Yo lo miro a él. Soy testigo de un fenómeno fisiológico único: John Shade percibiendo y transformando el mundo, integrándolo y desintegrándolo, reordenando sus elementos en el proceso mismo de almacenarlos para producir en una fecha no especificada un milagro orgánico, una fusión de imagen y de música, un verso.
De Pálido fuego, de Nabokov.
miércoles, enero 31, 2007
lunes, enero 29, 2007
El anciano
Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber visto siempre al anciano sentado en su silla de mimbre a los pies de mi cama. Era un viejecito decrépito, marchito, más viejo de lo que pensaba que nadie podría serlo jamás. Y me daba miedo, al principio. Después, según fui creciendo, descubrí entre sus numerosas arrugas dos ojillos tristes, velados de capilares, que me miraban con infinita ternura, y dejé de temerle.
Cuando cumplí los quince años, me empecé a sorprender de su longevidad. A los veinte, descubrí, asombrado, que éste gozaba de un aspecto más lozano que nunca, con un atisbo de color rojo en sus arrugadas mejillas.
A los treinta, ya no me cabía duda: el anciano rejuvenecía día tras día: su piel se volvía tersa, sus ojos se abrían y su espalda se ponía erecta. Gozaba de todo el aspecto de un sano abuelo de setenta años. Aún así, nunca me dirigía la palabra, aunque sus ojos me seguían mirando con un amor infinito.
Cuando cumplí los cuarenta, pude confirmar mis sospechas: el anciano no sólo se parecía a mí, o yo al él, sino que su constante rejuvenecimiento le acercaba poco a poco a mi edad. Además, a estas alturas, ya no se le podía llamar viejo, exactamente: era una madura réplica de mí, pero con veinte años más.
A los cincuenta, éramos dos hermanos gemelos.
¿Para qué seguir? Poco a poco, me iba convirtiendo en el anciano que él fue, mientras él revertía en el joven que yo fui.
Ahora, en mi vejez extrema, lo contemplo en su cuna, a punto de convertirse en una criatura nonata. Sólo parece tener unos días, quizá horas. Me da miedo que desaparezca, temo por su vida y la mía.
Hace un par de semanas que me empiezo a encontrar mejor. Y el niño no para de crecer.
Cayetano Gea Martín
jueves, enero 25, 2007
Destierro
A modo de breve introducción
Don Francisco Javier Ruiz Moreno, Javi para mí, ha consentido, mediante amenazas telefónicas, acceder a ver publicado este relato maravilloso, mandado en forma de e-mail. Su estilo, que podríamos clasificar de crisol-adjetival de cientos de miles de lecturas, denota un gusto por lo romántico y lo fantástico bastante peculiar y soberbio (en el buen sentido de la expresión).
Claro que, el abajo firmante tampoco puede ser demasiado objetivo, ya que el Señor Ruiz es, ante todo, alguien a quien admiro, una criatura lúcida en un mundo de sombras. Y un gran amigo que lo demuestra cada día y al que se hace difícil no quererle.
¡Chapó!
Cayetano Gea Martín
Destierro
Avasallado por las inclementes mareas del destino, aquí me hallo hoy, privado de la sencilla calidez de las paredes de mi hogar, del reparador descanso al que solía entregarme cuando llegadas eran estas horas, e incluso de los amables azules (corporativos) que rodearon mi nacimiento a éste, ahora, mi mundo.
Desterrado, rodeado de cruel rojo (corporativo), perdido en las inconmensurables estepas, estériles y áridas, que, cual partida de carroñeros, rodean el dulce bosque de cristal y acero por el que, hasta ayer, paseaba feliz mi ignorancia en este lugar.
En esta mi fortuita reclusión, no encuentro solaz en pensamiento alguno que no sea que los minutos avanzan, inexorables, hacia las nocturnas horas, y que la luna, siempre amiga, y en ocasiones amante, traerá consigo la ansiada recompensa de mi fugaz liberación.
Y seré libre de volver a vagar (unas veces calmado, otras ansioso, todas ellas maravillado) por entre las cálidas raíces de mi amado bosque, surcando las distancias en el vientre de su metálica progenie, hasta que, al fin, cubierta del polvo del camino mi cansada figura, regrese al hogar...
... Y no pensaré en que el sol avanza inexorable, oculto y traidor, ni en que sus crueles rayos me devolverán mañana a este triste, y rojo (corporativo), erial.
Francisco Javier Ruiz Moreno
martes, enero 23, 2007
Soneto dedicado a J.M.
Si no fuera tal la maravilla
De tus ojos tan atrevidos
Te sentaría en mis rodillas
Y jugaría con tu vestido
Porque no es el sol menos valiente
Que la luna que oculta su cara
Ni Selene es menos caliente
Por no ser tú la que me desgarra
Y el miedo triste al no ser
Al poco tiempo definido
Me aterra siempre tanto
De intentar no ver
En tu silencioso ruido
Que en mi alegría te canto
Cayetano Gea Martín
lunes, enero 22, 2007
System failure
No, no me he vuelto antipático de repente y por eso no comento nada, sino que no sé por qué pero al pasar el blog a la versión Beta se me ha descuajeringado todo, y no me deja introducir ningún comentario (sólo entradas como ésta), ni aquí ni en otro blog... Mientras soluciono (o lo intento) el jaleo éste, os digo gracias por todos vuestros comentarios...
Espero solucionar el desagisado en breve...
Un beso
Kay
Espero solucionar el desagisado en breve...
Un beso
Kay
viernes, enero 19, 2007
Pierradas X
De todas las cosas que en mi vida han acontecido, de todos los momentos terribles en los cuales me he visto incapaz, literalmente, de seguir avanzando, de todas las tentaciones de tirar la toalla (mientras nos angustiamos y procuramos fatigar nuestra mente con preguntas sin respuesta, con epicúreos arquetipos), de todos los naufragios emocionales, de todas las razones supremas que alguna vez me han hecho pensar que si hubiera Dios habría que torturalo lentamente, de todos los sucesos terribles que he sufrido a lo largo de este incierto peregrinar por este valle de lágrimas, éste que ahora, mediante giros y retruécanos intento acercarme, ha sido, sin lugar a dudas, el peor de todos: la alopecia.
No fue tanto el sentimiento de vindicación temporal truncada como las paletadas de tierra primigenia y hereditaria sobre mi cráneo lo que me hizo ser consciente (apenas un esbozo de frío raciocinio, pero suficiente como para sumirme en la desesperación) de mi problema capilar. ¡Oh, gélida mano del tiempo que prematuramente adelantas tu reloj de arena para cubrir mi testa de caduca hojarasca otoñal! ¡Oh, triste condena del espejo en el cuarto de baño, del peine surcado de pelambrera muerta! ¡Cómo descargas tu ira de ruina calva sobre los pobre mortales!
Me veo casi incapaz de relacionarme con el resto de la humanidad. Mis hermosas guedejas, ¡perdidas para siempre! ¡Mi fuerte pelo francés, fortalecido por la carencia de lavados periódicos (que todo el mundo sabe que acortan la vida del cabello, de ahí que en nuestro vecino país de abajo proliferen tantos alopécicos, por esa estúpida manía ibera de enjabonarse el cráneo día sí y día también), mi bella melena gala, de cobrizos destellos! ¿Cómo me enfrentaré ahora al mundo? ¿Cómo serán capaz de encontrar sensual y atractiva las parisinas a mi calva redondez?
¡Oh, cruel destino, condena de pelucas y afeites para el coco mondo y lirondo! ¡Oh, no se puede ser más desdichado que yo! ¡Preferiría mil veces que se me amputara un miembro (sí, querido lector, incluso ése) antes que sufrir este desierto craneal!
Oh, ¿a quién acudir sin fe teológica sino a la todopoderosa madre ciencia? ¿En quién creer sino en la certidumbre empírica? Desesperado consulté a todos los médicos y especialistas, sin que éstos pudieran aportar solución ninguna, y me entregué a la búsqueda de curanderos, alquimistas y buhoneros que pueblan con sus pócimas los arrabales de París. Entonces, un buen día, mientras mi calvicie progresaba a ritmo uniformemente acelerado, encontré en una vieja y polvorienta librería cierto volumen que databa de hace más de un milenio, redactado en latín y hermosamente surcadas sus páginas de graciosos dibujos manuscritos. Nadie ignora mi enorme conocimiento en lenguas indoeuropeas. Con poco esfuerzo, pues, conseguí desentrañar aquel mamotreto. Desde la página setecientos cuarenta y siete hasta la mil doce (de un nada desdeñable total de tres mil cuatrocientas treinta y dos) se daba cuenta de un remedio natural para solucionar la caída del cabello, contada con pelos (valga la ironía) y señales, así cómo la receta del mismo.
¡Con cuánta alegría, oh, amado lector, me convertí de pronto en una suerte de druida! ¡Con cuánta decisión e ímpetu alquimista seguí con detenimiento las instrucciones precisas que en aquel incunable se me ofrecían! Así, y después de cierto tiempo, conseguí fabricar media onza del, esperaba, milagroso remedio a mis tormentosos problemas capilares.
Con más temor que esperanza, apliqué el mejunje a mis ralos cabellos, depositando para ello un poco del mismo en mis manos, masajeándome el orbe con fruición, como recomendaba el libro. Inmediatamente después me dispuse a entregarme en brazos de Morfeo. Aquella noche soñé con empíricas melenas al viento.
Adivino aquí, querido lectora o lector, tu incredulidad. Puedo adelantarme a tu escepticismo, y sé que posiblemente no me creas cuando te lo cuente, pero en honor a la veracidad, por la cual siempre se ha regido mi vida, debo atreverme a contarlo todo, aún cuando suene a engañifa a tus oídos incrédulos. Porque sé que no me creerás cuando te diga que el remedio funcionó. Sí, has oído bien, ¡funcionó! ¡Y ahora luzco una hermosa cabellera de nuevo! Y si tú, querido lector/a, también sufres de alopecia, te recomiendo que te pongas en contacto conmigo lo antes posible, en la dirección que figura en el anverso, y por el médico precio de quinientos francos (más gastos de envío), recibirás a domicilio tu fabuloso y genuino Kit de Salvación Capilar, consistente en un frasco de dos litros de la patentada fórmula de Monsieur Menard, sus (mis) obras completas firmadas ¡y una estupenda Acta de Renuncia de Demanda!
No fue tanto el sentimiento de vindicación temporal truncada como las paletadas de tierra primigenia y hereditaria sobre mi cráneo lo que me hizo ser consciente (apenas un esbozo de frío raciocinio, pero suficiente como para sumirme en la desesperación) de mi problema capilar. ¡Oh, gélida mano del tiempo que prematuramente adelantas tu reloj de arena para cubrir mi testa de caduca hojarasca otoñal! ¡Oh, triste condena del espejo en el cuarto de baño, del peine surcado de pelambrera muerta! ¡Cómo descargas tu ira de ruina calva sobre los pobre mortales!
Me veo casi incapaz de relacionarme con el resto de la humanidad. Mis hermosas guedejas, ¡perdidas para siempre! ¡Mi fuerte pelo francés, fortalecido por la carencia de lavados periódicos (que todo el mundo sabe que acortan la vida del cabello, de ahí que en nuestro vecino país de abajo proliferen tantos alopécicos, por esa estúpida manía ibera de enjabonarse el cráneo día sí y día también), mi bella melena gala, de cobrizos destellos! ¿Cómo me enfrentaré ahora al mundo? ¿Cómo serán capaz de encontrar sensual y atractiva las parisinas a mi calva redondez?
¡Oh, cruel destino, condena de pelucas y afeites para el coco mondo y lirondo! ¡Oh, no se puede ser más desdichado que yo! ¡Preferiría mil veces que se me amputara un miembro (sí, querido lector, incluso ése) antes que sufrir este desierto craneal!
Oh, ¿a quién acudir sin fe teológica sino a la todopoderosa madre ciencia? ¿En quién creer sino en la certidumbre empírica? Desesperado consulté a todos los médicos y especialistas, sin que éstos pudieran aportar solución ninguna, y me entregué a la búsqueda de curanderos, alquimistas y buhoneros que pueblan con sus pócimas los arrabales de París. Entonces, un buen día, mientras mi calvicie progresaba a ritmo uniformemente acelerado, encontré en una vieja y polvorienta librería cierto volumen que databa de hace más de un milenio, redactado en latín y hermosamente surcadas sus páginas de graciosos dibujos manuscritos. Nadie ignora mi enorme conocimiento en lenguas indoeuropeas. Con poco esfuerzo, pues, conseguí desentrañar aquel mamotreto. Desde la página setecientos cuarenta y siete hasta la mil doce (de un nada desdeñable total de tres mil cuatrocientas treinta y dos) se daba cuenta de un remedio natural para solucionar la caída del cabello, contada con pelos (valga la ironía) y señales, así cómo la receta del mismo.
¡Con cuánta alegría, oh, amado lector, me convertí de pronto en una suerte de druida! ¡Con cuánta decisión e ímpetu alquimista seguí con detenimiento las instrucciones precisas que en aquel incunable se me ofrecían! Así, y después de cierto tiempo, conseguí fabricar media onza del, esperaba, milagroso remedio a mis tormentosos problemas capilares.
Con más temor que esperanza, apliqué el mejunje a mis ralos cabellos, depositando para ello un poco del mismo en mis manos, masajeándome el orbe con fruición, como recomendaba el libro. Inmediatamente después me dispuse a entregarme en brazos de Morfeo. Aquella noche soñé con empíricas melenas al viento.
Adivino aquí, querido lectora o lector, tu incredulidad. Puedo adelantarme a tu escepticismo, y sé que posiblemente no me creas cuando te lo cuente, pero en honor a la veracidad, por la cual siempre se ha regido mi vida, debo atreverme a contarlo todo, aún cuando suene a engañifa a tus oídos incrédulos. Porque sé que no me creerás cuando te diga que el remedio funcionó. Sí, has oído bien, ¡funcionó! ¡Y ahora luzco una hermosa cabellera de nuevo! Y si tú, querido lector/a, también sufres de alopecia, te recomiendo que te pongas en contacto conmigo lo antes posible, en la dirección que figura en el anverso, y por el médico precio de quinientos francos (más gastos de envío), recibirás a domicilio tu fabuloso y genuino Kit de Salvación Capilar, consistente en un frasco de dos litros de la patentada fórmula de Monsieur Menard, sus (mis) obras completas firmadas ¡y una estupenda Acta de Renuncia de Demanda!
Cayetano Gea Martín
martes, enero 16, 2007
Carta de despedida.
Cuando leas estás líneas será ya demasiado tarde para hacer nada. Es posible que, al leerlas, me maldigas y te maldigas a ti misma por no haberlo visto antes, por no haber sabido reaccionar a tiempo. Pero no te culpes. La responsabilidad es sólo mía y de esa demencia que no me abandona desde hace tiempo. No pienses tampoco que este ardid es una venganza hacia ti. Muy al contrario, es un gesto de agradecimiento, de gratitud por tu apoyo constante y tu compañía sin condiciones. Tú eras parte necesaria en este ardid. De otro modo no hubiera sido posible, o tal vez sí, pero más deslucido, sin duda. A estas horas estaré en el anatómico forense. Algún médico estará inspeccionando impensables rincones de mi cuerpo en busca de la causa de mi muerte. Dará con ella, no te apures. Sabrá que habré muerto envenenado y que tú habrás colocado ese veneno en mi café, por la mañana, y que lo guardabas en algún rincón de tu armario o en cualquier otro lugar que no voy ahora a confesarte. Sabrán que no habré sufrido y verán en ello un gesto de compasión que, a su juicio, te honrará. La policía vendrá pronto a casa a hacer un severo registro ya que las sospechas pronto se centrarán en ti. Una nota anónima que envié ayer a la comisaría tomará rápidamente sentido para algún subalterno que esté al tanto del caso y gracias a ello darán con el pastillero en el que se encuentran los tres gramos de veneno que han sobrado tras colocar la dosis letal en mi café. Por si acaso, he dejado mínimos rastros del veneno en la ropa que llevabas puesta hoy. No te molestes en buscar el veneno. Tardarás más tiempo en encontrarlo del que tarde la policía en llegar a casa. No trates tampoco de lavar la ropa. En una nota en mi diario he consignado cada una de las prendas que vestías esta mañana. Por eso siéntate, coge una de las revistas de encima de la mesa (lee, y este es mi último deseo, el artículo de Juan Serrallet sobre los incas del suplemento dominical), abre el mueble bar y bébete un bourbon a mi salud. La policía comprenderá que bebas para sobreponerte a la impresión que te habrá causado mi muerte. No te preocupes por mis amigos: ya les advertí que temía por mi vida, que alguien trataba de envenenarme, que últimamente no me sentía demasiado bien. Has de reconocer que el plan ha sido casi perfecto. El único cabo suelto en todo este plan es esta carta que sostienes entre tus dedos y que piensas que es tu escapatoria. El problema es que difícilmente un jurado pueda considerarte inocente de mi asesinato prestando atención únicamente a esta carta, pues muy bien podrías haberla escrito tú misma y tratar de hacer creer al jurado que eres tan sólo una víctima de un demente que tan sólo buscaba notoriedad con su suicidio. He de recordarte que ninguno de mis reconocimientos psicológicos fue anormal. Soy una persona normal, un suicida normal, con una mujer normal. No me guardes rencor, sabes que lo hago por ti, mi amor.
La mujer a la que hace alusión la carta fue acusada y posteriormente absuelta del asesinato de su marido. Busca ahora a otro tonto a quien envenenar. Abstenerse aquellos que no posean un seguro de vida en condiciones.
Pedro Garrido Vega.
lunes, enero 15, 2007
Debajo
Debajo, debajo,
acostumbrado a morar
donde no llega la luz,
donde el cielo no existe,
ni como metáfora,
ni como bóveda.
Debajo, oscuro,
rodeado de tinieblas,
me circundan éstas
en oleadas de negros tribales
sobre el fondo negro
de la soledad.
Debajo, ahí,
donde te da miedo bajar,
donde jamás pondrías
tú los pies,
salvo al final del camino:
lo inevitable.
Debajo, debajo,
no hay pétalos por deshojar,
ni sendas por andar;
sólo el saber que estás debajo,
a oscuras, desnudo,frío y muerto.
Cayetano Gea Martín
viernes, enero 12, 2007
Rosa
Se llamaba Rosa, aunque las demás le llamaban La Tonta, no porque lo fuera, al contrario, su cociente intelectual superaba con creces el de las mayoría de sus compañeras, sino porque se negaba a verme, para escándalo de las demás, que la señalaban con sus enjoyados dedos y la relegaban al rincón más frío y húmedo de la celda.
Y además, aunque ellas lo negaran, Rosa era, y es, muy, muy hermosa, a pesar del desaliño voluntario al cual se sometía para evitar ser elegida por mí de nuevo. Pero aún así poseía un hálito de belleza indómita, un aura de potro salvaje que habrá hecho, seguro, que muchos hombres hayan intentado domarla en su día con, seguro, fútil resultado.
Los golpes, las vejaciones y a las amputaciones no la dañaban. Pero ellas sí, oh, mis niñas, cómo la hacían sufrir con sus voces de coro de los domingos, brincando como gacelas a su alrededor, llenando la celda del aroma de sus caros perfumes, aquellos que les regalé la última Navidad y que ella estrelló el suyo al suelo, para consternación de aquel coro de ángeles y mi consiguiente enfado, por supuesto. Ah, cómo gritó cuando empecé a cortar. Pero ¡cómo me desafiaba desde lo más profundo de sus ojos verdes!
Rosa, Rosae, envuelta en la confortable manta de su desprecio hacia mí, y de su asco y miedo hacia ellas, mis chiquitinas. Ah, mis queridas niñas. ¡Cómo me amaban todas y cada una de ellas! Excepto ella. Ella, a la que no podía dañar por mucho que la hiciera, oh, y le hice de todo, lo prometo. Lo prometo, sí. Pero nunca conseguí doblegarla, no. Nunca. Me quitaba el sueño, oh, sí. Tenía al resto, lo sé. Tenía mi amado harem de diecisiete lindas muchachitas entre los quince y los dieciocho que me amaban con la pasión que da el fanatismo. Podía elegir a cualquiera de ellas en cualquier momento del día. Podía ser cariñoso con ellas o violento, daba igual: me adoraban. Menos Rosa.
Rosa continuó siendo inaccesible hasta que todo se acabó. Cuando los hombres de uniforme y grandes pistolas descubrieron los secretos de mi hogar y se llevaron a mis niñas. Las liberaron, decían. A Rosa no. Rosa siempre fue libre de mí.
Hace ya cinco años que mis huesos se pudren entre rejas. Cinco años en los cuales la ley de los demás reclusos se aplica tan firmemente que todas las noches un reguero de sangre se escapa por entre mis piernas, mientras deseo la muerte y planeo cómo llegar a ella. Pero lo peor no es eso. Lo peor es cuando la radiante y deslumbrante Rosa me visita todos los domingos, con una cruel sonrisa dibujada en sus hermosos labios, disfrutando de verme cada semana más cerca de la ruina. Yo fui incapaz de hacerle daño. Ella sí es capaz de hacérmelo a mí.
Cayetano Gea Martín
jueves, enero 11, 2007
La niebla.
Se encontraron en la niebla. Ella había perdido una llave y él un pañuelo. No se veían el uno al otro. Sus manos quedaron entrelazadas. A partir de entonces, la mano de uno señalaba la presencia del otro. Él no veía las lágrimas de ella, corriendo, felices por su mejilla. Ella no veía la sonrisa plena de él. Juntos, de la mano, se encaminaban sin rumbo fijo, sin saber hacia dónde dirigirse, o dónde detenerse. No importaba. Lo importante era que al otro lado de la niebla estaba ese otro al que, sin necesidad de verlo, sólo tocándolo, habían esperado durante tanto tiempo.
Su única preocupación ahora es que la niebla se disipe y ellos puedan contemplarse sin el velo que impone. Por eso pasan horas junto a la radio deseando que el hombre del tiempo diga de una vez por todas que esa niebla no va a desaparecer...en fin, que el resto de sus vidas será siempre así.
Su única preocupación ahora es que la niebla se disipe y ellos puedan contemplarse sin el velo que impone. Por eso pasan horas junto a la radio deseando que el hombre del tiempo diga de una vez por todas que esa niebla no va a desaparecer...en fin, que el resto de sus vidas será siempre así.
Pedro Garrido Vega.
miércoles, enero 10, 2007
Condena
Tirar a la basura lo nuevo, lo brillante, lo pulido, el jolgorio de aquellos que sólo viven para ello, dar marcha atrás y enterrarse en la memoria, en los recuerdos de tiempos pretéritos, de caricias de velo ajado, del olvido del presente y de la negación asustada de un futuro de certera cercanía; arrodillarse de nuevo ante el altar y temer por la muerte y el olvido, intentar creer, tarde ya, desesperación de perpetuidad, sumido en el olor de antaño, en la maldición del dominó, las zapatillas de felpa, las batas, los capilares, las calvas, los huesos, las varices, y el pensar que importa más lo que no se hizo en su día que lo realizado; morirse de pena por las oportunidades perdidas, por las palabras muertas en la boca, por la condena de las telarañas.
Cayetano Gea Martín
lunes, enero 08, 2007
El pan nuestro de cada día
- Fue sólo eso. Nada. Menos que nada. Un mal martillazo y plaf, alcayata en el dedo. Auch. Duele, sí, pero no demasiado. Soportable. Digamos que, en una escala del uno al doce, este dolor se encontraría en, no sé, ¿el cinco? No mucho, vamos. El martillo iba sin fuerza apenas, despacito, como a cámara lenta. No había necesidad de salir corriendo, no, por una alcayatita de nada. Apenas medio, ¿qué digo medio?, un tercio de centímetro dentro del dedo. No llegaría casi ni a rozar la carne apenas, si acaso, la endodermis como mucho. ¿Se llama así, no? Endodermis, digo.
- Sí.
- Por lo que ¿qué necesidad había de salir corriendo, digo yo? De salir despepitado como un caballo con una guindilla en el culo, con perdón de la expresión. Joder, no veas tú qué nenaza. Por eso, por algo tan nimio como una leve rozadura en el dedo. Vamos, no jodas. Los hay flojos y después, él.
- Él no opina lo mismo. Ni el médico que lo atendió.
- Claro, qué coño va a decir si no. ¿Y el médico? Esos cabrones con tal de salir en la tele hacen lo que sea, si lo sabré yo. Pero yo lo cuento como fue. Joder, sé que cometí un error y que no calculé bien el golpe, pero en serio, que no fue nada de nada. Y él, hala, corre que te corre al hospital. De verdad que estos moros de mierda, con perdón, son unos debiluchos, coño. Para venir a España a quitarle el trabajo a los españoles son muy valientes, eso sí. Si es que no tenía que haberle cogido, coño. Encima que les das trabajo se quejan, no te jode. ¡Éstos quieren que les hagamos ministros nada más entrar!
Cayetano Gea Martín
jueves, diciembre 28, 2006
See ya soon!
Pues eso, que sus veo (u os leo) pronto... Ahora tocan vacaciones y pasar la Nochevieja y unos días más en Londres, que tiene que estar de un calentito ahora mismo...
Prometo volver de la capital de la pérfida Albión con ideas renovadas y sin nada de espíritu británico...
Fuck the Queen!
En mi ausencia, espero que os dediquéis a pasarlo lo mejor posible.
Take care!
Prometo volver de la capital de la pérfida Albión con ideas renovadas y sin nada de espíritu británico...
Fuck the Queen!
En mi ausencia, espero que os dediquéis a pasarlo lo mejor posible.
Take care!
Kay (aka Cayetano)
miércoles, diciembre 27, 2006
Someone like you
If the storm arrives in fear,
I will be there, close to you,
Trying to sale this lake of tears
When my hands lost their goals,
I’ll still be waiting for you,
Hoping to see the wicked souls
If this cold universe collides,
And collides against you,
I’ll be there to recover the pieces,
Would they cut my three-feet children,
But I’m gonna disappear.
And into your heartbeat I’m gonna listen
And if I’ll find you,
all the losing time,
all the forgotten gods,
every single corner of this world,
all the deaf steps
and each and every lonely soul
will be mine forever
Cayetano Gea Martín
Somewhere in time I will find you and haunt you again
Like the wind sweeps the earth
Somewhere in time when no virtues are left to defend
You've fallen deep
The haunting - Thomas Youngblood
viernes, diciembre 22, 2006
Vigilancia, quinta parte
Pero al mes y pico de su tratamiento, como queda dicho, Raquel emergió de su drogada madriguera. Como un conejillo asustado a la espera de un depredador, asomó el hocico a través de la puerta de su casa, husmeando el conocido aroma a descansillo, esa mezcla de polvo, yeso y huellas, que impregnaba el rellano de su planta. Y aunque el miedo seguía tirante, por supuesto, el peso de aquello que llevaba en el bolsillo la tranquilizaba lo suficiente
aquello se movía, oh, sí, parecía dotado de, dotado de
como para atreverse a salir al portal, hasta la puerta cuyos dos cristales rompió hace apenas treinta días. Hace apenas una vida. Y así, valiente, segura, como nunca en todo aquel maldito mes, aferrándose a aquello que era
mi tesoro
frío y punzante, y que despedía un fuerte aroma azulado, consiguió alcanzar la boca de metro y perderse, de nuevo, en la vorágine cotidiana, en la muchedumbre enlatada de siempre, aunque ahora los veía sin máscaras, gracias a aquello, que se retorcía inquieto, guiándola como una brújula hacia Él, hacia el demonio, pues eso era, seguro, Lucifer descontrolado, maldición del hombre y
condena de la mujer expuesta a su falo que eyacula dentro de ella manojos de antidepresivos
perdición de su alma arruinada, triste, vacía, pero, eh, pero con aquello a su lado, sí, marcando la diferencia, oh, qué distinto sería, je, si me lo encontrara ahora, oh, le haría pagar y me quedaría con su poder, je, podría, sí, oh, pensaba mientras observaba a los cuervos grises y a las ratas grises que se movían dentro de los trajes grises, grises
g, gr, gri, gris, grise, grises, grise, gris, gri, gr, g
que no dejaban pasar la luz blanca (y cutre) que proyectaba aquella cosa infernal, aquel tubo de hierro amasado con la saliva de miles de esclavos. Y así, rumiando su enfermedad, atusándose mimosa las dos negras ojeras que devoraban su rostro, llegó hasta la parada de Sol, y se bajó y comenzó a mirar para todos los lados y casi choca con un grupo de turistas, y se perdió entre miles y miles de idiomas, entre cientos de rostros, tratando de verle, de encontrarle, de sentirle de nuevo, de ver que alguien, alguien se fija en ella, que alguien la desnuda con la mirada, Él, el perfecto desconocido, la víctima perfecta de su joven y ajado cerebro, alguien en quien volcar miserias, miedos, frustraciones de esta ciudad que nos hace sentir solos en medio de la multitud, perdidos entre un océano de rostros a la deriva, con desconocidos a los que somos indiferentes y conocidos del montón, artesanos del tedio, del ir, del volver, de los mismos caminos, rutas, olores, el peso de lo cotidiano, las cenas de Navidad con la familia, el novio previsible, los cines, el ajetreo, las tiendas, las copas, los fines de semana en el campo y las vacaciones en la casa de los adorables abuelitos en Santiago de la Rivera.
Entonces, le vio.
Hermoso.
Pecado venial.
Moreno.
Con otro librito bajo el brazo
de un tal Blake sobre la vida de un tal Wes
igual de insignificante para ella, pero Él, oh, Él.
Una tabla en medio del mar a la que aferrarse.
Posó sus ojos en Él.
(Él la reconoció al instante: la loca aquella que hace un mes se dedicó a seguirle por toda la condenada ciudad).
Aquello pegó un tirón hacia Él.
Se acercó poco a poco a Él, mientras Él trataba de huir. Malo, demasiada gente.
Aquello se retorcía de impaciencia.
Llegó hasta Él.
Aquello saltó y se clavó muy dentro de Él.
El amor duele Dios el amor mata.
Y mientras Él iba dejando de ser, ella volvía a nacer.
Cayetano Gea Martín
miércoles, diciembre 20, 2006
Vigilancia, cuarta parte
Después de cinco días ingresada en El Clínico, el psiquiatra destinado a su diagnóstico y tratamiento le dijo a Raquel que sufría de ataques de ansiedad agudos y de manía persecutoria, la cual, si no se trataba convenientemente, podría degenerar en algo peor. Mucho peor.
Se la impuso un estado de observación preventivo, con un hermoso surtido de drogas para aplacar los vientos que soplaban dentro de ella. Llevo la furia dentro, se dijo, y aún no sé por qué Él me persigue, qué es lo que quiere, qué intenciones tiene, por qué me odia, por qué quiere hacerme daño. Aquel pensamiento, el desconocimiento que tenía ante las intenciones de Él, era lo peor de todo. Si por lo menos lo supiera, oh, me mata no saber, se lamentaba.
Necesitó la ayuda masiva de Tranxilium durante más de un mes para atreverse a pisar de nuevo la calle. Durante ese periodo de tiempo, el abandono al que se entregó con fervor de amante se cobró diferentes tarifas, una de ellas, la ruptura sentimental con Ricardo, el cual, desolado y egoísta al mismo tiempo, no comprendió en ningún momento la situación, o eso pensaba ella. Después de una tormentosa tarde en la cual él intentó por última vez que las cosas volvieran a ser como antes, se dijeron adiós definitivamente. En realidad, solamente él dijo adiós: ella se dedicó a mirarle perdida desde lo más profundo de sus ojos sedados.
También sus padres sufrieron lo indecible con aquel tormento: las visitas al piso compartido de su hija eran más que frecuentes, y siempre tristes y desoladoras. A su madre se le partía el corazón ver a su hija en semejante estado, y lloraba incontenibles lágrimas sobre el regazo de Raquel, acunándola como a la inversa, cuando su hija era pequeña y se despertaba en medio de la noche y corría hacia la cama de sus padres, envuelta en sudor como en una segunda piel, aleteando sus lágrimas a ambos lados de la cara, rumbo hacia los brazos protectores de mamá.
Su padre, sin embargo, se quedaba estático, con la mirada perdida. Su aparente entereza exterior disimulaba el dolor lacerante de su corazón. No durmió en todo el mes y fue despedido, denunciado y encarcelado por negligencia laboral cuando desde lo más alto de la grúa que manejaba se desplomaron cinco toneladas de hormigón sobre la cabeza de un peón, en una mortal y estruendosa caída libre de más de setenta metros. Hasta el médico forense vomitó de la impresión de ver tal cantidad de restos humanos diseminados. Cinco minutos después del fatal accidente, el padre de Raquel seguía roncando con la cabeza apoyada sobre el panel de control.
Raquel fue despedida de su trabajo a los diez días de estar encerrada en casa. Sus padres dudaban siquiera de que tal noticia fuera procesada por su cerebro saturado de ansiolíticos.
Durante aquel tiempo, cuando no se encontraba en un estado letárgico, sufría tales ataques de ansiedad que gritaba pidiendo alternamente ayuda y la muerte. Al final, otra dosis de aquellas maravillosas pastillitas naranjas de clorazepato dipotásico la llevaban de nuevo al País de las Maravillas.
Cayetano Gea Martín
lunes, diciembre 18, 2006
Vigilancia, tercera parte
Dos días más tarde, una aún asustada pero algo más segura Raquel descendía los escalones de su piso compartido rumbo a la odisea que suponía visitar el supermercado más cercano. Claro que desde las últimas cuarenta y ocho horas, cualquier acción que entrañara pisar la calle suponía una odisea para los destrozados nervios de Raquel. Pero la verdadera tormenta estalló cuando a los cinco minutos de entrar en el colmado volvió a cruzarse con Él.
Ella se encontraba en el sector de congelados, indecisa entre tanta variedad de helados, distraía con algo por primera vez en dos días, cuando le vio. Él la reconoció. Ella le reconoció. El mundo se paró. El aire acondicionado compartido se volvió pastoso como la melaza. Paralizada por el miedo, observó cómo la boca de Él se torcía en una espantosa mueca de odio. Dos metros los separaban. Él a un lado del expositor. Ella al otro. Él no llevaba el libro. Venía a por ella, no cabía duda, pero sin el libro. Sólo Él: alto, terrible, mulato, con rastas. Raquel profirió un grito desgarrador que hizo saltar del susto a todo el mundo en un radio de cincuenta metros, incluido Él. Acto seguido, soltó el carro de la compra y salió corriendo con la fuerza de su corazón inundado de adrenalina.
Fue una carrera poco gloriosa, un espectáculo triste, dantesco, como observar una maratón de adolescentes borrachos: aquella joven desgreñada saltando sobre la gente, apartándola a manotazos, con su cuerpo desmanejado como una marioneta con las cuerdas rotas y el rostro crispado del miedo, desquiciado, arrugado en un gesto pétreo de terror infinito, los ojos rojos fuera de las órbitas, la boca contraída en una mueca terrible, profiriendo alaridos entre gorgoteos de saliva.
Sin saber cómo, ciega del miedo, visualizó su portal. Consiguió, entre jadeos, llegar hasta él, totalmente histérica, al borde de un colapso nervioso. Se encontraba éste afortunadamente abierto. Lo cerró de un tremendo empellón que rompió dos cristales de la puerta y sacó a ésta de sus goznes. A zancadas grandes, ridículas y saltarinas llegó hasta el ascensor abierto. Pulsó con la frenética palma derecha el botón que correspondía al piso séptimo. Observó cómo las dos puertas del ascensor se cerraban y se dejó caer en el suelo. Llegó a su planta pero no salió. Permaneció acurrucada en un rincón, llorando y temblando, con la cabeza hundida, los brazos en torno a sus piernas. Un reguero de cálida orina se desparramaba lentamente por el suelo de linóleo del ascensor.
Mientras, en el supermercado, Él seguía parado en el mismo sitio.
Cayetano Gea Martín
miércoles, diciembre 13, 2006
Vigilancia, segunda parte
A la siguiente mañana, Raquel tomó el metro rumbo a su trabajo, muy cercano a Plaza Elíptica, nombre que siempre le pareció críptico o más bien vacío de sentido. Nada de un nombre famoso, altisonante, no. Con decir que es una plaza con forma de elipse, vamos servidos. Las glorietas y calles con nombres de escritores y músicos para los niños pijos. Olé.
Mientras ascendía por el entramado artificial de su estación destino, notó que unos ojos se posaban sobre su nuca. Se dio la vuelta para contemplarlo a Él de nuevo, en toda su maldita gloria. Pocas veces Raquel sintió tanto miedo como aquel día, a las ocho de la mañana, sin nada en el estómago que comenzara a revolverse, pero sí la sensación de estar empachada de ácido clorhídrico.
No seas estúpida, pensó, no te imagines nada malo, ¿vale?, nada malo: es una coincidencia, ¿vale?, eso es lo que es; te ha pasado docena de veces, pasa constantemente: basta con que pienses en alguien que hace mucho no ves, y sobretodo ocurre con aquellos a los que no deseábamos volver a ver, para que se materialicen a las pocas horas o días delante de nuestras sorprendidas narices; pero ya te explicó Susana que se debe a que en ese momento comienzas a prestar atención hacia esa persona; es decir, si yo hoy me encontrara a otro de los que iban ayer conmigo viajando en el vagón de metro, no le hubiera reconocido; y a lo mejor también está por aquí, pero como sólo me fijé en Él, por eso le reconozco; pero no quiere decir nada, ¿vale?, no te está siguiendo: no-tes-tá-si-guien-do; no lo pienses siquiera, deja de pensarlo: oh, no, no lo pienses y deja de mirarle, no lo mires, no vuelvas a girarte, oh, otra vez, niña mala, ¡no te gires más!, acelera el paso y tira hacia la oficina, donde estarás a salvo de Él, de su mirada, de las intenciones que le descubres bajo la aparente calma marina de sus ojos verdes: esta gente es más caliente que nosotros, o eso me dijo Laura, que su chico era negro de los Estados Unidos, afroamericano, creo que dicen, no sé, no lo mires, no te gires, oh, otra vez; no es nada, ¿vale?; lleva su libro bajo el brazo, no ha leído mucho desde ayer, sigue un poco más desde la página cuarenta y dos, que ayer me fijé en ella, y no habrá podido leer porque su parada estaría cercana a donde yo me bajé ayer; o quizá es que estaba nervioso, esperando verme hoy para darme caza, pero eso es absurdo, demasiadas películas: no sabe dónde vivo, es una locura, y una locura estúpida y peligrosa, además; oh, cómo me mira, ay, señor; claro que a lo mejor me siguió anoche y se bajó conmigo y cogió la línea 7 conmigo hasta mi parada, oh.
En aquel estado de tremenda confusión mental, Raquel llegó hasta la puerta de su oficina, entró corriendo y cerró de golpe, no sin antes comprobar que Él estaba ahí fuera y que su rostro denotaba un mal disimulado desconcierto. No cabía, pues, la menor duda: el la seguía con sabe Dios qué intenciones. Raquel reparó en sí misma, jadeante, con la base del cuello y los sobacos húmedos del frío sudor nervioso que proporciona el miedo. Oh, Dios, pensó con terror absoluto, ahora sabe dónde trabajo.
Aquella noche tiritaba de terror en estado puro cuando concluyó su jornada laboral y se dirigió a su casa.
(Continuará)
lunes, diciembre 11, 2006
Vigilancia, primera parte
Al levantar la vista hacia el cielo, pudo comprobar, no sin la desilusión triste de algo que tarde o temprano se repite de nuevo, que éste seguía gris, de ese gris plomizo que manda a nuestros biorritmos a barrer el suelo. Bajo el influjo de semejante estado de ánimo, Raquel no tenía la menor intención de andar un paso más de lo necesario, a pesar de ser de natural montaraz, una enamorada a pasear durante horas no siempre aconsejables por las calles no siempre hermosas de un Madrid no siempre seguro.
Sus pasos se encaminaron hacia la boca de Metro más cercana, que en este caso, correspondía a la estación de Ibiza, por la cual transitaba la, para Raquel, casi desconocida Línea 9. Ni siquiera sabía que esa parada era la más cercana a donde se encontraba, a las puertas de El Retiro. Acababa de despedirse con besos y arrumacos de su novio Ricardo, después de una sesión de dos horas de más besos y arrumacos bajo el abrigo de un manto de árboles que ondeaban sus hojas multicolor bajo el ceniciento cielo de febrero.
La memoria muscular la llevó a no dudar ni un segundo el la secuenciación de acciones correspondientes a: 1 buscar en el bolsillo derecho de sus vaqueros el Abono Transportes; 2 sacar el billete e introducirlo en la ranura del torno; 3 extraerlo al mismo tiempo que hace desplazar/girar la barra del torno con su propio cuerpo; 4 guardar el billete dentro del Abono y éste de nuevo en el bolsillo.
El vagón se encontraba lleno, lo cual no era ninguna novedad en una ciudad que siempre parecía tener gente por todos sus rincones, atascando de carne, olores y pelos multicolores sus medios de transporte, sus calles, sus bares, sus oficinas, sus museos, sus tiendas. Y el vagón en cuestión, como queda dicho, no era ninguna excepción. La marea humana, de la cual nunca casualmente pensamos que nosotros formamos parte, ocupaba las tres cuartas partes del vehículo. La cuarta parte restante correspondía a la distancia que iba desde las cabezas de los usuarios hasta el techo. Personas de todas las razas, edades, aspecto y naciones se extendían ante los ojos de Raquel, los cuales no se abrieron más, acostumbrados a semejante y rutinario espectáculo.
Fue entonces cuando ocurrió. Fue entonces cuando su mirada se vio irresistiblemente atraída hacia Él. Él se encontraba sentado, leyendo un libro titulado ‘Slaughterhouse-five’, de Kurt Vonnegut. La hermosa sonrisa que de vez en cuando acudía al rostro de Él, le hizo suponer a Raquel que posiblemente se tratase de un libro de humor, aunque ella desconocía totalmente al autor. Sus pensamientos, que se habían desviado medio microsegundo, volvieron a centrarse en la contemplación de Él. Era hermoso, no cabía duda, un mulato de rasgos finos, con rastas y fina barba a lo Marley, aunque vestía de impecable traje gris. Sus hermosos ojos verdes, que brillaban con deleite ante la lectura, notaron que otros ojos los estaban observando. Él desvió la mirada hacia Raquel. Esa fue la primera vez que se contemplaron el uno al otro, en medio de aquel traqueteante mar de gentes.
Pero, ah, las miradas que se regalaron mutuamente no fueron del todo placenteras. Ella le miró con la curiosidad sana y normal de quien observa un espécimen digno de exploración ocular meramente científica. Sin embargo, en la mirada de Él Raquel pudo notar un cierto regusto predador, un aire felino en sus ojos verdes, examinadores, a caballo entre el deseo sexual y la caza de presas para consumo propio.
No sin descanso, al cabo de tres paradas seguidas de incesante escrutinio, Raquel se bajó en Avenida de América, dispuesta a cambiarse a la línea 7, rumbo a su casa próxima a la estación de Antonio Machado. No pudo, sin embargo, reprimirse, y girando su hermoso cuello de cisne (surcado, aquella tarde, por tres apasionados chupetones lilas), volvió a mirar el rostro de Él, el cual disimulaba, haciendo que leía su libro. Su sonrisa intranquila mostraba que sabía que ella le estaba observando, pero parecía decidido a no caer en el juego, ¡después de que, con todo el descaro del mundo, se había dedicado más durante más de diez minutos a observar a Raquel!
De pronto, Él alzó los ojos. Se cruzaron con los de ella. Raquel salió corriendo.
Cayetano Gea Martín
martes, diciembre 05, 2006
Manuscrito encontrado en mi imaginación.
Años después Homero contó (pocos lo sabemos, lo sabrán algunos más ahora) que Ulises, sintiendo próxima la llegada de la muerte, emprendió un último viaje con el fin de cumplir su más arrebatado deseo: escuchar el canto de las sirenas. Para ello contó con la ayuda de Telémaco, que construyó una rústica pero resistente barcaza con la que Ulises alcanzaría la tierra de las sirenas. Cuenta Homero que los preparativos del viaje fueron tediosos, que las lágrimas de Penélope no conmovieron a Ulises y que ella sacó una madeja perdida en un cofre y ,maldiciéndose a sí misma y a cierta pretérita y prolongada espera, comenzó a tejer.
Por fin un día, a la salida del sol, partió Ulises en pos de su sueño. Los elementos (agua, aire, fuego y tierra) parecían aliados para permitirle un plácido viaje. Sus sueños también le eran propicios, así como el vuelo de un halcón que rozó apenas con su ala el sol, allá en el horizonte. En este punto, el texto de Homero se torna ilegible y lo único que llegamos a comprender es que Ulises, al llegar a la región donde se encontraban reunidas las sirenas, que sabían de su legada y la esperaban ansiosas, enloqueció, pues las crueles sirenas, ah, las sirenas crueles, callaron la más dulce de las melodías. Penélope, la dulce Penélope, las había degollado una a una.
Por fin un día, a la salida del sol, partió Ulises en pos de su sueño. Los elementos (agua, aire, fuego y tierra) parecían aliados para permitirle un plácido viaje. Sus sueños también le eran propicios, así como el vuelo de un halcón que rozó apenas con su ala el sol, allá en el horizonte. En este punto, el texto de Homero se torna ilegible y lo único que llegamos a comprender es que Ulises, al llegar a la región donde se encontraban reunidas las sirenas, que sabían de su legada y la esperaban ansiosas, enloqueció, pues las crueles sirenas, ah, las sirenas crueles, callaron la más dulce de las melodías. Penélope, la dulce Penélope, las había degollado una a una.
Pedro Garrido Vega.
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