lunes, diciembre 31, 2007

Adolfo Bioy Casares - Diario de la guerra del cerdo


Alianza Editorial
250 páginas
Formato Bolsillo
7,50 €

Hacía mucho que no volvía al cálido abrazo que suponen las letras de Don Adolfo, ese enorme escritor que, a pesar de haber escrito el cuento perfecto (En memoria de Paulina) o la novela corta perfecta (La invención de Morel), siempre ha estado injustamente a la sombra de Borges.

Este libro en cuestión me ha sorprendido bastante. Como me pasa siempre con el bueno de Bioy, las primeras veinte páginas se me hicieron algo cuesta arriba. Después, vinieron las doscientas restantes en un solo día.

La premisa me ha apasionado: un grupo de amigos en torno a los sesenta años, que aún se siguen autodenominando “los muchachos”, siendo uno de ellos el protagonista, caen en una caza de brujas por parte de los jóvenes de Buenos Aires, los cuales, por motivos que no parecen responder a un móvil concreto, comienzan a cazar y matar ancianos, en lo que ellos mismos denominan “la guerra a los cerdos”.

Isidro Vidal, un hombre que se encuentra en la frontera entre la madurez y la vejez, y que vive en un incómodo apartamento del lumpen bonaerense, contempla asustado cómo sus amigos, algo mayores que él, van muriendo uno a uno. Y él, persona derrotada, divorciado, con un hijo que lo desprecia, se debate entre hacer algo o dejarse llevar por su carácter débil hacia la entropía.

En el horizonte, una relación imposible, de ésas que tanto gustan a los autores hispanoamericanos; sentimientos no resueltos de un hombre, Vidal, que sigue siendo un adolescente emocional, y que ahora, en el otoño de su vida, se valora menos que nunca.

Este libro es una impresionante alegoría sobre la soledad y la vejez, sobre cómo se siente una persona cuando deja de importar para el mundo, cuando te atienden mal en la panadería, cuando ya no puedes mirar a las mujeres sin que piensen en ti como un viejo verde. En resumen, la repulsión e incomprensión que siente la sociedad por las personas mayores.

Con este libro, Bioy sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: deconstruir la sociedad, con su elaborada sociología de ficción. Bioy, mucho más cotidiano y mundano que Borges, ofrece en esta novela, como siempre, todo lo que una novela puede contener: amor, horror, belleza, ficción, laxitud, alegría y pena; en mundo parecido al nuestro, pero que se rige por principios diferentes, alterados.
¿Qué más se puede pedir?


Cayetano Gea Martín

viernes, diciembre 28, 2007

Frikismo musical


Hoy el comentario es muy breve, pero a la vez, aclaratorio. Hora de definirse, niñas y niños.
Gamma Ray, la banda con la cual conocí en mi adolescencia el mundo del metal para ya no apearme de él, ha sacado un nuevo disco, curiosamente, la continuación de aquel disco que a la gente de mi grupo nos abrió los ojos (¿verdad, Pedro?).

Podría decir que he evolucionado musicalmente desde entonces, que mi espectro es ahora infinitamente más amplio, pero eso, supongo, debería ser algo obvio para gente que, como nosotros, necesitamos constantemente la sorpresa, el cambio, lo que los anglosajones llaman “sense of wondering”.

Y eso fue exactamente lo que provocó en su día el disco de marras, hace ya la friolera de trece años.

Será por eso que dicen que no evolucionamos realmente. Porque, ¿qué puedo encontrar en este disco que no conozca ya de antemano? Nada nuevo. Metal puro y duro, sin concesiones. Eso sí, es casi tan bueno como su predecesor (¡sí, Pedro, sí!), y me ha hecho sentir con quince añitos de nuevo, revivir las emociones y los colores de antaño, cuando todo parecía nuevo y hecho para mí.
Y eso no está mal, ¿verdad?

Cayetano Gea Martín

Gamma Ray - Land of the Free II
Kai Hansen: vocals, guitars
Henjo Richter: guitars, keyboards
Dirk Schlächter: bass
Daniel Zimmermann: drums


Vídeo de Into the Storm

jueves, diciembre 27, 2007

Tierra Baldía


El refugio, día 2

Es curioso cómo el hombre se habitúa y se amolda a cualquier tipo de situación. Desconozco de otra criatura que sea capaz de hacer lo mismo y de vivir con este marcado carácter gregario que, quizá, sea la clave de nuestra capacidad de supervivencia.

En el refugio somos trece personas, siete mujeres y seis hombres. Originalmente éramos catorce, pero hace una semana murió Karl, el mayor de nosotros. Nunca hubo o no lo recordamos nadie más aquí. Crecimos solos, sin padres, como los niños perdidos de Nunca Jamás. Y en parte, este lugar es eso. Pero también teníamos un Peter Pan, y ése era Karl. Él nos enseñó las normas básicas de cualquier sociedad civilizada, la educación, la lectura, el estudio, el trabajo, el desarrollo sexual. Aprendimos que antaño hubo gente que poblaba el mundo exterior, gente que vivía ahí fuera, en el Desierto-Que-Antes-No-Lo-Era, en la tierra baldía.

Afortunadamente, para mí al menos, el refugio contiene toda la información necesaria que podamos desear, tanto visual como auditiva. Gracias a eso, pude leer y convertirme en una persona cultivada y de refinados gustos. Aprendí (y lo sigo haciendo) mucho sobre el pasado, aunque no hay nada sobre el Apocalipsis que mandó a la humanidad a la papelera.

Inciso: Es curioso, utilizo palabras tales como papelera, barco, naufragio, templo, verdor u oso polar sin haber visto nunca nada de eso, salvo en los vídeos de que disponemos.

Los otros, el resto de los niños perdidos, no comparten mi gusto por la cultura y el conocimiento, salvo, y no del todo, Esmeralda. Los demás prefieren hacer ejercicio o hablar entre ellos. En un universo con tanto tiempo libre, dejas de preocuparte por él. Las actitudes se vuelven erráticas y laxas, como la de los ancianos que eran encerrados por sus hijos en lugares aclimatados para que no molestasen, como si la edad fuera algo contagioso y no lo que realmente es: una semilla pútrida que anida en nuestro pecho, esperando brotar.

Ah, mi mente no es capaz de darle sentido y coherencia a lo que escribo, y así voy saltando sin orden ni concierto de un tema a otro según los voy recordando. Se me olvidaba decir que, en efecto, somos trece personas aquí y que, por desgracia, no seremos más, ya que la radiación, a pesar de encontrarnos aislados, hace mella en nuestros cuerpos. Como consecuencia, somos impotentes y estériles, además de envejecer mucho más rápido de lo normal. Sabemos que antes de la hecatombe las personas eran capaces de alcanzar edades que ahora se nos antojan de ciencia-ficción. Por lo que he podido ver, yo debo de tener el aspecto que tenían los hombres de unos sesenta años.

Tampoco, y quizá como consecuencia de no poseer apetito sexual, tenemos unos sentimientos muy fuertes hacia los demás. Esto lo pude comprobar tras la muerte de Karl. Nos entristeció, sin duda, pero no alteró nuestra rutina diaria. Yo mismo he de confesar que a duras penas soy capaz de sentir algún tipo de sentimiento por alguien de aquí, salvo indiferencia. No sé qué es el amor. Veo en alguna película antigua o leo en algún ajado volumen cómo quien más quien menos tiene a alguien de quien preocuparse, llegando hasta el extremo de dar su vida por amor. Claro que, a falta de una fuente fidedigna, puede ser que eso solamente ocurriera en la ficción. Quizá era como a las personas les gustaba verse reflejadas. ¿Puede ser que volcaran todos sus deseos en el arte? El ser humano es una criatura compleja e incompleta. Por mi parte, lo más cercano a amar a alguien que poseo es a Esmeralda. Es una persona curiosa y desconcertante, hecho que me encanta. El resto de los moradores del refugio poseen una especie de mente colmena. Ella brilla con luz propia.

El cansancio atenaza mi mente y mi atención divaga hacia las paredes tachonadas de fotografías y recortes de prensa de mi habitación. Creo que lo voy a dejar por hoy. Quizá mañana, en vez de escribir, podría revisar lo escrito e intentar dotarlo de algo más de estructura, no sé. Me voy a cenar y después a dormir el sueño de los justos, ya que eso es lo que somos, justos. Es como si el hombre hubiera sido por fin capaz de erradicar el pecado, aunque para ello tuviera que desaparecer el mismo de este plano de la existencia.


Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 25, 2007

¡450!

Pues eso.
Que ya llevamos 450 entradas (bueno, con esta, 451) en este, vuestro blog... Han sido cuatro años increíbles donde nosotros dos (y algún que otro colaborador fortuito como Nacho o Javi) hemos podido dar rienda suelta a nuestros escritos y disparates, algo que nos ha resultado siempre muy placentero y gratificante...

Estamos preparando algo especial para cuando alcancemos la simbólica cifra de 500 entradas, algo que os implicará a los que nos leéis... Y no puedo revelar más, no, no me tiréis de la lengua...

Besos y abrazos y muchísimas gracias por estar ahí...

Pedro Garrido Vega
Cayetano Gea Martín

sábado, diciembre 22, 2007

Vacío.

Acude desde hace tres meses a aquella ventana. Es de noche y apenas hay una o dos personas caminando por la calle con paso rápido. La ventana está iluminada y tras ella se balancea la sombra, que se acerca y se aleja sin prestar cuidado a lo que ocurre fuera. Él la observa silencioso, sentado en un banco. La sombra baila, se contonea, quiere asomarse pero de nuevo se aleja. Cada una de esas aproximaciones a la ventana es una nueva esperanza, que inmediatamente se difumina, cuando la ve de nuevo alejarse. Es un sexto piso. La luz es muy blanca y la sombra muy oscura. Él espera a reunirse con ella en algún momento. No tiene valor para subir y prometer no sabe qué ni proponer no sé qué insólitas explicaciones. La ventana se abre y la sombra, menuda al principio, se hace más grande. Se acerca, se acerca, piensa él, mientras la sombra crece, crece, se acerca, se acerca y ¡plaf! Por fin juntos.

viernes, diciembre 21, 2007

Besugos


Claro que te entiendo, vamos a ver, es que parece que me estás llamando algo que yo no soy, joder, ¿vale?; que a mí a comprensivo, cariñoso, simpático, agradable, atractivo, interesante, bondadoso y modesto no me gana nadie, ¿estamos o no estamos, tronco?; es que a veces parece como que estoy hablando con una pared, hombre, y eso no puede ser o no debe ser, elige tú el verbo modal que más rabia te de, aunque no sé si se puede decir en español lo de verbo modal, que estoy ya tan contaminado con el puto inglés que se me olvida mi propio idioma, la hostia; como me dijo el otro día ese que viene por aquí y que, sí, ya sabes de quién te hablo, sí, el de los cafés y las frases tremendas, ese tío, sí, pues me dijo el colega que al inglés le pasa como a los Beatles, que está sobrevalorado, ja, ja; no me dirás que la frase no es buena, macho, no lo puedes negar, oye, que estás hablando conmigo, ¿vale?, no con esos otros que pululan por estas cuatro paredes de garito, de garito de guiris, ja, un guirito, vaya, si se me permite acuñar el término, y sí, tío, acabo de leerme lo que me dejaste, ya sabes, el libro ese sobre la educación y no puedo estar más de acuerdo contigo, aunque me joda y me cueste, que dar mi brazo a torcer no te voy a negar que me resulte fácil, ojo, pero lo intento todo lo que puedo, que uno procura no encabezonarse en demasía y mostrar cierta empatía, que el pluralismo es básico en este siglo nuestro de las luces, o por lo menos deberían serlo, como luces, pocas, tiene la rubia de la barra, ¿te has fijado?, vaya, si es que no puedo estarme quieto, ya lo sé, que debería ser capaz de controlarme, pero es que veo a una de ese tipo y, buf, son mi debilidad, como las tuyas son jugar al rol y masturbarte como un mono en celo, así que permíteme sin me quedo con las mías, amigo mío, que las tuyas me resultan patéticas y simplistas, aunque oye, que lo entiendo, ¿eh?, que el que nace feo pues no le queda otra que hacerse friki, claro, que se le va a hacer, jajaja, pero, vamos, que lo comprendo y que en todo caso lo que me despiertas es lástima, que también soy compasivo, que me lo dejé colgando de la lista anterior, cachis la mar.

Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 18, 2007

Tierra baldía

El refugio, día 1

Desde mi retiro espiritual escribo estas líneas. Fútil es decir cuál, ya que a estas alturas, solamente debe quedar uno. El resto del orbe terrestre es una vasta extensión de tierras baldías, animales mutados y los espectros de los miles de millones de seres vivos muertos, cuyas improntas grabadas en la arena se manifiestan de vez en cuando. Se diría, si aún tuviera sentido del humor o ironía, que las almas también padecen el efecto invernadero y son, por ende, incapaces de trascender este plano de la existencia.

¿Quién podría recordar cómo comenzó todo? Difícil resulta saberlo. En un mundo sin que nadie registre nada, sin ningún medio posible de grabación, salvó, quizá, estas pocas hojas de papel que poseo y que, en un mundo sin árboles, arroz o piel de animal, resultan más valiosas que la vida de muchos hombres; la única transmisión viable de conocimientos es la oral, y, lamentablemente, quedamos tan pocos… Pero aún así acometo la tarea de dar cuenta escrita sobre todo lo que pueda o recuerde, ya sea para provecho de alguna improbable generación venidera o para hacer algo de provecho en mis veinticuatro horas diarias de tiempo libre.

Así pues, ¿cuándo ocurrió el cataclismo que exterminó a dos terceras partes de la raza humana de un coletazo y al tercio restante en los años siguientes casi al completo? Ah, no queda nadie en el planeta que sea capaz de responder esa pregunta. Aunque existen todavía, quizá, doscientos seres humanos, y yo haya podido ver, a lo largo de mi existencia aquí, un total de doce personas, no queda nadie lo suficientemente anciano para ello. Todos los que vivimos hoy nacimos varias décadas después del Apocalipsis.

Lo que sí sabemos, aunque escuetamente, es qué fue lo que pasó: las sucesivas detonaciones y el consiguiente invierno nuclear. Aunque a veces deseo no saberlo y haber nacido con la idea de que siempre fue así el mundo. La memoria de una tierra verde y de un aire no contaminado de radiación resuena por los pasillos de este retiro como ecos legendarios de tiempos pretéritos.

El refugio es un lugar agradable y bien protegido. Construido los dioses saben hace cuánto para proteger a los mandatarios de un conglomerado de naciones llamado Europa de un posible ataque nuclear. Algunos dicen que somos los descendientes de aquellos hombres y mujeres, y que los humanos que quedan vivos y con salud provienen de otros refugios similares a éste. Puede ser, quién sabe. Nunca he abandonado este lugar. Desconozco de la existencia de otros lugares parecidos, o de otras opciones de supervivencia posibles. El mundo es una roca seca sin sentido, como tantas otras en el cosmos. No somos más que parásitos a la deriva en un barco que ya hace tiempo naufragó.

Estoy cansado. Mi cerebro requiere de sueño y de alimento. Escribir es una ardua tarea a la cual no estoy acostumbrado. Pero sigo firmemente decidido a llevar un diario hasta que me llegue la muerte, la cual, calculo, ya no tardará demasiado en llegar. Ayer cumplí cuarenta y cinco años.


Cayetano Gea Martín

viernes, diciembre 14, 2007

?

Hoy no se me ocurre nada, así que cuelgo unas frases de un amigo llamado José Luis, azote de los necios y tertuliano de eterno café. Hala, buen finde:

Dios ha muerto, Nietzsche también, y yo no me encuentro muy bien.

A la lengua inglesa le pasa lo que a los Beatles: está sobrevalorada.

En estos tiempos todo es integral, hasta los idiotas.

José Luis Raposo Coedo

lunes, diciembre 10, 2007

Presentes

Incienso, panegírico de la transubstanciación, oblea del daño inminente, para el niño que perdió su visión de infante ante el trono de un dios cruel capaz de dejar a su hijo morir por darnos una lección.

Mirra, panacea de la inutilidad, placebo del engaño para el padre cornudo que, por no enfadar al jefe, tuvo que comulgar con ruedas de molino y tragarse la trola de que su mujer follara con una paloma.

Oro, soborno del alma, muerte del clítoris, para la madre virgen que espantará las moscas de su hijo muerto con sus dedos incapaces de amarse a sí mismos, condenada a condenar a las mujeres del mañana a una vida de servidumbre.


Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 04, 2007

Herman Hesse - El lobo estepario


El lobo estepario
Hermann Hesse
Alianza Editorial
Formato Bolsillo
248 páginas
Precio: 7,50 €

Con miedo me he vuelto a asomar a este libro, con el miedo que da el habérmelo leído hace tres años y el no haber encontrado en él lo que la gente le ve. Afortunadamente, esta vez no ha sido así. Lo cierto es que el libro de marras me ha fascinado.

Harry Haller, un solitario hombre maduro, que vive rodeado de libros, intenta compaginar en su interior dos almas. La primera, la de ser humano, es altamente ética, moralista y refinada. La otra, la de lobo estepario, refleja su lado animal, su odio por la sociedad burguesa y sus valores decadentes. Harry es el prototipo del intelectual artístico, incapaz de entender el mundo que le rodea, atrapado en un mutismo voluntario y empecinado. No comprende cómo Goethe y Mozart han dado paso a la literatura pastiche y a la música Jazz. Aislado así de la sociedad, se compromete a poner fin a su vida cuando cumpla la simbólica cifra de cincuenta años.

El estilo del libro es del que más me ha gustado siempre: conciso y claro, diciendo mucho con palabras sencillas. El libro es un compendio de prácticamente todo, es uno de esos manuscritos a los que me gusta definir de totales: todo cabe en él, y además, bien, de eso que lees y te da envidia sana la facilidad con la que el autor da en el clavo sin aparente esfuerzo y sin tener que recurrir a un lenguaje recargado, con abuso adjetival (es decir, como el mío, por desgracia).

El libro comienza lento, desgranando el personaje con calma y desde varios puntos de vista, para acabar con la aparición femenina, símbolo de la redención (aunque no es un símbolo tan obvio como se pueda creer en un principio), y en un teatro de lo absurdo, donde el realismo mágico y la sociología de ficción se dan la mano.

Lo mejor del libro, técnica aparte, es, para mí, el haberme visto reflejado en muchos momentos del mismo. Por que ¿quién no se ha sentido alguna vez un marginado de su propio tiempo? A veces, solamente necesitamos que alguien nos abra los ojos y nos diga, ‘Oye, tú, que puedes tener un cerebro y unas ideas muy grandes sobre la vida y todo eso, pero también tienes que aprender a reírte, a pasarlo bien, a vivir con tantas musas en tu coco y a hacer algo productivo de ellas”. Y esa es la clave del libro, a mi entender: el humorismo (que no el humor), como una sabiduría superior para poder canalizar todo lo que llevamos dentro. Mozart no paraba de reírse, Harry no, y deberá reconocer que lo que sabe no es suficiente ni es lo más válido.

En resumen, no os lo recomiendo, si no que os insto a leerlo. ¿Nunca os habéis sentido incapaces de enfocar vuestras respectivas habilidades innatas porque ellas os han alejado de la sociedad? Aquí tenéis un manual del escapismo y la esperanza más pesimista que podréis encontrar. Psicología de la buena, no de panfleto de consulta a lo Bucay y otras sandeces de aprovechados que, parafraseando a Marga, no han sabido entender a los clásicos.

Saludos, lobos esteparios.


Cayetano Gea Martín

viernes, noviembre 30, 2007

El señor bajito y viejo


Hoy he dejado salir de su prisión de carne y hueso a ese señor bajito, a modo de duendecillo ibérico, que anida en mi pecho. Es un viejo insoportable, de muy mal carácter y pronto destructivo (¿o era destructor?). Le tiene asco y odio a todo lo que huela a juventud, a frescura. Es huraño, rencoroso y se parece a mí. O a una versión alternativa, como si me hubiera zambullido en un cómic y hubiera extraído desde el fondo de su cuatricomía al típico clon gemelo malvado del futuro de una dimensión paralela del superhéroe de turno. Salvo que él no es clavado a mí, si no, como ya he dicho, pequeño y viejo, como un Mini-Yo arrugado y feo.

El por qué de mi decisión de sacarle a la calle ha respondido a la necesidad de librarme de él por un tiempo, ya que no para siempre. En esto también se parece a los villanos de los tebeos, cuyas derrotas son temporales y al final acaban volviendo siempre. Tampoco es posible convivir con él, lo que sería lógico, y siento que si le dejo hacer o deshacer a su antojo, absorberá todo lo que tengo y lo que soy. O lo que puedo llegar a ser si él me lo permite.

Así que he bajado junto a él los escalones de mi hogar y he dejado que se explaye a gusto fuera de mí. Es como sacar al perro a cagar, aunque yo procuro que él no lo haga a la vista de nadie. Me he sentado con él en el frío césped de invierno, a templar su carne arrugada al ritmo de un sol que no existe. Y cuando el ha considerado que los hados son propicios, ha decidido comenzar a hablar. Su voz ha surgido ronca y quebrada, ridículamente aguda. La frase es siempre la misma, siempre certera y rotunda en su perfecta monotonía armónica: “¿Por qué me has abandonado?” Y como siempre, no he tenido respuesta.

Cayetano Gea Martín


Todos llevamos un viejo encima.
Joan Manuel Serrat


jueves, noviembre 29, 2007

8.El comercio.

No es cierto que el señor que viste un impoluto traje de Versace sea tan sólo consciente del deseo de muerte del tiempo, que no es deseo, como ya hemos dejado claro, aunque no deja de ser un acto homicida que el tiempo, con un simple frenazo en seco podría evitar. El gran Hom(br)icida arrastra a su alrededor a una bandada gigantesca de buitres que revolotean buscando cuerpos inertes con los que comerciar. Por eso cada vez que el hombre de los Martinelli de piel pasa junto a la funeraria que se encuentra de camino al trabajo (abierta las 24 horas del día, porque los vivos solemos tener la fea costumbre de no avisar cuándo nos vamos a convertir en muertos, salvo honrosas excepciones que deberían entrar en el paraíso por la puerta grande) se detiene unos instantes y una idea dicotómica se instala en su mente: ¿querrá realmente el dueño de la funeraria que yo muera? ¿o será tan sólo un deseo abstracto e indiferente? Y si estoy en lo cierto con esta segunda suposición, ¿qué es moralmente más reprobable, desear la muerte de un solo sujeto, desearle una muerte agónica, sincera y despiadada, o desear una muerte universal, absoluta, insensible y despersonalizada, dirigida a todos y a nadie en particular? Cada vez que se detiene junto a la funeraria echa un vistazo al interior y se repite la misma pregunta sin solución. Jamás se ha planteado la posibilidad de que el dueño de la funeraria no quiera que muera nadie, ¿cómo viviría entonces? Sin clientes no habría negocio, sin negocio no habría dinero, sin dinero no habría comida y sin comida no habría vida, por lo que otros finalmente se ocuparían de su cuerpo. Por suerte para el dueño de la funeraria la muerte es inevitable. Aunque todo depende de si el dueño de la funeraria se mira a sí mismo como dueño de la funeraria o como futuro cliente de la misma. Porque ¿será el dueño de la funeraria cliente de su propia empresa algún día o preferirá que se ocupen otros de él? El panadero habitualmente consume el pan que él mismo fabrica, del mismo modo que el carpintero suele diseñar las estanterías de su propia casa. Por tanto, ¿preparará el dueño de la funeraria su propia muerte? Ataúd de roble, dos coronas y lápida con epitafio conciso: Perdone señora que no me levante o Aquí yace XXX XXXXX quien a lo largo de su vida llegó, vio y fue siempre vencido tanto por los enemigos como por las naves enemigas o el inconmensurable Aquí yace XXX XXXXX, para él nada fue difícil, excepto el amor, ¡por eso amó tanto a las mujeres fáciles! ¿hará uso del cuarteto de cuerda?¿querrá que le envuelvan en bandera alguna?¿o tal vez le incinerarán? Una pequeña urna y vaciar las cenizas en las islas Mauricio donde se escapó con su mujer cuando aún un beso era un suceso conspicuo, un acto de atención activa y no el gesto banal y rutinario en el que se ha convertido. La mente del señor del traje Versace bulle de ideas y preguntas, muchas sin respuesta.
Cuando pasa junto a la funeraria mira hacia el interior. Hay un revuelo anormal. El hombre mira hacia el otro lado de la calle. Hay una ambulancia y un coche de policía. Mira de nuevo hacia el interior. El dueño de la funeraria yace sobre el suelo, inerte. Los servicios de urgencias salen despacio. No hay nada que hacer.
-Anda, que morirse en una funeraria.
-Al menos era su funeraria, la cosa queda en casa. Y los costes le van a salir gratis.
-Qué va. El hombre no quería un entierro organizado por su funeraria. Me ha dicho la mujer que él era donante de órganos y que lo que sobre, que lo estudie la ciencia.

miércoles, noviembre 28, 2007

Si alguna vez

Si alguna vez me diera por alzar las manos
Vería que las nubes no tiñen de blanco los tejados
Si no del color triste de la piel de los ancianos
Del polvo marrón que contiene manuscritos ajados

Si alguna vez codiciara otros caminos y azares
Encontraría muros, alambradas y fronteras
En vez de sendas abiertas y horizontes polares
Que se extinguen en el humo de negras quimeras

Si alguna vez, maldita sea, creyera en un Dios
En energía cósmica, o en la ciencia pagana
Si durante medio segundo, o un latido, o dos

Si alguna vez alcanzara el cielo o el Nirvana
O lo que cojones hallen los hombres sabios
Quizá sería feliz, y tan ignorante como el resto
Cayetano Gea Martín

viernes, noviembre 23, 2007

Un Babel de veinticinco

A petición de un buen amigo, me he animado a hacer esta especie de “Top 25” personal y literario. Lo cierto es que lo empecé muy rápido y al final tuve que estrujarme el coco ante una lista que, de haberme dejado llevar, hubiera llegado a cien volúmenes y pico. El orden no significa preferencia alguna, es a bote pronto, salvo el primero, por supuesto ;)

Espero comentarios al respecto, que conste…


Miguel de Cervantes – Don Quijote de la Mancha

Dino Buzzati – El desierto de los tártaros

Mario Vargas Llosa – La tía Julia y el escribidor

Fiódor Dostoyevski – Crimen y castigo

Francisco Quevedo – Antología poética

Susana Clarke - Jonathan Strange and Mr Norrell

William Blake – Songs of Experience

Herman Hesse – El lobo estepario

Federico García Lorca – Antología poética

Paul Auster – The book of illusions

Mario Benedetti – Pedro y el capitán

Stephen King – The Dark Tower

Jorge Luis Borges – Ficciones

Elias Lönnrot – Kalevala

Eduardo Mendoza – El misterio de la cripta embrujada

Oscar Wilde – Complete Works

Adolfo Bioy Casares – La invención de Morel

John Kennedy Toole – A Confederacy of Dunces

Homero – La Odisea

Johann Goethe – Fausto

Gastón Leroux – The Phantom of the Opera

Alessandro Baricco – Seda

Dan Simmons - Hyperion

Edgar Allan Poe – Tales

Julio Cortázar – Rayuela


Cayetano Gea Martín

miércoles, noviembre 21, 2007

Marraskuu (Noviembre)

Veo caer la lluvia,
La veo golpear las cabezas rellenas de paraguas.
No como la mía,
A salvo del frío y de la tempestad,
De este maremoto de metrópoli sin sirenas;
Si acaso alguna que otra musa perdida
En mi cerebro apagado, mortecino,
Laxo y pesado, como la maicena;
Como esa sustancia blanca,
Algo tirando hacia el amarillo,
Keltainen, que se dice en finés,
Esa lengua extraña que amo y odio.
Mientras noviembre se vuelve un pastiche
De tiempos pretéritos y galaxias remotas.
Y las persianas se niegan a subir,
Tímidas y recelosas de la humedad,
Como todos:
Como todos bajo este infierno feliz
De días iguales y lobos esteparios
Que perdieron las opciones,
Aquellas que brinda la rebelión burguesa,
Bajo la intensa lluvia que sabe a hielo,
Al hielo sucio y marrón
(Ruskea)
De las primeras gotas que arrastran
Las cagadas de los pájaros,
Las colillas aplastadas,
La muerte en un puñado de polvo,
Y nuestras vidas

Cayetano Gea Martín

martes, noviembre 20, 2007

7.El tiempo.

El hombre con traje de Versace y unos excelentes Martinelli de piel tan sólo es consciente de una amenaza para su vida que no es amenaza, pero es irrevocable. El tiempo es quien supone esa amenaza, pero no de un modo activo, con ese deseo y elevación de plegarias al cielo (o al infierno, o a ambos), sino un devenir que subyace a todo lo vivo y lo supera. El tiempo es el mayor homicida de la historia, que se lo pregunten si no a los habitantes del siglo XV, o del XVI. No podrán responder porque a todos los superó el tiempo, esa maza marmórea que nos aplasta como a gusanos ínfimos.
Este hombre del traje de Versace intenta estratagemas para evadirse del continuo discurrir del tiempo y de su vida. La principal ha sido la de tornarse solipsista y esperar que ni siquiera el tiempo le afecte, que discurra para el resto, pero no para él, que se comportará como un sistema físico cerrado y dedicará un corte de mangas a la termodinámica y a esos físicos prepotentes que hablan de sistemas abiertos y procesos no reversibles. Pero es consciente de que esta estratagema es tan sólo una ilusión, que el Homicida avanza con paso implacable. Inmarcesible.
Se le ve andar cabizbajo, camino al bar, moviéndose en las cuatro dimensiones (la cuarta entra en juego gracias a la memoria), meditando....

me doblegará el tiempo y entonces no seré ya sino recuerdo, polvo, no sólo en el ataúd, sino en la pátina ligera que cubra los objetos domésticos que apenas haya usado, seré entonces los restos de mí esparcidos en páginas garrapateadas y en libros apenas surcados por un lápiz. Seré muchas cosas, pero sobre todo no seré, seré nada, nada diré, diré silencio, un silencio que no será angustioso, sino el silencio final, el sueño más profundo, el paso decisivo, la ventana abierta a lo eterno. No pensaré en ti entonces. Entretanto, tampoco te amaré, ni evocaré uno solo de nuestros fortuitos encuentros o de esos otros, deliberados, anhelados, reprimidos también, postergados. ¿De qué habrá valido la pena todo?¿Para qué amarte?¿Dónde quedarán las caricias y los besos y los te amo en la mesa de un café olvidado al que nunca volvimos? No soy más que un dromomaníaco ignaro de lo verdaderamente esencial. ¿Hay acaso algún motivo que no me incite a perderme en la desidia, a saberme carne mortal, perecedera, finita? Sólo, a veces, en raptos de una elipsis de mi vesania, el presente es capaz de ahogar esta desasosegante idea de traición a todo que supone la muerte. Es sólo entonces cuando me arrojo al verismo y la vida me vuelve a plantear los interrogantes malditos, los malditos interrogantes, ¿imaginarte o tocarte? Te imagino y te creo, te retoco, te recreo, te olvido, te reencuentro y altero tus facciones en un instante, como en un diorama, tantas veces como lo piden mis irresponsables preguntas. Pero, por otro lado yo, como máquina natural, sujeto a imperativos fisiológicos atávicos, generador de eructos y borborigmos y otros sonoros artificios corporales, ¿cómo no despreciar esa parte no leal a mí, que desarrolla su propia existencia ajena a la mía, pero que me obliga, como cadenas infames, a desear tocarte antes que imaginarte, a desear la vida en la vida y no en la muerte, a pesar de ver la vida como lampo, insignificante presencia en un fluir continuo donde no significo nada?

El hombre que viste traje de Versace sabe que el tiempo es invencible salvo catástrofe universal aunque aun así le llevaría a él por delante. Nacemos para morir, piensa, pero mientras...y se acerca a esa mujer rubia, de ojos verdes, que le mira insistentemente al otro lado de la barra, junto a la que logrará detener el tiempo durante unos instantes (los que duran una mirada, un silencio cómodo, un orgasmo), o será tan sólo una ilusión que el Homicida le permite para hacer más llevadero su transcurrir hacia el fin.
P.G.V.

miércoles, noviembre 14, 2007

Hoy


Hoy debería decirte tantas cosas, pero sin embargo dudo.

Dudo en decirte que ya no sufro por ti, por tu culpa.
Culpa, la culpa me enganchó como una droga, el sentimiento de haber sido injusta.
Injusta, la vida fue muy injusta conmigo, que me ancló a tu pecho desangelado, a la concordia triste de tus pasos.
Pasos, pasos por la vereda del tiempo que malgasté, sobreviviendo a tu lado, mi dulce condena al principio, entropía sin piedad al final.

Final. Siento que llega el final de mis sentimientos para contigo. Pasé del dolor al odio y creo que, por fin, a la indiferencia absoluta, ¿sabes?

¿Sabes acaso algo de mí? ¿Alguna vez te preocupó lo más mínimo mis tormentas, mis fueros, mi alma?

Alma, eso debe ser lo único que queda de ti ahora. Siempre fuiste todo alma. Pero alma tuya, egoísta, cínica, calculadora, vanidosa, de una inteligencia simplista, ramplona, con el no siempre en los labios.

Labios, labios azules como último recuerdo tuyo, como telón de fondo, como bis mortal.

Mortal fue el salto hacia atrás, el desengaño y mi respuesta definitiva.

Definitiva son mis resoluciones, las cuales siempre pinto de color dulce, sinestésica soy hasta la tumba.

Tumba fría, tumba amada que contemplo hoy desde mis viejos pero agradecidos párpados. Tu tumba. Por fin.

Por fin me libré de ti. Y nadie sospecha nada. Por fin has desaparecido hoy.


Cayetano Gea Martín

martes, noviembre 13, 2007

6.La venganza.

Un señor se separó de una señora de una forma un tanto desaforada. Las palabras pronunciadas por el hombre en tal trance, y que no conviene repetir aquí para no despertar remembranzas que puedan permanecer en la memoria de algún lector desengañado recientemente, se refirieron a la visible mediocridad de la relación que compartían, aparte de ciertos calificativos, evitados con escrupuloso esmero por el señor durante meses, dirigidos al aspecto físico de la señora, que los acogió con honda sorpresa y odio creciente hacia el señor. Este, tras la prolongada sarta de duras palabras, se retiró a un piso alejado del que compartía con la señora, pensando en recuperar el tiempo perdido y comenzar de nuevo. El primer día que salió de allí creyó ver a la señora en el metro. Fue tan sólo un instante pero lo creyó de veras. Después se convenció de que no era ella (dos lunares situados en su mejilla izquierda lo corroboraron). El día siguiente, al volver a casa, creyó verla de nuevo, en un coche que pasó junto a él. Creyó ver su cabellera rubia y los pendientes de aro dorados que siempre llevaba, pero unas gafas oscuras sobre su rostro le convencieron de que todo era una ilusión. A partir de entonces la vio en el supermercado, en un partido de fútbol, en la biblioteca, en un bar que solía frecuentar, en un parque repleto de niños y perros, en un bosque a cincuenta kilómetros de la ciudad, y en todos aquellos lugares que frecuentase con cierta asiduidad. Nunca era ella pero se le parecía. Siempre había algún detalle, el color de ojos, algunas mechas en su cabellera rubia, unos pendientes diferentes, una ropa poco usual, que no correspondía con lo que de ella recordaba. Siempre la veía de un modo fugaz, pero ese instante era suficiente para crear en él un desasosiego que no lograba calmar. Se sucedieron días y meses y con ellos, los encuentros fugaces entre ambos. El señor contó su problema a algunos de sus amigos, y la mayoría de ellos le respondió que cuando algunas mujeres les abandonaron y ellos estaban aún enamorados de ellas creían verlas en todas partes, bajando del autobús, de la mano de otro hombre, sentadas en un banco, charlando con una amiga, para darse cuenta al instante de que no eran ellas sino alguien que se les parecía mucho. Pensó el señor que tal vez no seamos tan diferentes como pensamos y que en realidad nos reducimos a cinco a seis tipos que se repiten sin cesar, con leves modificaciones. Pero lo que atormentaba al señor era pensar que tal vez amase a la mujer, que tal vez su ruptura fue precipitada. Debió meditarla algo más. Siguió viendo a la mujer en cualquier lugar y reprochándose a sí mismo, cada vez con más ahínco, el no haber sabido descubrir esos sentimientos antes. En estas penosas circunstancias el señor decidió hablar con la mujer y pedirle una nueva oportunidad.
La mujer le recibió con gesto serio. El señor le dijo que no podía olvidarla y que su vida era un tomento (y aquí puso especial cuidado) desde que decidió romper con ella. Que la veía en cualquier rincón de la ciudad, que no había pasado un solo día sin que no la viese en algún sitio. Que la amaba. La mujer soltó una risotada y le dijo que ella ya no le amaba, que se fuera por favor, que no quería saber nada de él, que si no podía olvidarla era su problema y que la dejase en paz, que ella ya había rehecho su vida. El señor salió cabizbajo, confundido y lamentando lo que, pensaba, ya no debe lamentarse, es decir, lo que ya se hizo. La mujer se dirigió a su dormitorio y se colocó con esmero una peluca morena y unos pendientes de aro plateados mientras ruega a alguien o tal vez a nadie, que se muera, que se muera.
Nota: relato antiguo con modificaciones.
P.G.V.

jueves, noviembre 08, 2007

Reseñas literarias: Catalinarias - Cicerón


Hace mucho (y Pedro estará de acuerdo conmigo) que no publicamos el comentario de algún libro. Hoy he decidido que quizá es tiempo de volver a esa buena costumbre que perdimos por culpa de la desidia que nos produce (por lo menos en mí) el escribir una crítica literaria. El libro que comento hoy me ha hecho volver al lío.

Desde hace unos cuatro años, Alianza Editorial viene sacando una colección excepcional sobre clásicos griegos y romanos. De forma compulsiva, me compré de una sentada siete, incluido el volumen que nos ocupa, Catilinarias.

Cicerón, cónsul de Roma (63 a.C.) tuvo que hacer frente a un intento de golpe de estado por parte del senador Catilina. Es una época convulsa, los últimos coletazos de la república, poco antes de que César rematara el sistema antiguo del imperio romano. Catilina intentó por tres veces ser cónsul, pero topó siempre con la carismática figura de Cicerón, el paradigma del político con oratoria convincente.

Marco Tulio Cicerón (106-43), natural de Arpino y de familia humilde, fue cónsul de Roma durante un periodo de cinco años. Durante este tiempo, se hizo inmensamente popular por su don de palabras, lo que le hizo salir indemne de numerosos procesos y conflictos en el senado, siendo el más famoso el alzamiento de Catilina.

Lucio Sergio Catilina, de familia acomodada y de Roma, intentó una y otra vez alzarse con el poder, lo que conseguiría Julio César apenas unos años después. Tras un fallido intento de asesinato, Cicerón fue cuando, en medio de una sesión plenaria, atacó frontalmente a Catilina, lo que se conoce como la primera catilinaria, la que comienza con la famosa frase “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (“¿Hasta cuándo vas a estar abusando, Catilina, de nuestra paciencia?”), palabras durísimas jamás pronunciadas antes en el senado. En las tres restantes catilinarias, el asedio de Cicerón continúa imperturbablemente, según avanza la trama política.

El libro posee un lenguaje ameno, visual y preciosista. Lamentablemente, al ser un texto revisado por el propio Cicerón tres años después de los acontecimientos, no se puede saber a ciencia cierta qué de veracidad hay en ellos. Así, Catilina aparece como un ser despreciable, el parangón de la maldad y la corrupción; mientras que el propio autor se dibuja como alguien virtuoso, culto y de bondad extrema.

Lo más destacado de Cicerón es que, gracias a él, el latín adquirió una profundidad léxica que no poseía hasta entonces, culturizando el idioma y haciendo que no solamente valiera para hablar, si no para cualquier tipo de pensamiento, por abstracto que fuera, equiparándose al griego. Ese ha sido el gran legado de Cicerón: convertir el latín en lo que es (o era), e indirectamente pues, a nuestro propio idioma.
Cayetano Gea Martín

miércoles, noviembre 07, 2007

Kainus



No es menor el deseo, nunca disminuye, es una mentira piadosa, como el caos de los verbos y de los genitivos, la cadencia eterna del desconsuelo que se filtra por tu salmiakki, el rumor de verde bosque de esta agua eternas, en las cuales siempre acabo buceando, y hundiéndome en ellas, con la satisfacción del deber incumplido; mientras me voy sumergiendo cada vez más profundamente, en el cenagal rotundo de este silencio finlandés.






Cayetano Gea Martín