jueves, febrero 24, 2005

Tentaciones

Calor, siento calor, siento el deseo que me corroe. Siento la lujuria desenfrenada despedazar mi alma. No dejo de pensar en húmedas cavernas, en recovecos cálidos, en sexo, en sexo, en fluidos, en sudor, en palpitante carne joven bajo mis manos, en bocas que se abren, febriles de deseo, en espaldas que se cimbrean al son del sexo, del sexo, del calor.

Mi alma se condena, desaparece en el infierno, se diluye y licua bajo este calor húmedo de latidos autónomos. Supongo que habrá personas que no sufran este tormento de los sentidos. Supongo que habrá gente que sea capaz de llevar una sexualidad sana. Pero yo no, yo no, a mí me golpea en las costillas este desenfreno, este sucio y pecaminoso deseo de sexo, de salvajismo animal, que ya no consigo aplacar vertiendo rosas blancas en cuencos de papel higiénico.

Calor, calor, rojo y pegajoso calor rodea mi miembro erecto, tan duro que parece que fuera a estallar. Deseo que estalle, lo deseo… Por lo menos acabaría con este sufrimiento. Sé que hay personas que no sufren como yo. Personas que han ubicado su sexualidad donde debe estar. Sé que hay culturas que hasta lo veneran, que incluso comparan el alcanzar la sabiduría con un orgasmo eterno. Incluso algunos creen rozar lo divino en el momento del clímax. He oído que hay gente capaz de disfrutar proporcionando placer tanto como de recibirlo.

Que el diablo me lleve, que el demonio me lleve. Por ahí aparece, desciende de una cruz de plástico con el enorme falo enhiesto. Un corrillo de novicias se apelotona ante el pene infernal y lo succionan, besan, lamen e introducen. Oh, pobre alma mía, novicias, novicias jovencitas de peludo pubis. El deseo me traspasa, el dolor me exprime y yo sólo puedo pensar en caliente carne de novicia.

Creo que mañana haré una visita a algún monasterio.

Qué duro es ser obispo.


Cayetano Gea Martín

lunes, febrero 21, 2005

Devolucionando

- No sabe usted de lo que está hablando, querido amigo mío. El demonio conocido como Urizen, aunque narrado por Blake en “El libro de Urizen”, no es una invención suya. Según la mitología hebrea, Urizen es uno de los siete grandes generales infernales con los que cuenta el diablo para su lucha final contra en cielo.

- Se equivoca, señor. Urizen no sólo es una invención de Blake, sino que además no hay que tomarlo en serio, ya que se trata de una sutil ironía escatológica sobre la caída de la humanidad, la cual, para Blake, es otra faceta distinta a la de la creación, pero siendo facetas de la misma hecatombe. La caída del hombre, como bien dijo Menard, es la caída de Dios.

- Conozco mejor que usted la obra de Pierre Menard, se lo aseguro; y, que yo recuerde, no tiene ningún relato, poema o referencia al apocalipsis. Creo, querido amigo, que confunde a Pierre Menard con Poe, Edgard Allan.

- Jamás podría confundir a ambos autores, créame. Creo, más bien, que cuando usted le niega Pierre Menard la autoría de aquella cita, es porque confunde al genial autor parisino con Pérez Reverte, posiblemente por el parecido fonético entre Pérez y Pierre, error típico en gente tan poco ilustrada como usted, amigo mío.

- Debo reconocerle, que nunca he tenido pretensiones de lo que no soy, a diferencia de usted, caballero. Además, admito que me gusta el señor Reverte. Encuentro su prosa bélica de lo más reconfortante para mi españolismo.

- Lo cierto es que, si he de serle sincero, no poseo demasiado espíritu nacionalista. Como bien sabe usted, ni siquiera leo nada español, salvo, claro está, a esa gran poetisa llamada Lucía Etxebarría. Cuando veo a algún alumno correteando por el campus con un libro de poemas de Bécquer, Lorca o Espronceda siempre intento convencerle para que lea algo de Lucía y se empape de poesía moderna.

- Ah, estos jóvenes apegándose siempre a viejas reliquias literarias… Yo, que intento siempre inculcarles valores nuevos y nada… Se niegan en redondo a reconocer a jóvenes talentos literarios, desprecian las novelas modernas e insultan esa obra de la literatura llamada El Código Da Vinci. No sé qué pasará con esta sociedad cuando no estemos nosotros…

- Debo confesarle, amigo mío, que prefiero Ángeles y Demonios a El Código Da Vinci, ya que se aprecia una clara evolución en el estilo de Dan Brown, que le convierte, para mí, en el mejor escritor vivo de nuestro tiempo.

- Ahí no puedo sino discrepar. Firme pero respetuosamente, debo decirle que el estilo de dicho autor es bastante inferior al de autores de la talla de Valdano, María Teresa Campos o El Sevilla.

- Cuestión de gustos, supongo. Por cierto, hablando de Valdano, habrá visto usted el desastroso partido de ayer del Madrid, ¿no?

- Lo cierto es que no soy muy entusiasta del fútbol. Me parece un deporte digno de bárbaros, querido colega. Prefiero la complejidad sentimental que supone Gran Hermano. Las diferentes subtramas se van entrelazando entre sí, creando una mitología propia de lo más enriquecedora para el subconsciente colectivo.

- Aunque comparto su afición con GH, lo cierto es que la calidez que me proporciona Aquí Hay Tomate aún no ha sido superada por ningún otro programa, salvo por Crónicas Marcianas, claro está…

- Hablando de ello, hace unos cuantos días, hablaron en Crónicas de la figura literaria que supone William Blake, en una nueva sección de lo más vigorizante dedicada a ridiculizar a viejas glorias como dicho escritor.

- Como debe ser… Es improductivo e inútil el guardar tanto respeto hacia gente que décadas o siglos muerta. Lo nuevo, lo último, es lo que debería imperar. En vez de celebrar el cuatrocientos aniversario de un mamotreto como “El Quijote”, que encima sólo lo leen cuatro enfermos, y el resto sólo conocen la aventura de los molinos, habría que festejar que El Último Catón ha recaudado este mes más dinero que nunca.

- Cierto. O el libro de recetas de Toni Genil. Bueno, querido amgio mío. Debo dejarle, que me quedan veinte páginas para terminar el libro de Coto Matamoros.

- De acuerdo. Yo voy a aprovechar para terminar de ver Salsa Rosa, que ayer dejé el vídeo grabando el programa.

- Bueno, pues cuando usted quiera nos volvemos a ver. Como tarde, nos vemos en un año, en la próxima feria de partir calabazas con la cabeza.


Cayetano Gea Martín

miércoles, febrero 16, 2005

PARA ELISA - Capítulo Cuatro y Último

Cansado y aturdido, en medio de la fatiga de la guerra, con ganas de desaparecer de toda esta muerte, del olor a carne cruda, de los orines y heces, del miedo a morir y repugnado por mis acciones, me alzo una vez más sobre mis restos, mientras que mi mente canaliza todos los pensamientos en uno solo: salir de este agujero. Ando hacia el muro de la trinchera que da a la pequeña y pelada elevación que se adentra en territorio alemán. Deseo ver qué hay detrás de esa colina. Quiero y necesito ver algo vivo, aunque sea en tierra enemiga. Quiero ver vida, aunque suponga mi muerte. Condenaría mi ya condenada alma por un rayo de sol en mi rostro, por beber de un río, por tenderme en la hierba.

Escalo con pocas fuerzas pero mucha convicción el muro de sacos negros y contemplo el pequeño promontorio que se alza ante mí. Tras descansar apenas un minuto para recuperar así el resuello, comienzo a ascender por él. No tiene una pendiente demasiado elevada, por lo que no me resulta difícil alcanzar la cima en corto espacio de tiempo.

El flautista y el tigre de bengala me esperaban en la cima.
El flautista tocaba el tema “Para Elisa” con una hermosa flauta travesera plateada. Vestía de juglar.
El tigre bostezó al verme y empezó a rascarse detrás de la oreja con una garra. Parecía bastante ocioso. Y bien alimentado.

Antes de poder exclamar siquiera el más ligero ruido de estupefacción, el flautista dejó de tocar y me dedicó una reverencia. Contemplé, aterrorizado, cómo el tigre desaparecía en el preciso instante en que la música cesó. No podía dar crédito. Sencillamente, estaba ahí parado, delante de mí, y una fracción de segundo más tarde no. Acto seguido, el flautista me dirigió sus primeras palabras en un perfecto inglés:

-Saludos, soldado de lejanas tierras. Por favor, descansa sobre la parda y seca hierba. Debes estar cansado después de tanto sesgar vidas. Pocas cosas hay tan fatigosas como el andar guerreando, si lo sabré yo. Eso es, siéntate, pero no tan cerca. No te ofendas, amigo mío, pero el hedor que despide tu cuerpo resulta ligeramente insoportable para mis delicadas fosas nasales. Nada personal, por supuesto. Veo por la cara de bobo que pones que quieres saber qué narices hace un flautista en medio de una guerra… de una guerra mundial, además. La respuesta puede resultar ciertamente complicada, amén de plural. Cualquier interpretación, por disparatada que suene, puede ser cierta. ¿Soy acaso un mago de undécimo nivel de un reino superior de la psique humana? ¿Soy el loco sueño de alguien? ¿Acaso tu destrozado cerebro se me imagina a mí y a mi peculiar tigre? ¿Seré por ventura un viajero temporal de remotas tierras y siglos pasados o venideros? Lo cierto es que la verdad, la pura verdad es bastante más simple que cualquier conjetura. Soy un bastión, un muro, un honrado ciudadano alemán bilingüe, un experimento, una línea de defensa. Yo soy, por decirlo con pocas palabras, un arma.

En aquel preciso instante, el flautista comenzó a tocar de nuevo “Para Elisa”. El tigre surgió y se abalanzó sobre mí súbitamente. Mientras yacía en el suelo con el tigre encima devorándome la garganta, pude atisbar, por el rabillo del ojo, el paisaje que se extendía detrás de la colina. Contemplé más colinas con más soldados como yo, exhaustos, medio muertos ascendiendo por la cuesta que los llevaba a su muerte: cientos de flautistas que materializaban tigres de la nada los aguardaban allí arriba.

domingo, febrero 13, 2005

PARA ELISA - Capítulo Tres

Al final se incorpora lo que queda de mí de forma gargantuesca y temblorosa, como una marioneta con las cuerdas cada vez más liadas y rotas. La ansiedad disminuye lo suficiente como para que me vuelva a importar mi supervivencia inmediata, el miedo a un ataque y el deber de comprobar la trinchera enemiga. El valor va caldeando poco a poco mi pecho hasta el punto de permitirme coger la única pistola con balas, la botella de bourbon y escalar el parapeto.

Detrás de mí, los rayos del sol, velados por la niebla y el frío, me muestran un campo marchito, yermo y estéril de color ceniza que se extiende hasta confundirse con el cielo, salpicado de cráteres como un paisaje lunar y plagado de cadáveres. Las ruinas de la ciudad alemana de Wergestein todavía humean allá lejos, en el horizonte. En aquel instante, más que nunca en mi vida, hecho de menos los verdes campos de mi hogar, los hermosos castillos con enredaderas milenarias, los largos días de verano, las costas azules…

Delante de mí, se extienden los límites de esta tierra de nadie, el final de treinta y cinco millas de campo de batalla en continua expansión favorable, de momento, a nosotros. A treinta metros de mí, la tierra se corta formando la zanja que supone la trinchera enemiga. Inmediatamente detrás de ésta, una pequeña elevación impide ver algo más del paisaje del país enemigo.

Despacio, me voy acercando a la trinchera pensando en que quizá no es buena idea hacerlo, ya que desconozco si realmente no queda ningún soldado vivo, ninguno con la suficiente vida como para acertar a un blanco perfecto como yo.

A unos diez metros del agujero enemigo me tiro al suelo y me arrastro sobre mi vientre hasta el borde de la trinchera. Apoyándome en los codos, me voy deslizando hasta casi sacar mi torso por la abertura y poder oler un aire familiar aunque más sucio que el de mi propia trinchera. Me dejo caer. En cuclillas, dentro del territorio enemigo, contemplo varios cadáveres de soldados alemanes, cajas de avituallamiento vacías y rotas, armas sin carga arrojadas descuidadamente por todas partes, colillas y botellas, cascos y botas, ratas y gusanos.

No deja de resultarme tétricamente curioso lo que siento estando aquí. En mi agujero podía palpar y mascar la muerte metálica que los alemanes nos proporcionaban tan generosamente, y la rabia y el odio que sus ataques me provocaban. Pero estando aquí, contemplo los resultados de mi propia furia, el daño que yo he causado, tan relevante en el orden general de las cosas como el que ellos me han hecho a mí. Dos sufrimientos gemelos que se alimentan uno del otro.


Cayetano Gea Martín

viernes, febrero 11, 2005

PARA ELISA - Capítulo Dos

Me veo zambullido en la vorágine, en la ceguera de la niebla y de mis ojos secos que tratan de llorar sin recompensa, mientras el enemigo responde con salvas de pistola, demostrando así estar más todavía en las últimas que nosotros, ya que yo aún tengo una ametralladora medio llena que no vacilo en usar a través de los agujeros de la zanja contra las estrellas blancas fugaces de las detonaciones alemanas, incapaz de visualizar nada más, en un momento al margen del tiempo y del espacio, ascendiendo hacia el olimpo de la destrucción, cual espectro carroñero ansioso de vida disparando contra luces intermitentes a través de la bruma. Me quedo sin munición más rápido de lo deseado, y aunque ya no se oyen ni ven disparos enemigos, sigo pulsando el gatillo y destrozándome el hombro con el retroceso hasta que el último casquillo humeante sale disparado del arma y se estrella contra el suelo.

Silencio. Un silencio que duele, que hiere mis oídos más que la estridente batalla. Un silencio que me hace sentir desnudo, solo y desamparado como un niño abandonado en la inmensidad de un parque.

Giro la cabeza para contemplar el desgastado rostro muerto del sargento, el cual no posee esa sensación de paz que en algunos relatos épicos comentan, sino la sorpresa de una muerte repentina, de un sistema nervioso cercenado de súbito, con los ojos de par en par y la boca torcida en un rictus de dolor. Con respeto, alargo mi mano y le cierro los ojos, pero no puedo recomponerle la boca, lo que le da una apariencia aún más tétrica al rostro, como de tremenda concentración en el sufrimiento. Dejó esta vida con un tercio de ella aún por delante y con la misma cantidad de bourbon en la botella que asoma por un bolsillo de su petate.

Nuestra trinchera no es ahora más que un triste nido vacío con sus poyuelos troceados entre las ramas. Pero es un agujero que ha cumplido con su deber: derrotar a su némesis, o eso puedo conjeturizar por la ausencia de siquiera gemidos.

Sé que debería salir a comprobar la veracidad de mis axiomas, pero no creo que pueda. Un gigantesco y rojo ataque de ansiedad bloquea mi cuerpo y me hace estremecer de pánico y gritar y llorar y soltar la ametralladora recalentada que se lleva como estela de su descenso fragmentos de piel de mis dedos. Caigo sobre la encostrada tierra y permanezco de rodillas, con el rostro hundido en mi pecho desnutrido, los brazos laxos, con convulsiones agónicas devorando mi ser, con mi mente divagando por laberintos limítrofes de la locura, cruzando puntos de no retorno y deshilachando las costuras de mi alma.

Cayetano Gea Martín

miércoles, febrero 09, 2005

PARA ELISA - Capítulo Uno

Fragmentos de hombres golpean mi rostro en esta pasmosa mañana. La lucha que durante tres días ya mantenemos contra los alemanes en esta trinchera fétida se encuentra en sus últimos coletazos. De los treinta soldados originales que fuimos aquí desplazados por orden del bastardo del Coronel Jenkins, apenas quedamos cinco, cinco sombras chinescas.

El paso de estas setenta y dos horas ha convertido la trinchera en el interior de una bolsa de basura: pedazos de carne humana, jirones de ropa, heces, insultos flotando en el aire, almas errantes y charcos de orina que no pueden ser absorbidos ya porque la negra tierra está saturada de sangre, de sangre que mana a borbotones de nuestros pellejos pinchados, rajados y bombardeados.

De las cinco muestras de seres humanos que quedamos, sólo el sargento y yo nos encontramos medio cuerdos. El resto lo componen dos soldados rasos imberbes y desquiciados, y un enfermero en coma. Los dos soldados ya están en otro lugar, en otro estado distinto del nuestro. Se persiguen y acosan el uno al otro como cachorros en celo; en la penumbra neblinosa, se sodomizan mutuamente en el lodo de nuestros pecados.

No sé cuántos alemanes habrá en nuestra trinchera vecina, pero sus fuerzas estarán tan mermadas como las nuestras, aunque eso no les ha impedido acabar, hace apenas cinco minutos, con la vida de nuestros dos sátiros soldados. Babeando y con los ojos en blanco, habían salido corriendo hacia el agujero enemigo, recibiendo a cambio, como mortal regalo de bienvenida, dos salvas de metralla. A uno se le convirtió la cabeza en polvo rojo, y al otro le desapareció en una nube carmesí el bajo vientre, antes de caer seccionado en dos partes.

Una hora después, el sargento me alarga una botella de bourbon rematada en una huesuda mano. Antaño fue un hombre joven, posiblemente atractivo, pero la guerra acelera el envejecimiento, y ahora, su cara mostraba la confusión del alma de un niño en el cuerpo de un anciano, como el rostro de la muerte que se refleja en los drogadictos. Las llagas devoran su cara, los ojos secos y enrojecidos pugnan por caerse al suelo, los dientes flojos bailotean en sus sangrantes encías, y su barba se alza gris: la barba de los muertos, cuyas cerdas petrificadas resisten cualquier tipo de afeitado. Noto el olor de su cuerpo orinado y defecado, un hedor siniestro y desagradable, como una mezcla de café fuerte y tinta china. Mientras me abraso la garganta con un trago de licor, pienso que mi rostro y mi cuerpo deben parecer gemelos a los del sargento.

La cabeza me da vueltas en un torbellino de pensamientos, y la voz del sargento se alza sobre el sonido distante de la guerra: “Buen trago, ¿verdad, soldado?”. Acaba de pasar una bala rozándome la oreja y yendo a parar al pecho del soldado enfermero en coma. Se va, el condenado diablo se va sin un suspiro, como si el disparo no fuera con él, como si toda esta sucia y hambrienta guerra de tentáculos peludos y sudorosos le quedara muy lejos, distante, mientras que su intelecto en cuarto menguante viaja por la sangría onírica del ensueño.


Cayetano Gea Martín

domingo, febrero 06, 2005

Discurso

Hoy no voy a hablar de Borges ni de Cortázar. Hoy no me oiréis desbarrar sobre el realismo mágico sudamericano ni de su influencia en la novela y en relato breve en la España post-franquista.

Hoy no voy a comentaros que prefiero la filosofía y el pensamiento alemán al francés, que lo encuentro mucho más claro y menos denso que el galo.

Hoy no voy a compartir con vosotros mi ilimitada afición por las mitologías, ni las compararé entre sí, intentando buscar claros elementos y figuras comunes a todas. Hoy no expresaré que cualquier idea que se plasme en el medio que sea debe tener una fuerte carga mitológica detrás si quiere ser considerada como expresión artística.

Hoy no voy a plantearme mi destino, vida y muerte. No voy a compartir con vosotros mi escepticismo agnóstico, al cual quiero ir dándole poco a poco, con el devenir de los años, forma y sentido, posiblemente, hacia el pensamiento de Schopenhauer, hacia unas palabras de Blake y hacia las filosofías orientales.

Hoy no voy a comentaros lo que sufro, peno y lloro por los amores perdidos, los amigos ausentes, las guerras preventivas y las toleradas, la ignorancia, el hambre, el fuego y la destrucción.

Hoy no voy a hablar de todo lo que me hace ser feliz y dichoso, de la familia incondicional, de los amigos presentes, del amor esquivo, del sexo fugaz…

Hoy no voy a hablaros de nada. Hoy voy a ser uno más. Un número de DNI. Alguien que no se plantee nada. Alguien que se levante, vaya a trabajar, vuelva, ponga la tele, vea Crónicas Marcianas, duerma; alguien que haga el amor como si fuera al trabajo, sólo que fichando los sábados. Y el domingo el gran teatro del fútbol vuelve a rodar su infinito y eterno balón. Estupendo.

Hoy he decidido que se es más feliz sin plantearse nada y sin atarse a nada ni a nadie, ni siquiera a uno mismo.

Pero en realidad, como os imagináis, miento. Y mentirse a uno mismo, aunque sea costumbre popular, es algo absurdo. Por ello, me diré la verdad. Me reconoceré que sí, que sufro, peno y llanto. Pero que no cambio una sola lágrima por la feliz ignorancia.


Cayetano Gea Martín


jueves, febrero 03, 2005

Vivir y aprender (Traducido)

En una escéptica, fría y húmeda isla, durante el tiempo de la mayor dictadora en la historia de la democracia, un joven caballero cruza Hungerford Bridge sin tener muy claro hacia dónde se dirigen sus pasos, aunque sabe con lejana tristeza que se va poco a poco encaminando hacia el West End, donde su alma casi siempre se torna de color ámbar al contemplar la magnificencia de la iluminación que recorre Trafalgar Square.

Recuerda lo que su padre siempre le decía: si estás cansado de Londres entonces estás cansado de la vida. Hoy no está demasiado de acuerdo con esa afirmación. A su temprana edad, algo más que un adolescente y algo menos que un hombre, ha recorrido las tripas masónicas de la ciudad sintiendo cada vez mayor hastío hacia ella, y sin embargo hoy más que nunca se siente vivo y rebosante de energía, como sólo se puede sentir durante la juventud.

Admirado, observa cómo el Soho ha conseguido aguantar el envite de la Navidad y de Margaret Tatcher: Sus truculentas calles sembradas de prostitutas y de Sex-Shops continúan siendo igual de deprimentes. Por cualquier parte, en cualquier esquina, profesionales de la noche ofrecen sus servicios como si quisieran rendarte un fragmento del paraíso, cuando en realidad pasas diez minutos en un inmundo cuartucho con una fulana cuarentona a la que le hiede cualquier parte de su cuerpo.

Aburrido y ligeramente asqueado del espectáculo eterno del Soho, enfiló por New Oxford Street hacia Lincoln’s Inn, donde había quedado con cierto sujeto que debía entregarle cierta mercancía de gran valor e importancia.

En un banco esperaba el personaje. Era éste un sujeto de luengas barbas y pelo largo y rizado. Parecía un Rasputín moderno. Se presentó ante nuestro joven protagonista, y ambos comenzaron a dialogar:

- Hola, amigo, ¿qué tal está?

- Encantado de conocerle. Andrew, ¿verdad?

- Y usted debe de ser Sir Alan Moore, ¿no es cierto?

- Dejémonos de formalidades, si le parece bien. Me comentó usted por teléfono que poseía determinado artículo que quizá podría interesarme, si no me equivoco.

- Así, es, jovenzuelo. Pero no se trata ni de un artículo corriente. De hecho, me atrevería a sugerir que se trata de lo más especial del universo. Además, no resulta ser excesivamente caro.

- Resulta apropiado, caballero, siendo Boxing day.

- Sí, pero no por ello son gangas, que conste. Sencillamente, el precio es distinto. Cada producto requiere aptitudes, derechos y obligaciones diferentes. Pero en fin, este es el producto que le quería ofrecer.

- ¿Y esto qué es? Parece una esfera que albergue mil colores en su interior.

- Contémplela bien, si me hace el favor. ¿Qué puede observar?

- Veo que no es realmente una esfera, ya que no posee un contorno definido. Más bien parece una imagen tridimensional flotando sobre la palma de mi mano.

- Me refiero a que contemple su interior, caballero.

- Puedo ver en su fondo la pirámide de Keops, creo. Y también todas las columnas de Hércules. Observo Babilonia en su mayor gloria, cuando Alejandro entró en ella. Puedo ver a Pierre Menard, el auténtico autor de El Quijote en su estudio de París. Contemplo ahora la maravilla hecha sueño que supone La Alambra de Granada. Veo imágenes y más imágenes: Pinturas del paleolítico, Lord Byron, un castillo escocés, un pistolero de ojos azules llamado Rolando, un negro cáncer mutando un pulmón, un soneto de Neruda, una rosa en el jardín de Plutarco, el primer barco normando que desembarcó en Francia, un guerrero Maorí en Nueva Zelanda, las horrendas ingles de nuestra Presidenta-Dictadora, antiguas monedas, viejos moribundos, parejas haciendo el amor, un templo masónico, los doce sabios de la tribu africana de los Chit-tauri, dioses muertos, olvidados o inexistentes, Holmes sodomizando a Watson, y veo libros, libros y más libros, una biblioteca de Babel infinita, una invención terrible, Pedro torturando a El Capitán, un strip-tease de la Dama de las Camelias, un hermoso sexo femenino apunto de abrir sus pétalos cual flor, el centro del universo y el extremo más alejado, alfa y omega, el aleph.

- Sí. Eso es lo que te ofrezco. Un aleph. La realidad entera, tal y como es. Y sólo te costará tu alma.

- Gracias, pero no. No lo necesito. Ya poseo uno.

- ¿Qué ya posees un aleph?

- Sí, mi querido amigo. Se llama Londres.

- No comprendo, sinceramente.

- Londres es un compendio de todo. Aquí se cruzan todos los pueblos, todas las razas que conquistamos y las que sometimos cuando éramos Imperio. Desde nuestras mitologías pasadas, pasando por cuando éramos los amos del mundo hasta hoy, hasta el triste y gris hoy. Salimos de nuestra isla convencidos de llevar la razón y la verdad del modo de vida británico a aquellos pobres infelices y bárbaros. Pero lo que pudimos comprobar es que nosotros éramos salvajes comparados con ellos. Comparados con culturas de más de cuatro mil años. Les cambiamos, sí, pero más nos aportaron ellos. Ya sabes lo que se dice: no puedes enviar al Dios de los blancos a los negros sin que el Dios negro acuda a los blancos. A eso me refiero, a la impresionante mezcla étnica que surgió y que después muchos ciegos e ignorantes han querido ignorar. Creo que poseemos dos herencias, una de ellas adquirida, que tenemos que amar. Hemos de crecer sobre nosotros mismos. Sobrevivir a esta mala década y alzarnos sobre nuestras propias cenizas y sobre las ajenas que hemos ido creando. No digamos ya que somos ingleses, o británicos. Eso es falso. Somos más. Mucho más.

- Buen discurso, en verdad. ¿Así que recomiendas…?

- Vivir y aprender.


Cayetano Gea Martín


lunes, enero 31, 2005

CUADERNOS DE ESTILO: Stephen King

Mientras conduzco mi Chevrolet por la pequeña carretera local de Maine, camino de la finca de Jameson, no paro de olerme el dedo anular, ya que con él acabo de masturbar a Elaine, mi chica. Cojo otro cigarrillo del paquete a medio fumar de Pall Mall, el segundo paquete del día. El humo asciende hasta estrellarse contra el sucio techo del coche. Pienso que acabaré como el tío Jonas, con los pulmones más negros que el asfalto, con un cáncer tan desarrollado que se afeitaba y todo. A pesar de ello, el cabrón de Jonas todavía se follaba a alguna jovenzuela dispuesta a comérsela por un par de pavos.

Aparco el Chevrolet al otro lado de la carretera, enfrente del anuncio de McDonald’s, y entro en la finca del cabrón de Jameson. El muy

(cerdo hijo de la gran puta bastardo católico irlandés de mierda)

iluso no sospecha que voy a por él, si no, no me recibiría en calzoncillos, con medio testículo fuera, y bombeando esa barriga suya tan jodidamente asquerosa, con nódulos de grasa reptando por debajo de la piel. Descubro que voy a matarle aunque sólo sea por cómo oscila ese saco de sebo. Aunque el motivo no es ése, claro. Tomé la decisión de ir a por él cuando uno de mis chicos le vio dándole a mi vaca favorita por el culo.

Llego hasta él y me saluda golpeándose ligeramente con el seboso dedo índice de su mano izquierda esa jodida gorra suya de los Chicago Bulls. - Hey, Mike -me dice- ¿Qué te trae hasta mi casa, sinvergüenza? - Vengo a cobrarme lo que me corresponde, Jameson -le espeto- Tú rellenaste a mi vaca con tu sucio semen, por lo que creo que es justo que te rellene yo las tripas de plomo. Asustado, Jameson se mueve para atrás con la intención de esconderse en su casa, pero no lo hace con la suficiente rapidez. Salto hacia él y le engancho de los amarillentos calzoncillos con la mano izquierda, mientras que con la derecha comienzo a golpearle con la culata de la pistola. De repente, el muy cerdo pega un grito de niña histérica, el típico alarido afeminado que se les da tan bien hacer a los gordos de mierda, mientras consigue alcanzar de el rellano un roñoso machete cubierto de óxido con el que me descarga un tremendo golpe seco a la altura del trapecio. Puedo oír a mi clavícula partiéndose en dos mientras el dolor más intenso que haya sentido jamás recorre en oleadas mi cuerpo. Grito con todas mis fuerzas mientras trato de no desmayarme, pero no puedo evitar que se me caiga la pistola y que ésta ruede por los tres escalones del porche hasta el sucio suelo del patio. Mientras observo, a través del dolor que empaña mis ojos, cómo Jameson alza el machete para descargarme un golpe mortal con él en la cabeza, consigo alcanzar el cuchillo que llevo siempre entre mi bota izquierda y mis vaqueros. Empleando toda mi fuerza, descargo mi brazo contra su barriga, clavándole el cuchillo hasta la empuñadura. Jameson comienza a proferir alaridos de cerdo degollado mientras trata torpemente de detener el chorro de sangre que sale disparado de la herida, utilizando uno de sus rechonchos dedos a modo de tapón.

De repente, misteriosamente se hace una pausa que

(detiene el tiempo y la sangre y la vida y el mundo se vuelve torpe y gris)

no presagia nada bueno. Nos quedamos parados, mirándonos a los ojos. Algo de color del hielo asoma en el fondo de las pupilas de Jameson, una especie de determinación fría, y comprendo que voy a morir, aunque me lo llevaré conmigo. Al unísono, nos provocamos uno al otro nuestra herida mortal, como una hermosa y sangrienta coreografía. Mientras que yo rajo su cuello de parte a parte, él me propina un machetazo en el costado que me destroza el hígado y que me encorva en un ángulo extraño, como un muñeco roto. Envueltos en nuestras mortajas carmesíes, y demasiado desangrados como para hablar o seguir luchando, nos abrazamos como dos maricas mientras la oscuridad nos cubre con sus negras alas y voy perdiendo la conciencia.

Y siento frío antes de no sentir nada.

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No hay autor de ficción tan famoso y tan controvertido como el bueno de King. Sus novelas se venden por millones en todo el mundo y su nombre es un reclamo publicitario rentable; sin embargo, muchos críticos y aficionados al género contemplan con reticencia su popularidad. Tal vez sean acertadas las acusaciones de sus detractores (superficialidad, maniqueismo, abuso de cierto falso psicologismo); la verdad es que King, a pesar de no ser, para mí un gran escritor, es un dotado narrador, creador de páginas estremecedoras, y que sabe atrapar como nadie la atención del lector.

Stephen King nace en Portland, Maine, estado que se complacerá en retratar en el futuro. Cuando tenía dos años su padre abandona a la familia y durante largo tiempo se ve obligado a cambiar una y otra vez de hogar, junto a su madre y su hermano mayor Dave. Al fin, en 1958, se instalan de forma estable en Durham. Estudia en el Lisbon Falls High School y al terminar ingresa en la Universidad de Maine, en Orono.

Los cuentos de esta época (La noche de tigre, Apareció Caín, La imagen de la muerte) son ejemplos de un escritor que todavía no ha encontrado su tono. Terminada la universidad, se casa con Tabitha Spruce y tienen dos hijos en poco tiempo. Es acabado su primer año como profesor cuando empieza a escribir Carrie. En un principio debía ser un cuento breve; pero la historia fue creciendo por sí misma. Entre las dudas en su propia capacidad de realizar una obra más ambiciosa y su temor a estar perdiendo el tiempo en algo que quizá no le reportará ningún ingreso, acabó convirtiéndose en una novela.
Sería inútil, amén de imposible, citar todas las novelas de King, pero, éstas serían para mí las mejores: El resplandor (1977), El umbral de la noche (1978), Cementerio de animales (1983), It (1986), Misery (1987), La mitad oscura (1989), La tienda (1991), Insomnia (1994) y El pasillo de la muerte (1996).

Mención aparte merece su innovadora serie de fantasía, La torre oscura, que empezó a escribir en la universidad y va publicando lentamente, como una especie de capricho personal ajeno a sus contratos millonarios con las editoriales. Esta saga, inspirada parcialmente en el poema de Robert Browning “Childe Roland to the dark tower came”, y que podríamos definir como de revólver y brujería, es, para mí, lo mejor que ha escrito Stephen King, tanto en temática como en estilo, convirtiéndose en una especie de compilación de todos sus libros. La torre oscura, todavía inconclusa a la espera de sus dos últimas partes, consta de siete libros, La hierba del diablo, La invocación, Las tierras baldías, La bola de cristal, Lobos del Calha, La canción de Sussanah y La torre oscura.
Cayetano Gea Martín

viernes, enero 28, 2005

Live and Learn

In an sceptic, cold and wet island, during the time of the biggest dictator in democratical history, a young gentlemen crosses Hungerford Bridge with no idea in which way his footsteps lead him, although he knows with a distant sadness that he heads slowly to the West End, where his soul almost always turns into an amber colour the contemplation of the magnificence of the illumination who cross Trafalgar Square.

He remembers his father always told him: if you are tired of London, then you are tired of life. Today, he doesn’t agree with this affirmation. With his young age, between man and teenager, he went round the city guts, making him more and more sick of it.

Admiringly, he looks at how Soho has withstood the Christmas and Thatcher avalanche. Its gloomy streets, full of prostitutes and Sex-Shops, continue to be depressing. For any site, in any corner, night professionals offer their services like little pieces of paradise.

Bored and sickened by the eternal Soho spectacle, he went to New Oxford Street towards Lincoln’s Inn, when he had met a man who will hand him certain great important merchandise

The man waited on a bench. He was a person with long, curly dark hair and beard, like a modern Rasputin. He met our young main character, and both began to talk:

- Hello, sir, how are you?

- Fine, thanks. Pleased to meet you… Andrew, isn’t it?

- And you are Sir Alan Moore, isn’t it true? But we must leave good banners, if you want. You saw me from telephone that you have an article that I could find interesting, if I’m not mistaken.

- Yes, that’s right, my young gentlemen. But it isn’t a normal product. In fact, I dare to suggest that it’s one of the most special things in all the universe. Also, it isn’t especially expensive.

- I think it’s correct on this day, Boxing day, isn’t it?

- Yes, but it is not a bargain. The difference is that the price has another nature. But, to resume, this is the product I can offer you.

- What is this? It’s like a sphere with a thousand colours inside it.

- Contemplate it for more time, please. ¿What can you see?

- I see that it’s not a sphere, really. It hasn’t a defined outline. It looks like a 3D image floating over my hand.

- I can say that I want you to look inside, young sir.

- I can see in its deep abyss the Keops pyramid, I think. Also I see all the Hercules columns. I observe Babylon in all its glory, when Alexander went inside it. I can see Pierre Menard, the real El Quijote’s writer in his home in Paris. I watch now as the miracle makes dream: The Alambra in Granada. I see more and more images: Paleolythic paints, Lord Byron, a Scottish castle, a gunner man with blue eyes called Roland, a black cancer muting a lung, a Neruda’s poem, a rose grows in Plutarco’s garden, the first Norman ship which disembarked from France, a New Zealand Maori warrior, the hideous groin for our President-Dictator, old coins, dying Angels, couples making love, a Masonic temple, the twelve sages from the Chittauri tribe, dead gods, forgotten or not existence, Holmes sodomizing Watson, and I see more and more books, an infinite Babel’s library, Wilde spitting Joyce, a beautiful feminine sex organ opening its petals like a flower, the centre of the universe and the most distant point, alpha and omega, the aleph.

- Yes, that’s what I offer you, an aleph. The entire reality, as we know it. And it will only cost you your soul.

- Thanks, but I don’t need an aleph. I have one already.

- You already have an aleph, how?

- Yes, my dear old friend. It’s called London

- I don’t understand you.

- London is a mixture of everything. Here, all people mix, all the human race which we conquered and subdued when we were an Empire. Since our old mythologies, and when we were the masters of the world until the grey and sad today. We went out of our island convinced to take the reason and the truth of the British still of live to these poor and foolish barbarians. But we could prove that we were uncivilized compared with them, cultures with more than four thousand years of history. We changed them, yes, but they contributed more to us. You know people say: you can’t send the white God to black people without the black God goes to white people. That’s what I try to saying, the impressive ethnic mixture that was rising, the mixture that after, a lot of blinds and fools have wanted to ignore. I think that we have two inheritances, one of them natural and the other acquired, and we need to love both. We have to grow over our self. We have to survive this bad decade and rise over our ashes and the others that we have going created. We can’t say we are English yet. That’s false. We are more than that. So much more.

- Good speech, really. So, you recommend…?

- Live and learn.
Cayetano Gea Martín

miércoles, enero 26, 2005

Pesadilla de una noche de invierno

(Escrito nada más despertarme de una pesadilla, sentado en la cama y a oscuras... Lo digo para que no se me critique si: a) Me ha quedado raro, b) Me ha quedado cutre...)
Habrá quien piense que soy mentira, que soy quimera.

Habrá quien crea estar a salvo en casas de hojalata y cables.

Habrá quien corra, habrá quien huya hacia supermercados mientras convierto el agua en sangre, el alma en barro, los alimentos en podridos fragmentos de carne de cerdo, la muerte en certeza. Habrá quien grite cuando me alce con Hipnos y Thanatos, cuando despliegue mis alas mortuorias.

Habrá quien rece, quien se encomiende, quien coma de la carne del hijo de Dios una última vez, vana plegaria al regidor de un universo precario y extinto.

Llegaré, moriréis, el mal se apoderará más aún de este codicioso y codiciado mundo, y una nueva especie será creada. Una que no necesitará petróleo para sus máquinas, ni placebos, ni regazos artificiales.

No huyáis, no durmáis, no os despertéis. Sé que vosotros no lo entendéis, pero aunque al principio estuviera el verbo, al final estará el pronombre Yo.

Soy el que soy.

Los seres humanos no sois más que despreciables bolsas llenas de sangre que sólo valéis para engendrar más bolsas que sólo saben pedir carantoñas idiotas y tele y gobierno y mentiras.

Soy el fin del mundo tal y como es y me apetece beber algo.

Cayetano Gea Martín


lunes, enero 24, 2005

Caras y rostros y máscaras

La vida es un cúmulo de ilusiones perdidas, de vacíos palcos de teatro, de caras sobreexpuestas en el muro de las contemplaciones de la humanidad.

Caras, caras y caras. Observo a esa hermosa mujer que rondará los treinta, su plenitud. Contemplo su belleza madura, su seguridad, su aplomo. Después me contemplo a mí mismo y me descubro pequeño y joven, en más de un sentido. Noto mi deseo de encontrar una mujer así, no ya por la edad, sino por esa madurez que sólo aparece en determinados ojos femeninos.

Sigo buscándote, perdida en un mar de rostros, de máscaras de carnaval. A veces creo atisbarte, pero temo tu imagen y tu rechazo. Te persigo enamorado por las calles de Madrid. Creo ver el reflejo plateado de tu vestido, aunque sospecho que aquel rayo de luna se vuelve a burlar de mí. ¡Becqueriano amor!

Te busco a través de páginas infinitas, de la literatura, acaso el tejido del alma humana. ¿Te busco? No lo sé. Quizá no pongo el empeño suficiente. Quizá desaprovecho oportunidades. Te prometo redoblar esfuerzos, oh, tú, mujer, alma, vida, cosmos; tú, que eres, para mí, tierra santa.
Cayetano Gea Martín

miércoles, enero 19, 2005

Si no me ves



Si no me ves esta mañana gris cuando te levantes, no te molestes en buscarme, ya que significará que hoy por fin, después de tanto tiempo, de tantos intentos, he abandonado mi antigua vida, y con ella, a ti.

Hoy desperté con la sensación de haber cruzado una frontera, un punto de no retorno, de encontrarme del otro lado, de haber terminado de caer por la grieta, de no ser más que una sombra para esta sociedad, un reflejo en el cristal del autobús, alguien en quien la gente vierte su mirada vacuna cuando esperan el Metro, con la indeferencia feliz que provoca su regalado modo de vida. Salvo, claro está, aquel chico que aquel día miró directamente en mis ojos y me sonrío. Oh, sí, me sonrió. Por poseer una sonrisa como aquella sería capaz de condenar al mundo.

Si no me ves esta mañana, es que ya no me verás más. Eso quiere decir que por fin he huido de ti y de tu mediocridad de telespectador de partidos de fútbol, de los domingos de sábanas húmedas y recalentadas, de ir a la cocina en pantuflas rosas, de calentar café y limpiar la imposible de limpiar roña que cubre este hongo de paredes amarillas a la que a veces aún me atrevo a seguir llamando hogar. ¡Hogar! Nunca más.

Estoy cansada. Cansada de mis ojeras, de mi pelo negro que huele a tabaco rubio, de los kilos que voy acumulando, de despertarme los domingos con la el cuerpo pastoso de la formalidad sexual de la noche anterior, sucia e insatisfecha. Cansada de no haber podido cumplir ni uno solo de mis sueños en las frescas noches de los veranos de mi adolescencia. Cansada de verte, de contemplarte, de no quererte.

Si no me ves esta mañana, es porque conseguí reunir el valor suficiente para salir por esta puerta que tengo enfrente de mí. Qué misterios encierran siempre las puertas. A veces, puede ser que no sepamos lo que nos espera del otro lado, como es mi caso. Alguien dijo una vez que hay una puerta por alma, ¿será la mía ésta?

Adiós, Julián. Te diría alguna frase amable para mitigar tu dolor, pero no creo que mi partida te duela. Es más, ambos sentiremos un inmenso alivio, quedémonos con eso. Me interno ya en el anonimato del Metro donde, quién sabe, quizá me esté esperando la sonrisa de aquel chico.
Cayetano Gea Martín

martes, enero 11, 2005

Otra vía de negación de Dios

Él y ella, dos hermanos de diez y doce años respectivamente, avanzaron alegres y despreocupados hacia la Iglesia, donde el padre misionero les habló de la eterna gloria del Señor, de su omnisciente piedad para con todas sus criaturas.

Mientras tanto, a apenas dos kilómetros de allí, un tsunami gigantesco (el cual, lamentablemente, no estaba hecho por ordenador) destrozó su hogar y convirtió a sus padres en puré para gaviotas.

Es decir, que mientras rezaban a Dios, éste les premiaba destrozándoles su mundo.
Cayetano Gea Martín

viernes, enero 07, 2005

Día de Reyes

Los dos hermanos saltaron al unísono de la cama en cuanto el primer rayo de sol dibujó círculos ambarinos a través de la persiana. Atropelladamente invadieron el dormitorio de sus padres y saltaron sobre su cama, al grito de “¡Los Reyes, los Reyes, han venido los Reyes!”, repitiéndolo una y otra vez cual salmo o mantra. El menor de los hermanos, de tres años de edad, abrió un camino a través de las mantas y asomó su cabecita entra la de sus progenitores, los cuales se hacían aviesamente los dormidos para hacerle de rabiar, con una sonrisa de complicidad en sendos labios. El hermano mayor, de seis años, más seguro ya de su potencial físico, agarró la pierna izquierda de su padre y empezó a tirar de ella con todas sus fuerzas. De repente, la madre comenzó a hacer cosquillas a su segundo hijo, provocándole unas claras y contagiosas carcajadas. Así, el tálamo nupcial se convirtió de repente en un revoltijo de sábanas y mantas mientras los padres jugaban con sus hijos, los cuales estaban más pendientes de dirigir a sus padres hacia el salón que de cualquier otra cosa.

Al final, los cuatro se encaminaron hacia el árbol de navidad, aunque bien es cierto que los pequeños llegaron antes, tirándose casi de cabeza encima de la montaña de regalos. Con furiosa urgencia, comenzaron a arrancar los envoltorios, hasta descubrir, maravillados, los presentes. Este año, los Reyes Magos les habían traído justo lo pedido, por lo que su dicha fue completa. Los padres contemplaban embobados a sus dos hijos, sintiéndose los progenitores más afortunados del mundo, pensando que realmente existía la felicidad, e incluso la magia, y que aquel momento eterno ocuparía un lugar privilegiado en su memoria y en sus corazones para siempre.

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Los dos hermanos saltaron al unísono del camastro en cuanto la primera ola inundó su habitación. Atropelladamente buscaron refugio en el cuarto de sus padres, pero éste había desaparecido, tragado por la fuerza del agua. El menor de los hermanos, de tres años de edad, intentó abrirse camino entre las olas que comenzaban a retirase y contempló como sus padres eran manejados cual marionetas y golpeados contra las paredes de la casa por la acción de la resaca. Observó atentamente los reposados rostros de sus padres, y le pareció que éstos se hacían los dormidos. El hermano mayor, de seis años, más seguro ya de su capacidad física, agarró la pierna izquierda de su padre y empezó a tirar de ella con todas sus fuerzas, intentando evitar que desapareciera en el infierno inundado que se podía contemplar fuera. De repente, la cabeza de la madre se estrelló con violencia contra una pared, arrancando alaridos de terror en los dos niños. Así, el tálamo nupcial se convirtió de repente en un revoltijo de agua y sangre mientras los cuerpos sin vida y desmadejados de los padres flotaban entre sus hijos, los cuales se encontraban paralizados por el terror, pero conscientes de que se habían hecho pipí encima, aunque afortunadamente, el agua que les cubría hasta el cuello diluía tan vergonzoso líquido.

Al final, los niños fueron arrastrados con ímpetu hacia el exterior, donde flotaban hasta perderse en el horizonte los restos de miles de hogares destruidos. Con furiosa urgencia, los dos hermanos comenzaron a nadar, hasta poder encaramarse a un tejado flotante. Este año, los dioses les habían castigado por sus pecados. Los dos hermanos contemplaban los restos de aquel apocalíptico naufragio, sintiéndose los seres más desgraciados de toda la creación, pensando que realmente existía el infierno, e incluso que no podía existir el cielo, y que aquel momento eterno ocuparía un puesto de honor en el lugar más negro de su memoria y de sus corazones.
Cayetano Gea Martín

domingo, enero 02, 2005

EL CUENTO DE LA PRINCESA Y LOS METALEROS

Muy buenas tardes, o mañanas, as you wish... Aunque nunca hemos colgado en esta página chistes de esos que te mandan los colegas por Internet, creo que éste merece la pena, por lo que es todo un honor ponerlo aquí... Aunque eso sí, es de un humor bastante concreto y friki, pero, vamos, no creo que vosotros, nuestros respetados y amados visitantes tengáis problemas, dado vuestros antecedentes metaleros, je, je, je...
Gracias a Guillermo (también llamado Pitu, Kalimocho, Gallego, Pérez y mil apodos más) por envíarnoslo. ¡Eres el puto amo!
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Cuento de la Princesa y los Metaleros
“En lo alto de un castillo, hay una linda princesa, que es custodiada por un terrible y gigante dragón”; así se abordaría esa situación según cada estilo:

POWER METAL
El protagonista llega al castillo en un caballo blanco alado, escapa del dragón, salva a la princesa, se van lejos y hacen el amor.

TRUE METAL
El protagonista llega al castillo y vence al dragón en una batalla utilizando su espada. Bañado en la sangre del dragón, se lo hace con la princesa.

THRASH METAL
El protagonista llega al castillo, pelea con el dragón, salva a la princesa y se la tira.

HEAVY METAL
El protagonista llega al castillo en una Harley Davidson, mata al dragón, se toma unas chelas con la princesa y después lo hacen.

FOLK METAL
El protagonista llega con varios amigos tocando el acordeón, el laúd, el violín, y otros instrumentos extraños. El dragón se queda dormido de tanto danzar, y luego se van... sin la princesa.

VIKING METAL
El protagonista llega en un navío, mata al dragón con un hacha, lo cocina y se lo come. Viola a la princesa, saquea el castillo y le prende fuego a todo antes de irse.

DEATH METAL
El protagonista llega, mata al dragón, se tira a la princesa, la mata y se va.

BLACK METAL
Llega de madrugada, en medio de la neblina, mata al dragón y lo empala frente al castillo. Sodomiza a la princesa, la corta con una daga y bebe su sangre en un ritual antes de matarla. Después descubre que ella no era virgen y la empala junto al dragón.


GORE METAL
Llega, mata al dragón. Sube al castillo, se tira a la princesa y la mata. Después se la vuelve a tirar. Quema el cuerpo de la princesa y se la tira de nuevo.

DOOM METAL
Llega al castillo, ve el tamaño del dragón, se deprime y se suicida. El dragón se come el cadáver del protagonista y después se come a la princesa.

NU METAL
Llega al castillo y se jacta de lo bueno que es peleando y de que es capaz de ganarle al dragón. Pierde y coge una depresión. Huye y encuentra a la princesa, le cuenta su trágica infancia. La princesa lo abofetea y se va con el protagonista de “Heavy Metal”. El protagonista “Nu” se toma un prozak y se va a grabar un disco de “The best of”.

ROCK N'ROLL CLÁSICO
Llega en una moto fumándose un troncho y se lo ofrece al dragón, que resulta ser su amigo. Luego acampa con la princesa en la parte más apartada del jardín, y después de mucho sexo, drogas y rock n' roll, tiene una sobredosis de LSD y muere ahogado en su propio vómito.

PUNK
Le tira una piedra al dragón y huye. Pinta una “A” enorme en el muro del castillo. Le hace un peinado mohicano a la princesa y abre un kiosko de fanzines en el pasadizo del castillo. Más tarde, se carga a la princesa al descubrir que ésta tiene sangre real.

PROGRESIVO
Llega, toca un solo virtuoso de guitarra de veintiséis minutos. El dragón se abre las venas de tanto tedio. Llega donde la princesa y toca otro solo explorando todas las técnicas de tonos y compases aprendidas en el último año en el conservatorio. La princesa huye buscando al protagonista de “Heavy Metal”.

HARD ROCK
Llega al castillo en un convertible rojo, acompañado de dos rubias pechugonas y con una botella de Jack Daniels. Mata al dragón con un cuchillo y luego hace una orgía con las rubias y la princesa.

GLAM
Llega al castillo. El dragón se ríe tanto al verlo que lo deja pasar. Entra al castillo, le roba la laca y el pintalabios a la princesa. Luego convence al dragón para pintar el castillo de rosa y para hacerse unas rayas.
Cayetano Gea y Pedro Garrido

jueves, diciembre 30, 2004

Amnios

¿Qué silencio? ¿Qué magia de color preternatural golpea contra nuestro momento inicial? ¿Qué sensaciones podemos describir nosotros, viles criaturas de cieno, cuando aún no nos han añadido el agua? ¿Acaso seremos capaces de narrar el comienzo de todo al final de nada? Porque nada es de lo que está formada esta materia absurda que escribe y golpea las letras, esta grotesca criatura que sueña con algo que no existe y que se desespera en la inmensidad de la noche, cuando mi cama parece un realidad por sí sola, y mi estómago el centro solitario del universo.

(If the war by heavens gate released desire
In the line of fire someone must have known
That a human heart demands to be admired
Cause in the Center of the Universe
We are all alone)

A partir de ahí, sólo queda ir descendiendo por la vida. A partir de nuestra expulsión del amnios natal, sólo nos resta un peregrinaje de pronóstico reservado. Y jamás podremos volver sobre nuestros pasos hacia el primer instante, hacia la pureza del comienzo del viaje: el momento en que no importa nada, no hay mente, no hay alma, sólo la nada. Pero en el instante en que la palabra pensada, la maldición de la humanidad, aparece en nuestra vida, para siempre perdemos el camino hacia la pre-eternidad, hacia el ser luminoso que apagamos con nuestro nacimiento.

Algunas criaturas consiguen conservar parte de la luminiscencia que se posee antes de abandonar el útero, el amnios natal. Pocas son, por ende gloriosas: las criaturas más aparentemente sencillas de la creación, aquellas que denotan perfección en su simpleza (la flor cerrada, la brizna de hierba, las manos de un pintor y el olor del pelo de los niños), y los seres humanos que consiguen, no ya trascender, porque no existe un camino ad infinitum, sino presubstranscender, volver al punto de partida, donde todo es puro y eterno. A estas personas se las conoce como artistas, aunque este sustantivo se encuentra bastante maleado, y hoy por hoy, cualquier necio lo cuelga de su egocéntrico cuello.

Hoy ya no hay arte ni artistas. Eso es algo del pasado, de épocas más ilustradas que ésta, de tiempos iluminados por sabiduría, no por el circo de idiotas que mueven los hilos de nuestras vidas, mientras nos hacen danzar bajo el embrujador hechizo de su desacompasada melodía. Por cada uno de nosotros que observa su gran retablo de las maravillas, el espíritu de algún posible artista muere en la cuna.

A lo máximo que se puede aspirar hoy es a brillar con cierta independencia, aunque para ello hemos de reconocer primero que seguimos siendo igual de mediocres todos nosotros, y que cuando la luz se apaga y los velos de esta sociedad artificial de petróleo y cartón piedra que tanto nos gusta se van a dormir junto con nuestras miserias, son iguales el abogado laboralista y el ama de casa, la jugadora de baloncesto y el ladrón de guante blanco, el cura catedrático pederasta y la conductora de autobuses que arrastra más hipotecas que hijos.

Lo que digo, o intento decir, sin encontrar las palabras directas, debido a la carencia crónica en mi interior de musas, es que determinadas personas poseen el potencial de despertar su amnios natal, su sabiduría artística, su capacidad de convertir plomo en oro, de encontrar belleza y mitología, que básicamente son lo mismo, en la ciencia más pura,

Pues, ¿acaso no son hermosas las teorías cuánticas y románticas las indeterminaciones matemáticas? ¿Acaso no resulta bello el baile de electrones, que danzan alrededor de su átomo en rituales de amor? ¿No es terriblemente hermosa y nihilista la entropía? ¿Por qué muchas personas no encuentran la belleza en la ciencia? La criatura sensible que posea el amnios debería ser capaz de hallar poesía en todas partes, incluso donde se encuentra en menor grado: en los versos.

a pesar de lo difícil que resulta la supervivencia de determinados fluidos mentales más ligeros que los pensamientos en un mundo que retoza satisfecho en su propia mierda.

Por desgracia para el resto, para los que carecemos de amnios pero sí poseemos la cualidad de admirarlo, como puede admirar un ciego unas lentillas, por desgracia, digo, observamos con mayor frecuencia de la debida para el karma universal y el equilibrio del cosmos cómo los posibles artistas desperdician su innato potencial en la comprensible tarea de vivir sus vidas, debido a esta sociedad podrida que los da a elegir entre comer y realizarse, entre dejar florecer la semilla que llevan dentro y el alimentar a los suyos. Sí, está sociedad de mierda que obliga a posibles genios, artistas y redentores de la humanidad a perderlo todo en beneficio de nada. Esta misma sociedad que antes mataba o dejaba morir a los poetas y que ahora premia a tapieses, bisbales, echevarrías y revertes en detrimento de la gente que realmente tiene algo que contar y que decir, pero que se pierden por el sumidero de las oportunidades negadas.

A lo largo de mi mundanal vida he conocido gente que me ha hecho creer en algo más. Personas que, al escucharles o leerles han producido en mi mente, nuca y boca del estómago terremotos reveladores, instantes satori desaprovechados porque no sé cómo interpretarlos. A algunas personas de esta élite intelectual (la única que realmente existe) he tenido la suerte de conocerlas en persona, y de sentir cómo su amnios las rodeaba e intentaban transmitírmelo, sin real éxito, salvo por una hermosa sensación de paz y estabilidad, como si pudiera entrever la complicada trama del universo, desfragmentado en pedazos inteligibles por la benigna acción de estas personas.

Comparto mi admiración y respeto por esas personas con la otra persona que también es dueña de esta página. A ambos nos une la misma pasión, y ambos soñamos con dejar de ser meros espectadores y unirnos al festín. Ambos hemos sentido la llamada de la selva, los tambores y las revelaciones que amotinan la sangre y la carne, el calor de la letra impresa, la maravilla y el milagro que supone el idioma, la letra, el código de la literatura y su interpretación de la vida, aunque ésta no esté a veces a su altura.

En mi fuero interno, sé que yo no tengo el toque mágico del amnios natal, sino sólo una verborrea creada a base de mucho leer y de (lo más importante) releer. Sé que no pasaría de mi mediocridad literaria por mucho que lo intentara, ya que no se trata de un proceso mecánico, si no muchas personas valdrían, y valen tan pocos… muchos menos de los que atestan y apestan las estanterías de las bibliotecas, librerías y casas. No es lo mismo sentir la llamada de la literatura que ser literatura. Ser una criatura cuyo alimento y heces es la palabra escrita, que la expulsa de su cuerpo no sucia ni fragmentada, sino pura y nueva, revigorizada. Criaturas que usan las palabras de otros genios y le añaden su vida para crear palabras nuevas y hermosas, valientes y siempre revolucionarias. Yo no soy una de esas criaturas. A lo sumo, soy un bastardo cercano a su sangre, pero impuro y adulterado por este cerebro mío incapaz de retroceder al amnios y extraer de él la sabiduría en estado puro, sin destilar, capaz de crear arte, arte en mayúsculas.

Creo que el otro amo y señor de esta página sí es capaz. O que al menos tiene la capacidad de ser capaz. Él cree que no, o cree que para que su amnios surja debe abandonar su vida tal y como la concibe y encerrarse en su cueva mental. Desconoce que su amnios está ahí, y que aunque sienta que está perdiendo el tiempo se equivoca. El tiempo lo pierden aquellos que tienen potencial, pero no potencia; aquellos con capacidad para soñar pero que no sueñan; aquellos que cambian un libro por un DVD, un coche o un microondas. Él no cambiaría un libro por nada. Su amnios está hibernando a la espera de ser liberado. Y se liberará tarde o temprano. ¿Pensáis que se puede ocultar el amnios natal? No se puede controlar lo divino que hay en algunos de nosotros. Ni contenerlo por mucho.
Cayetano Gea Martín

lunes, diciembre 27, 2004

Reseñas Literarias: HISTORIA DE UN NÁUFRAGO

En mitad de una tempestad un barco de guerra pasa por grandes dificultades, y varios hombres caen al agua, sobreviviendo sólo uno de ellos. Nuestro protagonista es, pues, un náufrago. Esta palabra inmediatamente nos evoca a un héroe del mundo desarrollado que logra vencer a la naturaleza; primero, escapando de la muerte al llegar a una paradisíaca isla, burlándose del destino y de las leyes de probabilidad; y en segundo lugar, teniendo la desfachatez de conseguir una vida confortable con grandes dosis de ingenio y años de experiencia, tirando por la borda innumerables estudios antropológicos de poblaciones humanas en condiciones adversas.
Que un marinero de la armada colombiana, un soldado, un funcionario al fin al cabo, pase por esa extraordinaria experiencia no es algo que deba pasar al olvido según el correcto juicio de políticos y líderes de opinión, además de apartar de los ojos del pueblo otros problemillas sin importancia. Si hay acontecimientos que tiendan una espesa cortina de humo sobre temas de mayor trascendencia, aunque farragosos y en teoría insondables, mediante aquello que los profesionales denominan crónica de sucesos y de vida social, es una obligación por el bien del interés general darle todo el apoyo y publicidad necesarios para dicho fin.
Y una vez convencidos todos de que el hombre es capaz de acoplar el entorno natural a su deseo y necesidad con un poco de motivación, de que a las adversidades se las vence con el valor que proporciona la condición humana, llega un periodista con una crónica, publicada por capítulos en un periódico, y nos desmonta la supuesta superioridad de la especie humana a las pruebas que imponen los dioses: ni control, ni ingenio, ni valor, ni siquiera tempestad.
Y desde ese momento, el héroe pierde su condición semi-divina, porque los auténticos modelos a seguir no sufren accidentes, ni son victimas de la chapucería humana ni de la corrupción gubernamental; ¿no estábamos hablando de someter a la naturaleza salvaje? Lo que antes era ensalzado, ahora es humillado; y aquellos que auparon al guerrero, ahora lo critican, cuestionan y ningunean.
Lo único verdadero es que para salir bien parado de experiencias a vida o muerte no basta con sobrevivir más o menos entero, sino hacerlo de la manera que todos esperan, es decir: ser políticamente correcto.
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Gabriel García Márquez nació en 1928 en Aracataca, Colombia. A los diecinueve años se instala en Bogotá y comienza sus estudios de derecho, que abandona por hastío hacia una carrera que terminó aborreciendo. Tras encuentros con periodistas e intelectuales, García Márquez encuentra su hueco comenzando a escribir para un periódico. Esta época coincide con el inicio de su carrera literaria con “La Hojarasca” donde ya apuntaba su calidad como narrador. A esta novela se han unido otras como “Relato de un naufrago”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El otoño del patriarca” o “Cien años de soledad”, novela insigne de su obra que tardó veinte años en escribir y que le empujó definitivamente al premio Nóbel de literatura en 1982. Defensor del buen uso del castellano y comprometido con los movimientos de izquierda, ha recibido innumerables críticas y presiones por sectores conservadores, lo que no le ha impedido estudiar estilos de diversas fuentes como la literatura hispanoamericana precedente, Faulkner, Hemingway y relacionarse con escritores e intelectuales de distintos orígenes e ideologías, como el políticamente conservador Vargas Llosa.
Ignacio Hernández

sábado, diciembre 25, 2004

Felicidades y propósitos para el nuevo año

Felicidades a los pocos (pero muy fieles, eso sí) que leéis esta página. Los autores (por no decir destructores) de esta página os deseamos una Feliz Navidad, a pesar de nuestros respectivos ateísmo y agnosticismo.
Nuestros deseos para el año que viene para esta página son obvios: que más gente nos lea y que a ver si nos descubre por ahí un editor y nos hace un contrato millonario como a Ronaldo o a Beckham. Qué utopías las nuestras.
Y para todos vosotros, que os vaya bien todo lo que intentéis o hagáis y perseguid siempre con ahínco vuestras metas. Vuestro esfuerzo se verá recompensado (viejo proverbio Klingon).

Felicidades a todos.

Cayetano Gea y Pedro Garrido.

miércoles, diciembre 22, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Eduardo Mendoza

Capítulo III: Clotilde y el Chirlas

Desde donde me encontraba, debido a las tinieblas que cubrían compasivamente el inmundo callejón, no pude atisbar en demasía la inclemencia cruel del paso del tiempo sobre el, de por sí poco agraciado, rostro de mi hermana. Tres años hacía que no veía a Clotilde, desde que me ingresaron por última vez. Durante ese período de tiempo mi hermana no fue a verme, aunque no la culpo por ello, que conste. Sé que ella se debe a sus obligaciones para con su numerosa y selecta clientela, por lo que jamás se me ocurriría la ingratitud de pensar que no viniera a verme por otros motivos más egoístas. Sé que no hemos tenido en los últimos tiempos una relación demasiado positiva, ni negativa tampoco, es decir, no hemos tenido relación ninguna, pero la sangre tira, a pesar de todo, siendo la misma la que bombea en mi corazón y en mis esmirriadas piernas y la que navega por sus saturadas arterias y late en sus abundantes varices.

Me llegué a su altura y comprobé cómo su rostro surcado de arrugas, aunque por fortuna cubierto de abundante vello negro que las ocultaba parcialmente, se distendía en una cariñosa sonrisa de fraternal afecto, sonrisa que se desdibujó rápidamente un momento antes de decirme: “Ah, eres tú. Te había confundido con el ucraniano. ¿Desde cuando te va a ti el sado?”. Rápidamente, le conté todo lo relacionado con mi misión, incluido el robo del maletín de Victor. Este último acto enfureció mucho a mi hermana, ya que, según me contó, el ucraniano era su mejor y único cliente. “De gustos raros, pero buen pagador”, afirmó. Otro motivo más para lamentar el robo, pensé. Mi hermana me dio un collejón, como solía hacer siempre que se enfadaba conmigo, mientras que con la otra mano se rascaba la pelambrera que le asomaba por la grasienta axila izquierda, en un típico gesto suyo de enfurruñamiento, esparciendo a los cuatro vientos caspa blancuzca, capas de piel muerta y piojos como croquetas.

Afortunadamente, y debido al gran corazón que tenía mi hermana, se calmó enseguida, y me dijo: “Bueno, no me enfado contigo en demasía, porque ahora soy una mujer prometida, y mi maromo me ha jurado que me sacará de este trabajo tan estresante y me llevará con él a Madrid, donde pretende establecerse como agente de seguros”. A pesar de mi portentosa imaginación, la idea de que alguien o algo en este mundo se pudiera enamorar de mi hermana no me entraba en la cabeza. Me aterraba la idea de tener como cuñado al leviatánico monstruo retrasado mental cuya estampa empezaba a forjarse en mi mente, porque para salir con mi hermana, a la que una compañera de trabajo, algo más leída de lo que suelen ser el resto, le había puesto el cariñoso apodo de Cthulhu, debería representar físicamente a otro ejemplo de terror preternatural semejante. Aún así, haciendo un ingente acopio de valor, le pregunté a mi hermana por el nombre de su novio, temiendo que me respondiera Lucifer, Sauron o José María Aznar. Mudo me quedé cuando Clotilde me dijo que no sabía su nombre real, pero que le apodaban el Chirlas.

“Nos conocimos esta misma mañana, y ha sido amor a primera vista”, me relató mi hermana con sus ojos de huevo en blanco. “Es el único hombre en mi vida que me quiere por como soy, no por mi cuerpo”. En ese punto coincidía con mi hermana: dudaba muchísimo que el Chirlas estuviera saliendo con mi hermana por su cuerpo, la verdad, a no ser que pretendiera venderla al peso en algún matadero. No, deduje, el motivo es otro: ni más ni menos que el de utilizarla para chantajearme, ya que el muy canalla no es tonto, y sabe que de enviar a alguien, me enviarían a mí a por él. Además, todos los internos conocen a qué se dedica mi hermana, ya que yo intento siempre hacer publicidad a su favor. A pesar de mis denodados esfuerzos, ninguno de ellos se ha atrevido a propasarse con Clotilde, y eso que alguno de los internos llevan más de diez años de abstinencia carnal, salvo por algún gato despistado o por las fotos de las hijas del Doctor Rebáñez.

Mi hermana me sacó de mis silenciosas conjeturas: “Mira, por ahí viene mi churri”, comentó. Con mi ya comentada rapidez felina, me oculté detrás de la inmensa mole que era mi hermana. Pensando así que había burlado al Chirlas, me sentí descorazonado cuando le oí decir: “Vamos, cuñado, ponte de pie, coño, que ya tenía yo ganas de conocerte como tal”. Despacio, me incorporé y me quedé cara a cara contemplando a uno de los tipos más peligrosos de toda Barcelona. Con la voz temblando de pánico pude, no obstante, templarla lo suficiente como para pedirle a Clotilde que me permitiera departir con mi recién estrenado cuñado. Asintiendo con efusividad, nos dejó solos a los dos, cara a cara, mirándonos fijamente a los ojos, como en las películas del Oeste. Pero lo que aconteció a continuación pertenece ya a otro capítulo de otro libro y autor…
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EDUARDO MENDOZA
Eduardo Mendoza nació en Barcelona en 1943. De niño quiso ser torero, explorador y capitán de barco. Pero como estas actividades no eran factibles y en su familia había un culto a la literatura, tuvo que dedicarse a leer.
Al terminar Derecho, se va con una beca a Londres, donde en teoría está un año estudiando Sociología en la Universidad, aunque en la práctica pasa casi todo ese tiempo paseando, leyendo y escribiendo. A su regreso trabaja como abogado, lo que le sirve para familiarizarse con el lenguaje jurídico, que luego parodiará en sus novelas. El 1 de diciembre de 1973 se va a Nueva York como traductor de la ONU.
En la primavera de 1975 aparece en España su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta. El libro se convierte en precursor de un cambio en la sociedad española: la primera novela de la transición democrática. La primavera siguiente recibe el Premio de la Crítica.
En 1979, Mendoza se revela como gran parodista. El misterio de la cripta embrujada se plantea como divertimento, mezcla de novela negra y relato gótico, que gira alrededor de un humor exacerbado hasta el paroxismo. En 1982 se afianza como parodista al publicar El laberinto de las aceitunas, novela similar a la anterior, con el mismo escenario y protagonista, un extraño detective cliente de un manicomio.
En 1986 publica su novela más ambiciosa y aplaudida, que lo convertirá en una figura crucial de la literatura española: La ciudad de los prodigios. En 1989 la revista "Lire" elige La ciudad de los prodigios como el mejor libro del año publicado en Francia. Publica La isla inaudita.
En agosto de 1990 se comienza a publicar por entregas en "El País" Sin noticias de Gurb, la historia de un extraterrestre que aterriza en Barcelona y se dedica a contemplar la situación catalana con ojos asombrados. Ese mismo año estrena Restauraciò en Barcelona. Luego, traducida por él mismo al castellano, se representa en Madrid. En 1992 publica El año del diluvio.
Unas declaraciones a la prensa y una ponencia del autor en un curso de verano en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander desatan una larga polémica sobre la muerte de la novela:
"Es posible que cada vez haya menos lectores, pero eso no importa. En la época de Homero nadie leía y había muy buenos escritores. El número de lectores no tiene importancia, es algo meramente economicista. Hay revistas de medicina importantísimas que sólo leen cien personas y novelas que leen veinte millones de personas que olvidan al día siguiente".
En enero de 2001 publica La aventura del tocador de señoras, nuevo episodio en la saga del detective Ceferino, que se convierte de inmediato en un éxito de ventas.
En 2002 publica El último trayecto de Horacio Dos, un nuevo libro humorístico en el que su protagonista, jefe de una estrafalaria expedición, surcará el espacio en condiciones extremadamente precarias junto a los peculiares pasajeros de su nave. Esta nueva entrega participa de la ironía, de la parodia, el folletín y la picaresca.
Lejos del tópico, Mendoza es un escritor que guarda pocos libros en su biblioteca. "Tengo pocos libros", ha dicho Mendoza, "porque una vez leídos los regalo. Salvo que sea algo muy bueno, o un libro que sé que voy a querer consultar. Lo único que releo permanentemente es El Quijote".
Mendoza es un escritor de genio y temple, dotado de un sentido del humor esperpéntico que ralla la locura, lo fantástico y lo sobrenatural. Sabe conjugar con acierto y de forma natural momentos tristes con humor pesimista, amores imposibles con la contemplación de su Barcelona natal entre una exposición universal y unos juegos olímpicos. De estilo aparentemente sencillo, su laconismo va directamente al alma del lector. Su sentido del humor, lejos de hacer que el lector se evada, coloca encima de la mesa lo deprimente y absurdo que encierran nuestras vidas, a la vez que consigue arrancarnos una sonrisa. Es imposible leer a Mendoza y no sentir de inmediato un cariño especial hacia el autor. No hay más que buscar en la solapa del libro y mirarle. Hay que ver la cara de cachondo que tiene el tío.
Cayetano Gea Martín

lunes, diciembre 13, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Eduardo Mendoza

Capítulo 2: El maletín del ucraniano

No creo que nadie pueda tildarme de cobarde si afirmo que me encontraba aterrado ante la perspectiva de atrapar sin ayuda de nadie al Chirlas. Además, el muy maldito me caía simpático por haber conseguido afear aún más, dentro de lo posible, la jeta del Doctor Rebáñez. Aún así, órdenes son órdenes, por lo que mi portentoso cerebro comenzó a deslizar, conjeturar y racionalizar planes por doquier. Lo primero, me dije, es conseguir ropa decente para pasar desapercibido entre la población barcelonesa. Como si Dios hubiera leído mi mente, aunque no se qué dios de entre los que creo, ya que me considero panteísta, se cruzó por mi camino un joven ataviado con un hermoso traje de ejecutivo rico. Contemplé envidioso su porte y sus trazas, recordando a mi añorada juventud en mi pueblecito blanco: sus calles lavadas, sus casas pintadas, sus gallinas robadas que me valían para satisfacer dos necesidades, básicamente… En fin, el caso es que tan absorto me encontraba en mis contemplaciones internas que no reparé en que el joven empezaba a darse la vuelta ante mi fantasmagórica presencia. A pesar de mis reflejos de felino, cualidad mía que hacía más entretenidas las largas jornadas laborales de los gorilatos del internado, que se divertían apostando si era capaz de esquivar las piedras que me lanzaban; a pesar, digo, sólo pude arrebatarle el maletín que portaba, el resto se escabulló como alma que lleva el diablo.

Dentro encontré, en lugar de informes, un conjunto completo de sadomasoquismo para hombre, gorra de cuero negro con una pequeña calavera plateada incluida. A pesar de lo estrafalario del conjunto, amén de lo éticamente reprobable que resultaba, sobre todo por el látigo de nueve colas y las bolas chinas, no dudé en calzármelo, ya que resultaba mejor que la bata verdosa de papel de fumar que llevaba y me permitiría pasar mejor desapercibido una vez estuviera en el barrio chino. En el fondo del maletín encontré una cartera con dos euros y la documentación del joven, que resultó llamarse Victor Kumcha, natural de Ucrania. Aunque dicha información no me resultaba útil, me apenó el hecho de haber atracado precisamente a un extranjero, contribuyendo a que nuestro país tenga la fama que tiene allende nuestras fronteras.

Y así, vestido con tiras de cuero negro, me adentré por las calles de Barcelona. Una de las pocas ventajas que tienen las grandes ciudades es que la gente no se escandaliza ya de nada. Gracias a este liberalismo nacido de la indeferencia hacia el prójimo, pude cruzar la ciudad sin que nadie reparara en exceso en mi guisa, salvo un grupo de turistas japoneses que gastaron tres carretes de fotografías conmigo, unos jóvenes de pelo pincho y taladrados por piercings que decidieron seguirme un rato y arrojarme litronas vacías de vez en cuando, tres gitanas que salieron a mi encuentro cuando bajaba por Las Ramblas, dos mimos, tres agentes de policía, un ejecutivo, cuatro funcionarios de correos, un torero, dos vagabundos, tres repartidores de bombonas de butano y un cura lascivo. Afortunadamente, alguno de los señalados sujetos me arrojaba huevos y mondaduras de patata, por lo que pude ir llenando el buche por el camino, ya que desde el agua con el mendrugo de pan duro del desayuno, no había vuelto a menear el bigote. Cierto es que soy de poco comer por ser más bien escaso o nulo en carnes, pero me iban sonando las tripas ya desde hace rato.

Así fue como acabé llegando hasta el Barrio Chino, con mi tan peculiar como variada comitiva siguiendo mis pasos. Lo cierto es que el barrio no había cambiado en demasía, salvo porque ahora se veían más meretrices de distintas etnias, no como hace unos años, que lo más exótico que podía uno encontrar eran extremeñas. Algunas de dichas señoritas de la noche se acercaron a mí con lascivas intenciones, moviendo sensualmente sus caderas. Grande fue mi decepción cuando reparé en que tales muestras de afecto mercenario se debían a que me confundían con el ucraniano, debido sin duda a que llevaba su traje de faena; hasta que se acercaban más a mí y comprobaban que la estatura, musculatura y facha no concordaban con la de Victor. Lamenté profundamente que salieran de su engaño, por lo que procuré adoptar cierta desenvoltura de Europa del este, sin obtener grandes resultados, por cierto.

Tras andar un rato, llegué al inmundo callejón donde mi hermana se ganaba la vida. A pesar de la oscuridad reinante, su figura simiesca resultaba inconfundible. Pero lo que con ella departí tendrá que ser narrado en el siguiente capítulo…
Cayetano Gea Martín

jueves, diciembre 09, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Eduardo Mendoza

Capítulo 1: El buen doctor

No había terminado aún de depilarle las ingles al Roñas cuando el Doctor Rebáñez me reclamó a su despacho. Abandoné presto la sala común y me dirigí con celeridad hacia el citado habitáculo, ya que no convenía hacer esperar en exceso al Doctor, el cual, a pesar de su enorme sabiduría en cuestiones psiquiátricas, mostraba un desprecio total y absoluto hacia sus pacientes, por lo que se puede aducir que amaba el continente pero no el contenido. Para ilustrar mi teorema, baste citar cuando el Felpudo, el cual creía ser como esos enseres domésticos que se colocan en la puerta de las casas, y por ello se pintaba la palabra anglosajona “welcome” en la espalda, llegó medio minuto tarde al despacho de Rebáñez y encima haciéndole una pantomima de onda vital, ya que también se creía Son Goku en sus ratos libres, recibiendo a cambio de parte del buen doctor su famoso y terapéutico derechazo en la mandíbula, que le había hecho campeón de Barcelona en la categoría de peso pluma en sus años mozos, y que al pobre del Felpudo le quitó de encima todos los traumas, así como cinco piezas dentales que, debido a la bazofia semisólida que nos dan a modo de rancho, no echó demasiado de menos.

El caso es que llegué a tiempo a mi apresurada cita con el Doctor Rebáñez, o eso pude comprobar del pitido que emitió su reloj cronómetro medio segundo después de que yo entrara en su despacho. El citado doctor, a pesar no ser lo que se podría denominar como joven, ni de ser especialmente atractivo para ninguna especie conocida, hoy resultaba todavía más horrendo si cabe, debido a una enorme y reciente herida que le cruzaba la ceja, el ojo y el descarnado pómulo derecho. Semejante carnicería efectuada sobre semejante rostro fue excesivo para mi débil constitución, y no pude reprimir una mueca de asco que apunto estuvo de transformarse en vómito. Percatándose de mi gesto, el Doctor Rebáñez me preguntó si había reparado, quizá, en la descomunal herida que afeaba, si cabe, su rostro. “¿Qué herida?”, manifesté intentando componer mi mejor cara de póker, llevándome como premio un tremendo bastonazo en seco sobre mi cabeza.

“Dejémonos de zarandajas, villano, pendejo, pusilánime”, espetó Rebáñez, que siempre aprovechaba cualquier oportunidad para demostrar su amplio vocabulario, lo que, sumado al siniestro color azul de su piel, le confería aspecto de diccionario de sinónimos. “Quiero que encuentres y halles por mí, ya que mi posición y/o condición no me lo permite, al responsable de tremenda felonía, injuria y daño sobre mi persona”. A continuación, y después de un nuevo bastonazo en la sien cuya misión era llamar mi atención (ya que me había quedado embobado al contemplar los tremendos pulmones de la hija mayor de Rebáñez, que pugnaban por salirse, en este orden, de sujetador, cuerpo y foto), el buen doctor terminó de narrarme los hechos que le llevaron a ser poseedor de tan vomitiva herida.

Según me relató el Doctor Rebáñez, entre bastonazos cada tres minutos exactos, aquella mañana a primera hora había reclamado a su presencia al pérfido Chirlas, uno de los peores reclusos de la institución. El Chirlas se comporta casi siempre de forma tranquila y relajada, ayudado por los sedantes que cada cinco minutos uno de los gorilatos le inyecta en el culo. El problema surge si alguien se olvida de dicha inyección, ya que en cuanto el Chirlas recupera el control sobre su drogado cuerpo, saca la terrible navaja de Albacete que le regaló su anciana madre y empieza a repartir mandobles a diestro y siniestro. Lo extraño e incluso paranormal del caso es que nadie sabe dónde leches guarda el Chirlas su arma blanca, a pesar de optar por dejarlo a perpetuidad en pelotas y a pesar de las continuas exploraciones que sobre sus orificios efectúan los enfermeros. Aquella navaja es como una prolongación de su cuerpo, o quizá permanece oculta en una dimensión paralela a la espera de ser reclamada por su legítimo dueño. Sea como sea, y a pesar de presentarse ante Rebáñez desnudo, sujeto por los dos gorilatos más fornidos de la institución (primer y segundo clasificado en el Mr. Olimpia) y con todos sus orificios cegados con cera, salvo la nariz; a pesar de todo ello, digo, fue capaz el Chirlas de zafarse de su hormonada guardia, extraer su navaja de Dios sabe que zona crepuscular, rajarle la cara a Rebáñez y consumar un acto masturbatorio contemplando la fotografía de la hija del doctor (no la de los pulmones, sino la menor, que tampoco era manca), saliendo disparado el pegote de cera que taponaba su órgano viril en el momento del clímax, rompiéndose el cristal de la foto.

Lo que el Doctor Rebáñez me ordenó aquel desgraciado día fue que encontrara al Chirlas, dondequiera que se encontrara éste, aunque, debido a su propensión a aliviar sus más bajos instintos, Rebáñez sospechaba que pasaría el resto del día en el barrio chino, donde casualmente trabajaba mi hermana Lurditas. Todas estas consideraciones, y mi legendaria sagacidad detectivesca, fueron las que movieron al doctor a encomendarme a mí la tarea de buscar y traer de nuevo al redil a la mala bestia del Chirlas, concediéndome para ello una libertad temporal de dos días; y, apelando a mi buena fe y a sus contactos con la policía, confiaba en que no abusaría de su generosidad huyendo a la Patagonia o a Murcia.

Y así, sin darme siquiera algo más de vestir que mi raído y translúcido albornoz de interno, dos de los enfermeros me posaron con toda suavidad en la calle, aterrizando encima de las bolsas de basura de la acera de enfrente que, debido al notable aumento de la población, no cabían en los ya insuficientes contenedores, a pesar de su novedosa y ecologista división por colores. Ahora, al olor de mi cuerpo, pues ya hacía cinco días que no me lavaba, había que sumarle el de la materia orgánica en descomposición de las bolsas. Pero aún así, yo sólo tenía nariz para aquel delicioso aire de libertad que inundaba como un torrente gaseoso mis fosas nasales.
Cayetano Gea

domingo, diciembre 05, 2004

IMPERIO NUBE

Hacía uno de esos aburridos días de invierno en los cuales las nubes habían conseguido conquistar el cielo. Deprimido y débil, como me acontecía siempre que amanecía nublado, decidí pasar todo el domingo leyendo. Sin embargo, hacia la media mañana, el sol comenzó a iluminar mi habitación, por lo que me asomé desde mi terraza hacia el cielo y pude contemplar cómo la luz solar había triunfado de nuevo. Ya podía sentir el calor por mi cuerpo, la sangre afanándose en transportar oxígeno a las células y comida y, por ende, las renovadas energías, las ganas de salir a la calle, de estar con la gente, de hollar terrazas y de trasegar claras, de vivir, en fin, de puertas para fuera.

Mientras pensaba a quién llamar y dónde quedar, contemplé al diezmado ejército nimbo en retirada. Algunas nubes soldado, incapaces de huir a tiempo, eran desintegradas por la acción del calor del sol. El resto, sencillamente, recogieron sus gotas de agua y abandonaron el campo de batalla lo más rápido que les permitía el poco viento que circulaba esa mañana.

¿A dónde se reunirían las nubes vencidas? Habían perdido una batalla, pero no la guerra, por lo que debía existir un punto geográfico donde el sol no llegase y las nubes pudieran reagruparse y hacer planes para un nuevo ataque. Quizá no fuera un lugar determinado, sino la suma de sus colonias, de sus cielos conquistados, que, salvo por fortuitas incursiones solares, permanecen de color gris perla casi a perpetuidad. Mi mente procedió veloz a trazar un mapa aéreo que representase los dominios del Imperio Nube: los países nórdicos, Inglaterra, Canadá, Miranda del Ebro, y un largo etcétera.

¿Cuál sería el móvil de su insaciable sed de conquista? Porque lo que resulta obvio es que constantemente intentan apoderarse de nuevos dominios celestes, atreviéndose, incluso, a atacar en ocasiones a las regiones más importantes y seguras del Imperio Sol, provocando auténticas hecatombes para forzar a la zona en cuestión a reconocer la supremacía del Imperio Nube en sus tierras.

Considero que Madrid, mi hogar, es un protectorado del Imperio Sol, aunque aquí ambos bandos han aprendido a convivir, repartiéndose el año, amén de unos tratados firmados hace una eternidad. A pesar de ello, y de la relativa tregua que han alcanzado en Madrid y en más zonas, el Imperio Nube intenta continuamente forzar la débil paz existente. Sus ejércitos diezman nuestros cultivos, inundan nuestras calles y levantan por los aires nuestros hogares.

Con lo que no contaba el Imperio Nube era con nuestro alzamiento, rebeldía y ansias de libertad. Para ello, nosotros, los seres humanos, decidimos combatir a nuestro enemigo con la única arma eficaz que disponemos: la ciencia. Así, comenzamos a verter nuestros desechos gaseosos contra el Imperio Nube, a colocar sistemas de refrigeración y de calefacción por todas partes, a comprar vehículos autopropulsados y a coger un spray y, mirando al cielo, rociar los pérfidos cúmulos con CFC.

Nuestro trabajo ha ido dando sus frutos. Para empezar, hemos conseguido que aumente la temperatura media en la superficie, creando un hermoso efecto que podríamos definir de invernadero, que nos permite retener a ras del suelo las nobles radiaciones del sol entre nosotros, dándole así más tiempo para combatir a su feroz rival. Por otro lado, hemos abierto un agujero considerable entre las filas enemigas, en una capa defensiva del Imperio Nube denominada Ozono. Gracias a esta heroica acción, los rayos del sol penetran hasta lo más hondo de nuestros seres, colmándonos de su sabiduría y eternidad, bendiciéndonos por nuestras valerosas hazañas en contra del enemigo, y convirtiendo la superficie del planeta en un hermoso solar.
Cayetano Gea Martín