lujuriosa orilla, susurrándole cositas bellas en el oído de porcelana.
Pensó que la podía ver allá, a lo lejos, en el rosado amanecer del desvelo amoroso. Le pareció que la oleada titilaba lejos, muy lejos aún, pero si cerraba los ojos, si dejaba que los sentidos y nada más dominaran su cuerpo, creía sentir cómo ésta se iba acercando lentamente. Pero las oleadas siempre se habían comportado con ella de forma traicionera: si se concentraba en ellas, si intentaba apresurar su venida, éstas se alejaban de la costa, burlándose de ella. Sin embargo, cuando todo su ser se concentraba solamente en el ahora, en el momento presente, en la sensación de placer constante, cálida, perversa, juguetona, lacerante, entonces las oleadas, curiosas, pues tal es su naturaleza, se aproximaban raudas, atraídas por las sentidas runas tatuadas en la piel.
Y la espera concluía, empapándose en cuerpo y alma de la dulce espuma de las aguas más profundas de su propio océano.
Cayetano Gea Martín
Pensó que la podía ver allá, a lo lejos, en el rosado amanecer del desvelo amoroso. Le pareció que la oleada titilaba lejos, muy lejos aún, pero si cerraba los ojos, si dejaba que los sentidos y nada más dominaran su cuerpo, creía sentir cómo ésta se iba acercando lentamente. Pero las oleadas siempre se habían comportado con ella de forma traicionera: si se concentraba en ellas, si intentaba apresurar su venida, éstas se alejaban de la costa, burlándose de ella. Sin embargo, cuando todo su ser se concentraba solamente en el ahora, en el momento presente, en la sensación de placer constante, cálida, perversa, juguetona, lacerante, entonces las oleadas, curiosas, pues tal es su naturaleza, se aproximaban raudas, atraídas por las sentidas runas tatuadas en la piel.
Y la espera concluía, empapándose en cuerpo y alma de la dulce espuma de las aguas más profundas de su propio océano.
Cayetano Gea Martín
miércoles, julio 26, 2006
Pierradas VII
Una breve e intensa reencarnación
Obsesionado con la idea de ser la reencarnación de Cervantes, y después de definirse a sí mismo como un ferviente budista, mi amigo y maestro comenzó a vestir como él, a hablar como él, a dejarse el pelo y la barba como él. Se negó a la ingesta de sólidos durante dos semanas para alcanzar el magro peso de Don Miguel. Temblaba de pavor y furia cada vez que veía a alguien de origen turco. Insistió, sin éxito, en prenderle fuego a gran parte de mi amada biblioteca. Llegó incluso a viajar a hermosa ciudad de Sevilla, donde se dedicó al pillaje y a la trata de blancas, sin más intención que la de ser enviado a la cárcel para mejor emular así al genio de los genios. Volvió a casa (a la mía) encanecido, flaco, enfermo, derrotado y depresivo. Es decir, componía la más triste de las figuras. Para mejor efecto, me ofrecí voluntario a cortarle una mano, o, como mínimo, a dejársela inútil a martillazos. Monsieur declinó amablemente mi oferta, y afirmó que se había convertido al luteranismo.
Un preso llamado Menard
A su poco triunfal regreso, le pregunté sobre Sevilla, sobre sus gentes y, sobre todo, por su estancia en la cárcel. Me respondió que se sentía asqueado de la ignominia del hombre, que había perdido toda fe en la humanidad. “Esas cuatro rejas”, me comentó “me enseñaron más sobre lo penoso y fugaz de la existencia que todos los libros que con tanto fervor y devoción atesoras. Allí probé el dolor cruel de la tortura, el rumor sordo del paso de los carceleros, la cadencia siniestra del martillo del tiempo. Me torturaron amigo mío, sí, lo reconozco. Yo, Pierre Menard, he sido torturado y de la forma más cruel. Todas las tardes. ¡Todas-las-tardes! ¡Todas las tardes mis carceleros me obligaban a beberme un tazón lleno de ese inmundo brebaje salado y frío que los andaluces llaman “gazpacho”!
Pierre y el gazpacho
Pues es bien sabido que no hay bebida o alimento que repugne más a Menard que el gazpacho. Su sola mención hace que el afamado escritor pierda todo control sobre su voluntad y se desate en él una revolución intestinal incapaz de controlar su furia ni sus esfínteres. El mayor altercado producido al respecto ocurrió no hace mucho, en la Feria del Libro de Bordeaux. Pierre se encontraba firmando libros a sus numerosos seguidores1, cuando uno de éstos, un joven que lucía una gran sonrisa en los labios, le extendió a Menard un ejemplar de su Quijote. Ante el requerimiento por parte de mi amigo de conocer el nombre de la persona que tenía frente sí (para mejor y más rápida agilización del trámite de la dedicatoria), el joven dijo “gazpacho”. Jamás he visto a nadie saltar como lo hizo Pierre. Tampoco sabía que una pluma Waterman podía caber por entero dentro de un pabellón auditivo.
1 El autor entiende por “numerosos” la cifra de cuatro personas en toda la tarde; tres en realidad, ya que una señora confundió a M. Pierre Menard con un vendedor de algodón dulce, por el pestazo a Fort Doux (una especie de Nenuco francés de la época) que emanaba de su sucio cuello. (N. del T.)
Cayetano Gea Martín
Obsesionado con la idea de ser la reencarnación de Cervantes, y después de definirse a sí mismo como un ferviente budista, mi amigo y maestro comenzó a vestir como él, a hablar como él, a dejarse el pelo y la barba como él. Se negó a la ingesta de sólidos durante dos semanas para alcanzar el magro peso de Don Miguel. Temblaba de pavor y furia cada vez que veía a alguien de origen turco. Insistió, sin éxito, en prenderle fuego a gran parte de mi amada biblioteca. Llegó incluso a viajar a hermosa ciudad de Sevilla, donde se dedicó al pillaje y a la trata de blancas, sin más intención que la de ser enviado a la cárcel para mejor emular así al genio de los genios. Volvió a casa (a la mía) encanecido, flaco, enfermo, derrotado y depresivo. Es decir, componía la más triste de las figuras. Para mejor efecto, me ofrecí voluntario a cortarle una mano, o, como mínimo, a dejársela inútil a martillazos. Monsieur declinó amablemente mi oferta, y afirmó que se había convertido al luteranismo.
Un preso llamado Menard
A su poco triunfal regreso, le pregunté sobre Sevilla, sobre sus gentes y, sobre todo, por su estancia en la cárcel. Me respondió que se sentía asqueado de la ignominia del hombre, que había perdido toda fe en la humanidad. “Esas cuatro rejas”, me comentó “me enseñaron más sobre lo penoso y fugaz de la existencia que todos los libros que con tanto fervor y devoción atesoras. Allí probé el dolor cruel de la tortura, el rumor sordo del paso de los carceleros, la cadencia siniestra del martillo del tiempo. Me torturaron amigo mío, sí, lo reconozco. Yo, Pierre Menard, he sido torturado y de la forma más cruel. Todas las tardes. ¡Todas-las-tardes! ¡Todas las tardes mis carceleros me obligaban a beberme un tazón lleno de ese inmundo brebaje salado y frío que los andaluces llaman “gazpacho”!
Pierre y el gazpacho
Pues es bien sabido que no hay bebida o alimento que repugne más a Menard que el gazpacho. Su sola mención hace que el afamado escritor pierda todo control sobre su voluntad y se desate en él una revolución intestinal incapaz de controlar su furia ni sus esfínteres. El mayor altercado producido al respecto ocurrió no hace mucho, en la Feria del Libro de Bordeaux. Pierre se encontraba firmando libros a sus numerosos seguidores1, cuando uno de éstos, un joven que lucía una gran sonrisa en los labios, le extendió a Menard un ejemplar de su Quijote. Ante el requerimiento por parte de mi amigo de conocer el nombre de la persona que tenía frente sí (para mejor y más rápida agilización del trámite de la dedicatoria), el joven dijo “gazpacho”. Jamás he visto a nadie saltar como lo hizo Pierre. Tampoco sabía que una pluma Waterman podía caber por entero dentro de un pabellón auditivo.
1 El autor entiende por “numerosos” la cifra de cuatro personas en toda la tarde; tres en realidad, ya que una señora confundió a M. Pierre Menard con un vendedor de algodón dulce, por el pestazo a Fort Doux (una especie de Nenuco francés de la época) que emanaba de su sucio cuello. (N. del T.)
Cayetano Gea Martín
domingo, julio 23, 2006
Sin embargo

Sin embargo, aquí estoy
A pesar de los pesares, de las conjuras
Inhumanamente feliz, contento hoy
A pesar del hielo nórdico que expelen tus uñas
Sin embargo, sigo andando y está mi corazón
En reposo comedido y furia templada
Sin rumbo, destino o razón
Hacia el lento ocaso de tus ojos de plata
Sin embargo, aún noto la tirantez
El pesado lastre que anclas a mis piernas
La decisión fatal de dejarme de una vez
El nido de cuervos que plantas en mi lengua
Sin embargo, sin embargo
Hoy decido caminar
Arribar puertos lejanos
En algún lejano lugar
Colgar el sombrero
En otro perchero
Entregar el color que emanas
A las pálidas y lejanas
Aguas de mis tristes derrotas:
¡Al polvoriento olor de las persianas rotas!
A pesar de los pesares, de las conjuras
Inhumanamente feliz, contento hoy
A pesar del hielo nórdico que expelen tus uñas
Sin embargo, sigo andando y está mi corazón
En reposo comedido y furia templada
Sin rumbo, destino o razón
Hacia el lento ocaso de tus ojos de plata
Sin embargo, aún noto la tirantez
El pesado lastre que anclas a mis piernas
La decisión fatal de dejarme de una vez
El nido de cuervos que plantas en mi lengua
Sin embargo, sin embargo
Hoy decido caminar
Arribar puertos lejanos
En algún lejano lugar
Colgar el sombrero
En otro perchero
Entregar el color que emanas
A las pálidas y lejanas
Aguas de mis tristes derrotas:
¡Al polvoriento olor de las persianas rotas!
Cayetano Gea Martín
viernes, julio 21, 2006
Forever young

Desde la vitalidad que me dan mis veintisiete primaveras escribo estas líneas sinceras, más sinceras que mucho de lo que escribo, y sin ser revisadas, con la intención de que, los que lo sentís y los que no, y a los que os da miedo sentirlo, experimentéis el poder que se siente.
Me siento joven y soy joven, joven de verdad, no ese cliché que se suele decir de que se es joven de espíritu y que suelen decir aquellos que ya empiezan a vetear canas. No, hablo de ser joven. De sentir la juventud por tus venas, de sentirse sano, en forma, activo, capaz de doblegar a quien sea y cuando sea, capaz de saltar, brincar, beber y fornicar, y al día siguiente trabajar diez horas seguidas, con tu sudor por bandera, con una sonrisa impresa en tu joven rostro mientras observas desafiante pero perlado de amor el mundo que te rodea.
Dios, me encanta ser joven, y me da miedo perder mi juventud. Me gustaría atesorarla como Dorian, detrás de la eternidad de un espejo. Ser joven para siempre, antes de que sea demasiado tarde para beber de su néctar. Otras aguas vendrán, dicen, pero me aterra más la idea de envejecer que la de morir.
Joven, joven, más joven que nunca aunque ya no lo soy tanto, es cómo me siento. Me como el mundo, entero, para desayunar. Mi cuerpo y mi mente se proyectan al unísono mientras me lanzo para adelante, hacia el frente, a la conquista de nuevas tierras y horizontes que se abren ante mis jóvenes ojos.
Siempre joven, aunque ya no tanto.
Cayetano Gea Martín
jueves, julio 20, 2006
El Padre Néstor condena a El Código Da Vinci desde el púlpito
- Hermanos, lo temible de El Código Da Vinci no es su inmoralidad, sino que está terriblemente mal escrito.
Cayetano Gea Martín
Cayetano Gea Martín
lunes, julio 17, 2006
Deshacer el mundo
Sólo necesito un punto de apoyo para deshacer el mundo. Y lo haré. Sí, hoy aprendí por la vía chunga (la única vía posible de sabiduría) que es factible. Y cuando lo haga, oh, cuando reconstruya La Creación, cuando consiga asfixiar bajo el almohadón de sus mentiras y de sus venganzas crueles al Creador, oh, entonces, ¡qué de maravillas surgirán, qué de dioses caídos, menores, olvidados, qué de cultos paganos, qué de tribus, qué de ojos abiertos!
Voy a tardar una semana en desandar el camino, a revertir todos los males artificiales o artificiosos que asolan este mundo al que amo tanto que me duele, me duele como si fuera mío y no me pertenece, no pertenece a nadie, a nadie, no como cree Discordia.
¡Oh, Discordia! Vedla allí, eréctil, ordenada, uniforme. Oh, tú, Funcionaria Suprema que nos colocas a cada uno en nuestra casilla, que nos impides movernos con tus atractivas ataduras. Nos enciendes dentro de un televisor, nos das de comer pútrido pastel de best-seller y orinas radio sobre nuestros oídos. Nos dices, tomad, esta es mi carne, y todos en masa a comulgar con ruedas de molino. La religión ya no es el opio del pueblo, sino que el pueblo tiene como religión el opio.
Pero cuando deshaga el mundo, ¡oh, compañeros! Cuando castremos a Discordia y la alimentemos a base de sabiduría y amor. Nadie nos volverá a decir qué hacer. Nadie nos dirá “dos más dos son cuatro”, será lo que nos dé la gana. Las seudo ciencias dejarán de tener poder sobre nosotros. Volveremos al camino del corazón, que será tan llano o tan elevado como nos apetezca.
¡Ayudadme! ¡Ayudadme os ruego! ¡Necesito vuestros brazos en torno a mis hombros! ¡Ayudadme! ¿Es que no me veis suplicaros? ¿Es que acaso no me queréis ver? ¡Os necesito! Y os amo.
Te he dicho que no mires atrás
Porque el cielo no es tuyo
Y hay que empezar despacio
A deshacer el mundo
Héroes del Silencio – Deshacer el mundo
Cayetano Gea Martín
Voy a tardar una semana en desandar el camino, a revertir todos los males artificiales o artificiosos que asolan este mundo al que amo tanto que me duele, me duele como si fuera mío y no me pertenece, no pertenece a nadie, a nadie, no como cree Discordia.
¡Oh, Discordia! Vedla allí, eréctil, ordenada, uniforme. Oh, tú, Funcionaria Suprema que nos colocas a cada uno en nuestra casilla, que nos impides movernos con tus atractivas ataduras. Nos enciendes dentro de un televisor, nos das de comer pútrido pastel de best-seller y orinas radio sobre nuestros oídos. Nos dices, tomad, esta es mi carne, y todos en masa a comulgar con ruedas de molino. La religión ya no es el opio del pueblo, sino que el pueblo tiene como religión el opio.
Pero cuando deshaga el mundo, ¡oh, compañeros! Cuando castremos a Discordia y la alimentemos a base de sabiduría y amor. Nadie nos volverá a decir qué hacer. Nadie nos dirá “dos más dos son cuatro”, será lo que nos dé la gana. Las seudo ciencias dejarán de tener poder sobre nosotros. Volveremos al camino del corazón, que será tan llano o tan elevado como nos apetezca.
¡Ayudadme! ¡Ayudadme os ruego! ¡Necesito vuestros brazos en torno a mis hombros! ¡Ayudadme! ¿Es que no me veis suplicaros? ¿Es que acaso no me queréis ver? ¡Os necesito! Y os amo.
Te he dicho que no mires atrás
Porque el cielo no es tuyo
Y hay que empezar despacio
A deshacer el mundo
Héroes del Silencio – Deshacer el mundo
Cayetano Gea Martín
lunes, julio 10, 2006
El sentido de la vida
Mientras caía hacia el vacío, en aquella tarde gris de noviembre en la cual decidí acabar con mi patética vida arrojándome desde el puente de Segovia, descubrí, maravillado, el sentido de la vida. Todas las respuestas a todas las preguntas bullían en mi mente. Alcancé el cosmos, me volví uno con él. Lo supe todo. Absolutamente todo. Ah, lástima. No viví para contarlo.
Cayetano Gea Martín
miércoles, julio 05, 2006
Sin saber de
Sin saber de
Pudo ver que
Sin llegar ha
Se hallaba la
De sufrir con
Solamente por
En el momento de
Ser el que
Optó por
Y con
Obró desde
La perdió entre
Y el silencio que
Temió pues
Que al final según
Restara un
Sin vía hacia
El camino hasta
Cayet Ge Mar
lunes, julio 03, 2006
La excusa
La petición se convirtió en rebeldía, la rebeldía en excusa, la excusa en protesta, la protesta en manía, la manía en vicio.
Cada vez era más difícil conseguir que el condenado niño se metiera en la bañera.
Cayetano Gea Martín
Cada vez era más difícil conseguir que el condenado niño se metiera en la bañera.
Cayetano Gea Martín
sábado, julio 01, 2006
Cuentos menguantes
Una visión diferente.
Lo que ocurrió en realidad fue que la anciana casera, harta de verse sola, decidió pagar sus desgracias con el primer incauto que se le presentara, que no fue otro que su inquilino, un joven apocado y fácilmente sugestionable al que pronto, con un par de burdas tretas logró convencer de la idea de que el asesinato era la única vía posible para mostrar su valentía al mundo. De ese modo la anciana vengaba su soledad tardía y se libraba por fin de una vida a la que ya no encontraba aliciente, salvo ser asesinada por ese joven que, finalmente, la asesinó y sintió una culpa perpetua, que sólo en algún grado logró redimir el amor. Dostoievsky, sin duda más dramático que un servidor, refirió la historia en términos harto más gravosos para nuestro inocente protagonista Raskolnikov.
Lev Tolstoi.
Lev Tolstoi.
¿El fin?
Mi cerebro se encoge tras cada palabra que emerge del bolígrafo con el que escribo estas líneas. Una letra es un nuevo encogimiento, Debe de quedarme poco tiempo ya para que mi cerebro termine por consumirse del todo, tal vez un último punto y final . Todavía no
Mi cerebro se encoge tras cada palabra que emerge del bolígrafo con el que escribo estas líneas. Una letra es un nuevo encogimiento, Debe de quedarme poco tiempo ya para que mi cerebro termine por consumirse del todo, tal vez un último punto y final . Todavía no
Un tesoro.
Era uno de esos tipos guapos, atléticos, sumamente inteligentes y excelentes en el trato con los demás. No podíamos odiarle, por eso lo matamos.
Pedro Garrido Vega.
viernes, junio 30, 2006
Locuras de desconsuelo
Locuras de desconsuelo me mecen al mirarte, al besarte, al poseerte hoy, hoy, por última vez, por un sueño que se pierde por el sumidero de pesadillas que me hace desear morirme si con ello consigo conservarte, tenerte, y jamás perderte, pero tu cuerpo desnudo que miro con mis manos y mi boca por última vez posee la templanza de otro instrumento ya, otro acorde quizá más sensato y más brillante que yo, lo sé, lo conozco, lo cojo y lo admiro, y lo siento en el alma que no hay nada más en el valle de lágrimas en el que moro, perro faldero de ama cruel, de corazón roto y de coraza vacía, y huyo cual cobarde apaleado por la conjura tuya, que jamás me volverá a conjurar, y corro, corro por la noche triste en la que todas las estrellas se ríen de mí, de mí y de mi destino incierto sin brazos, sin pezones rosados, sin vello castaño que besar con mi frente, sin encontrarte más, más, nunca más, mientras me terminan de poseer estas locuras de desconsuelo.
Cayetano Gea Martín
Cayetano Gea Martín
jueves, junio 29, 2006
Huida
Estoy cansado de correr. Pero aquí, al fin, estoy a salvo de él. Dijo que me perseguiría hasta el fin del mundo...
Pedro Garrido Vega.
Pedro Garrido Vega.
martes, junio 27, 2006
Pierradas V (creo)
La iletrada imaginación de Monsieur Menard
Siempre me sorprendió la basta cultura que poseía Pierre. No había tema, arte o ciencia que no dominara, amén de su gran capacidad de síntesis. Y lo cierto es que me maravillaba más si cabe por el fascinante hecho de que era prácticamente un iletrado. Pierre se jactaba de no haber leído en su vida más de tres libros (otro día diré cuáles), sin contar algún que otro folleto turístico, y que el consumo de literatura no era en absoluto necesario para generar más literatura.
¿De dónde, pues, le venían las ideas? ¿De dónde procedía ese torrente de imaginación, esa profusión artística que le llevaba a escribir y a enfrentarse con éxito contra la rígida prosa, el complicado verso y la ardua dramaturgia? Baste aquí recordar, aunque dudo que nadie que lea estas modestas líneas ignore el hecho, que Pierre Menard fue el autor del Quijote. O más bien dicho, que escribió de nuevo El Quijote sin haberse leído una sola línea de la magna obra.
Las hipótesis
El por qué y sobre todo el cómo de la hazaña que efectuó Pierre, la invención contemporánea de la mayor obra literaria que vieron y verán los siglos, a provocado numerosas hipótesis en el seno científico, religioso y filosófico. Mi amigo y maestro, M. Menard, gusta de recortar y coleccionar algunos de ellos, ya que ni él mismo es consciente del origen de su fantástico don.
Señalo a continuación algunas frases que resumen las ideas básicas de dichas teorías:
Monsieur Pierre Menard basa su talento artístico en una peculiar dureza en la superficie de su rostro (...) Éste (su rostro), al que podríamos casi nominar como pétreo, hace que el sujeto en cuestión carezca por completo de sentido del ridículo o de escrúpulos.
M. Gerard Gauna, cronista deportivo
Resulta obvio que para comprender el talento de este ‘nuevo autor del Quijote’ hace falta mucha fe. Pero mucha, mucha.
Padre Antonio Díaz Viena, antiguo sacerdote y profesor de autoescuela
A veces pienso en todos los inocentes que he mandado a la cárcel y cómo algunos que se la merecen campan a sus anchas diciendo gilipolleces.
Juez Melchor Zampón, azote de homosexuales y madres viudas
Curioso caso, el del sujeto de estudio. A simple vista, se nos presenta como el típico sinvergüenza, que, con una falta total y absoluta de inteligencia, pero sin dejar de presentar por ello cierto sentido picaresco, se adjudica una especie de neopaternidad hacia la obra magna, por otra parte, totalmente indemostrable.
Pero, ¿y si fuera verdad? ¿Y si M. Menard no fuera un caradura sino que realmente hubiera hecho lo que él dice que ha hecho? ¿Qué explicación podríamos dar a semejante supuesto? ¿Habría que explorar las complejas aguas del budismo para así, conseguir afirmar que Menard es una suerte de reencarnación del genio español?
Lauri Perjantalainen, puericultor finés
¿Sería cierto? ¿Sería verdad que mi amigo fuera la reencarnación de Cervantes? Es una teoría que me veo avocado a investigar...
Resulta obvio que para comprender el talento de este ‘nuevo autor del Quijote’ hace falta mucha fe. Pero mucha, mucha.
Padre Antonio Díaz Viena, antiguo sacerdote y profesor de autoescuela
A veces pienso en todos los inocentes que he mandado a la cárcel y cómo algunos que se la merecen campan a sus anchas diciendo gilipolleces.
Juez Melchor Zampón, azote de homosexuales y madres viudas
Curioso caso, el del sujeto de estudio. A simple vista, se nos presenta como el típico sinvergüenza, que, con una falta total y absoluta de inteligencia, pero sin dejar de presentar por ello cierto sentido picaresco, se adjudica una especie de neopaternidad hacia la obra magna, por otra parte, totalmente indemostrable.
Pero, ¿y si fuera verdad? ¿Y si M. Menard no fuera un caradura sino que realmente hubiera hecho lo que él dice que ha hecho? ¿Qué explicación podríamos dar a semejante supuesto? ¿Habría que explorar las complejas aguas del budismo para así, conseguir afirmar que Menard es una suerte de reencarnación del genio español?
Lauri Perjantalainen, puericultor finés
¿Sería cierto? ¿Sería verdad que mi amigo fuera la reencarnación de Cervantes? Es una teoría que me veo avocado a investigar...
Cayetano Gea Martín
viernes, junio 23, 2006
Descargas
Camino sobre tus hombros
Me apoyo en tu pelo
Siento el olor que emanas
Y que desaparece en el abrevadero
Entre blancos ecos de vida
De tus errores venideros
Que aquellos héroes pasados
Repetirán el día D entero
El día en que las egoístas rosas
Se conviertan en pasto del frío de enero
-
Aquel niño que
Me miraba la otra tarde
No tenía un rostro
Sino dos agujeros ausentes
Que succionaban su faz
Aquel niño que
Como monstruo de sueño moribundo
No terminaba de matarse
Ni me dejaba morir
-
Por mi ventana, por mi ventana
Se escapan tus dedos cortados
Antaño gloriosos, antaño amados
Hoy cantan al filo de la madrugada
-
Quién no fuera hoy suspiro
Para morir en tus labios
-
Vuelven a mí
Olas del pasado
De sensualidades perdidas
De caricias robadas
Sobre el cuerpo amado
¡Oh, vida, vida!
Que te perdemos,
En estériles ríos de semen
-
Mi abuelo soñó con mi nacimiento
Hoy yo sueño con su muerte
-
Las arrugas del rostro
Jamás son hermosas
Sino terribles muestras
De la azada que usa el tiempo
Para labrarnos la cara
Cayetano Gea Martín
miércoles, junio 21, 2006
Relato un tanto científico: el hombre que fue par, impar y...
Cuando nació era un ser par: tenía dos ojos, dos cápsulas suprarrenales, dos orejas, dos piernas, dos hemisferios cerebrales, dos manos, dos pulmones, dos testículos, dos riñones, dos aurículas, dos ventrículos, dos uréteres, dos clavículas. Si realizásemos una sección transversal de su cabeza dividiéndola en dos regiones exactamente iguales, hallaríamos un número par de cabellos en cada una de ellas.
Pero las pruebas a las que Dios le sometió fueron numerosas y de variada naturaleza:
1.Su ojo izquierdo comenzó a envejecer más rápido que el derecho. A los diez años se le secó.
2.Le fue extirpado el pulmón izquierdo a los treinta años porque era el único al que iba a parar el humo de los cigarros que consumía sin cesar.
3.Una novia muy recatada le había dicho te quiero al oído. Cuando se convirtió en ex-novia se llevó como recuerdo de su indiscreción su oreja izquierda.
4.Perdió su mano izquierda en el Metro. Se quedó adherida a un trasero femenino. Ya no supo más de ella pero tampoco le importó. Les deseó a ambos mucha felicidad.
5. Su riñón izquierdo, malhumorado por el trabajo diario, decidió no trabajar más. La inactividad acabó con él.
6.Perdió su testículo izquierdo en una refriega. Mi natural empatía impide la narración minuciosa de este punto.
7.Perdió la pierna izquierda en una bifurcación de caminos. La derecha quiso tomar una de las direcciones; la izquierda, la contraria. Esta última decidió emprender el viaje sola.
8.Llegados a este punto (que no es otro que el 8), si realizásemos una sección transversal de su cabeza dividiéndola en dos regiones exactamente iguales, hallaríamos un número impar de cabellos en cada una de ellas.
Tras el puno 8 podemos considerar que ahora nuestro protagonista es el hombre impar.
Se encuentra en el hospital aquejado de un intenso dolor de cabeza. Tras las pruebas pertinentes el médico se sienta frente a él y le comunica:
-Tiene usted un tumor en el cerebro. Para evitar que pudiera extenderse hemos de retirar completamente el hemisferio izquierdo.
Pero las pruebas a las que Dios le sometió fueron numerosas y de variada naturaleza:
1.Su ojo izquierdo comenzó a envejecer más rápido que el derecho. A los diez años se le secó.
2.Le fue extirpado el pulmón izquierdo a los treinta años porque era el único al que iba a parar el humo de los cigarros que consumía sin cesar.
3.Una novia muy recatada le había dicho te quiero al oído. Cuando se convirtió en ex-novia se llevó como recuerdo de su indiscreción su oreja izquierda.
4.Perdió su mano izquierda en el Metro. Se quedó adherida a un trasero femenino. Ya no supo más de ella pero tampoco le importó. Les deseó a ambos mucha felicidad.
5. Su riñón izquierdo, malhumorado por el trabajo diario, decidió no trabajar más. La inactividad acabó con él.
6.Perdió su testículo izquierdo en una refriega. Mi natural empatía impide la narración minuciosa de este punto.
7.Perdió la pierna izquierda en una bifurcación de caminos. La derecha quiso tomar una de las direcciones; la izquierda, la contraria. Esta última decidió emprender el viaje sola.
8.Llegados a este punto (que no es otro que el 8), si realizásemos una sección transversal de su cabeza dividiéndola en dos regiones exactamente iguales, hallaríamos un número impar de cabellos en cada una de ellas.
Tras el puno 8 podemos considerar que ahora nuestro protagonista es el hombre impar.
Se encuentra en el hospital aquejado de un intenso dolor de cabeza. Tras las pruebas pertinentes el médico se sienta frente a él y le comunica:
-Tiene usted un tumor en el cerebro. Para evitar que pudiera extenderse hemos de retirar completamente el hemisferio izquierdo.
Pedro Garrido Vega.
martes, junio 20, 2006
Lo inevitable, superado.
Él y ella salen cada noche a la calle, con la excusa de pasear a sus perros y durante ese cuarto de hora de tregua familiar se contemplan en los ojos del otro, se susurran declaraciones y agotan sus caricias. Cuando el tiempo de la tregua cesa se separan y se marchan cada uno a casa, con el pensamiento anticipándose a su nuevo reencuentro.
Él y ella se encuentran una última noche mientras Luna y Konrad juegan sobre césped húmedo. Ella le dice: me mudo. Lo sé, contesta él. Te quiero, dice ella. Lo sé, dice él. Y se separan, con la sensación de lo inevitable lacerando sus corazones.
Él vive con su mujer y sus dos hijas una vida apacible. Monótona. Abre la puerta de casa y encuentra un aviso de Correos para recoger una carta y un paquete. Es ella. Se marcha corriendo y llega sin aliento. Pide, primero, la carta:
A veces la vida nos condena sin que hayamos siquiera comenzado a merecer el castigo. Tal vez eso es lo que nos ha ocurrido. Pero puede que hayamos podido superar ese obstáculo (de forma un tanto heterodoxa, eso sí). No te voy a olvidar. Gracias a ti conozco la felicidad. Gracias a ti. Gracias.
Pide el paquete, que no es en realidad un paquete, sino una jaula en la que bosteza un cachorro de pastor alemán. En una pegatina al borde de la jaula, las siguientes palabras: se llama Konna.
Él y ella se encuentran una última noche mientras Luna y Konrad juegan sobre césped húmedo. Ella le dice: me mudo. Lo sé, contesta él. Te quiero, dice ella. Lo sé, dice él. Y se separan, con la sensación de lo inevitable lacerando sus corazones.
Él vive con su mujer y sus dos hijas una vida apacible. Monótona. Abre la puerta de casa y encuentra un aviso de Correos para recoger una carta y un paquete. Es ella. Se marcha corriendo y llega sin aliento. Pide, primero, la carta:
A veces la vida nos condena sin que hayamos siquiera comenzado a merecer el castigo. Tal vez eso es lo que nos ha ocurrido. Pero puede que hayamos podido superar ese obstáculo (de forma un tanto heterodoxa, eso sí). No te voy a olvidar. Gracias a ti conozco la felicidad. Gracias a ti. Gracias.
Pide el paquete, que no es en realidad un paquete, sino una jaula en la que bosteza un cachorro de pastor alemán. En una pegatina al borde de la jaula, las siguientes palabras: se llama Konna.
Pedro Garrido Vega.
viernes, junio 16, 2006
El tesoro de los hombres
Lisandro, rey de los espartanos, yace sobre su lecho tras la gran victoria obtenida frente a Atenas en la guerra del Peloponeso. Cierra los ojos para abrirlos en el sueño. Se ve en el Olimpo, rodeado de Zeus, Atenea, Apolo o Heracles, a los que tantas libaciones había ofrecido durante su vida. Zeus, con voz atronadora, realiza el ofrecimiento:
-Lisandro, rey, hijo de reyes y hoy, rey de reyes, los dioses del Olimpo nos postramos ante ti y te ofrecemos formar parte de él y ser el dios de los dioses. Te ofrecemos la posibilidad de ser omnipotente, el conocimiento absoluto del pasado y el futuro, e incluso de los pasados y futuros que nunca serán, la conciencia de todas las posibles combinaciones de átomos del universo.
Lisandro se incorpora y replica:
-La omnipotencia y la suprema sapiencia son abominaciones que no deberían existir ni siquiera en el pensamiento. Agradezco, pero rechazo vuestro ofrecimiento. No deseo ser dios porque no soportaría la idea de no emocionarme al leer la Odisea por primera vez.
-Lisandro, rey, hijo de reyes y hoy, rey de reyes, los dioses del Olimpo nos postramos ante ti y te ofrecemos formar parte de él y ser el dios de los dioses. Te ofrecemos la posibilidad de ser omnipotente, el conocimiento absoluto del pasado y el futuro, e incluso de los pasados y futuros que nunca serán, la conciencia de todas las posibles combinaciones de átomos del universo.
Lisandro se incorpora y replica:
-La omnipotencia y la suprema sapiencia son abominaciones que no deberían existir ni siquiera en el pensamiento. Agradezco, pero rechazo vuestro ofrecimiento. No deseo ser dios porque no soportaría la idea de no emocionarme al leer la Odisea por primera vez.
Termóclates de Tebas, (siglo IV adC)
jueves, junio 15, 2006
Nacer de nuevo
Nacer de nuevo, nacer de nuevo
Entre promesas de vástagos
Y oleadas frías de recuerdos
Carmín sucio de amaneceres vagos
Envueltos en la bruma roja del riachuelo
Que crea marejadas en los lagos
Te hago nacer de nuevo y te invento
En una mariposa triste sin polvo en las alas
En el niño que sueña con la muerte de su abuelo
Me inclino hacia ti, para poseer tu alma
Te seduzco, te beso, te cazo al vuelo
Te miro y hago nacer de nuevo tu cara
El sudor de la vida pegado a mis dedos
El calor de la noche que ciñe mi esperma
Cuando nazco de nuevo, de nuevoEn el dulce jengibre de entre tus piernas
Cayetano Gea Martín
Entre promesas de vástagos
Y oleadas frías de recuerdos
Carmín sucio de amaneceres vagos
Envueltos en la bruma roja del riachuelo
Que crea marejadas en los lagos
Te hago nacer de nuevo y te invento
En una mariposa triste sin polvo en las alas
En el niño que sueña con la muerte de su abuelo
Me inclino hacia ti, para poseer tu alma
Te seduzco, te beso, te cazo al vuelo
Te miro y hago nacer de nuevo tu cara
El sudor de la vida pegado a mis dedos
El calor de la noche que ciñe mi esperma
Cuando nazco de nuevo, de nuevoEn el dulce jengibre de entre tus piernas
Cayetano Gea Martín
Tres cuentos breves
Dada mi actual desidia para escribir me aprovecharé del (magnífico) trabajo de otros para solaz de los lectores de este blog.
La salvación, de Adolfo Bioy Casares.
Baby H.P., de Juan José Arreola.
El precursor de Cervantes, de Marco Denevi.
Como veréis los tres enlces corresponden a la misma página web. Allí podréis encontrar un gran número de cuentos de numerosos autores. Echadle un vistazo. Merece la pena.
Enlace a Ciudad Seva
Pedro Garrido Vega.
La salvación, de Adolfo Bioy Casares.
Baby H.P., de Juan José Arreola.
El precursor de Cervantes, de Marco Denevi.
Como veréis los tres enlces corresponden a la misma página web. Allí podréis encontrar un gran número de cuentos de numerosos autores. Echadle un vistazo. Merece la pena.
Enlace a Ciudad Seva
Pedro Garrido Vega.
viernes, junio 09, 2006
Magia
En silencio me adentro, sin compartir más deseos que los de este sueño de hechicero, de chamán, de rebanador de cabelleras y coleccionador de prepucios, admirado por unos, despreciado por otros. Aunque todos acuden a mí tarde o temprano, claro. Cuando necesitan un filtro de amor, cuando desean que su vecino, aquél con el que tienen una disputa por un quítame allí esa linde, cuando necesitan saber lo que les deparará el traicionero futuro, o cuando desean que su hija sangre en la noche de bodas. Aún así, siempre me temerán, lo cual es bueno para el negocio. Necesito clientes respetuosos, temerosos de los poderes celestiales que los dioses primigenios me concedieron, que los ancestros milenarios depositaron en la palma de mis sabias manos.
Por mi morada han desfilado todos los dignos de llamarse poderosos: temibles reyes, caducos sabios, virginales damas, viriles militares, incluso, camuflados, teólogos y científicos. ¡Oh, cómo caen el Dios cristiano y la todopoderosa ciencia cuando se apaga la luz, nos metemos en la cama y temblamos ante nuestro destino y muerte, nuestra propia muerte, cada noche más cercana! ¡Cómo entonces aquellos que me insultan y me vituperan, que me acusan de sacar partido de las supercherías del pueblo, cómo entonces se arrastran para que les saque del pozo de su inteligencia, del estanque vedado de su sabiduría!
Pero en la hoguera de las vanidades que prenden a mis pies, disimulan sus ansias y sus temores efectuando sistemáticas cazas de brujas. Me señalan con su dedo y me acusan, me acusan de enriquecerme del miedo ajeno. ¡Me acusan! ¡Ellos, ellos! Ellos, que no dudan en demonizarme, en pregonar a los cuatro vientos que soy un falaz, un granuja digno de la picaresca española. ¡A mí! ¡A mí que lo único que hago es dar esperanzas a aquellos desdichados que se encuentran perdidos en un mar de lágrimas! ¡A mí que erradico en dolor ajeno al módico precio de siete euros el minuto!
Cayetano Gea Martín
Por mi morada han desfilado todos los dignos de llamarse poderosos: temibles reyes, caducos sabios, virginales damas, viriles militares, incluso, camuflados, teólogos y científicos. ¡Oh, cómo caen el Dios cristiano y la todopoderosa ciencia cuando se apaga la luz, nos metemos en la cama y temblamos ante nuestro destino y muerte, nuestra propia muerte, cada noche más cercana! ¡Cómo entonces aquellos que me insultan y me vituperan, que me acusan de sacar partido de las supercherías del pueblo, cómo entonces se arrastran para que les saque del pozo de su inteligencia, del estanque vedado de su sabiduría!
Pero en la hoguera de las vanidades que prenden a mis pies, disimulan sus ansias y sus temores efectuando sistemáticas cazas de brujas. Me señalan con su dedo y me acusan, me acusan de enriquecerme del miedo ajeno. ¡Me acusan! ¡Ellos, ellos! Ellos, que no dudan en demonizarme, en pregonar a los cuatro vientos que soy un falaz, un granuja digno de la picaresca española. ¡A mí! ¡A mí que lo único que hago es dar esperanzas a aquellos desdichados que se encuentran perdidos en un mar de lágrimas! ¡A mí que erradico en dolor ajeno al módico precio de siete euros el minuto!
Cayetano Gea Martín
sábado, junio 03, 2006
Dos deseos
El joven Sharimad, perdido en el vasto desierto arábigo, encuentra, sepultada bajo la cálida arena, una vieja lámpara, que frota para devolverle su lustre original. De su interior surge un espeso humo que adquiere rápidamente la forma corpórea de un genio:
-Soy Basienoth, el genio encerrado en esta lámpara durante siglos, el que todo lo puede. Por liberarme de esta penosa prisión te concederé dos deseos. Pide pues lo que gustes.
Sharimad piensa, mirando al horizonte durante un minuto.
-Deseo un espejo.
-Concedido.
Al instante aparece un espejo frente a Sharimad, que contempla su propio reflejo con detenimiento.
-Puedes ahora pedir tu segundo y último deseo.
Sharimad se contempla una vez más en el espejo antes de pronunciar las palabras que conforman su segundo deseo.
-Quiero ser tú.
Pedro Garrido Vega.
-Soy Basienoth, el genio encerrado en esta lámpara durante siglos, el que todo lo puede. Por liberarme de esta penosa prisión te concederé dos deseos. Pide pues lo que gustes.
Sharimad piensa, mirando al horizonte durante un minuto.
-Deseo un espejo.
-Concedido.
Al instante aparece un espejo frente a Sharimad, que contempla su propio reflejo con detenimiento.
-Puedes ahora pedir tu segundo y último deseo.
Sharimad se contempla una vez más en el espejo antes de pronunciar las palabras que conforman su segundo deseo.
-Quiero ser tú.
Pedro Garrido Vega.
viernes, mayo 26, 2006
Ceniza en polvo
Ceniza en polvo para marcar tu rostro con el estigma de mi indiferencia.
Ceniza en polvo: con la cadencia de huesos y piel de las alimañas muertas.
Cayetano Gea Martín
Ceniza en polvo: con la cadencia de huesos y piel de las alimañas muertas.
Cayetano Gea Martín
martes, mayo 23, 2006
Fatalidad muerta
La luna llena que viola estrellas y que no puedo matar
Esconde la lujuria mortal más allá del cielo de verano
Se extiende, con las alas negras de la corta noche lunar
Hacia tu frío y muerto seno putrefacto
La luna, que continúa su existencia
Refleja las carencias y los anhelos
La miseria que anida en la falsa conciencia
La sucia ansiedad que mancha mis dedos
La negra, negra desidia de los días
Pasados, presentes y los que vendrán
O eso nos dicen, nos prometen, nos porfían
La esperanza de un braguetaza existencial
Que nos saque puros del pozo de la mierda
Rostros de niños muertos apilados nos esperan
Su sangre destilada en ánforas cuneiformes
Vasos de rojo licor apurados hasta las heces
La muerte, muerte, muerte que nos precede
Que nos acecha, inconforme
Más allá del sexo frugal,
Del hambre pornográfica del viernes
De la vida, de mi vida mortal
De la tuya en ciernes
¡Créeme! Si escoger puedo
Escojo que la fría parca
Se te lleve a ti primero
Cayetano Gea Martín
sábado, mayo 20, 2006
ANUNCIO
Como ya habréis supuesto la mayoría de los que leéis esta página, El cerebro de Dios será mi novela. La he trasladado, por problemas de espacio y orden fundamentalmente a El experimento hipertextual, donde encontraréis alguna sorpresilla. Pido paciencia y, si hay errores, que me sean perdonados. Intentaré agradecer vuestra buena disposición con mi esfuerzo (ha quedado claro que he escrito con esfuerzo y no con una buena novela, ¿no?).
Por supuesto, otros cuentos y los A propósito de... seguirán publicándose en esta página.
Un saludo a todos.
Pedro Garrido Vega
Por supuesto, otros cuentos y los A propósito de... seguirán publicándose en esta página.
Un saludo a todos.
Pedro Garrido Vega
viernes, mayo 19, 2006
La conoció.
...y no hubo terremotos, ni olas gigantes, ni eclipses, ni estallidos, ni luces de colores, ni mariposas, ni fuegos artificiales, ni manos sudorosas, ni músicas celestiales, ni vello erizado, ni bola en el estómago, ni garganta seca, ni pájaros trinando, ni brillo en los ojos, ni mudas exclamaciones, ni sonoros sollozos, ni cometas errantes en el cielo, ni carteles luminosos, ni eternidades, ni besos, ni palabras, ni gestos.
Pero se enamoró perdidamente de ella.
Pedro Garrido Vega.
miércoles, mayo 17, 2006
¡Ops!
No tengo ordenador, así que no podré escribir mucho por aquí, salvo algún poemilla rápido que descargue en algún momento de relax laboral, por lo que el desenlace de 'El Viaje' se queda colgando, sorry...
jueves, mayo 11, 2006
El Viaje, Capítulo IV. Este cruel cabaret de frustraciones (2 de 3)
El niño, el niño
El niño me observa desde su libro
El niño sabe, conoce, comprende
Me obliga a recordar, a medrar
Salgo y navego por la Babilonia triste, llena de crisantemos que cantan en noches sin luna, sin corazón y sin un libro sagrado bajo el brazo, bajo el fuerte brazo del cual me enamoré, antes que del rostro, sí, antes que del también hermoso rostro gitano curtido al sol de su campo idealizado cargado de
Flores rojas, blancas, rosas
Color de las sencillas cosas
De las necesidades básicas de un pueblo triste, tercer mundo del primero: el campo español, tan lejos de Europa, de los viajes y de los descubrimientos en tierras lejanas, pero un vida, al fin, una vida, me enamoré de su vida, del color de sus ojos, de su serenidad, de su torso masculino, de su pelo pajizo, de sus manos fuertes de campesino, de hombre que no le debe nada a nadie, nadie, y de su cuerpo hercúleo, como se suele decir, mientras
Imaginaba indecencias con el crespo pelo cubierto de algas
Mientras él azotaba con su miembro eréctil mis feas nalgas
Escenas subidas de tono que sé que jamás se cumplirán, que seguiré medrando en esta vida de mierda, de supermercados, de tirar del carro, del gordo retrasado mental de mi media naranja, de mis descendencia que odio y que asfixiaría debajo de la almohada si no tuviera demasiado miedo a la cárcel, a la condena de los hombres, ¡hombres!, cómo los odio, de día no hay luna llena para las mujeres, mujeres, y me enamoro como una quinceañera de él, de él, de Antonio
Antonio, Antonio, Antonio
Daría mi vida entera al demonio
Porque me comieras todo el
Alma que surge y que sabe que todo le ha salido mal en la vida por el mero hecho de ser fea, fea, fea, como si nada más importara, y por eso odio al resto de la humanidad y me gustaría que, oh, sí, me gustaría que
Una guerra, un Dios vengativo
No dejara a ninguno vivo
Ninguno, por eso no me arrepiento de lo que hice, no, señores del jurado, no, ja, fui yo, fui yo, yo le conté al otro, al cerdo, al chovinista, a Carlos, toda la película, por venganza, sí, por despecho, por vendetta, por odio, por condena, si no me quería a mí, me jodería pero me tragaría el sapo, pero caer en las garras de la otra
Zorra babilónica que se frota con ardor
El rosado y jugoso botoncito del amor
Amor que nunca tendré ni yo ni nadie ni ahora ni nunca porque soy fea, fea, y odio mi vida y a todos los cabrones y putas que han conseguido que mi felicidad sea imposible
Impacto
Cayetano Gea Martín
El niño me observa desde su libro
El niño sabe, conoce, comprende
Me obliga a recordar, a medrar
Salgo y navego por la Babilonia triste, llena de crisantemos que cantan en noches sin luna, sin corazón y sin un libro sagrado bajo el brazo, bajo el fuerte brazo del cual me enamoré, antes que del rostro, sí, antes que del también hermoso rostro gitano curtido al sol de su campo idealizado cargado de
Flores rojas, blancas, rosas
Color de las sencillas cosas
De las necesidades básicas de un pueblo triste, tercer mundo del primero: el campo español, tan lejos de Europa, de los viajes y de los descubrimientos en tierras lejanas, pero un vida, al fin, una vida, me enamoré de su vida, del color de sus ojos, de su serenidad, de su torso masculino, de su pelo pajizo, de sus manos fuertes de campesino, de hombre que no le debe nada a nadie, nadie, y de su cuerpo hercúleo, como se suele decir, mientras
Imaginaba indecencias con el crespo pelo cubierto de algas
Mientras él azotaba con su miembro eréctil mis feas nalgas
Escenas subidas de tono que sé que jamás se cumplirán, que seguiré medrando en esta vida de mierda, de supermercados, de tirar del carro, del gordo retrasado mental de mi media naranja, de mis descendencia que odio y que asfixiaría debajo de la almohada si no tuviera demasiado miedo a la cárcel, a la condena de los hombres, ¡hombres!, cómo los odio, de día no hay luna llena para las mujeres, mujeres, y me enamoro como una quinceañera de él, de él, de Antonio
Antonio, Antonio, Antonio
Daría mi vida entera al demonio
Porque me comieras todo el
Alma que surge y que sabe que todo le ha salido mal en la vida por el mero hecho de ser fea, fea, fea, como si nada más importara, y por eso odio al resto de la humanidad y me gustaría que, oh, sí, me gustaría que
Una guerra, un Dios vengativo
No dejara a ninguno vivo
Ninguno, por eso no me arrepiento de lo que hice, no, señores del jurado, no, ja, fui yo, fui yo, yo le conté al otro, al cerdo, al chovinista, a Carlos, toda la película, por venganza, sí, por despecho, por vendetta, por odio, por condena, si no me quería a mí, me jodería pero me tragaría el sapo, pero caer en las garras de la otra
Zorra babilónica que se frota con ardor
El rosado y jugoso botoncito del amor
Amor que nunca tendré ni yo ni nadie ni ahora ni nunca porque soy fea, fea, y odio mi vida y a todos los cabrones y putas que han conseguido que mi felicidad sea imposible
Impacto
Cayetano Gea Martín
martes, mayo 09, 2006
Luis Cernuda
Variadas lecturas me han conducido últimamente a Cernuda. Aconsejo la lectura de La realidad y el deseo a amantes y no amantes de la poesía. Como muestra, un poema de amor. A Marta le gustará. Espero que al resto también.
SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la gente erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad
de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería al fin aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso
en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia
mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu,
como leños perdidos que el mar anega o levanta,
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad porque muero.
Tú justificas mi existencia.
Si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he
vivido.
Luis Cernuda.
SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la gente erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad
de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería al fin aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso
en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia
mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu,
como leños perdidos que el mar anega o levanta,
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad porque muero.
Tú justificas mi existencia.
Si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he
vivido.
Luis Cernuda.
lunes, mayo 08, 2006
A propósito de...Todo lo que se ve, de Alberto Ávila Salazar
Es posible que exista otro yo como el de Borges que escriba por ti sin que tú no lo sepas. Es posible también que ese otro yo sea tu antimateria y que cuando lo intentes saludar con un apretón de manos, tú y él desaparezcáis en medio de una súbita explosión de luz y energía.
Alberto Ávila Salazar ganó con la novela Todo lo que se ve el Premio Art Joven de la Comunidad de Madrid. Es una literatura diferente, una apuesta por la búsqueda de nuevas formas de narrar desde autores no convencionales.
Creo ver en el fondo de la novela, siempre presente y mirando con ojos agradecidos, a Georges Perec, al que nunca me cansaré de elogiar. No en vano, la primera parte de esta novela (consta de dos) se titula Los objetos, lo que no está muy lejos de aquella otra del autor francés titulada Las cosas, del que escribí (qué pretencioso me parece escribir siempre esta palabra) una breve reseña en esta misma página. Leí una crítica de esta novela que ahora nos ocupa en Babelia, de donde, por cierto, no salía muy bien parada y en la que no se mencionaba ni por asomo a Perec algo que tras haber leído la novela, me parece imprescindible a la hora de comentarla. Sí nombraba el crítico como influencia de esta novela a Borges, si bien hacerlo no es un gran acierto ya que todos sabemos que Borges es omnipresente.
Si nos detenemos a comentar estrictamente el argumento de la novela, ésta narra la historia de un hombre que escribe un evangelio que eleva a su reciente mujer a la altura de una diosa. De ese evangelio se reparten tan sólo cuatro copias por el mundo. Pronto se formará una secta de adoradores de su mujer. Podría decirse, por tanto, que la novela trata acerca de un hombre que ve cómo poco a poco su mujer se convierte en un Dios. Pero tal vez no sea eso lo mejor del libro: tal vez lo sean los dos casos similares (aunque fantásticos) a los que Oliver Sacks narra en sus libros (recuerden los lectores de esta página que ya he recomendado a este autor hasta la saciedad, aquí y aquí), una extensa lista de autores que se suicidaron y otra de personas que creyeron escribir por la mano de escritores ya difuntos, en un estilo muy similar al de Vila-Matas (no sé si es realmente influencia o no del autor catalán, pero es innegable la similitud, aunque sólo sea por los temas tratados), varias propuestas para futuras novelas en las que algunas de ellas se detienen a plantear ideas estéticas, una enumeración de tarjetas máximas (postales con una ilustración que portan un sello con esa misma ilustración y que fueron enviadas en una fecha que poseía relación con dicha imagen , todo muy de Georges Perec), algunas reflexiones sobre Dios y el fenómeno místico (muy en la línea de aquel comentario del libro La conexión divina, que ya comenté aquí), la descripción de algunos temas musicales de rock alternativo (muy en la línea de las descripciones de Fresán sobre algunos temas de los Beatles) y alguna idea de esas que Borges repetía sin cesar, como la de que todos los libros son uno solo, eterno y, tal vez, preexistente.Y muchos más temas que me niego a enumerar por falta de espacio y tiempo.
El estilo es muy ágil. Volvemos de nuevo a Georges Perec y, tal vez un poco a Borges, especialmente en algunos pasajes con ideas más filosóficas.
La novela está construida a base de pequeños fragmentos, teselas de un mosaico en el que, sin embargo, Alberto Ávila Salazar no colocó algunas de ellas y que obligan al lector a participar de la novela como parte activa, como ya intentaron algunos otros.Leí el libro del tirón y haré una relectura pronto. Son sólo 144 páginas que recomiendo a todo el que lea esta crítica, que más parece un evangelio de la novela. Estoy convencido de que al autor de esta novela le gustaría leer El círculo de los escritores asesinos, por algunas coincidencias interesantes que he encontrado entre ambos. Esta es la literatura que me hace pensar que una nueva literatura es posible.
Alberto Ávila Salazar ganó con la novela Todo lo que se ve el Premio Art Joven de la Comunidad de Madrid. Es una literatura diferente, una apuesta por la búsqueda de nuevas formas de narrar desde autores no convencionales.
Creo ver en el fondo de la novela, siempre presente y mirando con ojos agradecidos, a Georges Perec, al que nunca me cansaré de elogiar. No en vano, la primera parte de esta novela (consta de dos) se titula Los objetos, lo que no está muy lejos de aquella otra del autor francés titulada Las cosas, del que escribí (qué pretencioso me parece escribir siempre esta palabra) una breve reseña en esta misma página. Leí una crítica de esta novela que ahora nos ocupa en Babelia, de donde, por cierto, no salía muy bien parada y en la que no se mencionaba ni por asomo a Perec algo que tras haber leído la novela, me parece imprescindible a la hora de comentarla. Sí nombraba el crítico como influencia de esta novela a Borges, si bien hacerlo no es un gran acierto ya que todos sabemos que Borges es omnipresente.
Si nos detenemos a comentar estrictamente el argumento de la novela, ésta narra la historia de un hombre que escribe un evangelio que eleva a su reciente mujer a la altura de una diosa. De ese evangelio se reparten tan sólo cuatro copias por el mundo. Pronto se formará una secta de adoradores de su mujer. Podría decirse, por tanto, que la novela trata acerca de un hombre que ve cómo poco a poco su mujer se convierte en un Dios. Pero tal vez no sea eso lo mejor del libro: tal vez lo sean los dos casos similares (aunque fantásticos) a los que Oliver Sacks narra en sus libros (recuerden los lectores de esta página que ya he recomendado a este autor hasta la saciedad, aquí y aquí), una extensa lista de autores que se suicidaron y otra de personas que creyeron escribir por la mano de escritores ya difuntos, en un estilo muy similar al de Vila-Matas (no sé si es realmente influencia o no del autor catalán, pero es innegable la similitud, aunque sólo sea por los temas tratados), varias propuestas para futuras novelas en las que algunas de ellas se detienen a plantear ideas estéticas, una enumeración de tarjetas máximas (postales con una ilustración que portan un sello con esa misma ilustración y que fueron enviadas en una fecha que poseía relación con dicha imagen , todo muy de Georges Perec), algunas reflexiones sobre Dios y el fenómeno místico (muy en la línea de aquel comentario del libro La conexión divina, que ya comenté aquí), la descripción de algunos temas musicales de rock alternativo (muy en la línea de las descripciones de Fresán sobre algunos temas de los Beatles) y alguna idea de esas que Borges repetía sin cesar, como la de que todos los libros son uno solo, eterno y, tal vez, preexistente.Y muchos más temas que me niego a enumerar por falta de espacio y tiempo.
El estilo es muy ágil. Volvemos de nuevo a Georges Perec y, tal vez un poco a Borges, especialmente en algunos pasajes con ideas más filosóficas.
La novela está construida a base de pequeños fragmentos, teselas de un mosaico en el que, sin embargo, Alberto Ávila Salazar no colocó algunas de ellas y que obligan al lector a participar de la novela como parte activa, como ya intentaron algunos otros.Leí el libro del tirón y haré una relectura pronto. Son sólo 144 páginas que recomiendo a todo el que lea esta crítica, que más parece un evangelio de la novela. Estoy convencido de que al autor de esta novela le gustaría leer El círculo de los escritores asesinos, por algunas coincidencias interesantes que he encontrado entre ambos. Esta es la literatura que me hace pensar que una nueva literatura es posible.
Pedro Garrido Vega.
viernes, mayo 05, 2006
Las ruinas del edén
De un tiempo siento
El dolor de las llamas
El silencio del viento
El vacío de las palabras
Tan grande fue el mal
Que perdí el parnaso idealizado
Entre arrecifes de coral
Tu rostro fue por Dios enterrado
Y ahora se extiende
La baldía llanura desolada
Y me arrastra la corriente
Y ya las frías perlas ajadas
De tu triste cuerpo yacente
Consumen mis madrugadas
No intentes que sienta miedo
Diciéndome que es amor
Y el dolor que siente el viento
Es el mismo que siento yo
Alberto Rionda
Cayetano Gea Martín
El dolor de las llamas
El silencio del viento
El vacío de las palabras
Tan grande fue el mal
Que perdí el parnaso idealizado
Entre arrecifes de coral
Tu rostro fue por Dios enterrado
Y ahora se extiende
La baldía llanura desolada
Y me arrastra la corriente
Y ya las frías perlas ajadas
De tu triste cuerpo yacente
Consumen mis madrugadas
No intentes que sienta miedo
Diciéndome que es amor
Y el dolor que siente el viento
Es el mismo que siento yo
Alberto Rionda
Cayetano Gea Martín
miércoles, mayo 03, 2006
El cerebro de Dios (experimento hipertextual, hoy juego), décima entrega.
12.Milton.
Mientras camina por las calles de M., Rómulo observa un coche avanzando por la calzada que se frena ante un semáforo en rojo, contempla a un niño dando patadas a un balón, que rebota una y otra vez sobre la pared de un edificio, percibe el olor aromático del romero, que procede de un jardín cercano, escucha la algarabía incesante de numerosos niños que salen de un colegio al otro lado de la calle. La racionalidad de Rómulo no le permite excluir la causalidad de su percepción del mundo. Sólo existe una posibilidad, que es doble, de que tal condición no fuese posible:
1) Pudiera ser que, como tal vez ocurriese con el Libro, todo estuviese escrito de antemano. En ese caso, la existencia de la causalidad tal vez no pudiera obviarse, pero carecería de valor alguno para explicar el mundo.
2) Es probable que todo estuviese predeterminado de modo que la causalidad nos permitiese tener conciencia del mundo, comprenderlo. Es posible que todo estuviese diseñado para que percibiésemos la causalidad aunque ésta no existiese.
3) (pensamiento encadenado de Rómulo que no se había previsto de forma inmediata) Es posible excluir la condición previa de que todo esté predeterminado. Es más, puede que nada esté predeterminado. Eso no modificaría el hecho de que un dios como el de Malebranche, que es la causalidad verdadera, obrase siempre del mismo modo en el estado intermedio entre dos actos conocidos.
Estas reflexiones, piensa Rómulo, no conducen a nada. Su percepción de la causalidad sigue siendo clara. Tal vez exista la remota posibilidad de que un dios jugador se decida algún día a modificar las normas, a no permitir que un objeto caiga cuando se lance al suelo. Mientras tal cosa no ocurra, toda disertación al respecto es estéril y podría ser refutada. La forma más gráfica es aquella que relató Borges: un budista le explica a un soldado inglés que no existe la causalidad, que el mundo material es sólo una ilusión y un hombre es muchos hombres en la corriente de la vida. El soldado inglés le propina un puñetazo al monje, que se levanta, reprochando el acto al soldado. Este último le responde de forma elocuente que la causalidad no existe, que quién le propinó el puñetazo fue otro hombre, y otro hombre fue el que lo recibió.
¿Abrimos el cartapacio? No nos equivocaremos al hacerlo:.
Casualidad y causalidad se confunden fácilmente porque sus efectos se encuentran imbricados. Son sólo engranajes de una misma maquinaria. La casualidad puede ser parte de la causalidad, o puede que la causalidad no sea más que una casualidad. ¿Cómo revocar entonces este sentimiento opresivo de certeza de que el sentido de la vida es un sinsentido?
La poesía ha hecho de Milton su causa. Él es, ante todo, poeta, Milton, el perseguidor de los versos absolutos. Colecciona primeros versos de poemas. Le asustan las conclusiones, los finales, la muerte del poema. El poema es la metáfora más perfecta de la vida y los primeros versos constituyen el acto de génesis de ésta. La conclusión de los poemas es la destrucción, el apagamiento de todo ser: en el poema, del microcosmos que él mismo crea; en la vida, de toda conciencia del Universo.
La escalera del edificio es vetusta. La madera agrietada de, antaño pinos erguidos, sirve ahora a los usos del hombre, que vilipendia a la naturaleza en cada tala. Silencio, la tierra va a dar a luz un árbol. Rómulo agudiza el oído: ahí está, sí, naciendo, silencioso , erguido ya, leve aún, sobrevivirá al tiempo, a la historia, al hombre.
La puerta del ático de Milton es un muro. Milton podría ser Cernuda en su juventud: apocado, sensible, frágil, desdichado, enamorado siempre, desengañado siempre, incontables deseos insatisfechos en esa realidad vil, real realidad. Milton dice ser, como Cernuda, un hombre gris que avanza por la calle de nieblas, que no lo sospecha nadie, que es un cuerpo vacío. Dice ser vacío como pampa, como mar, como viento, desiertos tan amargos bajo un cielo implacable. Milton está solo, se sabe solo, se siente solo. Vive solo y morirá solo y es que quiere quedar/seguir siguiendo,/subir, a contramuerte, hasta lo eterno. Todos los hombres viven y mueren solos, huyendo en el río del tiempo que arrastra a la vida, corriente finita de subjetividad presente, que trascurre sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte. Milton ha andado muchos caminos, ha abierto muchas veredas, aunque sabe que tales caminos, lo son sólo sobre la mar..., Milton es poeta, poeta de amargura, de lágrimas sin derramar aún sobre su desconsolada mejilla pálida, que ansía caricias, que las rechaza, que vive como barco a la deriva y tan sólo mostrará sus luces cuando sea despojado de su sombra allá en la profunda obscuridad de la tierra, al contrario de aquel que cantó a la muerte: cae el último abismo de silencio/ como el barco que se hunde apagando sus luces. Milton rechaza dádivas del porvenir. Se sumerge entre los despojos del presente real, de este presente de vida, que languidece exhausto, mas firme aún. Milton rechaza la vida sin vida que ofertan los dioses y es la muerte el viaje al olvido del olvido, a la vida sin olor de jazmín, a la vida sin el canto del ruiseñor, al paraíso sin el paraíso del triste sonido de dos cuerpos que se aman. Milton mora entre las ruinas de la humanidad. Habitaría entre ellas como quien se ahoga, en un presente eterno e inmortal, evitando así temer aquellos versos:...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros/ cantando;/ y se quedará mi huerto, con su verde árbol,/ y con su pozo blanco. La muerte despoja al hombre de su sombra, su única compañía fiel, su verdadero presente en el espejo de los objetos y de la tierra. Sombras que pinta Konsgrüen, que esparce sobre el lienzo reflejando una humanidad desdibujada, lienzo que es tenebrosa caverna de Platón, iluminada por los ojos de quien la observa y que tan sólo osa observar las sombras, para no enfrentarse a la verdad del hombre, a su eterna ruina.
Milton rompe el muro y el lector se adentra en el infierno edénico del poeta de lágrimas. El ámbar rebosa en dos copas excesivas, los libros esparcidos por el suelo se ofrecen sin pudor al visitante y la música, Blue train, salpica la habitación como un perfume. Se acomodan, Rómulo en un sillón verde que invita a leer cuentos dentro de otros cuentos, Milton en una banqueta desvencijada e inestable. Milton abre ventanas con su voz, y crea objetos con las palabras, deidad poética es Milton, mito cada palabra pronunciada, héroe de versos inefables aún.
-¿Hallaste a Edilberto Grete?- inquiere el héroe lector al héroe poeta.
-Hallé sus versos. Edilberto Grete se quedó tras ellos.
-Tú siempre buscando a Dios entre la niebla.
-Dios es la niebla, Rómulo. Edilberto escribió para ocultarse y esperar la muerte serena. Nunca fue poesía, tan sólo fue poeta. Otro fracaso más ¿Cuántos más habrán de llegar? Tan sólo quiero leer a Dios en verso, sentirme inmerso en un poema de luz, sentir el rocío cuando es el rocío lo descrito, padecer el dolor y abrazar la felicidad de glosas tristes y radiantes.
-El placer es tan sólo un recuerdo del primer placer. Sólo existe un placer...El dolor es tan sólo el recuerdo del primer dolor. Sólo existe un dolor...Nosotros somos tan sólo un recuerdo de nosotros mismos, más inocentes y más sabios. Edilberto es un escritor sin memoria de su vida. Eso frustra sus versos.
-¿Lo leíste entonces?
-Hace tiempo ya, en una biblioteca salvadoreña. Fue el propio Edilberto quien me mostró sus poemas.
-¿Y me hiciste perder el tiempo buscando sus poemas cuándo tú sabías dónde encontrarlos? Ya comprendo. Otra lección de poesía.
-Puedo encontrar cualquier libro que puedas imaginar. Quería mostrarte que la búsqueda de un libro a veces es como la búsqueda de un poema. Pero terminarás por hallar los versos absolutos. Yo los leí una vez. No volví a escribir una sola línea. Nada se puede escribir ya que no contengan esos versos. No los leas si crees poder crear algo de valor. Léelos si no pretendes crear versos que te sobrevivan.
Descubrimos en el cartapacio algunas declaraciones recogidas por Rómulo de algunos de sus amigos:
Milton: Intento, con mis palabras, trascender el mundo de las palabras y adentrarme en el de las imágenes, en el de los arquetipos, que no haya obstáculos a mi expresión. Anhelo transmitir la Idea pura, la sensación, sin el eufemismo de la palabra, sin la simbología que impone el lenguaje, el sentimiento descarnado, singular. Acaso no sea otra cosa que hacer a los demás partícipes de la verdad, que es la esencia de todo objeto y todo acto. Acaso no encuentre otra forma de mostrarlo que viviendo.
El ámbar corre por la garganta del héroe poeta, abrasando entrañas, regando con fuego las semillas de la intuición, que germinan buscando la Idea, rugiendo en su interior ¡Vamos!¡En pie!¡Surge!¡Escucha!/¡Escucha!¡Despierta! Rompe tus cadenas: sé. Y la Idea, presta, implacable, emerge del saco infinito, del caos, toma cuerpo y se desvanece en palabras que jamás podrán emular esa naturaleza mental, extraída por el ámbar y surgida del caos.
-Tú ya relegaste a lo imposible la tarea de hallar esas palabras que te sobrevivan.- héroe poeta a héroe lector-, siempre perdido en esa nada tuya de la que no te evadirás.
El sillón acoge con crujidos pasionales la inquietud del héroe lector, héroe de la nada, paradoja del lector, que debería sentirse cómodo en un mundo infinito de lecturas inagotables, en ese infinito de Aristóteles que no es aquel tras el cual no hay nada, sino tras el cual siempre hay algo más. La música, Into the lens, hiende el aire. La Idea se gesta.
-Podemos iniciar la conversación cíclica, pero te advierto que regresaremos siempre al punto de partida. La única posibilidad de creación es la nada, al menos desde nuestra perspectiva causal de la naturaleza. Es por eso que debe existir un inicio para todo. La obra se gesta desde la ignorancia, desde la extrema inocencia. Crear desde el infinito es tan sólo combinar de forma inédita, jugar con el orden de los elementos, tierra por aire, aire por fuego, fuego por agua, y por cuarzo, y por mica y por feldespato.
-El concepto de la nada, Rómulo, es tan abstracto como el del infinito. Elegir un extremo u otro para crear no alterará el resultado, ya sea el poema, el cuadro o la novela en cuestión, pues son tan sólo medios diferentes para alcanzar la misma solución. Crear es luchar cuerpo a cuerpo con la muerte, al borde del abismo. Y me es igual que la solución provenga del infinito o de la nada. La cuestión es vencer a la muerte. ¿Cómo? Tomando la palabra de los que temen. La poesía no es sino hablar con la voz de los que callan. Sin embargo, sería extraordinario no escribir una sola palabra y que todos entendieran...
-Que la vida es sueño y los sueños, sueños son, Milton, Rómulo, tú y yo. Escúchame ahora Milton, pues he de contarte lo que me ha ocurrido hoy.
Y Rómulo crea con la palabra imágenes en Milton, cuya lírica se detiene un momento a inspirar perfumes nuevos, A foggy day, Punta umbría, y se siente arrastrar por la narración de Rómulo, que no se detiene, que indaga las causas que le han conducido hasta la situación que ahora vive, mientras la luz reverbera sobre las copas ahítas de vacío. Milton es capaz de ver el Libro, a Emery Blanchard y a Severo Martínez. Rómulo se sabe trasgrediendo una de las normas impuestas. No le da importancia. Ellos no le comunicaron que fueran a seguirle.
-Sospecho que Emery Blanchard ha alcanzado los versos absolutos y tal vez algo más que eso- héroe poeta a héroe lector.
-Tuve esa sensación desde que tuve el libro entre mis manos.
-¿Lo tienes ahí?
-Claro.
Rómulo extrae el libro del bolsillo de la chaqueta y se lo muestra a Milton. Cuando éste va a tomarlo entre sus manos a Rómulo se le ocurre la siguiente idea. Si se lo diese a Milton, ¿aparecería de nuevo el libro en blanco? El temor a esa respuesta en Rómulo es monstruoso. No se siente capaz de comprobar la respuesta.
-No lo abras, por favor.
Mientras camina por las calles de M., Rómulo observa un coche avanzando por la calzada que se frena ante un semáforo en rojo, contempla a un niño dando patadas a un balón, que rebota una y otra vez sobre la pared de un edificio, percibe el olor aromático del romero, que procede de un jardín cercano, escucha la algarabía incesante de numerosos niños que salen de un colegio al otro lado de la calle. La racionalidad de Rómulo no le permite excluir la causalidad de su percepción del mundo. Sólo existe una posibilidad, que es doble, de que tal condición no fuese posible:
1) Pudiera ser que, como tal vez ocurriese con el Libro, todo estuviese escrito de antemano. En ese caso, la existencia de la causalidad tal vez no pudiera obviarse, pero carecería de valor alguno para explicar el mundo.
2) Es probable que todo estuviese predeterminado de modo que la causalidad nos permitiese tener conciencia del mundo, comprenderlo. Es posible que todo estuviese diseñado para que percibiésemos la causalidad aunque ésta no existiese.
3) (pensamiento encadenado de Rómulo que no se había previsto de forma inmediata) Es posible excluir la condición previa de que todo esté predeterminado. Es más, puede que nada esté predeterminado. Eso no modificaría el hecho de que un dios como el de Malebranche, que es la causalidad verdadera, obrase siempre del mismo modo en el estado intermedio entre dos actos conocidos.
Estas reflexiones, piensa Rómulo, no conducen a nada. Su percepción de la causalidad sigue siendo clara. Tal vez exista la remota posibilidad de que un dios jugador se decida algún día a modificar las normas, a no permitir que un objeto caiga cuando se lance al suelo. Mientras tal cosa no ocurra, toda disertación al respecto es estéril y podría ser refutada. La forma más gráfica es aquella que relató Borges: un budista le explica a un soldado inglés que no existe la causalidad, que el mundo material es sólo una ilusión y un hombre es muchos hombres en la corriente de la vida. El soldado inglés le propina un puñetazo al monje, que se levanta, reprochando el acto al soldado. Este último le responde de forma elocuente que la causalidad no existe, que quién le propinó el puñetazo fue otro hombre, y otro hombre fue el que lo recibió.
¿Abrimos el cartapacio? No nos equivocaremos al hacerlo:.
Casualidad y causalidad se confunden fácilmente porque sus efectos se encuentran imbricados. Son sólo engranajes de una misma maquinaria. La casualidad puede ser parte de la causalidad, o puede que la causalidad no sea más que una casualidad. ¿Cómo revocar entonces este sentimiento opresivo de certeza de que el sentido de la vida es un sinsentido?
La poesía ha hecho de Milton su causa. Él es, ante todo, poeta, Milton, el perseguidor de los versos absolutos. Colecciona primeros versos de poemas. Le asustan las conclusiones, los finales, la muerte del poema. El poema es la metáfora más perfecta de la vida y los primeros versos constituyen el acto de génesis de ésta. La conclusión de los poemas es la destrucción, el apagamiento de todo ser: en el poema, del microcosmos que él mismo crea; en la vida, de toda conciencia del Universo.
La escalera del edificio es vetusta. La madera agrietada de, antaño pinos erguidos, sirve ahora a los usos del hombre, que vilipendia a la naturaleza en cada tala. Silencio, la tierra va a dar a luz un árbol. Rómulo agudiza el oído: ahí está, sí, naciendo, silencioso , erguido ya, leve aún, sobrevivirá al tiempo, a la historia, al hombre.
La puerta del ático de Milton es un muro. Milton podría ser Cernuda en su juventud: apocado, sensible, frágil, desdichado, enamorado siempre, desengañado siempre, incontables deseos insatisfechos en esa realidad vil, real realidad. Milton dice ser, como Cernuda, un hombre gris que avanza por la calle de nieblas, que no lo sospecha nadie, que es un cuerpo vacío. Dice ser vacío como pampa, como mar, como viento, desiertos tan amargos bajo un cielo implacable. Milton está solo, se sabe solo, se siente solo. Vive solo y morirá solo y es que quiere quedar/seguir siguiendo,/subir, a contramuerte, hasta lo eterno. Todos los hombres viven y mueren solos, huyendo en el río del tiempo que arrastra a la vida, corriente finita de subjetividad presente, que trascurre sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte. Milton ha andado muchos caminos, ha abierto muchas veredas, aunque sabe que tales caminos, lo son sólo sobre la mar..., Milton es poeta, poeta de amargura, de lágrimas sin derramar aún sobre su desconsolada mejilla pálida, que ansía caricias, que las rechaza, que vive como barco a la deriva y tan sólo mostrará sus luces cuando sea despojado de su sombra allá en la profunda obscuridad de la tierra, al contrario de aquel que cantó a la muerte: cae el último abismo de silencio/ como el barco que se hunde apagando sus luces. Milton rechaza dádivas del porvenir. Se sumerge entre los despojos del presente real, de este presente de vida, que languidece exhausto, mas firme aún. Milton rechaza la vida sin vida que ofertan los dioses y es la muerte el viaje al olvido del olvido, a la vida sin olor de jazmín, a la vida sin el canto del ruiseñor, al paraíso sin el paraíso del triste sonido de dos cuerpos que se aman. Milton mora entre las ruinas de la humanidad. Habitaría entre ellas como quien se ahoga, en un presente eterno e inmortal, evitando así temer aquellos versos:...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros/ cantando;/ y se quedará mi huerto, con su verde árbol,/ y con su pozo blanco. La muerte despoja al hombre de su sombra, su única compañía fiel, su verdadero presente en el espejo de los objetos y de la tierra. Sombras que pinta Konsgrüen, que esparce sobre el lienzo reflejando una humanidad desdibujada, lienzo que es tenebrosa caverna de Platón, iluminada por los ojos de quien la observa y que tan sólo osa observar las sombras, para no enfrentarse a la verdad del hombre, a su eterna ruina.
Milton rompe el muro y el lector se adentra en el infierno edénico del poeta de lágrimas. El ámbar rebosa en dos copas excesivas, los libros esparcidos por el suelo se ofrecen sin pudor al visitante y la música, Blue train, salpica la habitación como un perfume. Se acomodan, Rómulo en un sillón verde que invita a leer cuentos dentro de otros cuentos, Milton en una banqueta desvencijada e inestable. Milton abre ventanas con su voz, y crea objetos con las palabras, deidad poética es Milton, mito cada palabra pronunciada, héroe de versos inefables aún.
-¿Hallaste a Edilberto Grete?- inquiere el héroe lector al héroe poeta.
-Hallé sus versos. Edilberto Grete se quedó tras ellos.
-Tú siempre buscando a Dios entre la niebla.
-Dios es la niebla, Rómulo. Edilberto escribió para ocultarse y esperar la muerte serena. Nunca fue poesía, tan sólo fue poeta. Otro fracaso más ¿Cuántos más habrán de llegar? Tan sólo quiero leer a Dios en verso, sentirme inmerso en un poema de luz, sentir el rocío cuando es el rocío lo descrito, padecer el dolor y abrazar la felicidad de glosas tristes y radiantes.
-El placer es tan sólo un recuerdo del primer placer. Sólo existe un placer...El dolor es tan sólo el recuerdo del primer dolor. Sólo existe un dolor...Nosotros somos tan sólo un recuerdo de nosotros mismos, más inocentes y más sabios. Edilberto es un escritor sin memoria de su vida. Eso frustra sus versos.
-¿Lo leíste entonces?
-Hace tiempo ya, en una biblioteca salvadoreña. Fue el propio Edilberto quien me mostró sus poemas.
-¿Y me hiciste perder el tiempo buscando sus poemas cuándo tú sabías dónde encontrarlos? Ya comprendo. Otra lección de poesía.
-Puedo encontrar cualquier libro que puedas imaginar. Quería mostrarte que la búsqueda de un libro a veces es como la búsqueda de un poema. Pero terminarás por hallar los versos absolutos. Yo los leí una vez. No volví a escribir una sola línea. Nada se puede escribir ya que no contengan esos versos. No los leas si crees poder crear algo de valor. Léelos si no pretendes crear versos que te sobrevivan.
Descubrimos en el cartapacio algunas declaraciones recogidas por Rómulo de algunos de sus amigos:
Milton: Intento, con mis palabras, trascender el mundo de las palabras y adentrarme en el de las imágenes, en el de los arquetipos, que no haya obstáculos a mi expresión. Anhelo transmitir la Idea pura, la sensación, sin el eufemismo de la palabra, sin la simbología que impone el lenguaje, el sentimiento descarnado, singular. Acaso no sea otra cosa que hacer a los demás partícipes de la verdad, que es la esencia de todo objeto y todo acto. Acaso no encuentre otra forma de mostrarlo que viviendo.
El ámbar corre por la garganta del héroe poeta, abrasando entrañas, regando con fuego las semillas de la intuición, que germinan buscando la Idea, rugiendo en su interior ¡Vamos!¡En pie!¡Surge!¡Escucha!/¡Escucha!¡Despierta! Rompe tus cadenas: sé. Y la Idea, presta, implacable, emerge del saco infinito, del caos, toma cuerpo y se desvanece en palabras que jamás podrán emular esa naturaleza mental, extraída por el ámbar y surgida del caos.
-Tú ya relegaste a lo imposible la tarea de hallar esas palabras que te sobrevivan.- héroe poeta a héroe lector-, siempre perdido en esa nada tuya de la que no te evadirás.
El sillón acoge con crujidos pasionales la inquietud del héroe lector, héroe de la nada, paradoja del lector, que debería sentirse cómodo en un mundo infinito de lecturas inagotables, en ese infinito de Aristóteles que no es aquel tras el cual no hay nada, sino tras el cual siempre hay algo más. La música, Into the lens, hiende el aire. La Idea se gesta.
-Podemos iniciar la conversación cíclica, pero te advierto que regresaremos siempre al punto de partida. La única posibilidad de creación es la nada, al menos desde nuestra perspectiva causal de la naturaleza. Es por eso que debe existir un inicio para todo. La obra se gesta desde la ignorancia, desde la extrema inocencia. Crear desde el infinito es tan sólo combinar de forma inédita, jugar con el orden de los elementos, tierra por aire, aire por fuego, fuego por agua, y por cuarzo, y por mica y por feldespato.
-El concepto de la nada, Rómulo, es tan abstracto como el del infinito. Elegir un extremo u otro para crear no alterará el resultado, ya sea el poema, el cuadro o la novela en cuestión, pues son tan sólo medios diferentes para alcanzar la misma solución. Crear es luchar cuerpo a cuerpo con la muerte, al borde del abismo. Y me es igual que la solución provenga del infinito o de la nada. La cuestión es vencer a la muerte. ¿Cómo? Tomando la palabra de los que temen. La poesía no es sino hablar con la voz de los que callan. Sin embargo, sería extraordinario no escribir una sola palabra y que todos entendieran...
-Que la vida es sueño y los sueños, sueños son, Milton, Rómulo, tú y yo. Escúchame ahora Milton, pues he de contarte lo que me ha ocurrido hoy.
Y Rómulo crea con la palabra imágenes en Milton, cuya lírica se detiene un momento a inspirar perfumes nuevos, A foggy day, Punta umbría, y se siente arrastrar por la narración de Rómulo, que no se detiene, que indaga las causas que le han conducido hasta la situación que ahora vive, mientras la luz reverbera sobre las copas ahítas de vacío. Milton es capaz de ver el Libro, a Emery Blanchard y a Severo Martínez. Rómulo se sabe trasgrediendo una de las normas impuestas. No le da importancia. Ellos no le comunicaron que fueran a seguirle.
-Sospecho que Emery Blanchard ha alcanzado los versos absolutos y tal vez algo más que eso- héroe poeta a héroe lector.
-Tuve esa sensación desde que tuve el libro entre mis manos.
-¿Lo tienes ahí?
-Claro.
Rómulo extrae el libro del bolsillo de la chaqueta y se lo muestra a Milton. Cuando éste va a tomarlo entre sus manos a Rómulo se le ocurre la siguiente idea. Si se lo diese a Milton, ¿aparecería de nuevo el libro en blanco? El temor a esa respuesta en Rómulo es monstruoso. No se siente capaz de comprobar la respuesta.
-No lo abras, por favor.
Demasiado tarde. Milton ha abierto el libro.
Pedro Garrido Vega.
lunes, mayo 01, 2006
El Viaje, Capítulo IV. Este cruel cabaret de frustraciones (1 de 3)
Matrimonio.
Matrimonio vacío, con sabor a fiasco.
Silenciosas mesillas sin patrimonio.
En una sala mortuoria al ocaso
En un paritorio,
Se cimientan las bases del fracaso.
A cada triste paso que doy
Él da el contrario, cambia la cadencia.
Mi alma es bella y hermosa hoy,
La suya es una vida simple, sin incidencias.
Incompatibilidad del ser y el estoy:
María y Jorge, la fea y la bestia.
Hoy viajo, viajo, sin placer
En un pájaro metálico
Que surca un rojo atardecer.
Viajo y lloro y sufro sin pánico
Por el mal que hice, que haré
Al que amo y odio: inmundo ser fálico.
A mi alrededor, desconocidos de cera
A los que servir sobres individuales
De comida, de bebida, de males.
Compañera nueva, belleza hueca:
El mundo entero se abre en canales
Ante el contorno de sus caderas.
Imagino lápidas y nichos de sodio
Donde enterrarte, alma,
Donde enterrarte, demonio.
Oh, monstruo cuatricéfalo con canas:
Carlosjorgelenantonio,
Perdición de mi sexo sin cama.
¿Y yo? Quinto elemento
Elemento de discordia de animales
Vida aburrida, narcótico aliento
De noches en vela, deseando males
Al lado de la bestia panzuda lamento
No arrancar con mi mente sus genitales
Primer elemento: Carlos Fuego.
Imbécil, ególatra, saco, manta de
Trajes caros y machismo en juego.
Basura yuppie sorbiendo chaite latte,
Mente cargada de vanos conceptos.
Destructor de mundos, Azazel de la tarde.
Segundo elemento: Elena Agua.
Estúpido montón de curvas muertas,
Con el piloto automático en sus enaguas,
Con el radar en cero en busca de presas.
Colonoscopia sin anestesia, lluvia sin paraguas.
Ruina de Troya, mamporrera de Paris, Eva.
Tercer elemento: Jorge Aire.
Típico varón de hispana referencia:
Holacariñoquehaydecena, envuelto en caries.
Bufquedetrabajohoyenlaagencia.
Carne, carnero, cornudo signo de Aries.
Conversor casero de entropía, La Bestia.
Cuarto elemento: Antonio Tierra.
Pastoril mitema sembrando el secano mar,
Inteligente músculo enamorado de quimeras.
Cliché hispano, casi un titular:
Desafortunado se enamora de un poema.
Canalizador de mi desgracia, Adán.
Quinto elemento: María Sombra.
Clave que sujeta el arco de la mansión.
Mente poderosa que soporta
Un envoltorio feo, estriado, velludo y simplón.
Inteligencia frustrante que se enamora.
Ruina del universo, Absalón.
Juntos siempre, los cuatro mitemas
Básicos más el quinto elemento,
Más el humo que los cubre con pereza,
Y que los maldice en sueños,
Y que reirá con fuerza,
Cuando los vea muertos.
¡Muertos! ¡Condena! ¡Muertos! ¡Condena!
Rostros enterrados en la arena,
Cadáveres hinchados que se alimentan
De su propia y repugnante alacena.
Mutantes lentos que se merecen la cuarentena,
El desenlace fatal que al final les espera.
Cayetano Gea Martín
Matrimonio vacío, con sabor a fiasco.
Silenciosas mesillas sin patrimonio.
En una sala mortuoria al ocaso
En un paritorio,
Se cimientan las bases del fracaso.
A cada triste paso que doy
Él da el contrario, cambia la cadencia.
Mi alma es bella y hermosa hoy,
La suya es una vida simple, sin incidencias.
Incompatibilidad del ser y el estoy:
María y Jorge, la fea y la bestia.
Hoy viajo, viajo, sin placer
En un pájaro metálico
Que surca un rojo atardecer.
Viajo y lloro y sufro sin pánico
Por el mal que hice, que haré
Al que amo y odio: inmundo ser fálico.
A mi alrededor, desconocidos de cera
A los que servir sobres individuales
De comida, de bebida, de males.
Compañera nueva, belleza hueca:
El mundo entero se abre en canales
Ante el contorno de sus caderas.
Imagino lápidas y nichos de sodio
Donde enterrarte, alma,
Donde enterrarte, demonio.
Oh, monstruo cuatricéfalo con canas:
Carlosjorgelenantonio,
Perdición de mi sexo sin cama.
¿Y yo? Quinto elemento
Elemento de discordia de animales
Vida aburrida, narcótico aliento
De noches en vela, deseando males
Al lado de la bestia panzuda lamento
No arrancar con mi mente sus genitales
Primer elemento: Carlos Fuego.
Imbécil, ególatra, saco, manta de
Trajes caros y machismo en juego.
Basura yuppie sorbiendo chaite latte,
Mente cargada de vanos conceptos.
Destructor de mundos, Azazel de la tarde.
Segundo elemento: Elena Agua.
Estúpido montón de curvas muertas,
Con el piloto automático en sus enaguas,
Con el radar en cero en busca de presas.
Colonoscopia sin anestesia, lluvia sin paraguas.
Ruina de Troya, mamporrera de Paris, Eva.
Tercer elemento: Jorge Aire.
Típico varón de hispana referencia:
Holacariñoquehaydecena, envuelto en caries.
Bufquedetrabajohoyenlaagencia.
Carne, carnero, cornudo signo de Aries.
Conversor casero de entropía, La Bestia.
Cuarto elemento: Antonio Tierra.
Pastoril mitema sembrando el secano mar,
Inteligente músculo enamorado de quimeras.
Cliché hispano, casi un titular:
Desafortunado se enamora de un poema.
Canalizador de mi desgracia, Adán.
Quinto elemento: María Sombra.
Clave que sujeta el arco de la mansión.
Mente poderosa que soporta
Un envoltorio feo, estriado, velludo y simplón.
Inteligencia frustrante que se enamora.
Ruina del universo, Absalón.
Juntos siempre, los cuatro mitemas
Básicos más el quinto elemento,
Más el humo que los cubre con pereza,
Y que los maldice en sueños,
Y que reirá con fuerza,
Cuando los vea muertos.
¡Muertos! ¡Condena! ¡Muertos! ¡Condena!
Rostros enterrados en la arena,
Cadáveres hinchados que se alimentan
De su propia y repugnante alacena.
Mutantes lentos que se merecen la cuarentena,
El desenlace fatal que al final les espera.
Cayetano Gea Martín
Suscribirse a:
Entradas (Atom)