lunes, abril 18, 2005

Canción de cuna

Cierto es que nunca te he escrito nada. Cierto es que eres la persona sobre la que más tendría que escribir, puesto que eres la persona más importante que tengo en mi vida, junto con los otros dos integrantes de la Trinidad que amo.

¿Por qué siempre olvidamos o no queremos hablar de vosotros? ¿Por qué, a pesar de que somos conscientes de que sois parte esencial de nuestro ser y de que vuestra presencia siempre nos guía y nos acompaña, por qué nos esforzamos en cortar riendas y en volar en soledad o con otras personas que nunca nos amarán con ese amor incondicional con el que amáis, con el que tú me amas? Quizá, la certeza de saber que siempre estarás para recogerme cuando me estrelle hace que no valore lo que me das como se merece.

Has gastado tu juventud en mí, para que yo pudiera gozar de la mía en la libertad que siempre me brindaste, sin más ataduras que las del corazón, la única retribución que pedías.

Ahora que se acerca el día en el que abandonaré el nido, debería hacer una valoración silenciosa de lo dado y lo recibido.

Me has dado tanto, me has enseñado tanto, que ni en mil años podría compensarte, ni en cien vidas más que viviera. Lo único posible es reconocerte como dueña, señora y primera guía de mis pasos. Sólo puedo quererte y amarte con la misma pasión que tu siempre me mostraste. Disfrutar de tu presencia antes del fatídico día, que espero sin esperanzas no llegue jamás, en que te vayas y sea media persona durante lo que me reste de vida.

Sólo puedo quererte como tú a mí y darte las gracias. Gracias, mamá.


Cayetano Gea Martín

viernes, abril 15, 2005

El holandés errante, Capítulo Cuatro

Qué extraño mundo ha de ser éste, si los secretos más grandes de la mente y del alma aún no han podido ser descifrados por la ciencia. Empero, algún día, cabe la esperanza de que desentrañemos completamente los misterios insondables del cosmos. Quizá entonces, lo que pasó aquella, en principio, apacible tarde en Barcelona tenga sentido.

Me encontraba, como queda dicho hasta la saciedad, dentro de un cuadro de El Bosco que surgió cuando Manuel VanHerden invocó a aquel pequeño demonio. El hecho de estar en el infierno, me hizo pensar que tal vez fuera el diablillo quien hubiera invocado a Manuel, y no al revés.

Sea como fuere, y a pesar de mi destrozada mente, pude oír el peculiar diálogo que Manuel y el demonio mantuvieron, el cual reproduzco aquí para solaz y entretenimiento de las personas que lean estas líneas:

MANUEL.- Entonces, si bien le he entendido, no cabe dentro del concepto real de infierno las teorías filosóficas francesas…

DIABLILLO.- Ni las alemanas tampoco, amigo mío. Ni prácticamente ningún pensamiento promulgado por el hombre, salvo, quizá el de Dante y las imágenes de El Bosco. Pero éste último no tiene mérito, ya que también consiguió invocar a un diablo y éste le mostró, como yo a usted, la magnitud real del infierno.

MANUEL.- Lo cual me hace pensar en el motivo por el cual me mostráis una porción del tártaro, mi querido diablo…

DIABLILLO.- Es muy sencillo, realmente… Se llama defensa propia, señor VanHerden. Soy su prisionero, eso es obvio, pero mientras usted me pide lo que me tenga que pedir, yo les llevo a usted y a sus aterrorizados amigos de tour por el infierno… Y llámeme Azazel, hágame el favor…

MANUEL.- Como deseé usted. Comprendo sus motivos más de lo que cree, señor Azazel. Y me parece un precio mínimo a pagar por lo que le quiero pedir a cambio.

AZAZEL.- ¿Está pues, de acuerdo con las condiciones prefijadas?

MANUEL.- ¿Prefijadas? ¿Y dónde se reflejan dichas condiciones?

AZAZEL.- Aquí. (Extrae un documento de su espalda) Artículo 13/666 del Reglamento Demoníaco en cuyo Apartado VI, referente a las Relaciones con los Mortales…

MANUEL.- De acuerdo, de acuerdo. Era solamente curiosidad. Al fin de cuentas, estoy de acuerdo con usted…

AZAZEL.- Perfecto. Aún así, debe firmar este documento con su propia sangre. Aquí tiene. (Le entrega el documento) Es el típico documento administrativo, no tiene por qué leerlo entero. Básicamente, se me exime a mí, como funcionario infernal, de cualquier tipo de responsabilidad en caso de etc., etc.

MANUEL.- Ya le he dicho que estoy completamente de acuerdo con las condiciones. Sé que siempre que se pacta con un demonio se sale perdiendo en el trato, pero considerando las implicaciones de lo que le quiero pedir, cualquier precio a pagar por mi parte me resultaría modesto.

AZAZEL.- ¿Y qué me quería usted pedir, si puede saberse?

MANUEL.- Bien. Llegamos al momento de la praxis. Escuche atentamente…


Cayetano Gea Martín

martes, abril 12, 2005

Conmoción, por Juan José Millás

Llevabas razón, madre, si te significas demasiado, al final te quedas más solo que la una. No volveré a hacerlo. Ahí van, como muestra de mi arrepentimiento, estas líneas hondamente sentidas sobre el Papa: ha muerto un campeón de la libertad, un hombre que llevó a la Iglesia a cotas increíbles de democracia interna y que reconoció los derechos de los colectivos tradicionalmente perseguidos u olvidados, fueran pobres, mujeres, homosexuales o filatélicos (en caso de que la filatelia sea una opción venérea, que ahora no caigo). Su odio a las tiranías fue tal que administró la eucaristía a Pinochet, también conocido como el libertador del Cono Sur, con el que la Iglesia de Juan Pablo II colaboró activamente y sin complejos. Y hablamos de Pinochet por no mencionar a héroes menores como Videla, que llevó a cabo su misión redentora gracias a la eficaz ayuda de los obispos argentinos.

Ojalá que la Iglesia no aproveche este óbito para relegar de nuevo a la mujer a la condición servil de la que Wojtyla la rescató. Ojalá que el Vaticano continúe apostando por las comunidades de base, por los desheredados de la Tierra, como hizo Juan Pablo II al apoyar a los teólogos más comprometidos con la difusión del mensaje de Cristo entre los pobres. Pido a Dios que ilumine a los cardenales para que elijan un sucesor capaz de continuar la revuelta que este hombre llevó a una institución ya de por sí avanzada. ¿O acaso podremos olvidar los españoles la complicidad, dicho sea en el mejor sentido de la palabra, de la jerarquía eclesiástica con Franco, cuyas torturas aplaudió hasta quedarse sin manos? Y es que también Franco, como ha demostrado la historia, era otro campeón de la libertad. ¿Para cuándo su beatificación?

No volveré a quedarme solo. En el futuro repetiré lo que ordene la tele, aunque contradiga mi experiencia. Escribo estas líneas al sol de abril, en la terraza de una cafetería. Nadie, a mi alrededor, da muestras de haber sufrido una gran pérdida, pero deber ser un efecto óptico porque los telediarios hablan de un duelo universal, que afecta a todos y cada uno de los habitantes del planeta. Me rindo, mamá, y en este acto abomino del condón y me adhiero al discurso único.
Juan José Millás

viernes, abril 08, 2005

Tentaciones II

Calor, siento calor, siento mucho calor mientras recorro las calles pecaminosas de esta ciudad impía camino de el monasterio de Nuestra Señora de la Iluminación, mientras me dirijo con decisión a aliviar mis burbujeantes instintos animales.

El fuego que anida en mi pecho y en mis ingles dista mucho de desaparecer. Al contrario, parece como si comenzara a extralimitarse de mi propio organismo, como si fuera a desbordarse, a romper todas las barreras y a inundar todas las calles con su torrente cálido, rojo, infernal. Casi espero, mientras sigo caminando con pasos trémulos hacia mi destino, que la gente me observe y reparen en hebras rojizas o en llamas emanando de mis poros.

Me detengo delante del monasterio mientras procuro tranquilizar al potro desbocado que galopa por mis venas. Con increíble esfuerzo, consigo tirar lo suficiente de las riendas como para reprimirlo, para que espere agazapado el momento de saltar sobre la desafortunada víctima. Intento componer mi semblante en la postura más seria y fría posible, y golpeo a la puerta.

La hermana de guardia, al reconocerme, me franquea la entrada. No puedo evitar pensar que, a pesar de lo asquerosamente fea que resulta su cara y de sus orondas formas, la tomaría ahí mismo y en ese preciso instante. Simulando el infierno que se revuelve en mí, lanzo un suspiro que la monja interpreta, afortunadamente, como una muestra de cansancio.

-Necesitáis descansar, padre, se os nota en la forma de andar- me comenta con compasión la hermana de guardia –Si me lo permitís, os habilitaré la celda de los invitados para que os tumbéis un rato-. Asiento con la cabeza y sigo a la monja a través de la galería principal, tambaleándome y encorvado, para que la presencia de mi falo enhiesto pase desapercibida. Al final llegamos a una pequeña celda compuesta de un simple jergón y una sencilla mesilla de noche. –Avisaré a algunas de las novicias para que os traigan algo de agua, padre- me anuncia la piadosa mujer. Al oír la palabra novicia casi no consigo impedir que mi bestia interior se abra camino a través de mi mente y tome el control total y absoluto de mi ser. Con prometedoras palabras, la insto a tranquilizarse hasta que la desdichada novicia aparezca. No puedo, a pesar del calor que me consume, evitar compadecer a la pobre alma virginal que venga caritativamente a apagar mi sed y descubra que ésta no es de agua…
Cayetano Gea Martín

martes, abril 05, 2005

El holandés errante, Capítulo Tres

Retomo estas crónicas infernales después de dos semanas de permanecer en la sala de aislamiento por agredir con un lápiz a un enfermero. Al final, y gracias a un imperdible, creo que podré continuar escribiendo un poco más, aunque para ello me veo obligado a utilizar mi propia sangre mezclada con ceniza. Pido disculpas, pues, si la letra resulta no todo lo legible que sería menester.

Como empecé a comentar antes, tres fueron los factores iniciantes de mi demencia. El primero, como queda dicho, fue contemplar cómo, aparte de Manuel, sus amigos y yo, el resto de los parroquianos, incluida la rolliza dueña del local, se encontraban muertos y secos como si el tiempo hubiera transcurrido mil años sólo para ellos. Lo segundo que pude constatar fue que el local entero parecía sangrar. Las paredes latían y habían adquirido una tonalidad translúcida que permitía observar riachuelos de sangre subiendo y bajando, y derramándose por el suelo. Grotescos racimos de enormes costillares, calaveras no del todo humanas, extrañas formaciones coralinas purpúreas y grandes porciones de intestinos servían de demoníaca decoración.

Aquel segundo factor, por sí solo, ya hubiera bastado para convertirme en la criatura babeante y de esfínteres sueltos que soy ahora, pero lo tercero que mis malditos ojos vieron impedirá que vuelva a caminar entre los hombres en algún lejano día.

Debido a la imagen grotesca de cuadro de El Bosco que se desarrollaba ante mí, decidí fijar mi atención en algo cotidiano, en algo sencillo. Por ello, contemplé esperanzado el paisaje que, supuse, se desarrollaría en el exterior del bar, en el trabajador barrio del Poble Sec, donde, según mi madre (biógrafa no oficial), había transcurrido la juventud de Joan Manuel Serrat. Dudo que dicho cantautor hubiera reconocido lo que se veía desde la ventana.

Me resulta imposible describir en todo su horror y magnificencia lo que se extendía ante mis ojos. Cualquier intento sería en vano, no obstante, y para el buen entendimiento de la historia (aunque está claro que el narrador de la misma, es decir, yo, hace tiempo que perdió el hilo de la misma), puedo decir que fuera del bar se extendía una zona infinita de tierras baldías rugientes de fuego, fuego que surgía por las numerosas grietas de aquel paisaje desolado, llenando el cielo de rojo fulgor y de negra y espesa humareda. Por aquella superficie, reptaban las más horribles criaturas fruto de la mente más depravada. Ni Lovecraft, en toda su horrenda imaginación, hubiera concebido tamaño tabernáculo del caos: gigantescos escarabajos corináceos de más de siete metros de altura creaban su redondo alimento a base de putrefactos fragmentos humanos; ejércitos de rojos diablos alados combatían contra translúcidos dragones; espantosas figuras semihumanas se arrastraban por el suelo, dejando tras de sí nauseabundos regueros de baba blanca cubierta de inmundos gusanos de doble cabeza; criaturas reptilianas de todo tamaño y composición corrían desaforadamente de un lado a otro, cazándose, devorándose, penetrándose; rostros de gente que antaño conocí flotaban en el aire y proferían a gritos mil y un reproches contra mi persona; y, por debajo y por encima de todo y de todos, una sensación, un pensamiento, una inteligencia maligna traspasaba mi alma y me llevaba a la desesperación más absoluta que jamás conociera hombre alguno.

Ahora debo detenerme… Imposible continuar por hoy… Mañana quizá…

Cayetano Gea Martín

viernes, abril 01, 2005

Un juego

A la memoria de Macedonio Fernández, el Primer Motor…

Hoy no me apetece escribir… Hoy, mis ojos se van detrás de las mujeres que comienzan a florecer en primavera, y mis narices se inundan de polen de gramíneas, de terribles gramíneas, que me atacan como un ejército invisible.

Hoy he decidido que seas tú, amado o amada lector o lectora, el que escriba o la que escriba. Desde aquí soy capaz de sentir tu inteligencia, sí, la cual debes utilizar para caer bien a los demás o para ligar con chicas, o con chicos. ¡Oh, amado o amada lector o lectora! En este odioso u odiosa mundo o munda de perros o perras, lo político o políticamente correcto o correcta nos obliga u obligo a nombrar constantemente a ambos o ambas géneros o géneras, lo cual dificulta o dificulto notablemente la labor comunicativa, no sé si estarás de acuerdo o acuerda. Claro, que dependerá en parte de si eres hombre o mujer o un sofá cama.

¿Qué es lo eterno, me preguntas? Bien. Vayamos por partes: ¿eres lector o lectora? Si eres lector, te daré la respuesta rápida. Si eres lectora (y además atractiva, aunque en ese sentido soy de amplio espectro), te daré la respuesta larga a la sombra de un café o infusión, mientras me explayo en pensamientos filosóficos de mercadillo de ocasión.

Para los lectoras (las damas primero, que ante todo soy educado y clásico), podría decirse que la eternidad es {dejando aparte los imposibles soliloquios [de esos que intentan desmigajar el cosmos como si de un pastel se tratase (y no un pastel demasiado digestivo, además), dividiéndolo en pequeños fragmentos inteligibles (lo cual no hace que sea menos tragable el conjunto de la monumental tarta)] de los pensadores alemanes [que además eran todos unos señores muy serios con barbas muy largas (y yo nunca me fío de la gente con barba, que parece que ocultan algo)]} ir de compras con mi madre.

Para los lectores. La eternidad es ir de compras con vuestras respectivas madres, novias o amigas. Lo de la novia o amiga lo puedo entender: al fin de cuentas, los varones somos poco kantianos y obramos siempre para obtener un beneficio. Si vas de compras con la novia, lo obtendrás seguro y a corto plazo. Si vas con una amiga, puede que lo obtengas en un futuro cercano. Pero ir de compras con mamá, como voy yo, aparte de masoquista es infructuoso, ya que tu madre (esa santa mujer) va a quererte aunque abandones la carrera y te apuntes a la cienciología.

Me ha gustado hablar mucho contigo, querido lector o lectora. Siempre te había escrito desde mi sitio y tú me habías leído desde el tuyo. Más que una comunicación, era un toma ésto y me lo comentas, que para eso el que piensa aquí soy yo… Aunque Pedro es aún más engreído que yo, pero es que los genios somos así. Bromas aparte, (en el caso de que esté hablando en broma) ha sido hermoso el haber quedado en esta plazoleta común. Tenemos que repetir la experiencia algún día. Prometo dejarte hablar a ti la próxima vez.

Cayetano Gea Martín

martes, marzo 29, 2005

El holandés errante, Capítulo Dos

Si el sueño de la razón produce monstruos, debo ser, pues, la persona más razonable que conozca. Aquel infortunado día en el cual conocí a Manuel VanHerden fue, también, el día en el que mi escala de valores salió volando por la ventana. Como queda dicho, la aparición luciferina no fue nada comparado con lo que vino después, con el terror que sentimos todos los allí presentes a raíz de aquel suceso.

El único que se mostraba impasible ante la criatura era aquél que la había convocado y capturado, aquél descendiente del holandés errante que desembarcó en Barcelona y cuyo genio se ve representado hoy en su nieto. ¿Quién dice que no hay vida después de la muerte? Lo que nos espera a todos más allá de la laguna Estigia es algo que ningún filósofo o metafísico ha podido desentrañar a lo largo de toda la historia de la humanidad. Pero sí podemos afirmar que algo nuestro sobrevive en nuestra descendencia. Sólo era necesario contemplar los hermosos ojos azules, el pelo de azabache sujetado mediante una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda, los finos labios, el gusto por hablar, por beber y por los inventos, para poder afirmar, sin lugar a dudas, que Manuel no era sólo un VanHerden de pura cepa holandesa, sino que también era el vivo retrato de su difunto abuelo.

Este Manuel, pues, después de haber conseguido atrapar a un diablillo en su pequeña cárcel demoníaca, se acercó todo lo que pudo a la caja para poder hablar con la extraña criatura en un tono que no nos permitiera oír lo que le decía, precaución harto innecesaria, puesto que los demonios, aún los inferiores, pueden leer los pensamientos humanos como si los proclamásemos en voz alta. Además, a juzgar por las miradas de complicidad que se cruzaban entre ellos, podría decirse que ambos estaban de acuerdo con lo que fuera que estaban tratando.

Era curioso, a la par que espeluznante, observar cómo el rostro de la criatura iba cambiando de sorprendido temor hacia una socarrona e inteligente mirada de complicidad y maldad. Los allí presentes nos miramos y comprobé que todos pensábamos que aquello no podía ser nada bueno. Como decía mi difunta bisabuela, que era carlista: prepárate siempre para lo peor. Aquella sensación de premonición, de saber que aquello no podía terminar bien, se veía ligeramente intensificada al comprobar tres factores más que no había observado hasta ahora, aunque, por los charcos de orina y las convulsiones de los amigos de Manuel, supuse que el resto de los presentes sí.

Ocurrió de la siguiente manera: Distraídamente desvíe mi mirada hacia la dueña del local, quizá deseoso de contemplar algo diferente a la imposible prisión y al imposible demonio. Así, mis ojos se cruzaron con los ojos muertos de ella, que yacía momificada sobre la barra, como el resto de los parroquianos. Todos lucían un poco afortunado aspecto de cadáveres resecos a los que les acababan de quitar las vendas después de dos mil años de momificación, lo que contrastaba notablemente con las bebidas que sujetaban en sus manos, algunas con los cubitos de hielo intactos aún…

Otros dos factores más me llevaron hasta este frenopático donde, supongo, pasaré el resto de mis días. Desafortunadamente, tanto su narración como la crónica de lo que departieron Manuel y el demonio, tendrá que esperar a que los enfermeros vuelvan a confiarme un bolígrafo o un lapicero, ya que, y debido al trastorno nervioso que me supone el rememorar aquellos acontecimientos, pienso clavarle este lápiz al primero que pase a partir de… ya.


Cayetano Gea Martín

sábado, marzo 26, 2005

Desespero

No sé cómo decirte lo que siento sin utilizar estas palabras huecas y vanas que surgen por doquier y que dominan mi cerebro, ese torrente de frases sin sentido que necesito expresar aquí, en este refugio para mi alma llamado papel, hoja, resma, cuartilla.

Ahora que el barco golpea contra el fondo, y que por tanto, ya está todo perdido, ¿me atreveré a ser sincera contigo? Quizá llegó el momento de abrir mi alma, este momento vano e inutilizado por la futilidad, este instante perdido, de andar descalza por las brasas de más palabras y metáforas huecas que surgen, caen y venga, seguimos sumando, seguimos sin atacar de frente las cosas. ¿Para qué hacerlo, pudiendo andarnos con circunloquios?

¿Llegó el momento de la praxis? Yo diría que sí, que ya va siendo hora. Hora de resumir la situación con una frase sencilla: te he perdido. Sí, eso es, tan sencillo como que te perdí, como que nunca más lloverá en otoño por obra y gracia de tu belleza tallada en piedra y carne en mi alma, con esos ojos del color del cielo iluminando cada rincón de mi ser, cada recoveco, inundado por tu luz. Mi amor, eso fue, te perdí, te perdí para siempre en el fuego de la destrucción.

Los dioses de la guerra hollaron nuestra tierra santa con sus pesadas e indiferentes botas, disfrutando de nuestro dolor, alimentándose de nuestro miedo como alimañas, saqueando nuestras pertenencias y violando nuestras vidas. Asolaron nuestras calles y casas con el fragor de sus armas y bajo la tolerancia de sus desalmados ciudadanos, que Alá traiga la destrucción a sus vidas.

Tú no eras soldado, mi amor, no ocupabas un cargo militar, ni siquiera tenías un arma en casa. Eras un hombre sencillo intentando sobrevivir en un mundo complicado. Te sacaron de casa, te soltaron de mi mano y te mataron en el polvoriento suelo de la calle, como a un perro. Algunos de ellos hasta se reían al ver cómo se apagaba tu vida. Una vida más, ¿acaso importa? Para mí sí. Para mí era mi vida tu vida. Lo más importante y grande de la creación, tan sagrada como el más sagrado de los tesoros.

Sobrevivimos a la temible dictadura de nuestro tirano, de nuestro odioso tirano puesto por los mismos que hoy nos masacran, sólo para verte morir a las puertas de la democracia que nuestros salvadores nos prometieron traer. Nuestros libertadores, los que llegaron mascando chicle y disparando contra todo aquel con aires de sospechoso, es decir, todo aquel que no fuera de su país o del país de sus aliados.

Vinieron a liberarnos de una dictadura para imponernos el yugo de su democracia. Su democracia, que me ha arrebatado a mi amor, mi vida, mi mundo, mi pasión, el color de mis mejillas y la flor de mi cuerpo. Sólo me quedan crisantemos en mi corazón y cipreses en mi alma. Me aferro a tu lápida sin nombre y me dejo morir.


Cayetano Gea Martín

domingo, marzo 20, 2005

El holandés errante, Capítulo Uno

El holandés que descendió del barco y se internó por las callejas portuarias de la Barcelona de principios de siglo, cada uno piense cuál, se afincó en la pequeña posada donde María era la dueña y señora, como sólo saben serlo las mujeres españolas. Del amor que nació entre ellos, algunos creen que alumbrado por la luna, surgió una prolífera familia, cuyo miembro más destacado fue Manuel VanHerden, nieto de aquel holandés errante que desembarcó en Barcelona, y con él, toda su futura descendencia, como este Manuel que nos ocupa, que fue el inventor de cierto prodigio que tuve el privilegio personal de conocer.

Manuel era una criatura de viva imaginación, y gustaba de beber, de hablar y de crear inventos en los bares, no en los apartados estudios que suelen emplear los genios para poner en funcionamiento sus cerebros. Manuel, no. Manuel pensaba a la vez que hablaba y bebía. Era incapaz casi de recordar quién era cuando estaba solo. Afortunadamente, un hombre tan extrovertido como él sólo disfrutaba de la soledad cuando iba al baño. De allí salía con cara de perro extraviado, y los parroquianos, si estaba en algún bar, o su familia, si estaba en casa, le lanzaban cualquier pregunta al azar. Él la atrapaba en el aire, febril de conocimientos, y recuperaba su intermitente memoria.

Tuve el placer de conocerle en una visita azarosa que hice años ha a Barcelona. Entré a pedir permiso para orinar en el primer bar que pude ver que tenía dueña y no dueño (las mujeres nunca niegan a nadie una necesidad fisiológica primaria, no como los despiadados hombres), cerca del Poble Sec. Allí, un coro de fieles rodeaba a Manuel, al que todos llamaban el Holandés Errante, en honor de aquel abuelo suyo que desembarcó en el puerto.

Mis oídos, hasta entonces concentrados en la melodiosa voz de la dueña del bar, se dirigieron hacia las palabras que aquel pequeño joven vestido por entero de blanco iba soltando por una boca de afilados labios… una maravillosa retahíla de sandeces. Manuel juraba delante de sus compañeros de tequila y ron que la clave para viajar en el tiempo residía en capturar, mediante un invento suyo que sostenía en esos momentos entre sus manos, algún pequeño diablillo, porque, como bien sabe todo el mundo, los demonios, incluso los de menor pedigrí, son capaces de trasladarse de una edad a otra, y así llevan a cabo las mayores travesuras que se pueda uno imaginar.

Tamaña estulticia no dejó, sin embargo, de sorprenderme, así como las febriles miradas de aprobación de sus compañeros. Me acerqué al grupo y el nieto de aquel original VanHerden me dedicó una mirada de complicidad y me alargó una banqueta para que me sentara a su lado. Hechas las presentaciones pertinentes, Manuel extrajo de su chaqueta blanca una especie de pequeña jaula de madera con la que, imaginé. se proponía capturar algún diablo menor. Depositó con ceremoniosa parsimonia la cajita en el centro de la mesa y accionó una pequeña palanca que llevaba adosada el curioso artilugio. Una luz ambarina nació en el interior de la jaula. Se extendió hasta llenarla por completo y comenzó a girar dentro de la caja, cada vez más deprisa, hasta irse tornando poco a poco de color rojo. Cuando ya poseía la tonalidad más magenta que imaginarse pueda, un fogonazo blanco nos cegó a todos. Cuando la luz desapareció, observamos que una pequeña y acurrucada figura rojiza temblaba dentro de la jaula. El diablillo nos observaba con amarillentos ojos, difícil era precisar si con miedo o curiosidad, mientras se iba incorporando hasta ponerse de pié en su inesperada prisión.

Creo que es complicado transmitir la sensación de estupor que nos produjo a todos, menos a Manuel, la presencia de aquel ser rojo que apestaba a azufre. Tampoco tuvimos tiempo de maravillarnos en exceso, o de replantearnos nuestro ateísmo, ya que los acontecimientos posteriores superan, en mucho, nuestra sorpresa inicial. Pero eso habrá de tener que ser contado otro día, ya que la enfermera jefe me acaba de sedar, por lo que pasaré las próximas doce horas durmiendo plácidamente. Continuaré esta disparatada historia, pues, más tarde.


Cayetano Gea Martín

jueves, marzo 17, 2005

Encrucijada

Con las piernas cruzadas, apenas me limito a esperar. A veces creo oír cantos de sirena a mi alrededor, susurros de lejanas tierras, promesas de maná y de bienaventuranza. A veces, serpientes de osada lengua muerden mi joven carne. Empero, la sensación posterior es de absoluta desolación.

Sopla el viento de marzo, el viento que sacude mi cabello y lo llena de más polvo aún, polvo que se acumula encima de mis párpados y me obliga a dormir de nuevo, a relajarme una vez más en el sueño de los idiotas.

Si no fuera por este eterno instante de desolación,
saldría de mi auto impuesto castigo cantando.
Creo que hace milenios que olvidé la canción
del sentirse amado y del estar amando.
Ahora todo es miedo, ceniza y dudas.
Oigo el vano rumor de mi corazón.
Cuando todo va quedando a oscuras,
apenas distingo mis manos,
menos aún las dos tuyas,
bellas piezas de mármol,
que pensaba mías.
Pero silencio,
Llegó el fin:
mi vida
muere
hoy.

En esta encrucijada en que me hallo, espero bajo la lluvia no sé qué milagro poco certero, no sé qué deseo insatisfecho que no consigo expulsar. Como el del sultán árabe del cuento de Borges, mi laberinto sólo consta de este desierto espiritual infinito.

Deseo que, estés donde estés, vengas alguna vez a buscarme.


Bring back to you
a piece of my broken heart
I'm ready to surrender

Angra - Bleeding Heart

Cayetano Gea Martín

lunes, marzo 14, 2005

Retorno al Parnaso


A la memoria de Chesterton, Cervantes y Menard.


Y por fin llegó el día. El día que durante tanto tiempo politólogos, científicos y sociólogos habían estado advirtiendo. El régimen cayó de bruces contra el suelo. Las mentiras de nuestra tecnocracia, de nuestra falsa modernidad, dejaron de tener validez. Los viejos dinosaurios corporativos se hundieron en la brea, incapaces de aclimatarse al cambio. La clase media irrumpió en las calles como una marea incontenible, exigiendo volver a ser ellos mismos, demoliendo la muralla de pan et circenses que los ricos habían creado para ellos. Allí, el ama de casa golpea con su Home Cinema sobre la calva del Director del Banco de España; allá, el anciano le introduce un juego entero de dominó al Ministro de Economía por vía rectal; más al fondo, la turba incontrolable de trabajadores de la construcción intentan cortar las cabezas de un grupo de accionistas arrojándoles CDs, con mayor o menor puntería. En Roma, el Papa malgasta sus últimas y menguadas fuerzas intentando que un grupo de jóvenes desaprensivos no le obliguen a tragarse más preservativos. En Estados Unidos, las madres de soldados muertos cogen de las prominentes orejas al Presidente y lo encadenan a un avión rumbo a Irak. En todo el mundo, la barbarie quema, destruye y elimina el régimen establecido.

Después de la tempestad, la calma. Un nuevo orden se alza. Un nuevo orden basado en viejas normas. En viejas reglas olvidadas tales como la amistad, el honor, la valentía, la espiritualidad, el arrojo, el respeto e, incluso, el amor, ese gran olvidado de nuestro tiempo. Este nuevo viejo orden, que podríamos definir de autocracia real humanística agnosticista zen, ha comenzado a operar tales cambios y resultados en la sociedad, que difícilmente resultaría ésta reconocible para las generaciones anteriores.

Esta “Nova Era” también supone el retorno de varias figuras mitológicas, entre las que destaca la del caballero andante. Para proteger a sus súbditos, el rey Quijano I, monarca por sufragio universal del planeta entero, ha creado una especie de cuerpo de seguridad basado en el honor, la lealtad y en los intereses de los ciudadanos. Por tanto, estos nuevos caballeros jamás utilizan su fuerza para beneficio propio, sino que su enorme sentido de la hidalguía les lleva a una vida ascética enteramente volcada en el servicio a los demás. También se dedican a castigar a aquellos que aún se aferran al anterior régimen: determinados científicos, políticos, banqueros, líderes religiosos, agentes financieros, ladrones, asesinos, timadores y vendedores de bálsamos.

Quijano I, para algunos la reencarnación misma del quijotismo, es un gran hombre. Ante todo, un hombre de palabra, que cree fielmente en lo que defiende y que gusta de exponer sus opiniones mediante largos discursos plagados de cervantinos retruécanos y filosóficas metáforas. Hombre erudito y leído, le entusiasma hablar de los espejos, de los laberintos y de las bibliotecas.

En su primer discurso como monarca, el nuevo rey hizo llorar de emoción a la inmensa mayoría de sus súbditos. A continuación, incluyo un extracto del mismo, ya que, dada su longitud, resultaría difícil incluirlo por entero en esta breve crónica:

“Dichosos aquellos que vivían en lo que ahora llamamos con respeto y veneración la Edad Dorada, pues fue ésta una época sin tacha alguna. (…) En aquellos años benditos, no existía mío ni tuyo, sino nuestro. La codicia era una ficción, y los caballeros andantes socorrían a los desvalidos, a los débiles, a las viudas y a los menesterosos. (…) Por ello, a imagen y semejanza de aquellos años, hoy proclamamos estos días como una continuación interrumpida por las falsedades de la modernidad. Hoy, destronamos el anterior régimen para colocar en su lugar uno más noble y humanista, basado en ciertas normas que parecían carecer de valor y lugar en la inmoral tecnocracia y superchería artificial que regía nuestras vidas hasta ahora. (…) Hoy, el destino es nuestro. Hoy, la auténtica revolución ha llegado, no aquella amparada por grupos políticos o ideologías deterministas. Hoy, comenzamos de nuevo aquello que nunca debió verse interrumpido. Hoy, ¡la victoria de la humanidad ha llegado!”

La gente, en todos los rincones del mundo, aplaudía enloquecida a su líder y a su nuevo orden mundial. A un nuevo orden basado en el honor, en el valor de la vida y en los caballeros andantes. El grueso de la población mundial, asumía de buen grado su papel de escudero. En un mundo de Sanchos, Don Quijote era el rey.



“Si dejo de ser rey o juez, seré siempre, sin embargo, un caballero, aunque sea un caballero errante. Vosotros, los nobles, por el contrario, no seréis más que actores, bribones o vagabundos. ¡Decidme! ¿Dónde habéis robado vuestras espuelas?”

G. K. Chesterton “El Regreso de Don Quijote”
Cayetano Gea Martín

jueves, marzo 10, 2005

Si no fuera

Dedicado a Nieves, con la que estoy en deuda desde hace mucho
Si no fuera porque me despierto y sigues a mi lado, sospecharía que no existes, que te sueño cada noche. Pero ahí estás, ocupando las tres cuartas partes de la cama por tu manía de dormir despanzurrada como una estrella de mar. Pero por el amor que te profeso encuentro divertida y muy erótica esa forma tuya de dormir.
En mi lecho.

Si no fuera para mirarte, no tendría cinco sentidos, como dice la canción. Con los otros me basto y me sobro para recorrerte. Me inclino ante tu cuerpo desmadejado que yace en la cama y comienzo a besarte y a acariciarte por donde me lleve el deseo. Te haces la dormida a sabiendas de lo que vendrá a continuación, aunque no puedes eliminar la sonrisa picaruela de tus labios.
Comienza el juego.

Si no fuera por este verano apasionado, pensaría que nada de esto es real. Las emociones que atesoro en mi corazón me dan la razón y me obligan a creer en ti, en reconocer a mi diosa y natural señora de ojos verdes como simas vegetales.
Mi templo.

Si no fuera por las dudas que nacen en mi pecho, seguiría confiando ciegamente en ti como hasta ahora. El otoño va dando paso al frío invernal. Con su marcha, algo más se va marchando.
Caen las hojas.

Si no fuera por el dolor que me impide dejar de llorar, saldría de esta ducha ardiente en la cual trato de borrarte sin éxito. La extirpación, y más en contra de la voluntad, siempre es dolorosa. Lo que merecía la pena de mí, va contigo. Al final, me quedo solo, menos que uno.
Apenas nada.

Si no fuera porque aún te sigo amando, saldría de este confortable nido de melancolía que he ido construyendo con pedacitos de mi corazón. En vez de eso, me regodeo en mi destino y me envuelvo en la fría y oscura mortaja de la noche.
Desespero.

Si no fuera por los que me rodean, hubiera llorado tu ausencia el resto de mi vida. Uno a uno, a su manera, fueron recogiendo mis pedazos y ensamblándolos. Y aunque lo que resultó era apenas una sombra del original, al menos podía mantenerse de pie, e incluso andar.
Adelante.

Si no fuera por tu memoria, no abría cometido errores. El recuerdo del daño que ocasioné me persigue aún y me recuerda que, posiblemente, deberé pagarlo caro algún día.
Retribución kármica.

Si no fuera por tu abandono, no hubiera conseguido encontrar el equilibrio al cabo del tiempo. No habría disfrutado de las ventajas de la soledad. No hubiera surcado el cuerpo de más mujeres. No me hubiera conocido a mi mismo. No habría vuelto a amar.
Confianza.

Si no fuera porque me enseñaste a amar, jamás hubiera seguido amando.
Gracias.
Cayetano Gea

lunes, marzo 07, 2005

El amor es la clave

El amor es la clave, es la respuesta y la meta, no el camino.

El camino no lleva acaso a nada, quizá a Roma y no todos, sólo algunos, los viejos, los escondidos, los bélicos.

El camino no lleva al amor, aunque a veces éste se nos cruce en medio del camino. El camino suele alejarse de él, le huye como la peste, sabe que una sola gota de amor diluye la senda y nos aparta de la tranquila vereda hacia un mundo de sufrimiento y pérdidas, de frustraciones y de miedos.

El amor no te guía cuando estás subiendo la montaña, cuando crees alcanzar la cima, a rozar la sabiduría y la divinidad con la yema de los dedos.

El amor te amotina la sangre, te revuelve el estómago, te hace recordar tu mortalidad. Durante años has intentado mantenerte estable, en paz y sano… Un solo instante de ventear amor y todo tu sistema de valores se derrumba cual castillo de naipes.

El cazador se esconde tras la vereda. Cruzó el ciervo. El cazador le rellena la cabeza de plomo. El cazador suelta el rifle. Se acuerda de que nunca ha amado.

El amor es la clave... para creer.


Cayetano Gea Martín

jueves, marzo 03, 2005

ANKH

De todos los objetos imaginarios que poblaban la buhardilla parisina de mi viejo amigo Aquiles Garrido, mi favorito era sin duda el ankh, que él afirmaba perteneció al mismísimo dios Seth, la némesis de Ra.

El ankh era hermoso, hermoso en su simpleza, como todos los símbolos de carácter divino. Constaba de un asa que esquematizaba la vagina de la mujer, un tronco inferior que nacía en la parte más estrecha del asa y que simbolizaba el falo del hombre, y otro cilindro transversal que se interponía entre el asa y el tronco, que representaba a los hijos resultantes de la unión entre el hombre y la mujer.

Disfrutaba jugando a efectuar libaciones con él sobre el rostro de Aquiles, parodiando su utilización por parte de los dioses para otorgar la vida eterna a los difuntos que llegaban ante el trono de Osiris en el más allá. Aquello siempre enfurecía y escandalizaba a mi amigo. Asustado, me quitaba el ankh y lo volvía a colocar en su sitio, apelando a su antigüedad y origen. Después, para acojonarme, me agarraba de una oreja y me llevaba hasta alguno de sus numerosos libros de egiptología y me explicaba por qué no debía ser utilizado ni ridiculizado en su uso aquel peculiar objeto.

“El ankh es un símbolo de vida de origen desconocido”, me decía, “los dioses lo sostenían delante de la nariz del muerto para que el alimento eterno penetrase en su cuerpo”. “Ya, bueno”, replicaba yo, “pero yo no soy ningún Dios, así que no veo problema en utilizarlo”. “Eres bobo, tú”, me contestó, “¿no conoces las consecuencias de manipular objetos divinos?”. No supe qué contestar a tamaña estupidez de pregunta. Mi ateísmo galopante me impedía creer en algo que no tuviera delante de mis narices. Consideraba las religiones como pasatiempos, y la moda actual de buscar filosofías orientales y técnicas espirituosas me parecía un movimiento muy bien orquestado de El Corte Inglés.

Obsérvese que he utilizado el imperfecto para referirme a mi ateísmo, por lo cual se podrá fácilmente deducir que algo ocurrió, como acontece siempre en este tipo de relatos… Pues lo cierto es que no pasó nada destacable, no fui fulminado por acción divina de Seth, no comenzaron a llover ranas del cielo ni abrí el sello de una antigua maldición. Sencillamente, sentía algo especial al poner mis manos sobre el ankh, una especie de fuerza de la naturaleza primaria y olvidada, de un tiempo remoto, de cuando la existencia y los fenómenos del mundo se explicaban mediante mitos y poesía. ¿Acaso no es más hermoso sentir el viaje de Ra a través de los cielos que observar al sol salir y ponerse debido a la rotación solar? Aquiles difería de mi opinión en este punto, así como en otros de vital importancia como la Constitución Europea y la bondad que manifiesta el pueblo chino con el Nepal.

Mi viejo amigo Aquiles Garrido, además de coleccionista, era un destacado científico y un apasionado lector y estudioso de lo fantástico. Esta aparente contradicción lo llevó a terrenos peligrosos, como intentar crear un mapa del territorio fantástico de la mente humana, o aplicar el método científico a sus relatos. Esta diatriba le causó más de una decepción y más de un trastorno de personalidad, lo que en última instancia le llevó a recluirse en una buhardilla de París, rodeado de extraños objetos, fotos de Cortázar, libros y ensayos científicos.

Aún hoy continúa con su intento de amalgamar ficción y ciencia, sin darse cuenta de que, aunque la ciencia pueda estar en posesión de la verdad, el arte está en posesión de la belleza.


Cayetano Gea Martín

lunes, febrero 28, 2005

En blanco

Si te quiero es porque no quiero que mueras en soledad, porque deseo que sobrevivas a alguien. En algún evo futuro, recordarán nuestro amor, y se preguntarán, maravillados, por su origen.

Las líneas de tu mano muestran un mapa futuro, un destino que deseo mío, aunque ya no espere nada de ti, salvo silencio, oscuridad y cuervos.

Siempre deseé sexo y amor a parte iguales. Hoy, la balanza se inclina más por lo segundo. ¿Una visión más romántica? Lo dudo. Quizá los años.

Me bajé del vagón y te contemplé a través de los cristales por última vez en mi vida. ¿Quién sabe si eras tú ella? Pero te pierdes en la marea cotidiana.

Inhalo el aire que te rodea con la esperanza. ¿Esperanza de qué? La respuesta es obvia.

Brilla el sol sobre ti, criatura dichosa. Tu pelo resplandece hermoso y con olor a tomillo y madreselva. En esta cima del mundo, en esta quebrada, mis manos se entrelazan con las tuyas y desean no ser mortales para amarte más allá del tiempo.


Cayetano Gea Martín

Disculpas

Lamentamos comunicar que pasamos por dificultades técnicas: Las musas se han ido a Brasil huyendo de este puto frío...

Tanto Pedro como un servidor volveremos en breve, cuando la inspiración aparezca...


Cayetano Gea Martín

jueves, febrero 24, 2005

Tentaciones

Calor, siento calor, siento el deseo que me corroe. Siento la lujuria desenfrenada despedazar mi alma. No dejo de pensar en húmedas cavernas, en recovecos cálidos, en sexo, en sexo, en fluidos, en sudor, en palpitante carne joven bajo mis manos, en bocas que se abren, febriles de deseo, en espaldas que se cimbrean al son del sexo, del sexo, del calor.

Mi alma se condena, desaparece en el infierno, se diluye y licua bajo este calor húmedo de latidos autónomos. Supongo que habrá personas que no sufran este tormento de los sentidos. Supongo que habrá gente que sea capaz de llevar una sexualidad sana. Pero yo no, yo no, a mí me golpea en las costillas este desenfreno, este sucio y pecaminoso deseo de sexo, de salvajismo animal, que ya no consigo aplacar vertiendo rosas blancas en cuencos de papel higiénico.

Calor, calor, rojo y pegajoso calor rodea mi miembro erecto, tan duro que parece que fuera a estallar. Deseo que estalle, lo deseo… Por lo menos acabaría con este sufrimiento. Sé que hay personas que no sufren como yo. Personas que han ubicado su sexualidad donde debe estar. Sé que hay culturas que hasta lo veneran, que incluso comparan el alcanzar la sabiduría con un orgasmo eterno. Incluso algunos creen rozar lo divino en el momento del clímax. He oído que hay gente capaz de disfrutar proporcionando placer tanto como de recibirlo.

Que el diablo me lleve, que el demonio me lleve. Por ahí aparece, desciende de una cruz de plástico con el enorme falo enhiesto. Un corrillo de novicias se apelotona ante el pene infernal y lo succionan, besan, lamen e introducen. Oh, pobre alma mía, novicias, novicias jovencitas de peludo pubis. El deseo me traspasa, el dolor me exprime y yo sólo puedo pensar en caliente carne de novicia.

Creo que mañana haré una visita a algún monasterio.

Qué duro es ser obispo.


Cayetano Gea Martín

lunes, febrero 21, 2005

Devolucionando

- No sabe usted de lo que está hablando, querido amigo mío. El demonio conocido como Urizen, aunque narrado por Blake en “El libro de Urizen”, no es una invención suya. Según la mitología hebrea, Urizen es uno de los siete grandes generales infernales con los que cuenta el diablo para su lucha final contra en cielo.

- Se equivoca, señor. Urizen no sólo es una invención de Blake, sino que además no hay que tomarlo en serio, ya que se trata de una sutil ironía escatológica sobre la caída de la humanidad, la cual, para Blake, es otra faceta distinta a la de la creación, pero siendo facetas de la misma hecatombe. La caída del hombre, como bien dijo Menard, es la caída de Dios.

- Conozco mejor que usted la obra de Pierre Menard, se lo aseguro; y, que yo recuerde, no tiene ningún relato, poema o referencia al apocalipsis. Creo, querido amigo, que confunde a Pierre Menard con Poe, Edgard Allan.

- Jamás podría confundir a ambos autores, créame. Creo, más bien, que cuando usted le niega Pierre Menard la autoría de aquella cita, es porque confunde al genial autor parisino con Pérez Reverte, posiblemente por el parecido fonético entre Pérez y Pierre, error típico en gente tan poco ilustrada como usted, amigo mío.

- Debo reconocerle, que nunca he tenido pretensiones de lo que no soy, a diferencia de usted, caballero. Además, admito que me gusta el señor Reverte. Encuentro su prosa bélica de lo más reconfortante para mi españolismo.

- Lo cierto es que, si he de serle sincero, no poseo demasiado espíritu nacionalista. Como bien sabe usted, ni siquiera leo nada español, salvo, claro está, a esa gran poetisa llamada Lucía Etxebarría. Cuando veo a algún alumno correteando por el campus con un libro de poemas de Bécquer, Lorca o Espronceda siempre intento convencerle para que lea algo de Lucía y se empape de poesía moderna.

- Ah, estos jóvenes apegándose siempre a viejas reliquias literarias… Yo, que intento siempre inculcarles valores nuevos y nada… Se niegan en redondo a reconocer a jóvenes talentos literarios, desprecian las novelas modernas e insultan esa obra de la literatura llamada El Código Da Vinci. No sé qué pasará con esta sociedad cuando no estemos nosotros…

- Debo confesarle, amigo mío, que prefiero Ángeles y Demonios a El Código Da Vinci, ya que se aprecia una clara evolución en el estilo de Dan Brown, que le convierte, para mí, en el mejor escritor vivo de nuestro tiempo.

- Ahí no puedo sino discrepar. Firme pero respetuosamente, debo decirle que el estilo de dicho autor es bastante inferior al de autores de la talla de Valdano, María Teresa Campos o El Sevilla.

- Cuestión de gustos, supongo. Por cierto, hablando de Valdano, habrá visto usted el desastroso partido de ayer del Madrid, ¿no?

- Lo cierto es que no soy muy entusiasta del fútbol. Me parece un deporte digno de bárbaros, querido colega. Prefiero la complejidad sentimental que supone Gran Hermano. Las diferentes subtramas se van entrelazando entre sí, creando una mitología propia de lo más enriquecedora para el subconsciente colectivo.

- Aunque comparto su afición con GH, lo cierto es que la calidez que me proporciona Aquí Hay Tomate aún no ha sido superada por ningún otro programa, salvo por Crónicas Marcianas, claro está…

- Hablando de ello, hace unos cuantos días, hablaron en Crónicas de la figura literaria que supone William Blake, en una nueva sección de lo más vigorizante dedicada a ridiculizar a viejas glorias como dicho escritor.

- Como debe ser… Es improductivo e inútil el guardar tanto respeto hacia gente que décadas o siglos muerta. Lo nuevo, lo último, es lo que debería imperar. En vez de celebrar el cuatrocientos aniversario de un mamotreto como “El Quijote”, que encima sólo lo leen cuatro enfermos, y el resto sólo conocen la aventura de los molinos, habría que festejar que El Último Catón ha recaudado este mes más dinero que nunca.

- Cierto. O el libro de recetas de Toni Genil. Bueno, querido amgio mío. Debo dejarle, que me quedan veinte páginas para terminar el libro de Coto Matamoros.

- De acuerdo. Yo voy a aprovechar para terminar de ver Salsa Rosa, que ayer dejé el vídeo grabando el programa.

- Bueno, pues cuando usted quiera nos volvemos a ver. Como tarde, nos vemos en un año, en la próxima feria de partir calabazas con la cabeza.


Cayetano Gea Martín

miércoles, febrero 16, 2005

PARA ELISA - Capítulo Cuatro y Último

Cansado y aturdido, en medio de la fatiga de la guerra, con ganas de desaparecer de toda esta muerte, del olor a carne cruda, de los orines y heces, del miedo a morir y repugnado por mis acciones, me alzo una vez más sobre mis restos, mientras que mi mente canaliza todos los pensamientos en uno solo: salir de este agujero. Ando hacia el muro de la trinchera que da a la pequeña y pelada elevación que se adentra en territorio alemán. Deseo ver qué hay detrás de esa colina. Quiero y necesito ver algo vivo, aunque sea en tierra enemiga. Quiero ver vida, aunque suponga mi muerte. Condenaría mi ya condenada alma por un rayo de sol en mi rostro, por beber de un río, por tenderme en la hierba.

Escalo con pocas fuerzas pero mucha convicción el muro de sacos negros y contemplo el pequeño promontorio que se alza ante mí. Tras descansar apenas un minuto para recuperar así el resuello, comienzo a ascender por él. No tiene una pendiente demasiado elevada, por lo que no me resulta difícil alcanzar la cima en corto espacio de tiempo.

El flautista y el tigre de bengala me esperaban en la cima.
El flautista tocaba el tema “Para Elisa” con una hermosa flauta travesera plateada. Vestía de juglar.
El tigre bostezó al verme y empezó a rascarse detrás de la oreja con una garra. Parecía bastante ocioso. Y bien alimentado.

Antes de poder exclamar siquiera el más ligero ruido de estupefacción, el flautista dejó de tocar y me dedicó una reverencia. Contemplé, aterrorizado, cómo el tigre desaparecía en el preciso instante en que la música cesó. No podía dar crédito. Sencillamente, estaba ahí parado, delante de mí, y una fracción de segundo más tarde no. Acto seguido, el flautista me dirigió sus primeras palabras en un perfecto inglés:

-Saludos, soldado de lejanas tierras. Por favor, descansa sobre la parda y seca hierba. Debes estar cansado después de tanto sesgar vidas. Pocas cosas hay tan fatigosas como el andar guerreando, si lo sabré yo. Eso es, siéntate, pero no tan cerca. No te ofendas, amigo mío, pero el hedor que despide tu cuerpo resulta ligeramente insoportable para mis delicadas fosas nasales. Nada personal, por supuesto. Veo por la cara de bobo que pones que quieres saber qué narices hace un flautista en medio de una guerra… de una guerra mundial, además. La respuesta puede resultar ciertamente complicada, amén de plural. Cualquier interpretación, por disparatada que suene, puede ser cierta. ¿Soy acaso un mago de undécimo nivel de un reino superior de la psique humana? ¿Soy el loco sueño de alguien? ¿Acaso tu destrozado cerebro se me imagina a mí y a mi peculiar tigre? ¿Seré por ventura un viajero temporal de remotas tierras y siglos pasados o venideros? Lo cierto es que la verdad, la pura verdad es bastante más simple que cualquier conjetura. Soy un bastión, un muro, un honrado ciudadano alemán bilingüe, un experimento, una línea de defensa. Yo soy, por decirlo con pocas palabras, un arma.

En aquel preciso instante, el flautista comenzó a tocar de nuevo “Para Elisa”. El tigre surgió y se abalanzó sobre mí súbitamente. Mientras yacía en el suelo con el tigre encima devorándome la garganta, pude atisbar, por el rabillo del ojo, el paisaje que se extendía detrás de la colina. Contemplé más colinas con más soldados como yo, exhaustos, medio muertos ascendiendo por la cuesta que los llevaba a su muerte: cientos de flautistas que materializaban tigres de la nada los aguardaban allí arriba.

domingo, febrero 13, 2005

PARA ELISA - Capítulo Tres

Al final se incorpora lo que queda de mí de forma gargantuesca y temblorosa, como una marioneta con las cuerdas cada vez más liadas y rotas. La ansiedad disminuye lo suficiente como para que me vuelva a importar mi supervivencia inmediata, el miedo a un ataque y el deber de comprobar la trinchera enemiga. El valor va caldeando poco a poco mi pecho hasta el punto de permitirme coger la única pistola con balas, la botella de bourbon y escalar el parapeto.

Detrás de mí, los rayos del sol, velados por la niebla y el frío, me muestran un campo marchito, yermo y estéril de color ceniza que se extiende hasta confundirse con el cielo, salpicado de cráteres como un paisaje lunar y plagado de cadáveres. Las ruinas de la ciudad alemana de Wergestein todavía humean allá lejos, en el horizonte. En aquel instante, más que nunca en mi vida, hecho de menos los verdes campos de mi hogar, los hermosos castillos con enredaderas milenarias, los largos días de verano, las costas azules…

Delante de mí, se extienden los límites de esta tierra de nadie, el final de treinta y cinco millas de campo de batalla en continua expansión favorable, de momento, a nosotros. A treinta metros de mí, la tierra se corta formando la zanja que supone la trinchera enemiga. Inmediatamente detrás de ésta, una pequeña elevación impide ver algo más del paisaje del país enemigo.

Despacio, me voy acercando a la trinchera pensando en que quizá no es buena idea hacerlo, ya que desconozco si realmente no queda ningún soldado vivo, ninguno con la suficiente vida como para acertar a un blanco perfecto como yo.

A unos diez metros del agujero enemigo me tiro al suelo y me arrastro sobre mi vientre hasta el borde de la trinchera. Apoyándome en los codos, me voy deslizando hasta casi sacar mi torso por la abertura y poder oler un aire familiar aunque más sucio que el de mi propia trinchera. Me dejo caer. En cuclillas, dentro del territorio enemigo, contemplo varios cadáveres de soldados alemanes, cajas de avituallamiento vacías y rotas, armas sin carga arrojadas descuidadamente por todas partes, colillas y botellas, cascos y botas, ratas y gusanos.

No deja de resultarme tétricamente curioso lo que siento estando aquí. En mi agujero podía palpar y mascar la muerte metálica que los alemanes nos proporcionaban tan generosamente, y la rabia y el odio que sus ataques me provocaban. Pero estando aquí, contemplo los resultados de mi propia furia, el daño que yo he causado, tan relevante en el orden general de las cosas como el que ellos me han hecho a mí. Dos sufrimientos gemelos que se alimentan uno del otro.


Cayetano Gea Martín

viernes, febrero 11, 2005

PARA ELISA - Capítulo Dos

Me veo zambullido en la vorágine, en la ceguera de la niebla y de mis ojos secos que tratan de llorar sin recompensa, mientras el enemigo responde con salvas de pistola, demostrando así estar más todavía en las últimas que nosotros, ya que yo aún tengo una ametralladora medio llena que no vacilo en usar a través de los agujeros de la zanja contra las estrellas blancas fugaces de las detonaciones alemanas, incapaz de visualizar nada más, en un momento al margen del tiempo y del espacio, ascendiendo hacia el olimpo de la destrucción, cual espectro carroñero ansioso de vida disparando contra luces intermitentes a través de la bruma. Me quedo sin munición más rápido de lo deseado, y aunque ya no se oyen ni ven disparos enemigos, sigo pulsando el gatillo y destrozándome el hombro con el retroceso hasta que el último casquillo humeante sale disparado del arma y se estrella contra el suelo.

Silencio. Un silencio que duele, que hiere mis oídos más que la estridente batalla. Un silencio que me hace sentir desnudo, solo y desamparado como un niño abandonado en la inmensidad de un parque.

Giro la cabeza para contemplar el desgastado rostro muerto del sargento, el cual no posee esa sensación de paz que en algunos relatos épicos comentan, sino la sorpresa de una muerte repentina, de un sistema nervioso cercenado de súbito, con los ojos de par en par y la boca torcida en un rictus de dolor. Con respeto, alargo mi mano y le cierro los ojos, pero no puedo recomponerle la boca, lo que le da una apariencia aún más tétrica al rostro, como de tremenda concentración en el sufrimiento. Dejó esta vida con un tercio de ella aún por delante y con la misma cantidad de bourbon en la botella que asoma por un bolsillo de su petate.

Nuestra trinchera no es ahora más que un triste nido vacío con sus poyuelos troceados entre las ramas. Pero es un agujero que ha cumplido con su deber: derrotar a su némesis, o eso puedo conjeturizar por la ausencia de siquiera gemidos.

Sé que debería salir a comprobar la veracidad de mis axiomas, pero no creo que pueda. Un gigantesco y rojo ataque de ansiedad bloquea mi cuerpo y me hace estremecer de pánico y gritar y llorar y soltar la ametralladora recalentada que se lleva como estela de su descenso fragmentos de piel de mis dedos. Caigo sobre la encostrada tierra y permanezco de rodillas, con el rostro hundido en mi pecho desnutrido, los brazos laxos, con convulsiones agónicas devorando mi ser, con mi mente divagando por laberintos limítrofes de la locura, cruzando puntos de no retorno y deshilachando las costuras de mi alma.

Cayetano Gea Martín

miércoles, febrero 09, 2005

PARA ELISA - Capítulo Uno

Fragmentos de hombres golpean mi rostro en esta pasmosa mañana. La lucha que durante tres días ya mantenemos contra los alemanes en esta trinchera fétida se encuentra en sus últimos coletazos. De los treinta soldados originales que fuimos aquí desplazados por orden del bastardo del Coronel Jenkins, apenas quedamos cinco, cinco sombras chinescas.

El paso de estas setenta y dos horas ha convertido la trinchera en el interior de una bolsa de basura: pedazos de carne humana, jirones de ropa, heces, insultos flotando en el aire, almas errantes y charcos de orina que no pueden ser absorbidos ya porque la negra tierra está saturada de sangre, de sangre que mana a borbotones de nuestros pellejos pinchados, rajados y bombardeados.

De las cinco muestras de seres humanos que quedamos, sólo el sargento y yo nos encontramos medio cuerdos. El resto lo componen dos soldados rasos imberbes y desquiciados, y un enfermero en coma. Los dos soldados ya están en otro lugar, en otro estado distinto del nuestro. Se persiguen y acosan el uno al otro como cachorros en celo; en la penumbra neblinosa, se sodomizan mutuamente en el lodo de nuestros pecados.

No sé cuántos alemanes habrá en nuestra trinchera vecina, pero sus fuerzas estarán tan mermadas como las nuestras, aunque eso no les ha impedido acabar, hace apenas cinco minutos, con la vida de nuestros dos sátiros soldados. Babeando y con los ojos en blanco, habían salido corriendo hacia el agujero enemigo, recibiendo a cambio, como mortal regalo de bienvenida, dos salvas de metralla. A uno se le convirtió la cabeza en polvo rojo, y al otro le desapareció en una nube carmesí el bajo vientre, antes de caer seccionado en dos partes.

Una hora después, el sargento me alarga una botella de bourbon rematada en una huesuda mano. Antaño fue un hombre joven, posiblemente atractivo, pero la guerra acelera el envejecimiento, y ahora, su cara mostraba la confusión del alma de un niño en el cuerpo de un anciano, como el rostro de la muerte que se refleja en los drogadictos. Las llagas devoran su cara, los ojos secos y enrojecidos pugnan por caerse al suelo, los dientes flojos bailotean en sus sangrantes encías, y su barba se alza gris: la barba de los muertos, cuyas cerdas petrificadas resisten cualquier tipo de afeitado. Noto el olor de su cuerpo orinado y defecado, un hedor siniestro y desagradable, como una mezcla de café fuerte y tinta china. Mientras me abraso la garganta con un trago de licor, pienso que mi rostro y mi cuerpo deben parecer gemelos a los del sargento.

La cabeza me da vueltas en un torbellino de pensamientos, y la voz del sargento se alza sobre el sonido distante de la guerra: “Buen trago, ¿verdad, soldado?”. Acaba de pasar una bala rozándome la oreja y yendo a parar al pecho del soldado enfermero en coma. Se va, el condenado diablo se va sin un suspiro, como si el disparo no fuera con él, como si toda esta sucia y hambrienta guerra de tentáculos peludos y sudorosos le quedara muy lejos, distante, mientras que su intelecto en cuarto menguante viaja por la sangría onírica del ensueño.


Cayetano Gea Martín

domingo, febrero 06, 2005

Discurso

Hoy no voy a hablar de Borges ni de Cortázar. Hoy no me oiréis desbarrar sobre el realismo mágico sudamericano ni de su influencia en la novela y en relato breve en la España post-franquista.

Hoy no voy a comentaros que prefiero la filosofía y el pensamiento alemán al francés, que lo encuentro mucho más claro y menos denso que el galo.

Hoy no voy a compartir con vosotros mi ilimitada afición por las mitologías, ni las compararé entre sí, intentando buscar claros elementos y figuras comunes a todas. Hoy no expresaré que cualquier idea que se plasme en el medio que sea debe tener una fuerte carga mitológica detrás si quiere ser considerada como expresión artística.

Hoy no voy a plantearme mi destino, vida y muerte. No voy a compartir con vosotros mi escepticismo agnóstico, al cual quiero ir dándole poco a poco, con el devenir de los años, forma y sentido, posiblemente, hacia el pensamiento de Schopenhauer, hacia unas palabras de Blake y hacia las filosofías orientales.

Hoy no voy a comentaros lo que sufro, peno y lloro por los amores perdidos, los amigos ausentes, las guerras preventivas y las toleradas, la ignorancia, el hambre, el fuego y la destrucción.

Hoy no voy a hablar de todo lo que me hace ser feliz y dichoso, de la familia incondicional, de los amigos presentes, del amor esquivo, del sexo fugaz…

Hoy no voy a hablaros de nada. Hoy voy a ser uno más. Un número de DNI. Alguien que no se plantee nada. Alguien que se levante, vaya a trabajar, vuelva, ponga la tele, vea Crónicas Marcianas, duerma; alguien que haga el amor como si fuera al trabajo, sólo que fichando los sábados. Y el domingo el gran teatro del fútbol vuelve a rodar su infinito y eterno balón. Estupendo.

Hoy he decidido que se es más feliz sin plantearse nada y sin atarse a nada ni a nadie, ni siquiera a uno mismo.

Pero en realidad, como os imagináis, miento. Y mentirse a uno mismo, aunque sea costumbre popular, es algo absurdo. Por ello, me diré la verdad. Me reconoceré que sí, que sufro, peno y llanto. Pero que no cambio una sola lágrima por la feliz ignorancia.


Cayetano Gea Martín


jueves, febrero 03, 2005

Vivir y aprender (Traducido)

En una escéptica, fría y húmeda isla, durante el tiempo de la mayor dictadora en la historia de la democracia, un joven caballero cruza Hungerford Bridge sin tener muy claro hacia dónde se dirigen sus pasos, aunque sabe con lejana tristeza que se va poco a poco encaminando hacia el West End, donde su alma casi siempre se torna de color ámbar al contemplar la magnificencia de la iluminación que recorre Trafalgar Square.

Recuerda lo que su padre siempre le decía: si estás cansado de Londres entonces estás cansado de la vida. Hoy no está demasiado de acuerdo con esa afirmación. A su temprana edad, algo más que un adolescente y algo menos que un hombre, ha recorrido las tripas masónicas de la ciudad sintiendo cada vez mayor hastío hacia ella, y sin embargo hoy más que nunca se siente vivo y rebosante de energía, como sólo se puede sentir durante la juventud.

Admirado, observa cómo el Soho ha conseguido aguantar el envite de la Navidad y de Margaret Tatcher: Sus truculentas calles sembradas de prostitutas y de Sex-Shops continúan siendo igual de deprimentes. Por cualquier parte, en cualquier esquina, profesionales de la noche ofrecen sus servicios como si quisieran rendarte un fragmento del paraíso, cuando en realidad pasas diez minutos en un inmundo cuartucho con una fulana cuarentona a la que le hiede cualquier parte de su cuerpo.

Aburrido y ligeramente asqueado del espectáculo eterno del Soho, enfiló por New Oxford Street hacia Lincoln’s Inn, donde había quedado con cierto sujeto que debía entregarle cierta mercancía de gran valor e importancia.

En un banco esperaba el personaje. Era éste un sujeto de luengas barbas y pelo largo y rizado. Parecía un Rasputín moderno. Se presentó ante nuestro joven protagonista, y ambos comenzaron a dialogar:

- Hola, amigo, ¿qué tal está?

- Encantado de conocerle. Andrew, ¿verdad?

- Y usted debe de ser Sir Alan Moore, ¿no es cierto?

- Dejémonos de formalidades, si le parece bien. Me comentó usted por teléfono que poseía determinado artículo que quizá podría interesarme, si no me equivoco.

- Así, es, jovenzuelo. Pero no se trata ni de un artículo corriente. De hecho, me atrevería a sugerir que se trata de lo más especial del universo. Además, no resulta ser excesivamente caro.

- Resulta apropiado, caballero, siendo Boxing day.

- Sí, pero no por ello son gangas, que conste. Sencillamente, el precio es distinto. Cada producto requiere aptitudes, derechos y obligaciones diferentes. Pero en fin, este es el producto que le quería ofrecer.

- ¿Y esto qué es? Parece una esfera que albergue mil colores en su interior.

- Contémplela bien, si me hace el favor. ¿Qué puede observar?

- Veo que no es realmente una esfera, ya que no posee un contorno definido. Más bien parece una imagen tridimensional flotando sobre la palma de mi mano.

- Me refiero a que contemple su interior, caballero.

- Puedo ver en su fondo la pirámide de Keops, creo. Y también todas las columnas de Hércules. Observo Babilonia en su mayor gloria, cuando Alejandro entró en ella. Puedo ver a Pierre Menard, el auténtico autor de El Quijote en su estudio de París. Contemplo ahora la maravilla hecha sueño que supone La Alambra de Granada. Veo imágenes y más imágenes: Pinturas del paleolítico, Lord Byron, un castillo escocés, un pistolero de ojos azules llamado Rolando, un negro cáncer mutando un pulmón, un soneto de Neruda, una rosa en el jardín de Plutarco, el primer barco normando que desembarcó en Francia, un guerrero Maorí en Nueva Zelanda, las horrendas ingles de nuestra Presidenta-Dictadora, antiguas monedas, viejos moribundos, parejas haciendo el amor, un templo masónico, los doce sabios de la tribu africana de los Chit-tauri, dioses muertos, olvidados o inexistentes, Holmes sodomizando a Watson, y veo libros, libros y más libros, una biblioteca de Babel infinita, una invención terrible, Pedro torturando a El Capitán, un strip-tease de la Dama de las Camelias, un hermoso sexo femenino apunto de abrir sus pétalos cual flor, el centro del universo y el extremo más alejado, alfa y omega, el aleph.

- Sí. Eso es lo que te ofrezco. Un aleph. La realidad entera, tal y como es. Y sólo te costará tu alma.

- Gracias, pero no. No lo necesito. Ya poseo uno.

- ¿Qué ya posees un aleph?

- Sí, mi querido amigo. Se llama Londres.

- No comprendo, sinceramente.

- Londres es un compendio de todo. Aquí se cruzan todos los pueblos, todas las razas que conquistamos y las que sometimos cuando éramos Imperio. Desde nuestras mitologías pasadas, pasando por cuando éramos los amos del mundo hasta hoy, hasta el triste y gris hoy. Salimos de nuestra isla convencidos de llevar la razón y la verdad del modo de vida británico a aquellos pobres infelices y bárbaros. Pero lo que pudimos comprobar es que nosotros éramos salvajes comparados con ellos. Comparados con culturas de más de cuatro mil años. Les cambiamos, sí, pero más nos aportaron ellos. Ya sabes lo que se dice: no puedes enviar al Dios de los blancos a los negros sin que el Dios negro acuda a los blancos. A eso me refiero, a la impresionante mezcla étnica que surgió y que después muchos ciegos e ignorantes han querido ignorar. Creo que poseemos dos herencias, una de ellas adquirida, que tenemos que amar. Hemos de crecer sobre nosotros mismos. Sobrevivir a esta mala década y alzarnos sobre nuestras propias cenizas y sobre las ajenas que hemos ido creando. No digamos ya que somos ingleses, o británicos. Eso es falso. Somos más. Mucho más.

- Buen discurso, en verdad. ¿Así que recomiendas…?

- Vivir y aprender.


Cayetano Gea Martín


lunes, enero 31, 2005

CUADERNOS DE ESTILO: Stephen King

Mientras conduzco mi Chevrolet por la pequeña carretera local de Maine, camino de la finca de Jameson, no paro de olerme el dedo anular, ya que con él acabo de masturbar a Elaine, mi chica. Cojo otro cigarrillo del paquete a medio fumar de Pall Mall, el segundo paquete del día. El humo asciende hasta estrellarse contra el sucio techo del coche. Pienso que acabaré como el tío Jonas, con los pulmones más negros que el asfalto, con un cáncer tan desarrollado que se afeitaba y todo. A pesar de ello, el cabrón de Jonas todavía se follaba a alguna jovenzuela dispuesta a comérsela por un par de pavos.

Aparco el Chevrolet al otro lado de la carretera, enfrente del anuncio de McDonald’s, y entro en la finca del cabrón de Jameson. El muy

(cerdo hijo de la gran puta bastardo católico irlandés de mierda)

iluso no sospecha que voy a por él, si no, no me recibiría en calzoncillos, con medio testículo fuera, y bombeando esa barriga suya tan jodidamente asquerosa, con nódulos de grasa reptando por debajo de la piel. Descubro que voy a matarle aunque sólo sea por cómo oscila ese saco de sebo. Aunque el motivo no es ése, claro. Tomé la decisión de ir a por él cuando uno de mis chicos le vio dándole a mi vaca favorita por el culo.

Llego hasta él y me saluda golpeándose ligeramente con el seboso dedo índice de su mano izquierda esa jodida gorra suya de los Chicago Bulls. - Hey, Mike -me dice- ¿Qué te trae hasta mi casa, sinvergüenza? - Vengo a cobrarme lo que me corresponde, Jameson -le espeto- Tú rellenaste a mi vaca con tu sucio semen, por lo que creo que es justo que te rellene yo las tripas de plomo. Asustado, Jameson se mueve para atrás con la intención de esconderse en su casa, pero no lo hace con la suficiente rapidez. Salto hacia él y le engancho de los amarillentos calzoncillos con la mano izquierda, mientras que con la derecha comienzo a golpearle con la culata de la pistola. De repente, el muy cerdo pega un grito de niña histérica, el típico alarido afeminado que se les da tan bien hacer a los gordos de mierda, mientras consigue alcanzar de el rellano un roñoso machete cubierto de óxido con el que me descarga un tremendo golpe seco a la altura del trapecio. Puedo oír a mi clavícula partiéndose en dos mientras el dolor más intenso que haya sentido jamás recorre en oleadas mi cuerpo. Grito con todas mis fuerzas mientras trato de no desmayarme, pero no puedo evitar que se me caiga la pistola y que ésta ruede por los tres escalones del porche hasta el sucio suelo del patio. Mientras observo, a través del dolor que empaña mis ojos, cómo Jameson alza el machete para descargarme un golpe mortal con él en la cabeza, consigo alcanzar el cuchillo que llevo siempre entre mi bota izquierda y mis vaqueros. Empleando toda mi fuerza, descargo mi brazo contra su barriga, clavándole el cuchillo hasta la empuñadura. Jameson comienza a proferir alaridos de cerdo degollado mientras trata torpemente de detener el chorro de sangre que sale disparado de la herida, utilizando uno de sus rechonchos dedos a modo de tapón.

De repente, misteriosamente se hace una pausa que

(detiene el tiempo y la sangre y la vida y el mundo se vuelve torpe y gris)

no presagia nada bueno. Nos quedamos parados, mirándonos a los ojos. Algo de color del hielo asoma en el fondo de las pupilas de Jameson, una especie de determinación fría, y comprendo que voy a morir, aunque me lo llevaré conmigo. Al unísono, nos provocamos uno al otro nuestra herida mortal, como una hermosa y sangrienta coreografía. Mientras que yo rajo su cuello de parte a parte, él me propina un machetazo en el costado que me destroza el hígado y que me encorva en un ángulo extraño, como un muñeco roto. Envueltos en nuestras mortajas carmesíes, y demasiado desangrados como para hablar o seguir luchando, nos abrazamos como dos maricas mientras la oscuridad nos cubre con sus negras alas y voy perdiendo la conciencia.

Y siento frío antes de no sentir nada.

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No hay autor de ficción tan famoso y tan controvertido como el bueno de King. Sus novelas se venden por millones en todo el mundo y su nombre es un reclamo publicitario rentable; sin embargo, muchos críticos y aficionados al género contemplan con reticencia su popularidad. Tal vez sean acertadas las acusaciones de sus detractores (superficialidad, maniqueismo, abuso de cierto falso psicologismo); la verdad es que King, a pesar de no ser, para mí un gran escritor, es un dotado narrador, creador de páginas estremecedoras, y que sabe atrapar como nadie la atención del lector.

Stephen King nace en Portland, Maine, estado que se complacerá en retratar en el futuro. Cuando tenía dos años su padre abandona a la familia y durante largo tiempo se ve obligado a cambiar una y otra vez de hogar, junto a su madre y su hermano mayor Dave. Al fin, en 1958, se instalan de forma estable en Durham. Estudia en el Lisbon Falls High School y al terminar ingresa en la Universidad de Maine, en Orono.

Los cuentos de esta época (La noche de tigre, Apareció Caín, La imagen de la muerte) son ejemplos de un escritor que todavía no ha encontrado su tono. Terminada la universidad, se casa con Tabitha Spruce y tienen dos hijos en poco tiempo. Es acabado su primer año como profesor cuando empieza a escribir Carrie. En un principio debía ser un cuento breve; pero la historia fue creciendo por sí misma. Entre las dudas en su propia capacidad de realizar una obra más ambiciosa y su temor a estar perdiendo el tiempo en algo que quizá no le reportará ningún ingreso, acabó convirtiéndose en una novela.
Sería inútil, amén de imposible, citar todas las novelas de King, pero, éstas serían para mí las mejores: El resplandor (1977), El umbral de la noche (1978), Cementerio de animales (1983), It (1986), Misery (1987), La mitad oscura (1989), La tienda (1991), Insomnia (1994) y El pasillo de la muerte (1996).

Mención aparte merece su innovadora serie de fantasía, La torre oscura, que empezó a escribir en la universidad y va publicando lentamente, como una especie de capricho personal ajeno a sus contratos millonarios con las editoriales. Esta saga, inspirada parcialmente en el poema de Robert Browning “Childe Roland to the dark tower came”, y que podríamos definir como de revólver y brujería, es, para mí, lo mejor que ha escrito Stephen King, tanto en temática como en estilo, convirtiéndose en una especie de compilación de todos sus libros. La torre oscura, todavía inconclusa a la espera de sus dos últimas partes, consta de siete libros, La hierba del diablo, La invocación, Las tierras baldías, La bola de cristal, Lobos del Calha, La canción de Sussanah y La torre oscura.
Cayetano Gea Martín

viernes, enero 28, 2005

Live and Learn

In an sceptic, cold and wet island, during the time of the biggest dictator in democratical history, a young gentlemen crosses Hungerford Bridge with no idea in which way his footsteps lead him, although he knows with a distant sadness that he heads slowly to the West End, where his soul almost always turns into an amber colour the contemplation of the magnificence of the illumination who cross Trafalgar Square.

He remembers his father always told him: if you are tired of London, then you are tired of life. Today, he doesn’t agree with this affirmation. With his young age, between man and teenager, he went round the city guts, making him more and more sick of it.

Admiringly, he looks at how Soho has withstood the Christmas and Thatcher avalanche. Its gloomy streets, full of prostitutes and Sex-Shops, continue to be depressing. For any site, in any corner, night professionals offer their services like little pieces of paradise.

Bored and sickened by the eternal Soho spectacle, he went to New Oxford Street towards Lincoln’s Inn, when he had met a man who will hand him certain great important merchandise

The man waited on a bench. He was a person with long, curly dark hair and beard, like a modern Rasputin. He met our young main character, and both began to talk:

- Hello, sir, how are you?

- Fine, thanks. Pleased to meet you… Andrew, isn’t it?

- And you are Sir Alan Moore, isn’t it true? But we must leave good banners, if you want. You saw me from telephone that you have an article that I could find interesting, if I’m not mistaken.

- Yes, that’s right, my young gentlemen. But it isn’t a normal product. In fact, I dare to suggest that it’s one of the most special things in all the universe. Also, it isn’t especially expensive.

- I think it’s correct on this day, Boxing day, isn’t it?

- Yes, but it is not a bargain. The difference is that the price has another nature. But, to resume, this is the product I can offer you.

- What is this? It’s like a sphere with a thousand colours inside it.

- Contemplate it for more time, please. ¿What can you see?

- I see that it’s not a sphere, really. It hasn’t a defined outline. It looks like a 3D image floating over my hand.

- I can say that I want you to look inside, young sir.

- I can see in its deep abyss the Keops pyramid, I think. Also I see all the Hercules columns. I observe Babylon in all its glory, when Alexander went inside it. I can see Pierre Menard, the real El Quijote’s writer in his home in Paris. I watch now as the miracle makes dream: The Alambra in Granada. I see more and more images: Paleolythic paints, Lord Byron, a Scottish castle, a gunner man with blue eyes called Roland, a black cancer muting a lung, a Neruda’s poem, a rose grows in Plutarco’s garden, the first Norman ship which disembarked from France, a New Zealand Maori warrior, the hideous groin for our President-Dictator, old coins, dying Angels, couples making love, a Masonic temple, the twelve sages from the Chittauri tribe, dead gods, forgotten or not existence, Holmes sodomizing Watson, and I see more and more books, an infinite Babel’s library, Wilde spitting Joyce, a beautiful feminine sex organ opening its petals like a flower, the centre of the universe and the most distant point, alpha and omega, the aleph.

- Yes, that’s what I offer you, an aleph. The entire reality, as we know it. And it will only cost you your soul.

- Thanks, but I don’t need an aleph. I have one already.

- You already have an aleph, how?

- Yes, my dear old friend. It’s called London

- I don’t understand you.

- London is a mixture of everything. Here, all people mix, all the human race which we conquered and subdued when we were an Empire. Since our old mythologies, and when we were the masters of the world until the grey and sad today. We went out of our island convinced to take the reason and the truth of the British still of live to these poor and foolish barbarians. But we could prove that we were uncivilized compared with them, cultures with more than four thousand years of history. We changed them, yes, but they contributed more to us. You know people say: you can’t send the white God to black people without the black God goes to white people. That’s what I try to saying, the impressive ethnic mixture that was rising, the mixture that after, a lot of blinds and fools have wanted to ignore. I think that we have two inheritances, one of them natural and the other acquired, and we need to love both. We have to grow over our self. We have to survive this bad decade and rise over our ashes and the others that we have going created. We can’t say we are English yet. That’s false. We are more than that. So much more.

- Good speech, really. So, you recommend…?

- Live and learn.
Cayetano Gea Martín

miércoles, enero 26, 2005

Pesadilla de una noche de invierno

(Escrito nada más despertarme de una pesadilla, sentado en la cama y a oscuras... Lo digo para que no se me critique si: a) Me ha quedado raro, b) Me ha quedado cutre...)
Habrá quien piense que soy mentira, que soy quimera.

Habrá quien crea estar a salvo en casas de hojalata y cables.

Habrá quien corra, habrá quien huya hacia supermercados mientras convierto el agua en sangre, el alma en barro, los alimentos en podridos fragmentos de carne de cerdo, la muerte en certeza. Habrá quien grite cuando me alce con Hipnos y Thanatos, cuando despliegue mis alas mortuorias.

Habrá quien rece, quien se encomiende, quien coma de la carne del hijo de Dios una última vez, vana plegaria al regidor de un universo precario y extinto.

Llegaré, moriréis, el mal se apoderará más aún de este codicioso y codiciado mundo, y una nueva especie será creada. Una que no necesitará petróleo para sus máquinas, ni placebos, ni regazos artificiales.

No huyáis, no durmáis, no os despertéis. Sé que vosotros no lo entendéis, pero aunque al principio estuviera el verbo, al final estará el pronombre Yo.

Soy el que soy.

Los seres humanos no sois más que despreciables bolsas llenas de sangre que sólo valéis para engendrar más bolsas que sólo saben pedir carantoñas idiotas y tele y gobierno y mentiras.

Soy el fin del mundo tal y como es y me apetece beber algo.

Cayetano Gea Martín


lunes, enero 24, 2005

Caras y rostros y máscaras

La vida es un cúmulo de ilusiones perdidas, de vacíos palcos de teatro, de caras sobreexpuestas en el muro de las contemplaciones de la humanidad.

Caras, caras y caras. Observo a esa hermosa mujer que rondará los treinta, su plenitud. Contemplo su belleza madura, su seguridad, su aplomo. Después me contemplo a mí mismo y me descubro pequeño y joven, en más de un sentido. Noto mi deseo de encontrar una mujer así, no ya por la edad, sino por esa madurez que sólo aparece en determinados ojos femeninos.

Sigo buscándote, perdida en un mar de rostros, de máscaras de carnaval. A veces creo atisbarte, pero temo tu imagen y tu rechazo. Te persigo enamorado por las calles de Madrid. Creo ver el reflejo plateado de tu vestido, aunque sospecho que aquel rayo de luna se vuelve a burlar de mí. ¡Becqueriano amor!

Te busco a través de páginas infinitas, de la literatura, acaso el tejido del alma humana. ¿Te busco? No lo sé. Quizá no pongo el empeño suficiente. Quizá desaprovecho oportunidades. Te prometo redoblar esfuerzos, oh, tú, mujer, alma, vida, cosmos; tú, que eres, para mí, tierra santa.
Cayetano Gea Martín

miércoles, enero 19, 2005

Si no me ves



Si no me ves esta mañana gris cuando te levantes, no te molestes en buscarme, ya que significará que hoy por fin, después de tanto tiempo, de tantos intentos, he abandonado mi antigua vida, y con ella, a ti.

Hoy desperté con la sensación de haber cruzado una frontera, un punto de no retorno, de encontrarme del otro lado, de haber terminado de caer por la grieta, de no ser más que una sombra para esta sociedad, un reflejo en el cristal del autobús, alguien en quien la gente vierte su mirada vacuna cuando esperan el Metro, con la indeferencia feliz que provoca su regalado modo de vida. Salvo, claro está, aquel chico que aquel día miró directamente en mis ojos y me sonrío. Oh, sí, me sonrió. Por poseer una sonrisa como aquella sería capaz de condenar al mundo.

Si no me ves esta mañana, es que ya no me verás más. Eso quiere decir que por fin he huido de ti y de tu mediocridad de telespectador de partidos de fútbol, de los domingos de sábanas húmedas y recalentadas, de ir a la cocina en pantuflas rosas, de calentar café y limpiar la imposible de limpiar roña que cubre este hongo de paredes amarillas a la que a veces aún me atrevo a seguir llamando hogar. ¡Hogar! Nunca más.

Estoy cansada. Cansada de mis ojeras, de mi pelo negro que huele a tabaco rubio, de los kilos que voy acumulando, de despertarme los domingos con la el cuerpo pastoso de la formalidad sexual de la noche anterior, sucia e insatisfecha. Cansada de no haber podido cumplir ni uno solo de mis sueños en las frescas noches de los veranos de mi adolescencia. Cansada de verte, de contemplarte, de no quererte.

Si no me ves esta mañana, es porque conseguí reunir el valor suficiente para salir por esta puerta que tengo enfrente de mí. Qué misterios encierran siempre las puertas. A veces, puede ser que no sepamos lo que nos espera del otro lado, como es mi caso. Alguien dijo una vez que hay una puerta por alma, ¿será la mía ésta?

Adiós, Julián. Te diría alguna frase amable para mitigar tu dolor, pero no creo que mi partida te duela. Es más, ambos sentiremos un inmenso alivio, quedémonos con eso. Me interno ya en el anonimato del Metro donde, quién sabe, quizá me esté esperando la sonrisa de aquel chico.
Cayetano Gea Martín

martes, enero 11, 2005

Otra vía de negación de Dios

Él y ella, dos hermanos de diez y doce años respectivamente, avanzaron alegres y despreocupados hacia la Iglesia, donde el padre misionero les habló de la eterna gloria del Señor, de su omnisciente piedad para con todas sus criaturas.

Mientras tanto, a apenas dos kilómetros de allí, un tsunami gigantesco (el cual, lamentablemente, no estaba hecho por ordenador) destrozó su hogar y convirtió a sus padres en puré para gaviotas.

Es decir, que mientras rezaban a Dios, éste les premiaba destrozándoles su mundo.
Cayetano Gea Martín

viernes, enero 07, 2005

Día de Reyes

Los dos hermanos saltaron al unísono de la cama en cuanto el primer rayo de sol dibujó círculos ambarinos a través de la persiana. Atropelladamente invadieron el dormitorio de sus padres y saltaron sobre su cama, al grito de “¡Los Reyes, los Reyes, han venido los Reyes!”, repitiéndolo una y otra vez cual salmo o mantra. El menor de los hermanos, de tres años de edad, abrió un camino a través de las mantas y asomó su cabecita entra la de sus progenitores, los cuales se hacían aviesamente los dormidos para hacerle de rabiar, con una sonrisa de complicidad en sendos labios. El hermano mayor, de seis años, más seguro ya de su potencial físico, agarró la pierna izquierda de su padre y empezó a tirar de ella con todas sus fuerzas. De repente, la madre comenzó a hacer cosquillas a su segundo hijo, provocándole unas claras y contagiosas carcajadas. Así, el tálamo nupcial se convirtió de repente en un revoltijo de sábanas y mantas mientras los padres jugaban con sus hijos, los cuales estaban más pendientes de dirigir a sus padres hacia el salón que de cualquier otra cosa.

Al final, los cuatro se encaminaron hacia el árbol de navidad, aunque bien es cierto que los pequeños llegaron antes, tirándose casi de cabeza encima de la montaña de regalos. Con furiosa urgencia, comenzaron a arrancar los envoltorios, hasta descubrir, maravillados, los presentes. Este año, los Reyes Magos les habían traído justo lo pedido, por lo que su dicha fue completa. Los padres contemplaban embobados a sus dos hijos, sintiéndose los progenitores más afortunados del mundo, pensando que realmente existía la felicidad, e incluso la magia, y que aquel momento eterno ocuparía un lugar privilegiado en su memoria y en sus corazones para siempre.

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Los dos hermanos saltaron al unísono del camastro en cuanto la primera ola inundó su habitación. Atropelladamente buscaron refugio en el cuarto de sus padres, pero éste había desaparecido, tragado por la fuerza del agua. El menor de los hermanos, de tres años de edad, intentó abrirse camino entre las olas que comenzaban a retirase y contempló como sus padres eran manejados cual marionetas y golpeados contra las paredes de la casa por la acción de la resaca. Observó atentamente los reposados rostros de sus padres, y le pareció que éstos se hacían los dormidos. El hermano mayor, de seis años, más seguro ya de su capacidad física, agarró la pierna izquierda de su padre y empezó a tirar de ella con todas sus fuerzas, intentando evitar que desapareciera en el infierno inundado que se podía contemplar fuera. De repente, la cabeza de la madre se estrelló con violencia contra una pared, arrancando alaridos de terror en los dos niños. Así, el tálamo nupcial se convirtió de repente en un revoltijo de agua y sangre mientras los cuerpos sin vida y desmadejados de los padres flotaban entre sus hijos, los cuales se encontraban paralizados por el terror, pero conscientes de que se habían hecho pipí encima, aunque afortunadamente, el agua que les cubría hasta el cuello diluía tan vergonzoso líquido.

Al final, los niños fueron arrastrados con ímpetu hacia el exterior, donde flotaban hasta perderse en el horizonte los restos de miles de hogares destruidos. Con furiosa urgencia, los dos hermanos comenzaron a nadar, hasta poder encaramarse a un tejado flotante. Este año, los dioses les habían castigado por sus pecados. Los dos hermanos contemplaban los restos de aquel apocalíptico naufragio, sintiéndose los seres más desgraciados de toda la creación, pensando que realmente existía el infierno, e incluso que no podía existir el cielo, y que aquel momento eterno ocuparía un puesto de honor en el lugar más negro de su memoria y de sus corazones.
Cayetano Gea Martín

domingo, enero 02, 2005

EL CUENTO DE LA PRINCESA Y LOS METALEROS

Muy buenas tardes, o mañanas, as you wish... Aunque nunca hemos colgado en esta página chistes de esos que te mandan los colegas por Internet, creo que éste merece la pena, por lo que es todo un honor ponerlo aquí... Aunque eso sí, es de un humor bastante concreto y friki, pero, vamos, no creo que vosotros, nuestros respetados y amados visitantes tengáis problemas, dado vuestros antecedentes metaleros, je, je, je...
Gracias a Guillermo (también llamado Pitu, Kalimocho, Gallego, Pérez y mil apodos más) por envíarnoslo. ¡Eres el puto amo!
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Cuento de la Princesa y los Metaleros
“En lo alto de un castillo, hay una linda princesa, que es custodiada por un terrible y gigante dragón”; así se abordaría esa situación según cada estilo:

POWER METAL
El protagonista llega al castillo en un caballo blanco alado, escapa del dragón, salva a la princesa, se van lejos y hacen el amor.

TRUE METAL
El protagonista llega al castillo y vence al dragón en una batalla utilizando su espada. Bañado en la sangre del dragón, se lo hace con la princesa.

THRASH METAL
El protagonista llega al castillo, pelea con el dragón, salva a la princesa y se la tira.

HEAVY METAL
El protagonista llega al castillo en una Harley Davidson, mata al dragón, se toma unas chelas con la princesa y después lo hacen.

FOLK METAL
El protagonista llega con varios amigos tocando el acordeón, el laúd, el violín, y otros instrumentos extraños. El dragón se queda dormido de tanto danzar, y luego se van... sin la princesa.

VIKING METAL
El protagonista llega en un navío, mata al dragón con un hacha, lo cocina y se lo come. Viola a la princesa, saquea el castillo y le prende fuego a todo antes de irse.

DEATH METAL
El protagonista llega, mata al dragón, se tira a la princesa, la mata y se va.

BLACK METAL
Llega de madrugada, en medio de la neblina, mata al dragón y lo empala frente al castillo. Sodomiza a la princesa, la corta con una daga y bebe su sangre en un ritual antes de matarla. Después descubre que ella no era virgen y la empala junto al dragón.


GORE METAL
Llega, mata al dragón. Sube al castillo, se tira a la princesa y la mata. Después se la vuelve a tirar. Quema el cuerpo de la princesa y se la tira de nuevo.

DOOM METAL
Llega al castillo, ve el tamaño del dragón, se deprime y se suicida. El dragón se come el cadáver del protagonista y después se come a la princesa.

NU METAL
Llega al castillo y se jacta de lo bueno que es peleando y de que es capaz de ganarle al dragón. Pierde y coge una depresión. Huye y encuentra a la princesa, le cuenta su trágica infancia. La princesa lo abofetea y se va con el protagonista de “Heavy Metal”. El protagonista “Nu” se toma un prozak y se va a grabar un disco de “The best of”.

ROCK N'ROLL CLÁSICO
Llega en una moto fumándose un troncho y se lo ofrece al dragón, que resulta ser su amigo. Luego acampa con la princesa en la parte más apartada del jardín, y después de mucho sexo, drogas y rock n' roll, tiene una sobredosis de LSD y muere ahogado en su propio vómito.

PUNK
Le tira una piedra al dragón y huye. Pinta una “A” enorme en el muro del castillo. Le hace un peinado mohicano a la princesa y abre un kiosko de fanzines en el pasadizo del castillo. Más tarde, se carga a la princesa al descubrir que ésta tiene sangre real.

PROGRESIVO
Llega, toca un solo virtuoso de guitarra de veintiséis minutos. El dragón se abre las venas de tanto tedio. Llega donde la princesa y toca otro solo explorando todas las técnicas de tonos y compases aprendidas en el último año en el conservatorio. La princesa huye buscando al protagonista de “Heavy Metal”.

HARD ROCK
Llega al castillo en un convertible rojo, acompañado de dos rubias pechugonas y con una botella de Jack Daniels. Mata al dragón con un cuchillo y luego hace una orgía con las rubias y la princesa.

GLAM
Llega al castillo. El dragón se ríe tanto al verlo que lo deja pasar. Entra al castillo, le roba la laca y el pintalabios a la princesa. Luego convence al dragón para pintar el castillo de rosa y para hacerse unas rayas.
Cayetano Gea y Pedro Garrido