jueves, enero 17, 2008

La ¿buena? educación.

Me crié en tres lenguas muertas- el hebreo, el arameo y el yidish- y en una cultura que se desarrolló en Babilonia: el Talmud. La cheder (aula) donde se estudiaba era una habitación donde el profesor comía y dormía, y donde cocinaba su mujer. Allí yo no estudiaba aritmética, gerografía, física, química ni historia, sino las leyes que rigen para un huevo que se haya puesto en día festivo, y los sacrificios realizados en un templo que había sido destruido hacía dos mil años. Pese a que mis antepasados habían llegado a Polonia seiscientos o setecientos años antes de que yo naciera, sólo sabía unas pocas palabras de la lengua polaca. Era un anacronismo en
todos los sentidos, pero no lo sabía.

En Shosha, de Bashevis Singer.

miércoles, enero 16, 2008

Frases del Tío J.L. (II)

Fíjate en ese tío: el color macilento de su piel, el tono insano a lo Antonio Vega tras correr los San Fermines, la mirada perdida y los ojos inyectados en sangre. Joder, el pobre tiene cara de electrocutado en cómodos plazos.

José Luis Raposo Coedo

lunes, enero 14, 2008

A las puertas del cielo

Sí, sigo dejando por las noches las puertas y las ventanas abiertas de par en par. Es una costumbre que me cuesta perder. Me encanta dormir de puertas para afuera, ya sabes, sentirme libre, no aprisionado entre cuatro paredes. Siempre recuerdo cómo papá y tú os sorprendía y enfadaba, alegando a la inseguridad que había en nuestro barrio. Claro que quizá esa manía se deba a mi nacimiento e infancia, a esos años cálidos de chico extrovertido que jugaba con sus amigos a la orilla del mar. ¿Cuánto hace de eso ya? ¿Treinta años, más o menos? Oh, mamá, cómo pasa el tiempo. Ahora soy un hombre cuyo pelo empieza a encanecer, para disgusto tuyo, adivino. Siempre fui tu niño, el benjamín de la casa. Recuerdo cómo me disgustaba antes y lo que me reconforta ahora, ese cariño de madre.

¿Has sonreído? Me dice tu médico, ese señor tan serio que se parece al tío Juan, que no puedes oírme, que el que sonrías se debe a una contracción involuntaria de los músculos faciales. Puede ser, pero me alivia pensar que de alguna manera eres capaz de entender lo que te digo, de que el instinto maternal sea más poderoso que la enfermedad que te corroe de dentro a fuera.

La tía Adela me pidió que te entregara el crucifijo de la abuela. Dijo que a ti te hacía más falta que a ella. Lo dejo en la mesilla de noche, ¿vale? Siempre fuiste tan creyente... Pero me encantaba cómo, a pesar de ello, nunca intentaste convencerme o sermonearme. Me dejabas ser yo mismo. Y eso que yo te buscaba las cosquillas, ¿te acuerdas? Siempre te preguntaba cómo era posible que un Dios que se supone que es todo bondad y amor pudiera permitir que las personas sufrieran. Y ahora esa incongruencia es más obvia que nunca. Tú, su fiel más devota, condenada a morir antes de tiempo, con apenas sesenta años. Si existiera, me encantaría subir hasta su trono celestial y darle un par de hostias, te lo juro. ¿Qué clase de Dios permite que la gente buena sufra y muera? Pero divago, perdona.

Lo que venía a decirte es que te voy a echar mucho de menos. Bueno, ya lo hago, en realidad, cuando el cáncer te apartó de mi lado hace tres meses y te relegó a hueso y piel. La vida es una broma de mal gusto, según parece. ¿Recuerdas lo egoísta que era antes? Sólo existía mi ombligo. Hoy, si se me permitiera un deseo, sería cambiar la situación. Daría mi vida vacía e inútil a cambio de la tuya sin pestañear. Díselo a tu Dios si le ves. Dile que se meta su reino eterno por el culo, que lo que yo quiero es que estés, no tener que recordarte.

¿Me oyes, viejo chivo? Yo te maldigo ahora y siempre. Mándame tus fuegos eternos y tu furia. Mándame la cohorte de ángeles castrados que te hacen la pelota. ¿No estás cansado de que tus hijos te repudien? Aquí tienes uno más que no se arrodillará ante ti.

Cayetano Gea Martín



Amantes y envidiosos de la libertad humana, y considerándola como la condición absoluta de todo lo que adoramos y respetamos en la humanidad, doy vuelta la frase de Voltaire y digo: si dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer.
Mijaíl Bakunin - Dios y el Estado

viernes, enero 11, 2008

Decálogo CI-FI

Debo reconocer que el género de ciencia-ficción (CI-FI para los amigos) nunca ha sido mi favorito. Sin embargo, los diez libros que recomiendo me han hecho pasar muy buenos ratos literarios. Allá van:

1. Ray Bradbury – The Martian chronicles (Crónicas marcianas)
Impresionante metáfora sobre el colonialismo. Bestial, duro y con final tremendo. Y a menudo, con destellos de literatura mayor. Casi prefiero éste a Fahrenheit, quizá porque está menos manido que el libro que encumbró a Bradbury. Prosa sencilla y desnuda para todo un clásico.

2. Kurt Vonnegut – Slaughterhouse Five (Matadero número 5)
Un autor ficticio que quiere escribir una novela sobre los bombardeos de Dresde. Un soldado que estuvo allí y que es abducido, y que ahora puede viajar por el tiempo. Un libro que es pura imaginación y que goza de un estilo impresionante, poético y melódico, con un sentido del humor irónico, ácido. Vonnegut fue mi gran sorpresa el año pasado. Se hace difícil describir este libro o de qué trata. Recomendación: hay que leerlo.

3. Aldous Huxley – Brave new world (Un mundo feliz)
Alegoría sobre hacia dónde se dirige la humanidad, ¡escrita a principios del siglo XX! Un libro metódico, bien engranado. Lo mejor, la original clasificación de los seres humanos en castas. Y a diferencia de mucha gente, a mí sí me gustó el final.

4. Dan Simmons – Hyperion (Hiperión)
Genial libro escrito como los Cuentos de Canterbury, con un estilo distinto para cada personaje que cuenta su historia. Una inteligente mezcla de ciencia ficción, mitología griega y poesía romántica inglesa (John Keats sobre todo). Muy recomendable, así como sus tres continuaciones que enredan la trama y que gozan de desenlaces increíbles, pero ya huelen algo más a Best-Sellers. El primero, no. El primero me pareció literatura en estado puro.

5. Ray Bradbury – Fahrenheit 451
En el futuro, los libros se queman… Y los bomberos se encargan de ello, a 451 grados Fahrenheit, 233 ºC, la temperatura a la que el papel de los libros arden. Impresionante visión de futuro, bajo el peculiar estilo de un Bradbury. Lo mejor, para mí, el personaje Beatty, jefe de Guy (el protagonista del libro), un hombre muy peligroso que defiende la ignorancia pero conociendo la cultura. El final de la novela es impagable.

6. Isaac Asimov – I, robot (Yo robot)
Aunque sólo sea por conocer las tres leyes de la robótica, ya merece la pena leer este libro de cuentos. Intrigante volumen, inspiración de tantas películas, series, música (como The Alan Parsons Project) y otros libros. Quizá Asimov sea un escritor de estilo algo mediocre, pero los conceptos que elabora, la divulgación científica que impregna cada obra suya, hace que al leer la obra se te olvide lo ramplón de su prosa y te concentres en dejar volar tu imaginación.

7. Adolfo Bioy Casares – La invención de Morel
La novela perfecta, como la definió Borges, y el ejemplo más claro (y el mejor, para mí) de ciencia-ficción en español. Un fugitivo llega hasta una isla desierta. El prófugo se enamora de una mujer que viaja con un grupo de turistas. Pero cualquier intento de comunicación con ella resulta imposible. ¿Por qué? La solución resulta inimaginable, pero embriagadora. Nadie salvo el bueno de Adolfo podría meter en el mismo saco fantasía, inmortalidad, amor y soledad. Y salir bien parado del experimento. Cuando me la leí, hace tiempo ya (lo que me recuerda que quizá sea buen momento para su relectura), me sacudió con tanta fuerza que era incapaz de pensar en otra cosa. Desde entonces, me siento algo más completo en mi vida.

8. H. G. Wells – War of the worlds (La guerra de los mundos)
¿Quién no conoce este fantástico libro? Invasiones alienígenas en el siglo XIX. Nada más y nada menos. Un libro visionario. La reciente película me pareció una castaña porque eliminó lo que más me gustó del libro: marcianos en un entorno victoriano. Genial. El estilo es pulido, de escritor que revisa una y otra vez lo escrito. Merece mucho la pena leerlo en inglés… bueno, todos los libros de esta lista lo merecen (salvo La invención de Morel, claro)… bueno, cualquier libro en inglés, ya puestos.

9. Philip K. Dick – Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)
Grandioso libro, que se hace muy corto. Un intento de descifrar la mente sintética de los androides. Esta novela también fue adaptada al cine, aunque esta vez, con resultado tan positivo que la película, 25 años más tarde, sigue siendo objeto de culto y destaca como precursora de lo que hoy se conoce como cyberpunk: Blade Runner. Su único fallo: se olvidan de lo que hace, para mí, más interesante al libro: el concepto de mercerismo.

10. George Orwell – 1984
El Gran Hermano te vigila, camarada. Y supimos todos cómo esa profética visión del futuro se cumple a veces. La mezcla de nazismo y comunismo convierte a la novela en una clara representante de lo que se conoce como antiutopía, al igual que Fahrenheit 451 y Un mundo feliz. Una novela muy oscura, asfixiante e imprescindible. Y la peli no está mal.
Cayetano Gea Martín

jueves, enero 10, 2008

Doscientos mil iluminados


Con asaltos de sucias quimeras
Encaran los compases del olvido:
Los gritos del silencio de la guerra,
Los gemidos del negro niño perdido.
Hoy han roto la balanza y se pierden
Envueltos en alabanzas a la muerte.

La vanidad, las retrógradas réplicas
Mantienen intactos los tendones
De esta sociedad post-homérica,
Condenada a repetir patrones,
A generar escuadras y plantillas,
A quemar árboles y semillas.

La guerra sajona por combustible
Y los huracanes de aire acondicionado
Fabrican hecatombes futuribles,
Acogotan los destinos cruzados.
Mientras la matrona de rumbo fijo
Pare gusanos en lugar de hijos.

Y en su hediondo altar iracundo,
Pregonan abstinencia los togados
Como solución a los males del mundo.
Doscientos mil iluminados
Proclaman la Edad Media:
Creacionismo, permanencias.

¡Salud, caspa ibérica de valores!
De Santiago y cierra España.
El terror lleva pelucas y tacones,
O viste de arábica chilaba.
Ante sus ojos nublados por el fuego,
Ansiosos por quemar brujas de nuevo.


Cayetano Gea Martín

martes, enero 08, 2008

Olfato

No sé cuándo empezó, a ciencia cierta. Podría ponerme a especular sobre ello, intentar elucubrar el momento exacto, pero dado el tiempo de que dispongo para escribir estas últimas líneas, no sé si merece la pena, sinceramente. Debería centrarme en lo que produjo.

En lo que vino después.

Mi vida hasta que era monótona, plausible: Hijo único, niño bien de Pozuelo, del colegio a la universidad privada. Sexo los fines de semana en coches deportivos, alto y apuesto, vacaciones en Puerto Banús e Italia. Ron caro y cocaína en mis venas, fuerte y atlético, ojos verdes. Amigos predecibles, sustituibles. Desprecio por los demás, pelo moreno, y manos grandes. Carrera finiquitada a base de talonario. Ejecutivo y niñato, el hijo del jefe, bromas a mi espalda, sobre mis anchos hombros. Promociones internacionales, y, pum, entonces.

Entonces ocurrió.

Y como no podía ser de otra forma, lo hizo bajo la apariencia de una mujer. De muchas, en este caso.

Mujeriego irreprimible, algo crónico una vez superada la veintena. Pubs exclusivos Castellana arriba, barra libre americana con mulatas y europeas del este contoneándose al son de melodías desaforadas.

Y entonces, aunque no sé exactamente cuándo, sensación extraña, náuseas, mareos, rojeces en la piel, prurito intenso y miedo, mucho miedo. La enfermedad de las cuatro siglas llamando a la puerta. Adiós, mundo cruel.

Más tarde, pruebas médicas, señores con bata blanca pinchando mi piel morena, palpando mis partes íntimas. Diagnóstico: no concluyente. Síntomas típicos de enfermad venérea: herpes, sarna, ladillas, gonorrea, sífilis; vamos, lo que en argot popular se definía antes como que te habían pegado una buena mierda.

Mandando para casa, con un surtido variado de drogas paliativas e inútiles, con un malestar que sigue en aumento. Dolor infinito, piel que arde de dentro para fuera. Matojos de pelos en la bañera. Dientes en las sábanas por la mañana (insertar chiste sobre el ratoncito Pérez) Imposibilidad de digerir sólidos. Confinado como un anciano a mis treinta y pocos, marchito, seco, calvo, sin pellejo y desdentado. Y más impotente que un muñeco Ken.

Y en medio de mi marejada de dolor, extrañamente, agudización de los sentidos, sobre todo el olfato. Hiperdesarrollo sensorial, o como quiera que se llame. Según parece, los ciegos sienten mucho más con los sentidos que les restan. Yo siento igual, o incluso más, con la nariz. Soy capaz de oler el cáncer que anida dentro de un anciano sentado en el banco del parque que hay debajo de mi casa.

Locura, incapaz de soportar mi propio olor. Todo hiede. Los restos que me quedan de endodermis regados con amoníaco. Uñas arrancadas e incineradas. El agudo olor de las axilas me impedía dormir, por mucho que me lavara una y otra vez. Ya no. No quieran ustedes saber qué hice para que dejaran de apestar.

Oh, Dios mío, ¿no se dan cuenta de mi desesperación?

Lo huelo todo, absolutamente todo, y todo huele mal: la gota solitaria de orina en el calzoncillo de un niño en la otra punta de la ciudad, la cal podrida en las paredes, el pelo grasiento del portero, las ásperas motas de polvo del parqué, el adulterio del vecino. Hasta el cristal del cuarto de baño posee un perfume nauseabundo a eternidad, a duplicidad. Huelo el alma de las cosas, su esencia. ¿No lo entienden? Y va a más, cada vez huelo más profusamente. El mundo entero es un hervidero de pestilencia y putridez.

Hoy he decidido ponerle fin a todo. La pasada noche fue decisiva para ello, cuando un olor increíblemente intenso me atrajo hacia la terraza. Olía a muerte, a entropía, a desesperanza e inutilidad de los actos. Desnudo, sin piel, uñas, pelo o dientes, con los ojos rojos y mi cuerpo enflaquecido, abrí la puerta y aspiré el aire nocturno. Vomité de inmediato ante la mezcla heterogénea de hedores. Pero no era lo que, escasos momentos antes había sentido. El olor venía de arriba, de más allá de los edificios y sus emisiones. Reprimí un grito gutural y sordo. Caí de rodillas y me desmayé. Antes de perder la conciencia, comprendí. Acababa de oler la eterna podredumbre de las estrellas, del cosmos infinito.



Cayetano Gea Martín

viernes, enero 04, 2008

Dark times


Dark times around my head
Dark clouds and barking dogs
Shadows of dust in my bed
Mystical dark moon on the fog

Dark times and deep docks
Again without shore to reach
My soul’s trapped under my clothes
And dead gods are raping me

Bloody dark times again and again
I walk alone, one more time
Trying useless to broke the chains
I wasn’t ready to pay the price

You can destroy my soul again, oh, my fear
I’m so proud about my fragile human stain
Here I am, lying under thousand blind tears
But behind all the masquerades you still remain


Cayetano Gea Martín

miércoles, enero 02, 2008

Semana gris

Un pastor alemán muerto y con el estómago hinchado de gordos gusanos, felices ante tamaño banquete gratuito de los necios.

Una bandada de cuervos enseñoreándose ante la triste catarsis de tragedia griega en que se ha convertido mi corazón.

Una amenaza en llamas que prende fuego a los ridículos calentadores tobilleros de las adolescentes madrileñas de cerebros huecos.

Una lluvia de cerveza podrida, de lúpulo fermentado cuyas bacterias llevan pancartas donde se puede leer “Manojos de escarcha”.

Una marabunta de ruido de orcos y gilipollas, de sincopados ritmos pélvicos que se filtran por las paredes grises de esta ciudad muerta, de este cadáver animado.

Y un silencio, envuelto entre algas, que conmemora mi derrota.


Cayetano Gea Martín

lunes, diciembre 31, 2007

Adolfo Bioy Casares - Diario de la guerra del cerdo


Alianza Editorial
250 páginas
Formato Bolsillo
7,50 €

Hacía mucho que no volvía al cálido abrazo que suponen las letras de Don Adolfo, ese enorme escritor que, a pesar de haber escrito el cuento perfecto (En memoria de Paulina) o la novela corta perfecta (La invención de Morel), siempre ha estado injustamente a la sombra de Borges.

Este libro en cuestión me ha sorprendido bastante. Como me pasa siempre con el bueno de Bioy, las primeras veinte páginas se me hicieron algo cuesta arriba. Después, vinieron las doscientas restantes en un solo día.

La premisa me ha apasionado: un grupo de amigos en torno a los sesenta años, que aún se siguen autodenominando “los muchachos”, siendo uno de ellos el protagonista, caen en una caza de brujas por parte de los jóvenes de Buenos Aires, los cuales, por motivos que no parecen responder a un móvil concreto, comienzan a cazar y matar ancianos, en lo que ellos mismos denominan “la guerra a los cerdos”.

Isidro Vidal, un hombre que se encuentra en la frontera entre la madurez y la vejez, y que vive en un incómodo apartamento del lumpen bonaerense, contempla asustado cómo sus amigos, algo mayores que él, van muriendo uno a uno. Y él, persona derrotada, divorciado, con un hijo que lo desprecia, se debate entre hacer algo o dejarse llevar por su carácter débil hacia la entropía.

En el horizonte, una relación imposible, de ésas que tanto gustan a los autores hispanoamericanos; sentimientos no resueltos de un hombre, Vidal, que sigue siendo un adolescente emocional, y que ahora, en el otoño de su vida, se valora menos que nunca.

Este libro es una impresionante alegoría sobre la soledad y la vejez, sobre cómo se siente una persona cuando deja de importar para el mundo, cuando te atienden mal en la panadería, cuando ya no puedes mirar a las mujeres sin que piensen en ti como un viejo verde. En resumen, la repulsión e incomprensión que siente la sociedad por las personas mayores.

Con este libro, Bioy sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: deconstruir la sociedad, con su elaborada sociología de ficción. Bioy, mucho más cotidiano y mundano que Borges, ofrece en esta novela, como siempre, todo lo que una novela puede contener: amor, horror, belleza, ficción, laxitud, alegría y pena; en mundo parecido al nuestro, pero que se rige por principios diferentes, alterados.
¿Qué más se puede pedir?


Cayetano Gea Martín

viernes, diciembre 28, 2007

Frikismo musical


Hoy el comentario es muy breve, pero a la vez, aclaratorio. Hora de definirse, niñas y niños.
Gamma Ray, la banda con la cual conocí en mi adolescencia el mundo del metal para ya no apearme de él, ha sacado un nuevo disco, curiosamente, la continuación de aquel disco que a la gente de mi grupo nos abrió los ojos (¿verdad, Pedro?).

Podría decir que he evolucionado musicalmente desde entonces, que mi espectro es ahora infinitamente más amplio, pero eso, supongo, debería ser algo obvio para gente que, como nosotros, necesitamos constantemente la sorpresa, el cambio, lo que los anglosajones llaman “sense of wondering”.

Y eso fue exactamente lo que provocó en su día el disco de marras, hace ya la friolera de trece años.

Será por eso que dicen que no evolucionamos realmente. Porque, ¿qué puedo encontrar en este disco que no conozca ya de antemano? Nada nuevo. Metal puro y duro, sin concesiones. Eso sí, es casi tan bueno como su predecesor (¡sí, Pedro, sí!), y me ha hecho sentir con quince añitos de nuevo, revivir las emociones y los colores de antaño, cuando todo parecía nuevo y hecho para mí.
Y eso no está mal, ¿verdad?

Cayetano Gea Martín

Gamma Ray - Land of the Free II
Kai Hansen: vocals, guitars
Henjo Richter: guitars, keyboards
Dirk Schlächter: bass
Daniel Zimmermann: drums


Vídeo de Into the Storm

jueves, diciembre 27, 2007

Tierra Baldía


El refugio, día 2

Es curioso cómo el hombre se habitúa y se amolda a cualquier tipo de situación. Desconozco de otra criatura que sea capaz de hacer lo mismo y de vivir con este marcado carácter gregario que, quizá, sea la clave de nuestra capacidad de supervivencia.

En el refugio somos trece personas, siete mujeres y seis hombres. Originalmente éramos catorce, pero hace una semana murió Karl, el mayor de nosotros. Nunca hubo o no lo recordamos nadie más aquí. Crecimos solos, sin padres, como los niños perdidos de Nunca Jamás. Y en parte, este lugar es eso. Pero también teníamos un Peter Pan, y ése era Karl. Él nos enseñó las normas básicas de cualquier sociedad civilizada, la educación, la lectura, el estudio, el trabajo, el desarrollo sexual. Aprendimos que antaño hubo gente que poblaba el mundo exterior, gente que vivía ahí fuera, en el Desierto-Que-Antes-No-Lo-Era, en la tierra baldía.

Afortunadamente, para mí al menos, el refugio contiene toda la información necesaria que podamos desear, tanto visual como auditiva. Gracias a eso, pude leer y convertirme en una persona cultivada y de refinados gustos. Aprendí (y lo sigo haciendo) mucho sobre el pasado, aunque no hay nada sobre el Apocalipsis que mandó a la humanidad a la papelera.

Inciso: Es curioso, utilizo palabras tales como papelera, barco, naufragio, templo, verdor u oso polar sin haber visto nunca nada de eso, salvo en los vídeos de que disponemos.

Los otros, el resto de los niños perdidos, no comparten mi gusto por la cultura y el conocimiento, salvo, y no del todo, Esmeralda. Los demás prefieren hacer ejercicio o hablar entre ellos. En un universo con tanto tiempo libre, dejas de preocuparte por él. Las actitudes se vuelven erráticas y laxas, como la de los ancianos que eran encerrados por sus hijos en lugares aclimatados para que no molestasen, como si la edad fuera algo contagioso y no lo que realmente es: una semilla pútrida que anida en nuestro pecho, esperando brotar.

Ah, mi mente no es capaz de darle sentido y coherencia a lo que escribo, y así voy saltando sin orden ni concierto de un tema a otro según los voy recordando. Se me olvidaba decir que, en efecto, somos trece personas aquí y que, por desgracia, no seremos más, ya que la radiación, a pesar de encontrarnos aislados, hace mella en nuestros cuerpos. Como consecuencia, somos impotentes y estériles, además de envejecer mucho más rápido de lo normal. Sabemos que antes de la hecatombe las personas eran capaces de alcanzar edades que ahora se nos antojan de ciencia-ficción. Por lo que he podido ver, yo debo de tener el aspecto que tenían los hombres de unos sesenta años.

Tampoco, y quizá como consecuencia de no poseer apetito sexual, tenemos unos sentimientos muy fuertes hacia los demás. Esto lo pude comprobar tras la muerte de Karl. Nos entristeció, sin duda, pero no alteró nuestra rutina diaria. Yo mismo he de confesar que a duras penas soy capaz de sentir algún tipo de sentimiento por alguien de aquí, salvo indiferencia. No sé qué es el amor. Veo en alguna película antigua o leo en algún ajado volumen cómo quien más quien menos tiene a alguien de quien preocuparse, llegando hasta el extremo de dar su vida por amor. Claro que, a falta de una fuente fidedigna, puede ser que eso solamente ocurriera en la ficción. Quizá era como a las personas les gustaba verse reflejadas. ¿Puede ser que volcaran todos sus deseos en el arte? El ser humano es una criatura compleja e incompleta. Por mi parte, lo más cercano a amar a alguien que poseo es a Esmeralda. Es una persona curiosa y desconcertante, hecho que me encanta. El resto de los moradores del refugio poseen una especie de mente colmena. Ella brilla con luz propia.

El cansancio atenaza mi mente y mi atención divaga hacia las paredes tachonadas de fotografías y recortes de prensa de mi habitación. Creo que lo voy a dejar por hoy. Quizá mañana, en vez de escribir, podría revisar lo escrito e intentar dotarlo de algo más de estructura, no sé. Me voy a cenar y después a dormir el sueño de los justos, ya que eso es lo que somos, justos. Es como si el hombre hubiera sido por fin capaz de erradicar el pecado, aunque para ello tuviera que desaparecer el mismo de este plano de la existencia.


Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 25, 2007

¡450!

Pues eso.
Que ya llevamos 450 entradas (bueno, con esta, 451) en este, vuestro blog... Han sido cuatro años increíbles donde nosotros dos (y algún que otro colaborador fortuito como Nacho o Javi) hemos podido dar rienda suelta a nuestros escritos y disparates, algo que nos ha resultado siempre muy placentero y gratificante...

Estamos preparando algo especial para cuando alcancemos la simbólica cifra de 500 entradas, algo que os implicará a los que nos leéis... Y no puedo revelar más, no, no me tiréis de la lengua...

Besos y abrazos y muchísimas gracias por estar ahí...

Pedro Garrido Vega
Cayetano Gea Martín

sábado, diciembre 22, 2007

Vacío.

Acude desde hace tres meses a aquella ventana. Es de noche y apenas hay una o dos personas caminando por la calle con paso rápido. La ventana está iluminada y tras ella se balancea la sombra, que se acerca y se aleja sin prestar cuidado a lo que ocurre fuera. Él la observa silencioso, sentado en un banco. La sombra baila, se contonea, quiere asomarse pero de nuevo se aleja. Cada una de esas aproximaciones a la ventana es una nueva esperanza, que inmediatamente se difumina, cuando la ve de nuevo alejarse. Es un sexto piso. La luz es muy blanca y la sombra muy oscura. Él espera a reunirse con ella en algún momento. No tiene valor para subir y prometer no sabe qué ni proponer no sé qué insólitas explicaciones. La ventana se abre y la sombra, menuda al principio, se hace más grande. Se acerca, se acerca, piensa él, mientras la sombra crece, crece, se acerca, se acerca y ¡plaf! Por fin juntos.

viernes, diciembre 21, 2007

Besugos


Claro que te entiendo, vamos a ver, es que parece que me estás llamando algo que yo no soy, joder, ¿vale?; que a mí a comprensivo, cariñoso, simpático, agradable, atractivo, interesante, bondadoso y modesto no me gana nadie, ¿estamos o no estamos, tronco?; es que a veces parece como que estoy hablando con una pared, hombre, y eso no puede ser o no debe ser, elige tú el verbo modal que más rabia te de, aunque no sé si se puede decir en español lo de verbo modal, que estoy ya tan contaminado con el puto inglés que se me olvida mi propio idioma, la hostia; como me dijo el otro día ese que viene por aquí y que, sí, ya sabes de quién te hablo, sí, el de los cafés y las frases tremendas, ese tío, sí, pues me dijo el colega que al inglés le pasa como a los Beatles, que está sobrevalorado, ja, ja; no me dirás que la frase no es buena, macho, no lo puedes negar, oye, que estás hablando conmigo, ¿vale?, no con esos otros que pululan por estas cuatro paredes de garito, de garito de guiris, ja, un guirito, vaya, si se me permite acuñar el término, y sí, tío, acabo de leerme lo que me dejaste, ya sabes, el libro ese sobre la educación y no puedo estar más de acuerdo contigo, aunque me joda y me cueste, que dar mi brazo a torcer no te voy a negar que me resulte fácil, ojo, pero lo intento todo lo que puedo, que uno procura no encabezonarse en demasía y mostrar cierta empatía, que el pluralismo es básico en este siglo nuestro de las luces, o por lo menos deberían serlo, como luces, pocas, tiene la rubia de la barra, ¿te has fijado?, vaya, si es que no puedo estarme quieto, ya lo sé, que debería ser capaz de controlarme, pero es que veo a una de ese tipo y, buf, son mi debilidad, como las tuyas son jugar al rol y masturbarte como un mono en celo, así que permíteme sin me quedo con las mías, amigo mío, que las tuyas me resultan patéticas y simplistas, aunque oye, que lo entiendo, ¿eh?, que el que nace feo pues no le queda otra que hacerse friki, claro, que se le va a hacer, jajaja, pero, vamos, que lo comprendo y que en todo caso lo que me despiertas es lástima, que también soy compasivo, que me lo dejé colgando de la lista anterior, cachis la mar.

Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 18, 2007

Tierra baldía

El refugio, día 1

Desde mi retiro espiritual escribo estas líneas. Fútil es decir cuál, ya que a estas alturas, solamente debe quedar uno. El resto del orbe terrestre es una vasta extensión de tierras baldías, animales mutados y los espectros de los miles de millones de seres vivos muertos, cuyas improntas grabadas en la arena se manifiestan de vez en cuando. Se diría, si aún tuviera sentido del humor o ironía, que las almas también padecen el efecto invernadero y son, por ende, incapaces de trascender este plano de la existencia.

¿Quién podría recordar cómo comenzó todo? Difícil resulta saberlo. En un mundo sin que nadie registre nada, sin ningún medio posible de grabación, salvó, quizá, estas pocas hojas de papel que poseo y que, en un mundo sin árboles, arroz o piel de animal, resultan más valiosas que la vida de muchos hombres; la única transmisión viable de conocimientos es la oral, y, lamentablemente, quedamos tan pocos… Pero aún así acometo la tarea de dar cuenta escrita sobre todo lo que pueda o recuerde, ya sea para provecho de alguna improbable generación venidera o para hacer algo de provecho en mis veinticuatro horas diarias de tiempo libre.

Así pues, ¿cuándo ocurrió el cataclismo que exterminó a dos terceras partes de la raza humana de un coletazo y al tercio restante en los años siguientes casi al completo? Ah, no queda nadie en el planeta que sea capaz de responder esa pregunta. Aunque existen todavía, quizá, doscientos seres humanos, y yo haya podido ver, a lo largo de mi existencia aquí, un total de doce personas, no queda nadie lo suficientemente anciano para ello. Todos los que vivimos hoy nacimos varias décadas después del Apocalipsis.

Lo que sí sabemos, aunque escuetamente, es qué fue lo que pasó: las sucesivas detonaciones y el consiguiente invierno nuclear. Aunque a veces deseo no saberlo y haber nacido con la idea de que siempre fue así el mundo. La memoria de una tierra verde y de un aire no contaminado de radiación resuena por los pasillos de este retiro como ecos legendarios de tiempos pretéritos.

El refugio es un lugar agradable y bien protegido. Construido los dioses saben hace cuánto para proteger a los mandatarios de un conglomerado de naciones llamado Europa de un posible ataque nuclear. Algunos dicen que somos los descendientes de aquellos hombres y mujeres, y que los humanos que quedan vivos y con salud provienen de otros refugios similares a éste. Puede ser, quién sabe. Nunca he abandonado este lugar. Desconozco de la existencia de otros lugares parecidos, o de otras opciones de supervivencia posibles. El mundo es una roca seca sin sentido, como tantas otras en el cosmos. No somos más que parásitos a la deriva en un barco que ya hace tiempo naufragó.

Estoy cansado. Mi cerebro requiere de sueño y de alimento. Escribir es una ardua tarea a la cual no estoy acostumbrado. Pero sigo firmemente decidido a llevar un diario hasta que me llegue la muerte, la cual, calculo, ya no tardará demasiado en llegar. Ayer cumplí cuarenta y cinco años.


Cayetano Gea Martín

viernes, diciembre 14, 2007

?

Hoy no se me ocurre nada, así que cuelgo unas frases de un amigo llamado José Luis, azote de los necios y tertuliano de eterno café. Hala, buen finde:

Dios ha muerto, Nietzsche también, y yo no me encuentro muy bien.

A la lengua inglesa le pasa lo que a los Beatles: está sobrevalorada.

En estos tiempos todo es integral, hasta los idiotas.

José Luis Raposo Coedo

lunes, diciembre 10, 2007

Presentes

Incienso, panegírico de la transubstanciación, oblea del daño inminente, para el niño que perdió su visión de infante ante el trono de un dios cruel capaz de dejar a su hijo morir por darnos una lección.

Mirra, panacea de la inutilidad, placebo del engaño para el padre cornudo que, por no enfadar al jefe, tuvo que comulgar con ruedas de molino y tragarse la trola de que su mujer follara con una paloma.

Oro, soborno del alma, muerte del clítoris, para la madre virgen que espantará las moscas de su hijo muerto con sus dedos incapaces de amarse a sí mismos, condenada a condenar a las mujeres del mañana a una vida de servidumbre.


Cayetano Gea Martín

martes, diciembre 04, 2007

Herman Hesse - El lobo estepario


El lobo estepario
Hermann Hesse
Alianza Editorial
Formato Bolsillo
248 páginas
Precio: 7,50 €

Con miedo me he vuelto a asomar a este libro, con el miedo que da el habérmelo leído hace tres años y el no haber encontrado en él lo que la gente le ve. Afortunadamente, esta vez no ha sido así. Lo cierto es que el libro de marras me ha fascinado.

Harry Haller, un solitario hombre maduro, que vive rodeado de libros, intenta compaginar en su interior dos almas. La primera, la de ser humano, es altamente ética, moralista y refinada. La otra, la de lobo estepario, refleja su lado animal, su odio por la sociedad burguesa y sus valores decadentes. Harry es el prototipo del intelectual artístico, incapaz de entender el mundo que le rodea, atrapado en un mutismo voluntario y empecinado. No comprende cómo Goethe y Mozart han dado paso a la literatura pastiche y a la música Jazz. Aislado así de la sociedad, se compromete a poner fin a su vida cuando cumpla la simbólica cifra de cincuenta años.

El estilo del libro es del que más me ha gustado siempre: conciso y claro, diciendo mucho con palabras sencillas. El libro es un compendio de prácticamente todo, es uno de esos manuscritos a los que me gusta definir de totales: todo cabe en él, y además, bien, de eso que lees y te da envidia sana la facilidad con la que el autor da en el clavo sin aparente esfuerzo y sin tener que recurrir a un lenguaje recargado, con abuso adjetival (es decir, como el mío, por desgracia).

El libro comienza lento, desgranando el personaje con calma y desde varios puntos de vista, para acabar con la aparición femenina, símbolo de la redención (aunque no es un símbolo tan obvio como se pueda creer en un principio), y en un teatro de lo absurdo, donde el realismo mágico y la sociología de ficción se dan la mano.

Lo mejor del libro, técnica aparte, es, para mí, el haberme visto reflejado en muchos momentos del mismo. Por que ¿quién no se ha sentido alguna vez un marginado de su propio tiempo? A veces, solamente necesitamos que alguien nos abra los ojos y nos diga, ‘Oye, tú, que puedes tener un cerebro y unas ideas muy grandes sobre la vida y todo eso, pero también tienes que aprender a reírte, a pasarlo bien, a vivir con tantas musas en tu coco y a hacer algo productivo de ellas”. Y esa es la clave del libro, a mi entender: el humorismo (que no el humor), como una sabiduría superior para poder canalizar todo lo que llevamos dentro. Mozart no paraba de reírse, Harry no, y deberá reconocer que lo que sabe no es suficiente ni es lo más válido.

En resumen, no os lo recomiendo, si no que os insto a leerlo. ¿Nunca os habéis sentido incapaces de enfocar vuestras respectivas habilidades innatas porque ellas os han alejado de la sociedad? Aquí tenéis un manual del escapismo y la esperanza más pesimista que podréis encontrar. Psicología de la buena, no de panfleto de consulta a lo Bucay y otras sandeces de aprovechados que, parafraseando a Marga, no han sabido entender a los clásicos.

Saludos, lobos esteparios.


Cayetano Gea Martín

viernes, noviembre 30, 2007

El señor bajito y viejo


Hoy he dejado salir de su prisión de carne y hueso a ese señor bajito, a modo de duendecillo ibérico, que anida en mi pecho. Es un viejo insoportable, de muy mal carácter y pronto destructivo (¿o era destructor?). Le tiene asco y odio a todo lo que huela a juventud, a frescura. Es huraño, rencoroso y se parece a mí. O a una versión alternativa, como si me hubiera zambullido en un cómic y hubiera extraído desde el fondo de su cuatricomía al típico clon gemelo malvado del futuro de una dimensión paralela del superhéroe de turno. Salvo que él no es clavado a mí, si no, como ya he dicho, pequeño y viejo, como un Mini-Yo arrugado y feo.

El por qué de mi decisión de sacarle a la calle ha respondido a la necesidad de librarme de él por un tiempo, ya que no para siempre. En esto también se parece a los villanos de los tebeos, cuyas derrotas son temporales y al final acaban volviendo siempre. Tampoco es posible convivir con él, lo que sería lógico, y siento que si le dejo hacer o deshacer a su antojo, absorberá todo lo que tengo y lo que soy. O lo que puedo llegar a ser si él me lo permite.

Así que he bajado junto a él los escalones de mi hogar y he dejado que se explaye a gusto fuera de mí. Es como sacar al perro a cagar, aunque yo procuro que él no lo haga a la vista de nadie. Me he sentado con él en el frío césped de invierno, a templar su carne arrugada al ritmo de un sol que no existe. Y cuando el ha considerado que los hados son propicios, ha decidido comenzar a hablar. Su voz ha surgido ronca y quebrada, ridículamente aguda. La frase es siempre la misma, siempre certera y rotunda en su perfecta monotonía armónica: “¿Por qué me has abandonado?” Y como siempre, no he tenido respuesta.

Cayetano Gea Martín


Todos llevamos un viejo encima.
Joan Manuel Serrat


jueves, noviembre 29, 2007

8.El comercio.

No es cierto que el señor que viste un impoluto traje de Versace sea tan sólo consciente del deseo de muerte del tiempo, que no es deseo, como ya hemos dejado claro, aunque no deja de ser un acto homicida que el tiempo, con un simple frenazo en seco podría evitar. El gran Hom(br)icida arrastra a su alrededor a una bandada gigantesca de buitres que revolotean buscando cuerpos inertes con los que comerciar. Por eso cada vez que el hombre de los Martinelli de piel pasa junto a la funeraria que se encuentra de camino al trabajo (abierta las 24 horas del día, porque los vivos solemos tener la fea costumbre de no avisar cuándo nos vamos a convertir en muertos, salvo honrosas excepciones que deberían entrar en el paraíso por la puerta grande) se detiene unos instantes y una idea dicotómica se instala en su mente: ¿querrá realmente el dueño de la funeraria que yo muera? ¿o será tan sólo un deseo abstracto e indiferente? Y si estoy en lo cierto con esta segunda suposición, ¿qué es moralmente más reprobable, desear la muerte de un solo sujeto, desearle una muerte agónica, sincera y despiadada, o desear una muerte universal, absoluta, insensible y despersonalizada, dirigida a todos y a nadie en particular? Cada vez que se detiene junto a la funeraria echa un vistazo al interior y se repite la misma pregunta sin solución. Jamás se ha planteado la posibilidad de que el dueño de la funeraria no quiera que muera nadie, ¿cómo viviría entonces? Sin clientes no habría negocio, sin negocio no habría dinero, sin dinero no habría comida y sin comida no habría vida, por lo que otros finalmente se ocuparían de su cuerpo. Por suerte para el dueño de la funeraria la muerte es inevitable. Aunque todo depende de si el dueño de la funeraria se mira a sí mismo como dueño de la funeraria o como futuro cliente de la misma. Porque ¿será el dueño de la funeraria cliente de su propia empresa algún día o preferirá que se ocupen otros de él? El panadero habitualmente consume el pan que él mismo fabrica, del mismo modo que el carpintero suele diseñar las estanterías de su propia casa. Por tanto, ¿preparará el dueño de la funeraria su propia muerte? Ataúd de roble, dos coronas y lápida con epitafio conciso: Perdone señora que no me levante o Aquí yace XXX XXXXX quien a lo largo de su vida llegó, vio y fue siempre vencido tanto por los enemigos como por las naves enemigas o el inconmensurable Aquí yace XXX XXXXX, para él nada fue difícil, excepto el amor, ¡por eso amó tanto a las mujeres fáciles! ¿hará uso del cuarteto de cuerda?¿querrá que le envuelvan en bandera alguna?¿o tal vez le incinerarán? Una pequeña urna y vaciar las cenizas en las islas Mauricio donde se escapó con su mujer cuando aún un beso era un suceso conspicuo, un acto de atención activa y no el gesto banal y rutinario en el que se ha convertido. La mente del señor del traje Versace bulle de ideas y preguntas, muchas sin respuesta.
Cuando pasa junto a la funeraria mira hacia el interior. Hay un revuelo anormal. El hombre mira hacia el otro lado de la calle. Hay una ambulancia y un coche de policía. Mira de nuevo hacia el interior. El dueño de la funeraria yace sobre el suelo, inerte. Los servicios de urgencias salen despacio. No hay nada que hacer.
-Anda, que morirse en una funeraria.
-Al menos era su funeraria, la cosa queda en casa. Y los costes le van a salir gratis.
-Qué va. El hombre no quería un entierro organizado por su funeraria. Me ha dicho la mujer que él era donante de órganos y que lo que sobre, que lo estudie la ciencia.