miércoles, diciembre 01, 2004

Changes


Aquella triste mañana de noviembre, cuando me bajé del autobús en la parada de Recoletos, volví a jugar a aquel pasatiempo que desde mi ya algo lejana infancia no practicaba: el de imaginarme a los señores como si fueran señoras, y viceversa. Probé este cambio de sexualidad con muchos de ellos; algunos y algunas, sorprendentemente, resultaban más atractivos si se les contemplaba desde este nuevo prisma. Tanto fue así, que estuve tentado de recomendarle a una señora que se vistiera con ropas de varón para resaltar mejor sus masculinas formas.

Pude observar que, si bien efectuar estos cambios resultaba algo chocante, su repercusión era menor si se los producía a personas mayores. Cuanto más anciano o anciana era la persona víctima de mis cambios, menos diferencia existía entre su versión masculina y femenina. Deduje, pues, que la edad nos va igualando, y que cuanto más viejos somos, menos rasgos de nuestra sexualidad original preservamos, quizá debido, como todo el mundo sabe, al déficit hormonal que acompaña a estas avanzadas edades. Se puede, pues, afirmar que si no fuera por esas invisibles sustancias, seríamos todos asexuados como los angelitos, lo cual es terrible, si se piensa bien.

Aquella triste mañana, mientras entraba en la estación de RENFE, decidí llevar mi juego de la infancia aún más lejos: empecé a imaginarme a mí mismo siendo una mujer. Al principio no me desagradó en exceso el cambio. Iba por la calle pensando, “soy una mujer, soy una mujer”. Lo maravilloso fue que conseguí acceder a una parte de mí que desconocía y empecé a contemplar el mundo con otros ojos, con ojos de mujer. Casi pude definir su (mi) personalidad: inteligente, trabajadora, soltera y que buscaba en un hombre las mismas cualidades que yo buscaba en una mujer cuando soy un hombre y no una mujer, como era el caso.

Cuando cogí el tren de Cercanías y contemplé con mi mente de mujer mi reflejo de hombre en el cristal, me enamoré perdidamente de mí mismo.
Cayetano Gea Martín


miércoles, noviembre 24, 2004

No quiero creer en ti



Los habitantes de la tierra se dividen en dos
Los que tienen cerebro pero no religión
Y los que tienen religión pero no cerebro

Abul-Ala al-Maari


¿Crees que me resulta fácil vivir así mi vida? ¿Crees que no tengo miedo a tomar todas mis decisiones solo, sin tenerte a mi lado? La cuestión, supuesto Creador mío, no es si creo en ti, aunque tenga tantas pruebas de tu existencia como de tu inexistencia, es decir, ninguna por ambas partes: en la presencia de la vida en esta roca que llamamos hogar no me parece ver tu mano ni me hace arrodillarme ante tus sacros tobillos. La vida puede haber sido un mero accidente, una placa de Petri olvidada sobre la superficie de La Tierra en la era primordial por alguna raza estelar; o sencillamente, no somos más que unas caprichosas moléculas de ADN autorreplicante, configuradas de tal forma por un mero accidente en el laboratorio del universo.

Pero la cuestión no es esa, supuesta Divinidad, la cuestión no es si creo en ti, sino que no quiero creer en ti. No me interesa que existas, no quiero que existas. Reniego de tu omnisciente sapiencia y de tu poder. Y no te disfrazo de Dios católico, musulmán, judío o al que adoran los indios de la Polinesia, es lo mismo; me refiero a tu concepto último y desnudo de ser todopoderoso creador y dador de toda vida.

¿Sabes por qué no quiero creerte ni crearte? ¿Sabes por qué me niego a que haya un alfa y omega universal? Porque no quiero ser la criatura de nadie, la creación de nadie, salvo de mis auténticos progenitores, los que sí están cuando los necesito y cuando sufro. No quiero ser hijo tuyo ni que me prometas la gloria eterna a cambio de sacrificios personales e isaaquianos, ni de que condiciones mi vida con normas y reglas que en tu nombre ordenan aquellos que trabajan para la gloria propia y de otros, y no para la tuya.

La vida no es una promesa de recompensa o de castigo, la vida es la propia recompensa y el castigo. El cielo y el infierno, y más este último, se mezclan y entrecruzan por nuestro camino diario. La vida es la meta a alcanzar; la más complicada, ya que no hay nada más difícil de alcanzar que lo que tenemos constantemente ante nosotros. El creer en un premio eterno, en una recompensa por nuestros años de dolor es un ejercicio de vanidad supremo. ¿Cómo puede alguien merecer la gloria eterna o la penuria eterna por ochenta años de vida? ¿Una vida condiciona una eternidad? ¿No sería más lógico a la inversa?

Me parece tan estúpido y engañabobos el creer en una vida eterna, tan contrario a la naturaleza de la materia, que aboga por la muerte a cada instante, en cada rincón, acechando. ¿Nihilista, quizá? No del todo. Aún quiero y me esfuerzo por encontrar una tercera vía. Pero mientras eso llegue, si llega, reniego de ti y vivo y envejezco por este valle de lágrimas y de alegrías.

…Y créeme, prefiero caminar con una duda que con una mala teoría.


Tranquilos, puedo vivir de mi historia
Sabiendo que a las puertas de la gloria
Mi nariz no se asoma.

La muerte no me llena de tristeza
Las flores que saldrán por mi cabeza
Algo darán de aroma.

Javier Krahe
Cayetano Gea Martín

domingo, noviembre 14, 2004

¿Acaso nada?

El titán destronado contempló las estrellas, y en aquel preciso momento comprendió que ya no le pertenecían, que pasaría el resto de su existencia vagando por el hueco cosmos sin que ningún ser humano volviera a dirigirse a él, o a temerle. Triste es que alguien muera y que sólo nos quede su recuerdo, pero peor es ser inmortal y no existir.


El viento sólo llega a serlo cuando silva entre los árboles, la maleza o los edificios. Carente de cuerpo sólido, sólo existe cuando choca contra los demás y les arranca un sonido. Hasta ese momento, el viento sólo es aire.


El ciego siempre será el más atrevido a la hora de cruzar un puente.


¿Soy un hombre que sueña por las noches con ser águila o soy un águila que sueña por las noches con ser hombre?


Para escapar de tu noche y encontrar un nuevo sol, me bastaría con una sonrisa, un abrazo, una caricia nueva, no tuya. Un nuevo destello en esta noche eterna.


Si para el budismo, a cada instante somos un ser distinto, ¿por qué me aferro a un pasado de dolor y lo siento mío? Las lamentaciones de ayer no deberían tener cabida en el mañana. Me retuerzo entre los gusanos para ser proclamado mariposa…


En una urnita guardaré tu sonrisa. El resto sigue ardiendo.


Hace ya más de un año que cometí mi gran error, que me hundí con los demás y descubrí que no sólo no soy especial, sino que, al menos una vez en mi vida, he sido el ser más despreciable de la creación. Si me reencarno, tendré que pagar por ello.


El sexo es el mayor regalo de la existencia. Todo nace de él y todo nos conduce a él. Nunca entenderé por qué occidente no lo venera cuando es la mejor divinidad que puede existir: da y recibe por igual.


Y el buda les reunió y les dijo: “Nombraré como líder del monasterio al que de vosotros sea capaz de describirme esta tetera sin utilizar palabras”. Uno tras otro, los monjes fracasaban. “Es un objeto de metal, maestro”, dijo uno. “Colocándola al fuego”, dijo otro. A todos decía buda que no. En esto que llegó el monje cocinero y, debido a que le entorpecía el camino, apartó la tetera de una patada. El buda le hizo líder de inmediato.


Nos perdemos en vericuetos sin sentido, en vez de fijarnos en lo primordial, en lo básico, una rosa, un vaso, un rostro. Poseen fuerza por sí mismos, no necesitan que los definamos. Hay que enseñar a sacar la flecha, no aprender de qué esta hecha.


Durante diez días, los peregrinos escalaron hacia las montañas del Za-zen. Cuando faltaba un día para llegar a la cima, uno de los peregrinos se dio la vuelta y empezó a bajar. Un compañero le grito: “¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¿No ves que ya estamos apunto de llegar?”. A lo que respondió éste: “Seguro que la vista es magnífica, pero, ¿habéis pensado en que no tendremos cobertura allí arriba?”.


Muerte, muerte y muerte. Te enseñaré el dolor en un puñado de polvo. Hay otros mundos aparte de éste. Y algunos, desgraciadamente, están aquí.


Un silencio en boca de otro es menos silencio si lo comparte con su propia sombra menguante. Sí, las sombran menguan como la luna, como la vida, como todo.


Cayetano Gea Martín


jueves, noviembre 11, 2004

A ese señor



A ese señor no demasiado alto que viene bajando por la calle le voy a estrechar la mano por enésima vez. O eso, o una palmada en la espalda; pero una palmada de amigo, ojo, no de gordo jefe con corbata y puro. Una palmada y, si la tarde me incita, un breve abrazo fraternal, exento de cualquier tipo de homosexualismo, por supuesto. Un abrazo entre camaradas, vaya, entre compañeros de fatigas, porque, quizá, es posible, acaso, puede que no exista nada más fatigoso que la de mantener una amistad fresca y lozana como el primer día, lustrosa pero curtida.

A ese señor que nunca llega tarde le debo muchas cosas, y no sólo de índole material en forma de mercaderías varias, sino cosas algo más sentidas, más tirando hacia ese órgano de musculatura estriada que bombea la sangre, y no me refiero a nada obsceno, por supuesto, sino a mi corazón coraza, Benedetti, tan fácil de acceder pero tan complicado de mantenerse en él durante el tiempo necesario para acabar cogiéndome algo de cariño.

A ese señor se le olvidó traer a su sempiterna cita conmigo lo que le presté, pero como él bien sabe, me da lo mismo. Lo que importa es el hecho de prestarnos cosas, respondiendo, quizá, a nuestro deseo continuado de disfrutar en paralelo, de poder criticar o alabar, casi siempre, las mismas cosas, salvo excepciones, claro; excepciones casi siempre de índole musical o fílmica, pero son las menos, espero, deseo, creo.

A ese señor le gusta, como a mí, el amor con forma de mujer, aunque diferimos en su aspecto, claro, lógico, por supuesto; de broma le digo que a él le gustan bajitas para que no le hagan sombra, y él siempre responde con ese cabeceo suyo tan propio, más de cariñosa compasión que de enfado. También amamos el simple, puro, sencillo, último acto de leer, al que veneramos y entregamos nuestras vidas, cual sacrificio al noble Dios Libro, aunque ese señor, como buen científico, nihilista, ateo, empirista que es, no crea en dios alguno y yo abrigue mis dudas.

A ese señor y a mí nos gusta rodearnos de más señores parecidos, semejantes, comunes, afines pero algo distintos a nosotros. Nos reímos en círculos humanos, que es como hay que reírse, no a solas, sin que nadie pueda atrapar tu risa y digerirla; pobre risa que muere en el aire, sin ser reciclada en otra.

A ese señor le debo tanto, mucho, demasiado, todo, tres o cuatro kilos de conciencia y de psique. Le debo que me aguante, que esté ahí sin llamarle, sobretodo en la hora triste, fatídica, negra de recoger mis escombros y ayudar a recomponerme sin demasiado pegamento. Le debo una amistad como no habrá otra, y sólo se la puedo pagar con la mía, eterna, para siempre.

A ese señor, y a modo de praxis, le debo, sobretodo, un “gracias” bien gordo.


Dedicado a mi amigo Pedro. Pocas cosas tengo tan seguras en esta vida como la amistad que nos une. Gracias por todo.
Cayetano Gea Martín

lunes, noviembre 08, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Edgar Allan Poe

NOTA: Al principio, mi intención era parodiar el estilo y la temática de Poe, pero, segun iba avanzando en la historia, ésta me enganchó tanto que acabé imprimiéndole mi propio estilo y descartando la idea de hacerla en clave de humor...


Sé que no estoy loco.
Sé que, a pesar de lo que esta sociedad hipócrita pueda pensar, no estoy loco ni perturbado. También soy consciente de lo que hice, y sé que fue la única solución razonable. Espero que Dios, en su omnipotente sabiduría, sea capaz de perdonarme. Sólo él podrá juzgarme por lo que hice, y no acepto ninguna otra autoridad que no sea de carácter divino.

Hoy, desde este sanatorio de Boston donde me tienen recluido, a trece de noviembre del año 1905, comienzo a dejar constancia escrita de lo que ocurrió realmente en aquella vieja mansión de esta misma ciudad. Los hechos que voy a narrar no son más que una crónica de la pura verdad, por muy increíble que pueda llegar a parecer. Espero que al final, lector, pueda entender mejor por qué elegí actuar de aquella manera.

Recuerdo aquel nefando día en que mis cansados pasos de estudiante de llevaron hasta la vieja pensión de la familia Dupin. Un amigo mío me aconsejó dicha morada para establecerme en Boston, alegando a su limpieza y al afable carácter de su dueña, la viuda de Mr. Dupin, Susannah Dupin. La mansión se hallaba al final de un intricada calle que, mucho más tarde, he sido incapaz de encontrar. Era una gótica vivienda victoriana de pizarra que sobrecogía por su desproporcionada altura y majestuosidad. Pisé el hall de la casa donde me recibió muy amablemente Mrs. Dupin, así como su hermosa hija, la joven Berenice Dupin, de fragante pelo rubio y hermosos dientes.

Ambas me llevaron a mi nueva y modesta habitación, donde me otorgaron un rato de intimidad y sosiego mientras ordenaba mis escasas pertenencias. A la hora de la cena, bajé al comedor común, donde hallé a ambas mujeres en compañía de un único comensal, el retirado ya general Aberdeen, natural de Detroit, al que fui presentado formalmente.

Después de la agradable cena, y de disfrutar de la cálida hospitalidad de la dueña y su desconcertantemente bella hija, acompañé al general al pequeño patio interior de la mansión, donde sendos butacones nos esperaban. La noche abrió sus negras fauces, despejándose el cielo y permitiéndonos el poder gozar de una grata conversación a la luz de la luna, en aquel hermoso patio ajardinado no exento de cierto exotismo español.

El lechoso humo del opio se alzaba hacia las estrellas mientras Mr. Aberdeen y yo conversábamos acerca de la vida, la muerte y la esencia del individuo. Al cabo de un rato, con nuestras mentes abiertas de par en par por la adormidera, recordamos todas las extrañas ciudades y paisajes que el sueño del opio nos había permitido contemplar, las lejanas cúpulas de Az-razel, la ciudad de los inmortales, las callejas inversas de Mihtna, los extraños habitantes de Gerna-Ceti, de piel azul cobalto, las montañas brumosas de Mod, cuya apretada vegetación oculta secretos sin nombre.

Durante más de nueve semanas, el general Aberdeen y yo dábamos por la noche buena cuenta de sus reservas de oriente, hasta que mi ya querido compañero tuvo que volver a su Detroit natal, debido al nacimiento de su nieto. Así pues, me quedé solo en mis incursiones nocturnas por mi agitada psique, lamentándome de la ausencia de Mr. Aberdeen, ya que, al igual que no es lo mismo visitar un país extranjero en soledad que hacerlo en compañía de un amigo, no encontraba el mismo placer viendo las ciclópeas almenaras de Ktza yo solo, ni respirando el embriagador perfume del Mare Tenebrarum.

A pesar de ello, continué llegando puntual a mi cita con la eternidad después de cada cena, durante cinco semanas más, hasta que llegó la fatal noche que hizo que nada volviera a ser como antes.

Comenzó de la manera más simple, acaso como empieza todo siempre en esta vida. Me encontraba a punto de empezar con mi ritual nocturno cuando un espeluznante sonido me hizo incorporar de un salto. Asustado, corrí a la cocina para preguntar a Mrs. Dupin si conocía la procedencia de semejante ruido. Algo turbada, me confesó que el sonido procedía de la habitación de la buhardilla, sitio en el que se encontraba su enfermo padre, el cual habían trasladado desde su casa hasta aquí, debido a su incapacidad de cuidarse solo. El extraño ruido gutural lo producían sus enfermos pulmones, incapaces de funcionar correctamente, debido a la enfermedad que los iba destruyendo poco a poco, de manera irreversible.

Impresionado, le di mis más sinceras condolencias esa noble mujer que había tenido a bien acogerme en su hogar, y me acosté, incapacitado por esta noche de ser compañero del opio.

La noche siguiente, mientras planeaba por la superficie lechosa de la adormidera, el mismo aterrador sonido, como un engranaje húmedo y oxidado, me hizo despertar sobresaltado y me trastornó temporalmente los nervios, sumiéndome hasta el alba en un enorme estado de ansiedad. Dicho suceso se repetía todas las noches, con mayor o menor infortunio, haciéndome cada vez más desdichado y despertando en mí un instinto homicida que hasta entonces desconocía poseer.

Llegados a este punto, quizá el lector de esta confesión crea que yo cometí el terrible crimen debido a mi incapacidad de viajar en brazos del opio. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que la crispación de mis nervios creaba en mi una furia casi incontrolable en contra del desdichado padre de Mrs. Dupin, pero no fue aquello el detonante final. La situación se complicó hasta el punto de superar mi propia implicación.

Una noche, mientras caminaba por el bazar de Al Aaraf, y conversaba con los mercaderes de luengas barbas, contemplé cómo la ciudad entera era arrasada por una temible ola de energía que la barría de norte a sur. Aquella masa energética poseía el repugnante sonido de la respiración del viejo. Aquel aliento apocalíptico lo iba destruyendo todo a su paso. Sobresaltado y fuera de mí, desperté en el familiar patio, para desmayarme al instante.

Desperté al mediodía siguiente en mi cama, con la joven Ms. Dupin a mi lado, cambiándome el paño húmedo que cubría mi frente por otro. Pude notar una visible turbación en su rostro cuando le agradecí sus atentos cuidados. Hermosa muchacha era, en la flor de la vida. Me pregunto qué habrá sido de ella. Pero no quiero desviarme del problema. El médico me dijo que había sufrido una crisis nerviosa de bastante consideración y me recomendó dejar los opiaceos con bastante crudeza. Tuve que hacerle caso, temporalmente, porque me daba pánico volver a sumergirme en mi regazo onírico de nuevo.

Al cabo de una semana, y temiendo que la ronca respiración del anciano moribundo volviera a enturbiar mi mente, decidí acudir a un fumadero local, cercano a la pensión. Allí, tras acomodarme, fue donde sufrí el golpe mayor de mi vida. Soñé que me encontraba en un polvoriento desierto cuyo nombre desconocía. Al fijarme con más atención, pude apreciar cómo las arenas del desierto oscilaban cual marea, revelando escombros bajo ella y, oh, Dios mío, fragmentos humanos esparcidos por doquier. Entonces comprendí que me encontraba sobre las ruinas de Al Aaraf. Aquel anciano había destruido una parte del mundo onírico, lo cual no dejaba de ser un fenómeno curioso, ya que, siendo como es, un entorno abstracto que forma parte y compone la imaginación y la psique colectiva del hombre, me resultaba difícil imaginar cómo una respiración, aunque fuera aborrecible, podría dañar algo intangible.

La auténtica dimensión del horror llegó cuando viaje a otros parajes y contemplé la misma destrucción en muchos de ellos. Una temible posibilidad cruzó mi mente: ¿Y si fuera al revés? ¿Y si fuera el anciano una proyección real en nuestro mundo de un mal que asola la tierra de los sueños? Es decir, cabía la posibilidad de que el anciano fuera la sombra del grito destructor, su reflejo en el mundo real. Sólo sabía que si no hacía algo pronto, todos los sueños, todas las fantasías humanas, la tierra donde se forjan las ideas que luego, al despertar, aplicamos en nuestras vidas, todo aquello desaparecería.

Por todo lo que he narrado, tomé la decisión que tomé. Obviamente y, como se imaginará el lector, consistió en deshacerme del anciano lo antes posible, lo cual, aunque de fácil trámite, resultó fatal para mi persona, dando con mis huesos aquí, y fin de la historia.

Podéis tildarme de loco, de perturbado adicto al opio o de lo que se os ocurra, pero esta noche, cuando os acostéis, recordad que seguís pudiendo soñar gracias a mí. Imaginad el horror de no poder visitar hermosos parajes oníricos, ni de poder dar rienda suelta a vuestras fantasías más ocultas, ésas que no os confesáis ni a vosotros mismos, o el no poder contemplar jamás aquellos rostros que ya se fueron.

Dulces sueños.

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Edgar Allan Poe es el maestro del género de terror. Sus relatos cortos son tan excepcionales que no sólo los amantes del género suelen tenerlos como libros de cabecera, sino que hasta el menos aficionado ha oído hablar de ellos.

La vida de este escritor estadounidense es casi tan estremecedora como sus relatos. Su corta vida estuvo siempre marcada por la depresión, su tendencia a la melancolía y su afición al alcohol y a las drogas, que acabaron por destruirle.

Aunque no se pueda decir que fuese el creador de los relatos de miedo, si fue un maestro en su arte, modernizando la concepción gótica del cuento de terror y dándole la visión actual que tenemos hoy del género. También fue quien inició la novela policíaca; su relato 'El escarabajo de oro', es prueba de ello, así como ‘Los crímenes de la Calle Morgue’, donde la figura de Monsieur Dupin fue más tarde utilizada por Doyle para dar vida a Sherlock Homes.

Nació en Boston el 19 de enero de 1809. Sus padres, actores de teatro itinerantes, murieron siendo él niño, y fue criado por John Allan, un hombre de negocios de Richmond (Virginia). A los seis años viajó a Inglaterra donde ingresó en un internado privado. Después de regresar a EEUU en 1820 asistió a la universidad de Virginia durante un año, pero en 1827 su padre adoptivo, disgustado por la afición del joven a la bebida y al juego, se negó a pagar sus deudas y le obligó a trabajar como empleado.

Contrariando la voluntad de Allan, Poe abandonó su nuevo trabajo y viajó a Boston, donde publicó anónimamente su primer libro, ‘Tamerlán y otros poemas’ (1827). Poco después se alistó en el ejército, en el que permaneció dos años. En 1829 apareció su segundo libro de poemas, ‘Al Aaraf’, y se reconcilió con Allan, que le consiguió un cargo en la Academia militar, pero a los pocos meses fue despedido por negligencia; su padre adoptivo le repudió para siempre.

Al año siguiente de publicar su tercer libro, ‘Poemas’ (1831), se trasladó a Baltimore, donde vivió con su tía y una sobrina de once años, Virginia Clemm. En 1832, su cuento 'Manuscrito encontrado en una botella' ganó un concurso en el Baltimore Saturday. De 1835 a 1837 fue redactor de Southern Baltimore Messenger. En 1836 se casó con su sobrina. En 1847 falleció su mujer después de una larga enfermedad, y él mismo cayó enfermo; su desastrosa adicción a los opiaceos contribuyó a su temprana muerte en Baltimore, el 7 de octubre de 1849.

Fue hallado semiconsciente, tirado en la calle. Llevaba puestas ropas harapientas que ni siquiera eran suyas. Fue ingresado en el hospital y cuatro días más tarde falleció en medio de terribles delirios e incesantes imágenes de terror que acosaban su mente agotada.

Edgar Allan Poe vivió una vida tortuosa marcada por el dolor, dolor que nacía de su alma melancólica y depresiva y que intentó calmar mediante las drogas y el alcohol, logrando perderse para siempre en algún paraje escalofriante de los nacidos de su mente. Murió con tan solo 40 años y nos dejó páginas y páginas de horror, impregnadas de sus paisajes oníricos.

Para ser justos con el miedo que brota de cada página de los relatos de terror de Poe, deberíamos mencionarlos todos. Sin embargo por no extendernos en demasía, citaremos sólo unos cuantos: ‘El gato negro’, ‘Los crímenes de la Calle Morgue’, ‘El caso del señor Valdemar’ ‘La caída de la Casa Usher’, ‘Aventuras de Gordon Pynn’, ‘El corazón delator’, ‘William Wilson’, el poema ‘El cuervo’, ‘El pozo y el péndulo’, ‘Ligeia’, ‘El escarabajo de oro’, ‘Berenice’, y un largísimo etcétera de cuentos de terror y de aventuras, poemas, ensayos, relatos humorísticos y narraciones descriptivas.
Cayetano Gea Martín

domingo, octubre 31, 2004

Bajo la Tormenta

En la colina me espera
En la colina me espera
Y volveré
Volveré o me llevarán ya muerto
A refundirme en la tierra

Manuel Vázquez Montalbán



La luna iluminaba tu rostro de color avellana, dándole aires de fantasmagoría, de espectro lunar, de japonesa malvada de película de terror.

Hermoso claro que me permitía contemplar las estrellas y tu cuerpo desnudo. Hermoso claro, pero breve. Pronto, las nubes de tormenta tapan los astros, y la oscuridad vuelve a cubrirnos, a abrazarnos.

Nosotros venimos del suelo, polvo al polvo, y él volveremos después de este breve interludio entre sombras llamado vida. Por eso me asusta la oscuridad, a pesar de notar tu cuerpo contra el mío, a pesar de sentir tu calor, tu humedad, tu alma y tu vida, tu hermosa y fugaz vida estrechada contra la mía, luchando con nuestro amor contra esta entropía generalizada, contra este mundo triste que se retuerce, envejece y muere.

Las mareas cambiaron.
De la luz del día a la noche tormentosa y eterna.
El fin llega y no podemos evitarlo, a pesar de nuestro enorme amor y dedicación de amor, de nuestro beso eterno entre aguas, nieblas y sombras, de oscuro color azul mar que somos incapaces de abrir, de romper, de vencer. A pesar de ese pequeño claro que nos permitió contemplar por un lado, nuevos horizontes celestiales y por otro, nuestros propios rostros con tonalidad de selenitas.

Y mientras el mundo agoniza, tus brazos me cubren.
Cayetano Gea Martín

jueves, octubre 28, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Don Francisco de Quevedo Villegas


Venía huyendo de la innoble equidad del conde-duque, por un quítame allá esa execración, cuando mis obligados pasos me condujeron hasta la noble Villa de Zamora, lar de valientes y honrados castellanos, a la par que de mancebos afeminados que gustan de vestir con féminas prendas y de otros menesteres que no ha cuento el narrarlos aquí.

Mientras mi alazán dábame entrada en la populosa plaza central de la urbe, observé a la variopinta fauna que ante mi se hacía patente: buhoneros andrajosos de aviesas intenciones ocultaban la cachiporra entre sus baratijas, innobles mercaderes vendían a sus clientas alcahueteras sus putrefactos productos, los cuales si, por ventura, caían al suelo, lo emporcaban aún más, a pesar del fango de dos pies que ocultaba la calzada de la noble villa.

En uno de los extremos del lodazal contemplé la triste estampa de un juglar con trazas de hidalgo, aunque di por sentado que venido a menos, debido a que peleaba con uñas y dientes, literalmente, contra dos marranos que hozaban gusanos en el barro, mientras recibía atentos palazos en la sien por parte del airado porquero y, por ende, legítimo dueño de los cochinos.

Desistiendo finalmente de mover el bigote, el trovador se sentó y empezó a rasgar y a afinar un palo con cinco cuerdas de hilo tensadas que hacía la función de lira. Era este juglar delgado como la muerte, más osario que humano, de nariz superlativa que parecíale brotar de súbito en medio de la faz, ya de por sí poco agraciada, y no por su visible carestía de dientes, salvo por dos muelas picadas, ni por ser cejijunto cual negro cepillo, sino por faltarle el ojo diestro, quedando en su lugar obscura oquedad que miedo daba verla. Completaba el cuadro unas impetuosas barbas que devorábanle media faz, desde la prominente nariz, que delataba su ascendencia, hasta el sucio cuello.

Aquel espectro comenzó a cantar con una voz singularmente melodiosa ciertos malsonantes ripios de cuya composición desconozco a su olvidable dueño, pero que ya oí en Toledo. Rezaban más o menos así:

Júrote por mis fueros
Que no ha mejor oficio
Que el dedicarse por entero
Al noble arte del fornicio.

En verdad dígote: es el folgar
Más arte que cualesquiera opción
Más que el dormir, más que el yantar
Sólo con el evacuar aguanta comparación

Cuidado con los amores mercenarios
Que las fermosas niñas gitanas
No aman más que a los salarios

Si la noche te encamina a su ventana
Procura no rondarla de a diario
Que con zurrón vacío no hay jarana

Y si acaso marido tiene la desafortunada
Será mejor que no aprecie su cornamenta
Porque te desmontará de una pedrada
Y de otra más a su infiel parienta

Sigue bien estos comedidos consejos de amigo
Para que puedas seguir cantando conmigo:

Júrote por mis fueros
Que no ha mejor oficio
Que el dedicarse por entero
Al noble arte del fornicio.


Aunque el trovador porfiaba, finalizó la canción de súbito y por fuerza mayor, ya que la guardia venía a prenderle por vago y maleante. Aproveché la momentánea coyuntura para dirigirme, no sin gran pesar al ser conocedor de lo que me esperaba, hasta la posada donde me hospedaría hasta el siguiente amanecer.

Me instalé, y sospeché que dicha venta no se podría contar entre las más límpidas, quizá debido a esas paredes y suelos de los que no se distinguía el real color, tan gruesa era la capa de inmundicia que lo cubría todo.

Después de una cena que preferí obviar al ver que ésta se retorcía en el fondo de la herrumbrada cazuela, decidí acostarme en mi duro lecho, cubierto apenas con una mugrienta sábana, que otro más piadoso que yo hubiese podido confundir con la sábana santa por la innumerable cantidad de opacas manchas que satinaban la tela.

Deposité mis anteojos, es decir, los quevedos de Quevedo, en la mesita, temeroso de que ésta se desmoronara por el peso de las lentes, tan carcomida estaba la desdichada. Apagué el candil y cerré mis cansados ojos con la firme decisión de soñar que me hallaba lejos de allí, en Madrid o en Palermo, o en cualquier otro lugar que no fuera éste en el que, por desventura, me encontraba.

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1580. Nace en Madrid Francisco de Quevedo Villegas. Sus padres, Pedro Gómez de Quevedo y María de Santibáñez, ocupan puestos en la corte, siendo el padre secretario particular del príncipe.

1596. Comienza estudios de artes en la Universidad de Alcalá de Henares. Obteniendo el título de licenciado en 1600, año en el que inicia estudios de Teología en la misma universidad. En estas fechas se inicia la amistad con Pedro Téllez Girón, más tarde duque de Osuna.
1606. Quevedo vuelve a su ciudad natal, Madrid, donde recibe órdenes menores y se integra en la vida literaria de la corte.
1613. Viaja a Palermo para ponerse al servicio del duque de Osuna, Virrey de Sicilia entre los años 1610 y 1616.
1621. Muerte de Felipe III y subida al trono de Felipe IV. Proceso contra el duque de Osuna, que salpica a Quevedo. Encarcelado en Uclés durante un breve período.
1626. Acompañando de nuevo a la corte, se desplaza a Aragón a principios de año. Unos meses más tarde, aparecen impresas sin autorización en Zaragoza dos obras suyas: “Política de Dios” y “El Buscón”.
1631. Tras denuncias ante la Inquisición, publica “Juguetes de la niñez”, obra que recoge textos anteriores de burlescos y satíricos, ahora censurados.
1633. La hostilidad hacia el conde-duque de Olivares es ya evidente. Redacta en julio “Execración contra los judíos”, ataque frontal a la política del valido.
1634. En esta época desarrolla una gran actividad literaria: “De los remedios de cualquier fortuna”, “Epicteto”, “Virtud militante”, “Las cuatro fantasmas”, “Visita”, “Anatomía de la cabeza del cardenal Richelieu” o la “Carta a Luis XIII”.
1639. El 7 de diciembre es detenido y conducido al convento de San Marcos de León, donde permanecerá encarcelado hasta junio de 1643. En este tiempo escribe “La Rebelión de Barcelona” y “Providencia de Dios”.
1645. El 8 de septiembre muere en Villanueva de los Infantes, adonde se había desplazado a principios de este año.
Cayetano Gea Martín

lunes, octubre 25, 2004

BELLE

13 de Octubre de 1882
Cada día soporto menos este pueblo de Noruega donde nací, y del que tendré que huir si no quiero morirme de hambre. El siglo XIX agoniza, y Europa muere con él.

4 de Mayo de 1883
Hoy he desembarcado en una ciudad aún más deprimente que mi triste villorrio: Chicago. La gente me mira con asco y odio, como si los emigrantes fuéramos unos apestados. Un chico muy atractivo me ha comentado que es más fácil conseguir trabajo en el campo que en la ciudad, sobre todo para la gente que, como nosotros, dice el chico, no hablamos nada de inglés.

19 de Agosto de 1883
Llevo mes y medio trabajando en la granja de Máx Sorensen, un acaudalado y apuesto terrateniente no exento de cierto encanto. Me dedico a las tareas domésticas, sobre todo a la repostería, ya que siempre me he desenvuelto bien con los postres. Mr. Sorensen es ciertamente goloso, para ser soltero. ¡Ay, querido diario! Creo que me gusta. Pero es un sueño muy grande para esta pobre emigrante noruega.

27 de Enero de 1885
¡Hoy es el día más feliz de mi vida, querido diario! ¡Mr. Sorensen me ha propuesto en matrimonio! Me dijo que el también llevaba tiempo amándome en secreto. Nos casaremos en la primavera, cuando los prados se enrojecen por las flores.

1 de Mayo de 1885
Querido diario: Ayer tuvo lugar mi boda con Máx. ¡Qué día más dichoso! Todo fue perfecto, la comida, los invitados, y mis postres, por supuesto. Pero si el día fue maravilloso, la noche de bodas fue sublime, cuando me entregué a mi esposo sin reservas. ¡Cómo describir con palabras tanto placer y tanta dicha! ¡Cómo contar tantos besos y caricias, tanto cariño con el que Máx me cubrió!

9 de Septiembre de 1885
¡Estoy embarazada! Fue tan grande la manifestación de amor en nuestra noche de bodas que Dios nos ha bendecido con el alumbramiento de una criatura. Estoy muy nerviosa, y me dedico a coser ropa para nuestro hijo todo el día, aún sin saber si será niño o niña.

2 Febrero de 1885
Hoy he dado a luz a mis dos hijos mellizos. Pero la tristeza me embarga, ya que Máx ha muerto, querido diario. Mi amado ha muerto por culpa de unas fiebres que le han tenido postrado durante dos semanas. Oh, mi amor, ¿cómo podré seguir adelante sin ti? Te necesito, mi vida, y no te veo a mi lado, calentando mi lecho.

5 de febrero de 1885
Mis hijos han muerto.

30 de mayo de 1885
Llevo un mes viviendo en Indiana, ya que no podía soportar más los vívidos recuerdos que la granja de Chicago me traía de mis difuntos esposo e hijos. Afortunadamente, mi marido me legó el seguro de vida y todo el dinero de la granja, y con ello podré vivir un tiempo. Aunque, ¿qué más da? No me interesa nada de lo que la vida pueda ofrecerme. Me siento vacía, muerta. Mi corazón se ha ido encogiendo y enfriando en mi pecho hasta casi desaparecer. Quiero morir, pero no tengo el valor necesario para poner fin a esta penosa existencia.

26 de septiembre de 1885
Llevo un tiempo sintiéndome menos desgraciada. Ya que no voy a suicidarme, creo que ha llegado el momento de rehacer mi vida. Mañana he quedado con un señor llamado Peter Gunness, el cual tiene un local vacío que quiero ver, ya que he decidido invertir el dinero de mi buen Máx es un negocio, posiblemente, una pastelería.

3 de diciembre de 1885
Desde hace un mes soy la dueña de “Pastelería-Confitería Belle”. Mr. Gunness ha sido muy amable conmigo, ayudándome a montar el negocio y hablando de mí y de mi negocio entre la gente de Indiana. Gracias a él y a mis dotes reposteras, el negocio va viento en popa. Parece que Dios, después de someterme a tantas duras pruebas, ha decidido concederme una segunda oportunidad.

17 de enero de 1886
Escribo estas notas recluida en un sanatorio mental donde Mr. Gunness me ha traído para que reciba la atención médica necesaria. Sufro daños en mi cabeza malos, muy malos, porque se quemó mi pastelería y me he quedado sin nada. Mi cabeza está mal y cuando miro por la ventana y veo niños jugar se pone peor, al recordar que en unos días hará un año del comienzo del fin de mi vida, mi vida, mi amor, mis hijos, mi negocio. Sólo quiero morir y morir. No, no morir, no. Morir, no, malo, mala muerte. Mejor que pague el culpable, sí, eso sí. Dios, por qué tanto dolor, mal dios. Qué hice yo, Dios asesino y cruel, te odio, te odio y te mataré, sí, algún día, ya lo verás.

3 de julio de 1886
Me he pasado casi medio año en babia, pero ya estoy mejor. No me pienso rendir. Resurgiré de mis cenizas y empezaré de nuevo. Nada se interpondrá en mi camino. Nada. Ni nadie.

14 de septiembre de 1886
Mi vida ha vuelto a dar un cambio sustancial. Al ver que cobrando los seguros de los negocios no conseguía suficiente dinero, he contraído nuevamente nupcias con Peter Gunness. Es un buen hombre, y con eso me basta.

19 de marzo de 1887
De nuevo me golpea la desgracia. Mi esposo Peter ha muerto al resbalarse accidentalmente, propinándose un golpe mortal en la cabeza. Siempre te recordaré, Pete. Al menos, me dejaste tu seguro de vida para que pudiera seguir viviendo. Gracias, Pete.

8 de octubre de 1887
Debido a mi miedo a un nuevo fracaso, no me atrevo a montar otro negocio. Lamentablemente, y aunque la pensión de viudedad de Peter me da para vivir, así como los beneficios que aún me rentan la granja de Chicago, no es dinero suficiente para una joven apuesta como yo; por lo que he decidido poner un anuncio en el periódico. Pero lo haré desde Chicago, ya que he decidido volver a la granja de mi querido Máx y ocuparme de ella otra vez. El anuncio que tengo pensado poner rezará asÍ: “Viuda, rica, atractiva, joven y dueña de una granja busca esposo”.

27 de octubre de 1887
Hoy ha venido a la granja un apuesto caballero en respuesta a mi anuncio. Lo cierto es que resulta bastante atractivo, sobre todo en lo tocante a su inmensa fortuna. Creo que me he vuelto a enamorar. Aunque algo me dice que volveré a enviudar en breve.

16 de septiembre de 1890
Querido diario: Siento mucho la tardanza en escribirte, pero he andado muy ocupada atendiendo los asuntos de la granja. Ha pasado más de tres años desde que puse el anuncio, y éste no ha podido tener mayor éxito: ocho maridos de inmensa fortuna han dormido desde entonces en mi lecho. Desgraciada e incomprensiblemente, los ocho murieron poco tiempo después de desposarme. ¿Cómo es posible que tenga tan mala suerte? ¿Es normal el haber enterrado a diez esposos? ¿Acaso Dios me castiga asesinando a todos los hombres con los que estoy? No creo que eso sea verdad, porque a los ojos de Dios no se oculta nada, ni siquiera mi apasionada relación con Roy Lamphere, un fornido joven que contraté para que me ayudara en las múltiples tareas que conlleva una granja. Ah, mi apuesto amante. Sólo tú, entre todos, tienes el valor y la fuerza suficiente para domarme. Te deseo tanto…

14 de febrero de 1896
Hoy he enterrado a Christopher, mi marido número 14, el duodécimo de los que respondieron a mi anuncio, el cual me veo obligada a renovar con cada triste deceso. Mi querido y difunto Christopher me ha legado otra jugosa pensión, con la que ya he podido emprender las reformas en la granja. Ahora, mi parcela es la más grande de todo Chicago, con más doscientos asalariados, sin incluir a Roy, que me sigue ayudando en ciertas tareas que no creo que pudiera confiar a otro.

29 de noviembre de 1904
Después de dar cristiana sepultura a Thomas, mi marido número 16, he decidido retirar el anuncio, ya que el dinero que cualquier esposo me podría legar sería ínfimo comparado con lo que produce la granja. Además, para lo que me podría valer un marido, ya cuento con la nunca mermante fogosidad de Roy, que aún hoy aviva mi fuego como nadie.

Chicago News – 28 de abril de 1908
INCENDIO Y MASACRE EN LA GRANJA GUNNESS
Anoche se encendió la granja de Belle Gunness, ardiendo la casa principal y los cobertizos de los aledaños. La policía cree que fue provocado por el hombre de cofianza de la Mrs. Gunness, Roy Lamphere, pues lo vieron escapar de la propiedad en le momento del incendio con un recipiente de kerosén.
Al llegar, la policía encontró entre los restos de la casa una cantidad ingente de cadáveres, entre los cuales se encontraban los famosos catorce maridos de Mrs. Gunness y los dos hijos mellizos que tuvo ella con su primer marido, Mr. Gunness, y que supuestamente habían muerto de una enfermedad infecciosa que aflige a algunos los bebés en los días siguientes al parto. Sin embargo, no ha sido hallado el cuerpo de Mrs. Gunness.

Chicago News – 12 de agosto de 1908
EL AMANTE DE LA VIUDA NEGRA, ROY LAMPHERE, CONDENADO
Hoy se ha condenado a Roy Lamphere a 21 años de prisión, acusado de causar el incendio en la granja Gunness. El condenado declaró que él había sido el único hombre al que Mrs. Gunness había amado realmente. Según sus propias palabras, siguió con vida gracias a que no tenía seguro de vida, ya que de lo contrario estaría muerto. También confesó cómo él mismo ayudó a Belle a cometer tremendas atrocidades en las personas de los esposos de Mrs. Gunness y esconder los cuerpos.
La policía encontró cuerpos desmembrados, asesinados con fuertes golpes en la cabeza, y al examinar los estómagos de algunos se encontraron residuos de arsénico. Según el condenado, Mrs. Gunness los envenenaba vertiendo ingentes cantidades de dicho tóxico en las tartas y pasteles que preparaba.

Daily Indiana – 5 de mayo de 1932
LA HERENCIA DE LA VIUDA NEGRA
Hoy, la policía ha detenido a la señora Esther Carlson, acusada de asesinato en primer grado de su marido, Jude Carlson. El caso recuerda a los asesinatos perpetrados en nuestro estado y en el de Chicago por la tristemente conocida Mrs. Gunness hace casi veinticinco años, ya que se sospecha que el móvil de Mrs. Carlson, cobrar la pensión de viudedad de de difunto esposo, es el mismo que el de la Viuda Negra, así como la forma de acabar con la vida del señor Jude, mediante envenenamiento por ingesta de arsénico.

Daily Indiana – 27 de noviembre de 1932
LA VIUDA NEGRA, CONDENADA A CADENA PERPETUA
Hoy se ha dictado sentencia contra Mrs. Gunness, condenándola a cadena perpetua por el asesinato múltiple de más de veinte personas, incluyendo hijos, esposos y pretendientes, durante casi cincuenta años.
La célebre Viuda Negra, que después de la detención de su cómplice y amante, Roy Lamphere, en 1908, se cambió el nombre por Esther Carlson, continuó asesinando a todo aquel hombre que tuviera la desgracia de caer en sus redes matrimoniales.
Sin duda alguna, esta mujer de engañosa apariencia apacible se ha ganado a pulso la terrible reputación de ser la asesina más peligrosa en la historia de Estados Unidos.



Cayetano Gea Martín

martes, octubre 19, 2004

RESEÑAS LITERARIAS: El Guardián entre el Centeno

Bajo este atractivo título nos encontramos con un relato que le pesa el sambenito de haber sido el libro de cama de varios psicópatas en EE.UU., entre ellos el asesino de John Lennon, convirtiendo este libro en maldito y estando prohibida su lectura en muchos colegios estadounidenses. Sin embargo Wynona Ryder y Gabino Diego son fans de la obra de J. D. Salinger y de momento no se han apreciado más instintos asesinos que a Schwartzenegger en sus respectivas películas.

La historia transcurre en Nueva York a principios de los años 50. Holden Caulfield es un muchacho adolescente con graves problemas de estudio a pesar de ser brillante en algunas asignaturas. Desde este origen nos vamos adentrando en el mundo de Holden desde su particular punto de vista. Todo el relato es un continuo discurso de sus inquietudes e impresiones personales sobre la sociedad neoyorquina; todo ello con un lenguaje muy coloquial, casi callejero, que puede molestar al lector.

Conforme avanza en el libro, el lector va pasando de la comprensión a la exasperación hacia el protagonista y otra vez a la comprensión, incluso cariño. Holden no soporta la hipocresía y el pensamiento políticamente correcto que todo el mundo espera del protagonista; aun no sabe cual debe su lugar en el mundo y monta planes de futuro que desmonta inmediatamente después: justo la actitud interna de un adolescente (periodo que todo el mundo pasa) que se refleja en rebeldía contra el mundo para encontrar su propio espacio vital.

Por supuesto, quien espere un libro que perturbe las mentes de los lectores no se encontrará mas decepcionado, es un relato que nos hace recordar, aquellos que lo hemos pasado, un periodo felizmente dejado atrás. Para los potenciales lectores adolescentes es aún más recomendable, porque gracias a él, verán que no están solos en el universo.

En España existen dos editoriales que publican el libro:

Alianza: Edición de bolsillo de unos 7 €.
Edhasa: Edición de pasta dura de aproximadamente 17 €.


J. D. Salinger escribió El guardían entre el centeno entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Al igual que el protagonista nació en un barrio acomodado de Nueva York, fue un estudiante mediocre y acabo viviendo en una casa de campo aislado del mundo, al igual que uno de los sueños de Holden.

Participó en el desembarco de Normandía y contemplo los campos de exterminio en Alemania, nunca ha hablado sobre su experiencia como soldado. Tras licenciarse comienza a escribir y le llega un éxito tardío con El guardián entre el centeno, después escribió Franny y Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado entre otros más; proporcionandole cierto exito. A pesar de ello, Salinger, se aleja de la fama; no se deja fotografiar voluntariamente y es bastante reservado y arisco con los periodistas que buscan un articulo del correoso escritor.

Ignacio Hernández

lunes, octubre 18, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Julio Cortázar

Dedicado a Pedro


Instrucciones para tirar un huevo frito por el balcón de un entresuelo

Coja el huevo mientras mira el barómetro con la efigie del Che al revés, no vaya a ser que se escape mientras le rasca el occipucio el Profesor Delgado de la Cuadra. Si se los rasca a sí mismo, no se preocupe en demasía.

Acérquese a la volantana con la precaución de hacerlo decúbito derecho para evitar el derrame meninginal de la Berliner Enciclopedia por el rodapiés eterno de su entresueleado saloncito con forma vaginal, como todo en la vida.

Al estirar los ojos para verter el ovocondumio avenida arriba, pregúntele al paramenomidio de su derecha si resonea una trufada celestial.

Mientras se pendieliza el feto gallináceo por el espacio abierto, láitase un cilindro tabaquero pensando en la vagina de la co-amante de Poe, en esa clitoreana universalidad con olor a jazz.

Cuando el óvulo ovoide estralle contra el coricáceo asfalto, jure por los múltiples brazos de Shiva no volver a ingerir huevos escalfados, a no ser que se los sirva la sombra de Einstein.


Julio Cortázar - Relatos de mutiosalatos y cuasianimoides

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En 1914 nace Julio Florencio Cortázar, hijo de Julio Cortázar y María Herminia Descotte, en Bruselas. Cuatro años más tarde, la familia regresa a Argentina. Con sólo nueve años, empezó a escribir poemas.

En 1946 publica su primer gran cuento: Casa Tomada, en la revista Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges.

En 1948 obtiene el título de traductor de inglés y francés, tras cursar en nueve meses estudios que duraban tres años. El esfuerzo le provoca síntomas neuróticos, uno de los cuales, la búsqueda de cucarachas en la comida, desaparece con la escritura de un cuento, Circe, que junto con Casa Tomada y Bestiario será incluido más adelante en Bestiario.

En 1963 publica Rayuela, vendiendo 5.000 ejemplares en el primer año.

En 1981 el gobierno de François Miterrand le otorga la nacionalidad francesa. Por motivos de salud tiene que ser internado, diagnosticándole leucemia. En el año siguiente muere su esposa, Carol Dunlop.


En 1984, el 12 de febrero Julio Cortázar muere de leucemia y es enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la tumba donde yacía Carol Dunlop.


"Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra "madre" era la palabra "madre" y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.”"



Cayetano Gea


jueves, octubre 14, 2004

Desde aquí

La terrible batalla entre Han Solo y Skeletor estaba a punto de concluir. Había decidido que el ganador sería el musculado muñeco de Mattel, como siempre. Algo en esa descolorida cara de plástico me incitaba a otorgarle otra vez el título de campeón supremo del universo, pese al indiscutible y macarril encanto del bueno de Han.

El público aplaudió a rabiar cuando Skeletor, con su poderoso giro de cintura, derribó a su oponente y puso fin, así, al duro combate final de aquella tarde. El público me ordenó que me acercara a él y me estampó un sonoro beso extremeño en mi carita de ocho años.

El público, a pesar de mi, entonces, limitada estatura, me llegaba no mucho más arriba de lo que se podría imaginar a priori, ya que le faltaba una pierna y casi siempre se encontraba sentado en su silloncito de mimbre, contemplándome desde esos hermosos ojos verdes, que si me asomaba a ellos podía ver su tierra, Cáceres, en la bruma de sus ancianos ojos, de esos hermosos ojos suyos que hace tiempo no veo, ni veré jamás: los ojos de mi abuelo materno.

Aún recuerdo cómo te hacía de rabiar con mis incómodas preguntas de niño, cómo disfrutabas de mi presencia. Quizá yo fuera la única alegría en tu incómoda vejez de pastillas, achaques y síndrome del miembro fantasma. Como niños nos peleábamos por la comida que abuela ponía encima de la mesa del pequeño salón de aquel piso de Vista Alegre, que aún hoy contemplo desde la calle algún que otro nostálgico domingo.

Recuerdo los fines de semana que pasábamos juntos, cuando mis padres iban a comer con abuela y contigo, y luego yo siempre rogaba para quedarme, y tú decía que no, que con tanto niño en tu casa no había quien descansara, aunque con el rabillo del ojo mirabas mi mochila, intentando averiguar si me había traído muñecos, si hoy también te pediría hacer de público o de comentarista, mientras trataba de explicarte la diferencia entre un Ewook y un Wookie.

Recuerdo tus ajadas novelas del oeste. Y cuando hablabas de la guerra, cuando perdiste la pierna a manos de un antiguo vecino tuyo que luchaba en el bando contrario. Siempre te entristecías cuando pensabas en la guerra, y sólo decías que era mala, muy mala, no te ponías a contar interminables batallitas, porque no te gustaba recordar todo aquello, que aún te provocaba dolor, como un mal sueño lejano que cuando vuelve parece que no ha pasado el tiempo, que los sesenta años entre medias no han valido para nada. Entonces yo, cuando te veía así, cabizbajo y distante, cogía la figura de Greedo, y enseñándotelo te decía: “Mira, abuelo, este es feo y flaco como tú”, con lo que tú hacías que te enfadabas mientras yo me tronchaba de risa, y en tus ojos se borraba el dolor y volvía a aparecer con todo su esplendor su acuoso color verde.

Recuerdo aquel día, sobre todo recuerdo aquel día. Y sólo yo sé el nudo que se me forma en la garganta al recordarlo y escribirlo.
La abuela se había ido al Retiro con papá y mamá, que estaba embarazada de casi nueve meses ya, y yo me quedé contigo a pasar la tarde. Después de comer, saqué los muñecos mientras tú te preparabas a cumplir con tu labor de bullente público. Recuerdo que, como media hora después de empezar, tu sonrisa se esfumó y una seria determinación apareció en tu rostro. Me miraste, desde tu inevitable sillón, y me dijiste en un tono de voz que jamás había oído antes: “Tano, hijo, me voy a tumbar un rato, que estoy algo cansado”. Yo dije que vale, que de acuerdo, pero sabía que algo no iba bien, aunque no me atrevía a preguntar por miedo a la respuesta.
Incorporaste todo tu alto cuerpo, cogiste el bastón, su bastón, que desde entonces tengo yo colgado en mi cuarto, y te dirigiste a tu habitación. Estabas apunto de desaparecer por la puerta cuando, dándote la vuelta, mirándome con esos ojos verdes tuyos y poniendo tu mejor sonrisa en los labios me dijiste: “Ah, Tano, hijo. Que te quiero mucho”. “Yo también, abuelo”, medio tartamudee yo. Y te fuiste. Y ya no te volví a ver en este mundo.

Recuerdo a mis padres llegando a las nueve de la noche con abuela, a mi madre preguntando por ti, y yo respondí que estabas durmiendo, y mis padres entraron en tropel al cuarto, y oí un grito y muchos lloros y pánico y el dolor flotando como una marea por encima de nuestras cabezas.

Recuerdo. Te recuerdo. Hoy más que nunca. Recuerdo tus manos, tus gestos. Pienso en mi hermano, que no llegó a conocerte, y cómo le hablo de ti. Cómo sigues vivo desde aquí, desde mí. Conservo tu bastón, tu pitillera. He heredado tu altura, tu andar de pato y tu pelo negro, no así tus ojos verdes. Aún utilizo expresiones tuyas, que acuden a mi boca e inundan mis diálogos con tu inconfundible añeja sabiduría popular. Aún voy por las calles y me parece verte en aquel anciano de cara bondadosa, o te huelo si hay cerca violetas secas y tierra mojada.

Desde aquí te recuerdo, abuelo, querido abuelo. Porque has sido alguien determinante en mi vida y has ayudado a conformarme como soy. Para bien o para mal, en parte, soy obra tuya.
Te recuerdo.
Y te sigo queriendo.


En memoria de mi abuelo, Gonzalo Martín Martín


Cayetano Gea Martín

lunes, octubre 11, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Juan Ramón Jiménez

Ya están aquí, Platero, rompiendo el cristal del atardecer con sus negras pedradas aéreas. Son los vencejos, ¿sabes, Platero? Esta noche dormirán boca abajo en cualquier sucio establo, invertidos cual naranjas pochas. ¿Los ves allí? A mí me dan asco, Platero, porque han roto la diafanidad de la tarde malva, líquida, estupefacta y adormilada. No mataremos a ninguno de esos vencejos, porque somos lánguidos y cursis, pero no los miraremos más, hala. Para que se chinchen, Platero.

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Juan Ramón Jiménez nació el 23 de diciembre de 1881 en Moguer, Huelva. En 1896 se traslada a Sevilla para hacerse pintor y estudiar en la Universidad la carrera de Derecho.

Su vida fue una desgracia constante: la prematura muerte de su padre, el tumor cerebral de su mujer, etc. Todo esto convirtió a Juan Ramón en una persona débil que estaba la mitad del tiempo recluida en sanatorios mentales.

En 1956, se le otorga a Juan Ramón Jiménez el Nobel de Literatura. Tres días después, muere su esposa Zenobia y Ramón se recluye en su casa, en la más absoluta oscuridad, para morir el 29 de mayo de 1958.

“…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las esquilas del campanario.
Se morirán los que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año…”

Su obra es netamente poética, por lo que es difícil recomendar determinado libro o edición. En general, existen varios tomos de antologías poéticas suyas, donde no deben faltar sus Elegías, Olvidanzas, los Poemas Mágicos y Dolientes, Con el Carbón del Sol, etc. En prosa poética destaca, por supuesto, su más afamada obra, Platero y Yo.
Cayetano Gea Martín

viernes, octubre 08, 2004

CUADERNOS DE ESTILO: Gabriel García Márquez

¡Saludos!

Hoy voy a tener el honor de inaugurar otra sección en esta página: Los Cuadernos de Estilo. ¿En qué consisten?, os preguntaréis, o no...

Consisten en pequeños relatos que, a modo de respetuosa parodia, copian el estilo de determinados escritores que admiramos. Por lo tanto, no habrá maldad ninguna hacia ellos, sino un homenaje a la personalidad que saben imprimirle a su forma de escribir.

También, al final, incluiremos una breve sinopsis sobre el autor y su obra.

... Y por supuesto, os conmino a todos y a todas a colaborar, a ver si así lo conseguimos...


Y así, comienzo hoy yo, abriendo esta sección, con una parodia/homenaje del tito Gabo...
¡Que lo disfrutéis!

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¿Dónde se encuentra el general? Le preguntó el teniente al guachabo del alférez que con la camisa abierta mostraba el escuálido pecho mientras bebía pisco y sodomizaba a una vieja negra de la que se decía podía hablar con las chinches en italiano esperanto. El general se encuentra en el hall trasero de la mansión, señor. Hacia allá se dirigió el teniente José Buendía Arcadio Aureliano, recordando la chocuna tarde en que su padre le llevó a conocer el hielo a la choza del mago gitano Melquíades. El general reposaba la comida en la hamaca, mientras mecía en sus velludos brazos, como si de un niño se tratara, su testículo violáceo, tumoroso e hinchado, en aquel patio salpicado de gallinazos caníbales. Mi general. ¡Carajo, José, que susto me habés dado! Dejáme reposar más la tortilla de papaya, pendejo. No hay tiempo, general, el insurrecto Gregorio ha tomado la colina de Macondo esta mismita mañana. Bueno, coño, valiente hideputa está hecho. Tráeme un poco de Juanito Caminante mientras pienso que hacer con el rojo maricón de Gregorio, comentó el general mientras se atusaba el bigotito fascista con la cera de su oído ¡La puta! ¡Ya sé! Que alguien vaya a buscar a la dulce Angelines, su hijita, y que se la eche a los muchachones. Cuando tenga ya el orto y la concha enparaguados de tanto coger, que la descerrajen la cabeza de una salva y que me la estofen para comer, teniente. Hay que ver lo brutísimo que es usted, mi general. Que querés, hijo. Cuando uno llega a mi edad y se empieza a notar los órganos se vuelve un hijo de la gran puta. Pero creo que no podrá hacerse, mi general. ¡No me jodás, teniente! Es que me comunicaron esta mañana que Angelines salió levitando por la ventana de su lívin, a causa de que la dejó el pendejo mamón de su novio, ése que era perseguido por una nube de mariposas amarillas. ¡Ah, sí! Valiente mahometano. Nunca se fíe de un peruano maricón, Aureliano. No, mi general. Bueno, pues entonces, id a buscar a su hijo Manolito, el que juega a póker descubierto como el mismísimo diablo, y cagarle a patadas las bolivianas hasta que cante como una soprano porteña. Sí, general. E idos ya al cuerno con tanta macana, teniente, y dejáme dormir, la puta, que luego no está uno descansado para gobernar este puto villorrio de la gran mierda.

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Gabriel García Márquez nació en Aracataca (Colombia) el 6 de marzo de 1927. Su infancia la pasó en una mansión enorme, con su abuela, la cual le aterraba con relatos de fantasmas, avivando la emergente imaginación del niño.

Su faceta de periodista lo llevará hasta Roma y París, donde fue sembrando su intelecto y empezando a soñar con un pueblecito llamado Macondo...

En 1982 fue consagrado con el Premio Novel de literatura.

De sus libros destaca, por encima de todo, Cien Años de Soledad, considerada como la mejor novela colombiana del siglo XX, y que lo propulsó al más rotundo éxito.

También destacan Crónica de una Muerte Anunciada, El Amor en los Tiempos del Cólera, Historia de un Náufrago, El General no tiene quien le Escriba y sus antologías de relatos breves.

jueves, octubre 07, 2004

Reseñas Literarias: FAHRENHEIT 451

Nos encontramos en un mundo dominado por la televisión. En un entorno donde aparentemente están ausentes los problemas socioeconómicos; no es necesario establecer relaciones sociales, las parejas sentimentales se basan en la superficialidad y nuestra satisfacción moral pasa por la velocidad en nuestros vehículos y por la compra de felicidad enlatada en forma de pantallas gigantescas que substituyen nuestros tabiques. La gente, al salir de su trabajo, se dirige con premura a sus casas y se pasa horas enteras delante de televisores de alta definición que para su compra ha sido necesario consumir gran parte del sueldo, pero todo es poco para ver la realidad idealizada, no dañina, pura y políticamente correcta. ¿Les suena el argumento?

Ray Bradbury publico en 1953 una novela donde se critica, enmascarada en una aventura de ciencia-ficción, la sociedad americana de la guerra fría bajo el miedo constante de la hecatombe nuclear. En estos años, la maquina propagandística machacaba a ciudadanos de medio mundo, cada bando intentaba convencer que su vida era la más cercana al Edén. Pero existe un problema: si te alejas del camino marcado para alcanzar el sueño por decreto ley, el ciudadano es egoísta y desequilibrado, y es convenientemente apartado de las buenas gentes.

¿Por qué hay que caer al purgatorio por leer unos cuantos libros? Este es el marco social de Guy Montag, el protagonista de Fahrenheit 451. El protagonista es un bombero cuya profesión se ha adaptado a los nuevos tiempos; las casas son ignífugas y los libros son un peligro, la misión de los bomberos es deshacerse de ellos incendiándolos para evitar que los ciudadanos se alejen del correcto camino. Y todo va bien en la vida de Montag hasta que conoce a una joven que le hace abrir los ojos. De aquí en adelante, la vida del bombero da un vuelco y los acontecimientos se precipitan de manera que provoca su caída a los infiernos, o su redención.

Fahrenheit 451 fue adaptado al cine por Francois Truffaut en 1966.

Hay muchas editoriales que actualmente publican la obra de Bradbury:
Minotauro: Edición de bolsillo de unos 9 € aproximadamente y otra de pasta dura de unos 13 €.
Debolsillo: Edición de pasta blanda de unos 7 €.
Gallimard: Edición económica por 5 €.
Proa: Para los lectores catalano-parlantes existe de esta editorial una edicción por unos 9 €.

En el Illinois (Estados Unidos) de 1920 nació uno de los mejores escritores de Ciencia-Ficción. Ray Bradbury fue testigo de la Gran Depresión durante los años treinta, hecho que le impidió asistir a la universidad. A pesar de ello salió adelante, educándose de manera autodidacta, y a principios de los años cuarenta empieza a publicar sus primeros cuentos. “Crónicas Marcianas” en 1950 es su primera novela de Ciencia-Ficción que le da gran reconocimiento, además se destacan “El Hombre Ilustrado” y “Fahrenheit 451”. Aparte de estas novelas, el prolífico escritor ha firmado guiones de cine, obras de teatro y aun publica cuentos a pesar de superar los ochenta años.



Ignacio Hernández

miércoles, septiembre 29, 2004

Como un suspiro en el viento...

Quiero quererte.
Quiero tenerte.
Quiero rozar y besar tu piel, tus ojos, tus manos, tus ojos, tu sexo.

Quiero sentirte y que me sientas.
Quiero verte y ver el mundo a través de tus ojos.
Quiero poseerte y sentir el placer que me produce tu placer.

Quiero entrar en tu mundo y convertirlo en mío.
Disfrutar de lo que disfrutas.
Amar lo que tú amas.
Cogerte de la mano y contemplar el mundo, tu mundo, nuestro mundo.

Quiero la eternidad.
Y no concibo más eternidad que el más breve momento a tu lado.
Tú, mi única religión.
Mi único Dios.

Quiero ser tú para poder ser más yo de lo que fui jamás.
Completar mi vida, mi ciclo.
Poder decir: soy un hombre.
Entonces podré decirlo, cuando posea un corazón binario, y que la circulación de mi sangre vaya al compás de la tuya.


No quiero ser nunca más un suspiro en el viento; nunca más una hoja de otoño, esperando el inevitable final con miedo, vacío y solo.
No quiero que mis manos y tu piel no se conozcan jamás, ya que siento que están hechas para acariciarte.

No quiero que mi vida pase en dos segundos.
No quiero acumular canas, kilos y frustraciones.
Ni conocer sin ti.
¿De qué me sirve tanta sabiduría con tan poca felicidad?

No quiero seguir muriendo a cada instante de hoy y de mañana.
No quiero que mi existencia se convierta en algo inútil, anodino, sin peso en el cosmos, sin brillar e iluminar tu vida, sin darle coherencia al tejido de la realidad.

No quiero seguir así, sesgado, incompleto.

No quiero estar solo.
¿Tan terrible es?
¿Tan débil parezco?


Cayetano Gea Martín

lunes, septiembre 27, 2004

AVISO PARA NAVEGANTES

Saludos a todos/as

Después de un ardúo fin de semana bastante alcohólico, el Señor Garrido y yo hemos decidido (debido a dicha ingesta de alcohol) hacer "jornada de puertas abiertas"... Quizir esto que nos podéis mandar vuestros cuentos if you want, que nozotros los colocaremos por akí, después de pasar por la censura más feroz, claro, jeje...

Akí sus dejo, pa los que no los tengáis nuestros mails... Aunque mejor que me lo enviéis a mí, que Pedro tiene más chungo el acceso a internete (tiene que driblar a Marta para llegar el primero, je, je, je...)

Pos eso:

darthkay79@yahoo.es

pedrogarridovega@yahoo.com


Avisados quedáis...

Cayetano Gea

martes, septiembre 21, 2004

Reseñas Literarias: ODISEA

“Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos,
que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar;
vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando
de asegurar su vida y el retorno de sus compañeros”.



Así comienza la Odisea, considerada por los críticos literarios como la mayor epopeya jamás narrada por el hombre. La Odisea es una epopeya dramática escrita, quizá, por el poeta Homero a finales del siglo VIII a.C. (los críticos discuten sobre la paternidad de la obra, debido a inconexiones a lo largo de la narración) y compuesta de elementos dispares, pero perfectamente fusionados.

La Odisea es, pues, un poema épico dividido en 24 Cantos o Rapsodias que se reparten en grupos de cuatro, de la siguiente forma:
- Telemaquia o Viaje de Telémaco (Cantos 1-4).
- Las Aventuras de Odiseo, narradas en tercera persona (Cantos 5-8).
- Las Aventuras de Odiseo, narradas en primera persona (Cantos 9-12).
- Estancia de Odiseo con el Porquero (Cantos 13-16).
- Odiseo entre los Pretendientes (Cantos 17-20).
- Matanza de los Pretendientes y sus consecuencias (Cantos 21-24).

El eje principal de la historia son las aventuras de Odiseo (Ulises), el héroe que después de muchos años de ausencia retorna a su hogar, se da a conocer a su esposa mediante una serie de pruebas y finalmente mata a los pretendientes de ésta.
“Soy Odiseo, el hijo de Alertes, el que está en boca de todos los hombres, y mi fama llega hasta el cielo”. Así se presenta Odiseo ante Alcinoo, el poderoso rey de los feacios, al que narra sus desventuras y sus años de forzoso peregrinaje por los confines de las islas griegas.
Posteriormente, finalizado su relato, Odiseo parte hacia Itaca, su hogar, para descubrir a toda una cohorte de pretendientes enseñoreándose en su propia casa y forzando a Penélope, su esposa, a que elija a uno como marido.
Así, Odiseo es metamorfoseado en viejo mendigo por la diosa Atenea, su continua protectora, para poder estudiar la situación y proyectar así su venganza sobre los pretendientes.

Pero aparte, sobre la historia básica de Odiseo planean multitud de temas inspirados en el folklore mediterráneo y en la mitología tradicional griega.
Descubriremos, puede que sorprendidos, que nuestras costumbres no se alejan tanto de las de hace casi tres mil años. ¿Quién de nosotros, de ascendencia mediterránea, no disfruta de una bien provista mesa (abundante vino y mosto, carne a la brasa, verduras, higos y uvas), en el porche cubierto por parras de una hermosa casa blanca mirando hacia el mar? Quizá, si lo habéis leído, o cuando lo leáis, pensaréis, como me pasó a mí, que en realidad no hemos evolucionado tanto como creemos.
También la Odisea nos brinda la oportunidad de empaparnos de mitología, (¡una buena ocasión para repasar el panteón griego!) y de asistir a las decisiones que los dioses toman, de cómo manejan las vidas de los humanos a su antojo, favoreciendo a unos y perjudicando a otros.

La Odisea presenta, pues, todas las características básicas de un género inventado por la propia Odisea: las epopeyas épicas. Su amenidad la distingue del resto de las epopeyas griegas, siendo bastante más fácil de seguir que las demás. Y por supuesto, su calidad literaria es infinitamente superior a todas las que vendrían después.
Cayetano Gea Martín

viernes, septiembre 17, 2004

PARÁSITOS




- Parásitos, tío, putos parásitos.

- ¿Perdón?

- ¿Es que esa novena caña te ha dejado sordo? Parásitos. Son todos unos parásitos sociales. Se alimentan de lo que los ricos defecan. Se matan unos a otros por intentar comer más mierda que nadie. Y con la boca untada de excrementote sonríen con petulancia y se jactan de su estilo de vida.

- Es una metáfora un poco desafortunada, ¿no crees?

- Puede ser, pero es que ellos son desafortunados. Y lo son porque, al estar envueltos en propiedades inútiles, asfixian su esencia, su espíritu. Yo digo: hay que deshacerse del coche, de la tele, del DVD, del Home Cinema y del móvil polifónico. Tenemos que intentar escuchar nuestra propia voz. La posesión material destruye nuestra propia libertad.

- Me sigue pareciendo una visión un tanto extremista.

- No, extremista es que alguien que gana 500 euros al mes esté pagando hipotecas toda su vida: la hipoteca del piso, la del coche, la del cine en casa...¡la del cine en casa! La última gran gilipollez inventada por los ricos para tenernos en casita alienados. ¡Ya no hay que ir al cine! ¡Puedes tener un sistema de audio y de vídeo perfectos! ¡Altavoces 5.1! ¡Pantalla de plasma! ¡THX, Lucas Film Company! ¡Pero cómo coño hay gente que cree en esa mierda!

- Javi, tío, calma.

- Es que me revienta, tío, ¿es que acaso crees que cinco altavoces y un subwoofer en un piso de 50 metros cuadrados te van a dar un buen sonido? ¿Crees que esa es la acústica adecuada? ¿O que los vecinos no van a hacer una colecta para abrirte la cabeza por poner el puto Home Cinema a toda ostia? Pero no, ¡hay que tenerlo! Y cuando los colegas vayan a casa hay que ponerlo para que flipen un rato. Vanitas, vanitatis. ¡Puta vanidad!

- Frena un poco colega, que vas lanzado.

- Lo siento, veo que ya voy algo cocido, ¿nos tomamos otra?

- Venga. Dos cañas más, por favor.

- Vanidad, tío. Todos estos parásitos quieren, necesitan creerse algo que no son y que nunca serán. Nunca serás rico. No puedes comprar la felicidad ni el éxito. Eres un puto currante y morirás siendo un puto currante. Por muchas deudas que contraigas, por mucho mirar por encima del hombro a los que no tienen un móvil tan puntero como el tuyo, por mucho votar al PP. Que esa es otra, currante y del PP. ¡Eso es como que te den por el culo y encima comerles la polla!

- Ejem, bonito discurso, tío. ¿Nos damos una vuelta?

- Claro, tú. ¿A dónde vamos?

- No lo sé, caminemos al azar, adonde nos lleven nuestros pasos por esta hermosa tarde madrileña.

- Vale, Javi. Pero paga tú, tío, que para eso curras.

- La madre que te parió, lo a gusto que se quedó, Antoñito. ¡Camarero! ¡Perdona! ¡Oye! ¡Tú! Ni puto caso. Dirás lo que quieras de los países con régimen comunista, pero seguro que en Cuba te atienden cagando ostias, que, por cierto, podría ser el país de éste. Ah, ahí viene. Sí. Cóbrate todo, por favor. Gracias.
- ¿Ves? Los españoles no sabemos ahorrar, je, je.

- Pues tú debes ser alemán o de por ahí, porque se te da de maravilla, mamonazo. Tu problema es que ahorras a costa de los demás. Lo que te quería comentar, después de tu impresionante aunque carente de sentido discurso, es que, y con todos mis respetos, en este tema yo sé de lo que hablo, joder. Yo estoy pagando una hipoteca de 750 euros al mes por un puto piso de 40 metros cuadrados, teniendo para ello que echar más horas que un cabrón en el restaurante. Tú, que tanto entiendes de comunismo y de teorías de mercado, vives con tus libros y con tus papás, dedicándote sólo a estudiar tu carrera, la cual, por otra parte, he de avisarte que te llevará de cabeza al INEM, y te permites el lujo de opinar de lo que desconoces. Sí, no pongas esa cara, no me perdones la vida, ¿vale? lo desconoces. No se puede hablar de la mierda sin pringarse los dedos, tío. Además… ¡Ah, sí! Gracias.

- ¿Y a cuanto asciende la cuenta, oh, Gran Sabio y Sumo Conocedor de la Mierda Humana?

- Ja, ja. Qué gracioso es el ilustre ilustrado… ¡Joder! ¡La puta de oros! ¿Ves? A esto me refiero, coño. ¡23 euros! ¡Más de un euro por caña!

- Exactamente, 1’15 euros por caña.

- Gracias, cerebrito. ¡Es vergonzoso, joder! Puta sociedad de consumo… No te dejan ya ni salir a tomar algo. En fin, pagaré por que si no me voy acabar cagando en algo muy gordo. Hala. Ahí va. Justito. La propina ya se la han cobrado bien, los cabrones.

- Sí, pero el camarero no tiene la culpa.

- Cierto. Y mi bolsillo tampoco. Vámonos, anda.

- Usted primero, por favor. Siempre he tenido un gran respeto por los sabios como tú, los eruditos en cultura popular, los entendidos en la escuela de la calle, los revolucionarios de bar.

- Prefiero ser revolucionario de bar que de chalet en la sierra como tú, Antonio. Respira este aire hondo, señoritingo, que a vivir no os enseñan en la facultad. Ah, el olor de la calle, de la gente, de lo vivo. Yo hago un canto por la vida, amigo mío, por el momento, por el ahora, no por filósofos que llevan siglos siendo polvo.

- Pero sus ideas siguen siendo igual de válidas hoy en día. Ése es el embrujo de la filosofía. Llevan siglos muertos, sí, pero su presencia está aquí, en este momento, ahora y siempre.

- ¿Sus ideas dices? ¿Llegaron alguna vez a una conclusión? ¿Puedes definir la felicidad? ¿Explicarme el sentido de la existencia humana? ¿O sólo puedes decirme las definiciones de uno y de otro? Te explicaré mi teoría de la filosofía, mientras ascendemos por esta calle camino de la Plaza de la Paja, por esta estrecha y filosófica calle. Los filósofos eran o son todos unos condenados vagos. Sólo quien tiene tiempo de tocarse los cojones a dos manos puede comerse el tarro de esa manera. Paseando con las manos en la espalda por los bellos jardines atenienses, pensando en qué discípulo o discípula y de qué edad se pasarán por la piedra esa noche. Dándole vueltas y revueltas a todo, deteniéndose en la felicidad siempre, tratando de definirla.

- Incluso creo que alguno de ellos consigue hacerlo de forma bastante acertada, ¿no? Je, je, je.

- No. Ninguno de ellos. Para buscar y definir la felicidad no hay que ser filósofo. Es imposible que un filósofo defina o encuentre la felicidad.

- ¿Por qué?

- Porque tienen tiempo libre para comerse el coco. Y darle vueltas a las cosas sólo lleva invariablemente a callejones sin salida. Cuanto más libre es la gente, cuanto más independiente, cuanto más sentido del yo, más desgraciada se vuelve, más infeliz. El ser humano no sabe disfrutar de su tiempo libre, de sus momentos de ocio. Si trabajaras ocho, diez horas al día en jornada partida lo sabrías: la felicidad es cuando suena el timbre de irte a casa, te duchas y enchufas la tele. Somos tan estúpidos que tenemos que estar muy puteados para gozar de la vida, en definitiva, para ser felices. No hay mayor verdad en esta vida: la ignorancia es la felicidad.
Pedro Garrido y Cayetano Gea

miércoles, septiembre 08, 2004

SIN PERDÓN (Como la peli de Clint Eastwood)


El otro día, una antigua compañera mía del curro me mandó por mail un artículo de Pérez-Reverte. Me lo mandó porque sabe que a mí no sólo no me gusta nada lo que escribe, sino que además me parece un señor bastante maleducado y engreído. Debo añadir que esta ex-compañera es fan acérrima de dicho escritor cartagenero, y que cada dos por tres me intenta convencer, o al menos, que la dé la razón sobre la calidad de lo que me manda de él: artículos varios, frases, sentencias... Aunque todo sea en vano, claro...
Sin embargo, este artículo que me ha mandado entusiasmada refleja, para mí, todas aquellas cualidades que hacen que desprecie al Señor Arturo Pérez-Reverte como escritor y como articulista. Áhí va... Que os sea leve...

"Arturo Pérez-Reverte
Sin Perdón
El otro día, oyendo la radio, me estuve riendo un rato largo. Y no porque el asunto fuese cómico. Todo lo contrario. Era la mía una risa atravesada, siniestra. Una risa con muy mala leche. Muy de aquí. La de cualquier español medianamente lúcido que ve enfrentadas la España virtual, oficial, y la España real, en cuanto se asoma un rato a observar la demagogia y la tontería que gastamos en este país de gilipollas.

La cosa, como digo, no era de risa. Un periodista entrevistaba por teléfono al padre de una joven asesinada. Tardé un rato en enterarme de que la chica asesinada era gitana, porque el entrevistador no mencionó su etnia. Esto, que en el terreno de lo socialmente correcto resulta loable, informativamente hablando es una imbecilidad notoria; porque, se pongan como se pongan los tontos del haba y los cantamañanas, el hecho de que alguien sea gitano o no lo sea aclara situaciones que en otros casos tendrían difícil explicación. Decir que dos familias se tirotean sin matizar que son familias gitanas y hay de por medio un ajuste de cuentas, es escamotear claves necesarias del asunto. Quiero decir lo obvio: no son los mismos mundos, ni las mismas reglas. Que ésa es otra. Porque sólo los cretinos y los que se dedican a la política son capaces de afirmar que existen soluciones para todo.

Pero a lo que iba. Cuando al fin deduje que era un asunto de rapto y asesinato gitano, advertí la parte surrealista del episodio radiofónico: una flagrante confrontación entre la España virtual, encarnada por el entrevistador y sus clichés sobre lo supercorrecto y lo megaincorrecto, y la España real, representada por un padre gitano cabreadísimo por la muerte de su hija. Ha pasado el tiempo, decía el entrevistador, y las heridas estarán cicatrizando, ¿verdad?... Cómo van a cicatrisá las jeridas de mi hiha, respondía el otro con mucha lógica forense, si está muerta y remuerta. Me refiero a las heridas morales, a las suyas, apuntaba el fulano de la radio. Pues no, respondía el padre. A mí, fíhese usté, no me serena ná de ná. Me duele iguá ahora que cuando me la mató ese hihodeputa. Pero quizá haya llegado el tiempo del perdón. ¿Del perdón? –saltaba el otro–. ¿Del perdón de qué? Voy a desirle a usté una cosa: desde que ese perro entró en el estaripé, lo tengo controlao. Sé lo que hase, con quién se hunta. Conosco hente dentro, y ahí lo espero. Me pagará lo que me tiene que pagá.

Llegados a ese punto, el entrevistador vio que la cosa se le iba de las manos. Debe usted confiar en la Justicia, insistió. Ahí el padre se calló un momento. ¿Confiá en la Hustisia?, dijo luego. Lo que yo sé de la Hustisia es que a los quinse año un guardia sivil me dio una palisa de muerte porque moyó cagarme en San Apapusio. Así que confiá, lo que dise confiá, a lo mehó confío. No le digo que no. Pero la Hustisia y el estao de deresho que de verdá no fallan son los de uno. Y le juro que ése no sale del estaripé. Y si por casualidá sale, ahí lo espero. Por éstas. Y que dé grasias su familia que la mía se conforma con eso. En tal punto del diálogo, el entrevistador, claramente descompuesto, buscaba ya el modo de cortar la conexión de forma airosa. Ésa no es forma, farfullaba. Por Dios. El perdón, ejem, la sociedad civilizada, la democracia, los jueces, la Constitución, ya sabe. Glups. Todo eso. Déheme de cuentos shinos, le cortó el padre. A ver por qué tengo yo que perdoná al que mató a mi hiha. Y si no, espere, que se pone mi muhé. La madre. Dígale a ella que confíe en la Hustisia, o que perdone. Que parese usté que no se entera. Oiga."
Cayetano Gea Martín

martes, septiembre 07, 2004

Escombreras, Quinto Capítulo

- Te digo yo que no, joder.

- Pues yo te digo que sí. Y me reafirmo, coño. ¿No te das cuenta de que ha perdido completamente el norte? No tiene nada que ver ahora. Antes era otra cosa muy distinta. Elegante, afable, inteligente, no el estúpido engreído que es ahora.

- Pues yo te digo que no ha cambiado, que siempre ha sido así. Bueno, y aunque hubiese cambiado a mí me sigue cayendo muy bien, qué narices. Es un gran profesional. Y con un ácido sentido del humor.

- ¿Un gran profesional? ¿Ese? ¿Ese gilipollas integral que se dedica a rebuscar entre lo más asqueroso de la sociedad y te lo da de comer? ¿Ese baboso? ¡Vamos, no me jodas! Te perdono porque a tu edad yo también decía estupideces constantemente.

- ¡Eh, eh! Tranquilito, ¿vale? Que yo soy muy olvidadizo y en un momento determinado me puedo pasar por ahí el respeto a la tercera edad, ¿estamos? Que porque ya no se te levante no tienes que pagarlo con los demás, coño. Además, si yo digo que a mí me gusta cómo lo hace Xavier Sardá, pues tu me respetas y punto, ostia.

- Vale, tío, vale. Calma, ¿eh?

- ¡Joder, ya!

(Silencio)

- Juli, tío, ¿qué te pasa últimamente?

- Nada, joder, nada. Estoy algo nervioso, eso es todo…

- Julián, ¿cuántos años hace que somos compañeros, tío? Cinco. Exactamente el mismo tiempo que hace que eres Policía Nacional. Y yo siempre he estado ahí, ostia. Somos, amigos, ¿no? Vamos, si hasta vienes a comer a mi casa dos veces en semana, coño.

- Te digo que no pasa nada, ¿vale?

- Y yo te digo que te pasa algo. Es más, me apostaría la placa a que eso que te pasa tiene que ver con las faldas. Yo no nací con cincuenta y cuatro años de repente, ¿sabes? Sé lo que es tener veintiséis.

- Mira, Fede, tío… Lo que me pasa es algo gordo, ¿vale? Joder, no debería ni mencionarte esto, coño. Me pasa algo gordo, pero es algo que no puedo ir aireando por ahí, ni a ti. No puedo hacerlo, porque ni siquiera estoy seguro de si es algo cierto o no. Pero, creo… Creo que… Creo que me he enamorado de alguien… Pero ese alguien, aunque me consta que siente cierta empatía hacia mí, está… comprometida, por decirlo de alguna manera.

- Joder… No tenía ni idea, Juli. ¿Quieres decir que te has encoñado de una mujer casada?

- Sí. Básicamente, sí, así es. Cuando la veo es como si me viera a mí mismo por primera vez en mi vida. Siento que es mi meta, mi destino. No he sentido nada tan intenso jamás. Es algo que me asusta y supera. Y no sé qué hacer, la verdad. Por una parte, pienso que no tengo derecho a inmiscuirme en un matrimonio, pero por otra parte…

- ¿Por otra parte?

- Esto es delicado. Por lo que más quieras, déjame decir todo lo que tengo que decir sin interrumpirme, ¿de acuerdo? No creo que pueda volver a contarte esto en otra ocasión.

- De acuerdo. Habla.

- Ella y yo hemos quedado un par de veces. Nada serio, por supuesto, y aquí mismo, en la comisaría, con la excusa de una absurda denuncia a sus vecinos del piso de arriba por montar escándalo a las tantas de la mañana. Las dos veces, las dos veces, aparte de cuando me la encuentro por la calle, las dos veces he… observado moratones y cortes en su cara. De esos que la gente, cuando le preguntas, te contesta que se ha golpeado con el armarito de las medicinas del baño. Yo nunca le he preguntado nada. No lo necesito. Sé lo que esos… golpes significan, y sé de donde… provienen. Conozco a su marido del barrio. Da el perfil perfectamente. Y, a veces, se me pasan locuras por la cabeza. Temo que pueda llegar a cometer una estupidez.

- Eso es lo que cometerías si haces algo, una estupidez. Una estupidez que no te beneficiaría ni a ti ni a ella. Debes procurar calmarte, ¿vale?

- ¿Calmarme? ¡¿Calmarme?! ¡Tú no te pasas las noches en vela como yo, llorando de rabia e impotencia, pensando en lo que ese desgraciado la estará haciendo en ese momento! ¡Dios! ¡Tengo ganas de coger por el cuello a ese grandísimo hijo de puta y darle de ostias hasta que se me duerma la mano! ¡Darle el doble de lo que ella ha recibido! ¡Hablar con algún chapero que nos deba un favor para que entre tres le pongan el puto culo como un bebedero de patos! ¡Tengo…! ¡Tengo ganas de matarle! ¡De ver cómo se desangra en el suelo el muy cabrón! ¡Quiero que chille como un puto cerdo el día de la matanza! ¡Quiero justicia, joder! ¡Justicia!

- Ni tienes ninguna prueba de que ese hombre sea un maltratador, Julián. Ninguna prueba concreta. Y tú, como policía, deberías saberlo mejor que nadie. Lo único que conseguirás será ponerla a ella en peligro o incluso a ti mismo. Cálmate y utiliza eso que tienes arriba y que vale para algo más que para sujetar pelo.

- Tienes razón, Fede, tienes razón. Bufff… Lo siento, ¿vale? Ya estoy algo más tranquilo, tío. Joder, si sé que tienes razón, pero me jode tanto que…

- Vale, vale. No pasa nada. ¿De acuerdo? Además, existen otras vías. Hay otras formas de reclamar justicia. Con pruebas.

- ¿Cómo?

- ¿Qué te parece si esta noche como por casualidad nosotros dos vigilamos de paisano su casa?

- Una patrulla nocturna, vamos.

- Efectivamente.

- Señor Federico, es usted un puto genio.

- La veteranía es un grado, pimpollo.

- Nunca te lo podré agradecer bastante, tío. Joder, y encima voy yo y te grito… Espero que sepas perdonarme.

- ¿De qué vas? Pues claro que te perdono, hombre. Además, me gusta que le hayas echado el ojo a una chica madurita. A lo mejor así dejas de esperar a mi hija a la salida del instituto…

- ¡Ja, ja, ja! ¡Ni loco, chavalote! Además, tu niña tiene ya más tablas que tú y que yo juntos…

- Cuidadito con lo que decimos, ¿eh? O esta noche te acompaña a patrullar tu abuela. Además, porque en Crónicas Marcianas salgan muchachitas ligeras de cascos, eso no quiere decir que todas sean así…

-No, todas no. Pero tu hija…

- ¡Que te calles!

- Je, je, je…
Cayetano Gea Martín

sábado, septiembre 04, 2004

Reseñas Literarias: EL CÓDIGO DA VINCI

¿Qué más se puede decir de este alabado libro que no se haya dicho ya? Posiblemente, lo, para mí, más obvio: Lo rematadamente mal escrito que está. Creo que puedo decir, sin pecar de exagerado, que es el libro peor escrito que he leído jamás. Parece imposible, pero El Código Da Vinci consigue que Harry Potter parezca medianamente bien escrito. Para que se hagan ustedes una idea, su "estilo" literario va parejo a cualquier libro de Arturo Pérez-Reverte... terrible, ¿verdad?

Recuerdo, no sin cierto pesar, que en los comienzos de mi adolescencia leí ciertas obras que difícilmente podrían pasar por literatura: un par de libros de la Dragonlance, dos o tres de Elige tu Propia Aventura e incluso uno de Star Wars (droga dura)... Nada. Obras maestras comparadas todas con El Código Da Vinci.

En estos tiempos de globalización feroces que corren, todo occidente viste igual, viaja a los mismos lugares, escucha la misma música, va al cine a ver las mismas americanadas y lee la misma literatura basura. Así, te venden El Código Da Vinci como si el que lo leyera mucha gente fuera sinónimo de calidad, cuando suele ser justamente al revés. Y así, se impone la moda. Y así, todos los libros que la gente lee ahora son de conspiraciones eclesiásticas, que si no fuera porque el tema no me importa lo más mínimo y porque se basan en fantasías sin ningún tipo de fundamento, les encontraría algún tipo de aliciente.
La "historia" que Dan Brown, el "escritor" del libro nos narra gira en torno a Robert Langdon, experto simbiólogo, que junto con Sophie, nieta del difunto Jacques Saunière, miembro del Priorato de Sión, una misteriosa orden secreta que protege el verdadero secreto del Santo Grial, intentan descubrir dicho secreto mientras son perseguidos por el Opus Dei. La aventura comienza en el Louvre y termina también ahí, cuando Langdon, después de necesitar más de quinientas páginas para darse cuenta, descubre que el símbolo de la estrella de David, el símbolo judío que representa la perfecta unión del hombre y la mujer, es la revelación última del sentido del Grial, al simbolizar la unión entre Jesús y María Magdalena y el nacimiento de una niña, lo cual fue ocultado por la Iglesia eliminando para ello cualquier referencia sobre el tema de los Evangelios.

Podría resultar una historia de ficción (y además, ya contada y en clave de humor por Kevin Smith en Dogma), de muchísima ficción, medianamente interesante si no estuviera tan
rematadamente mal escrita y si los personajes estuvieran perfilados. Los personajes son huecos, vacíos, se expresan todos igual y no tienen personalidad ninguna. Las escenas son torpes y absurdas. El ritmo de la novela va a trompicones, según se le van ocurriendo más memeces al Señor Brown o se las va bajando de Internet. La descripción de los diferentes entornos es de chiste. Le explica al lector la arquitectura de una catedral como si fuera un Neanderthal que en la vida a pisado o a visto en el cine una iglesia (sí, muchos descubrirán acongojados que la mayoría de las iglesias y de las catedrales tienen forma de... ¡cruz! Oh, oh...). Las escenas que prepara con toda su buena fe para impactarnos con tremendas revelaciones eclesiásticas se convierten en ridículos trasuntos de Indiana Jones con Expediente-X...
En resumen, para mí, un libro totalmente despreciable en todos los sentidos, que no merece la pena el esfuerzo de leerlo ni mucho menos, el dinero para comprarlo.
Cayetano Gea

Escombreras, Cuarto Capítulo

Cierto día leí que las terminaciones nerviosas que captan el dolor no se adaptan, es decir, que aunque un dolor intenso dure dos horas nosotros percibimos ese dolor como si fuese el primer instante en el que hubiese aparecido y ponían como ejemplo el dolor de muelas, que puede estar machacándote los nervios durante horas y tú no dejas de padecer. Pues, a pesar de esto, yo ya he hecho del dolor un compañero. Hay ocasiones en las que no me parece sentirlo, días en los que los golpes de Luis no son tan fuertes como de costumbre, en los que no se tiene en pie de la borrachera que trae, esos días casi llego a pensar que es un placer que me pegue así.

Pero, ¿fue siempre Luis un maltratador o algún suceso, quizá nimio y muy reprimido en su interior, le ha tornado tal y como es hoy día? Descartada la posibilidad de que sea yo la culpable de su violencia, me niego a creer que alguien pueda nacer con el deseo de maltratar a sus semejantes. Si eso fuese cierto dejaría de creer en la humanidad, no compensarían ese hecho las grandes obras que han creado otros hombres, mejor sería la extinción, el olvido, y que se borrase nuestra huella en la Tierra. No, nadie nace maltratador, quizá se puede nacer más susceptible a serlo, los caprichos de los genes y sus apareamientos azarosos, quizá una educación mal enfocada puede conducir a esa personalidad, e incluso, quizá, quién sabe, hasta alguna mujer alguna vez mereció ese castigo. Quizá yo, incluso, me mereciera algún castigo. No sus brutales maneras, por supuesto, pero sí algún silencio despreciativo, una mirada perdida en el odio, un momento de tensión e insultos callados.

No he sido una buena persona en mi vida. No del todo, al menos. He cometido errores, me he movido a veces por el rencor y el desamor. He pagado los castigos de Luis en otras personas. Y lo cierto es que sin él no soy nada, tampoco. Pero con él muero cada día. Este castigo ejemplar, esta tortura constante, esta diatriba de amor y odio sin final, este valle de lágrimas, como un campo de rosas regadas con sangre, este rastro de carne mortal que se muere por las esquinas de las habitaciones en las que me castiga, en las que me castiga mi amor y mi odio, mi vida y mi muerte, esta canción triste, en fin, es mi destino, mi único universo. Y tengo miedo. Mucho miedo. Miedo de él. Y miedo a no estar con él. Tengo miedo de salir de mi cueva, aunque el mundo de fuera sea esplendoroso. Aunque pueda volver a maravillarme con la sensación de una suave lluvia de verano sobre mi rostro, borrándome las heridas que marcó el amor y el odio, librándome de todo pecado, de todo mal. Aunque sea capaz de romper mi cadena y ser libre, libre al fin para soñar, para vivir, para gritarle al viento que soy una mujer libre, libre, libre. Pero sobre todas las cosas, tengo mucho miedo. Y detrás de todo ese miedo, sigue estando mi miedo por él.
Pedro Garrido y Cayetano Gea